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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Santiago II.

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Santiago II.

Ocurre en todas las grandes poblaciones. Desde el instante en que uno pasa a formar parte de Santiago advierte ese cambio de ritmo del sosiego del campo al trasiego acelerado y descompuesto que tiraniza la ciudad. Autos y más autos; toneladas de aleación de chatarra fluyen por sofocantes trazados de metal fundido que reciben el nombre de avenidas, calles, paseos…

Dejo de ser conductor y consigo el carné de peatón. En Santiago fui un peatón generoso; sin el inexcusable ritmo de las horas sobre mis espaldas, porque no trabajaba, sin cansancio, porque descansaba lo necesario, y sobre todo sin esa soledad opresiva y agónica que muchas veces nos escolta. Estuve bien acompañado, pues ella estuvo a mi lado, siempre a centímetros. En Santiago fui un peatón también muy afortunado – en realidad éramos dos en uno – pues por una vez tuve la oportunidad de ver una ciudad, no de refilón, sino con ojos bien abiertos.
Recorrí el Paseo Ahumada fijándome en los detalles y pintorescos géneros de humanos que nos cercaban; deteniéndonos a degustar un helado o un café, caminando sin cesar. Porque ella es gran caminante de ciudad y también del terruño.
El cerro de Santa Lucía y el de San Cristóbal a nuestros pies, aunque en el último, fueron casi nuestros pies quienes se dejaron derretir por el calurosísimo sendero de bajada.
Cuesta arriba, cuesta abajo, esquivando perros que dormitaban en esquinas o el mismo centro del pavimento, divisando catedrales en sus plazas y plazas que sientan cátedra; siguiendo la divina Providencia o alumbrando la Alameda. El Mapocho nos enseñó sus dientes podridos de líquido envenenado. Conquistamos la ciudad día tras día un poco más; para al atardecer regresar al punto de partida y dejarnos caer el uno sobre el otro en el hotel. Acariciándonos, mansamente al principio, buscándonos luego, besándonos despacio, con deleite, sin prisa, con el tiempo dominado y en el bolsillo… Alguna mano se escapa y de nuevo el delirio de un placer cotidiano.

Amanecer soleado y fresco, oportuno para salir. ¡Vamos! De caza a los Sacramentinos. Una iglesia que bien pudo ser catedral Bizantina, pero de cemento. Y por Dios, he visto construcciones alucinantes, pero lo que allí llevó a cabo la iglesia, menudo derroche de imaginación, talento… y dinero. Deslumbrado, tomo un libro entero de fotografías…
Otra vez, la noche es nuestra, y en realidad nunca fue tan nuestra. No soñamos, vivimos al día, amamos al día, pertenecemos al sueño eterno, un sueño que está en nuestras manos y va en pos de nosotros mismos.
Esa noche nos amamos, si cabe, más y mejor todavía. Y a la mañana siguiente escapamos a Valparaiso. Somos libres; nadie nos detiene. La semana nos pertenece y es casi una vida entera. Muy pocas veces se viven siete días con la intensidad de doscientos.
Valparaiso nos recibe con diez grados menos de calor y diez más de fiebre alocada. Maravilla de ciudad. ¿Por qué decirlo? Si ella misma lo sabe. Escalar sus cerros y visitar la espléndida Sebastiana, hogar de ese gourmet de la vida que fue Pablo Neruda, compruebo, tras la visita en Santiago a su excelsa Chascona. Y amarla un poco más, cada día un lazo más sin que ella se de cuenta; yo tampoco lo hago, sólo, lo intuyo…
Almorzar en un cuchitril, al lado del chulo extranjero y su prostituta de lujo, resulta incluso divertido, pero no conviene pasar allí toda una vida. Se hace tarde y es necesario atender la visita concertada a Viña, para encontrarnos con una bloguera cariñosa y meritoria. Nos citamos en un Mall gigantesco – cosas de viña y sus cantidades industriales de niños y niñas guapitos. – La visita es entrañable, ella genial y sus padres maravillosos.
El retorno apresurado por el anochecer. La búsqueda de un lugar donde descansar se convierte en una lucha contra un frescor paralizante que no conocía desde que llegué al verano santiaguino. Ella tiembla, yo disimulo muy mal.
Calle Pedro Montt: “Hostal Valparaiso.” Entramos, escalamos unas escaleras y sin ser conscientes acometemos el laberinto del Minotauro. Jamás vi maraña de pasillos que suben, bajan, se bifurcan, tan excelentemente entramados. ¿Vive allí una gran araña de rincón? La señora que nos atiende, lo parece, no lo es. Nos acompaña a la habitación. Cuando llegamos, ya estamos perdidos. No importa. Nuestro objetivo: despertar temprano a la mañana siguiente para tomar el desayuno que acompaña la estancia, porque ni siquiera hemos cenado.
Una vez en el camastro, extiendo un brazo sobre sus cabellos, rodeo su nuca con delicadeza y huelo su aroma a mujer. Ella se acurruca junto a mí y me acaricia. Que conste: Estamos muy cansados, agotados. Pero la hora del amor llama, y cuando lo hace, nada es capaz de interponerse…

(Continuará.)

José Fernández del Vallado. Josef. 11 marzo 2008.

Texto agregado el 12-03-2008, y leído por 113 visitantes. (18 votos)


Lectores Opinan
2008-03-28 00:20:18 PAra que reiterar los conceptos emitidos en la primera parte, me limitaré a dejar las estrellas correspondientes para seguir adelante***** trotskki
2008-03-23 00:00:57 aqui sigo adriana73
2008-03-15 21:15:49 exceltente relato. Medeaazul
2008-03-15 17:01:59 Enganchada en la lectura de tu texto, va excelente... TIGRILLA
2008-03-15 08:21:54 Sigo leyendo. margarit a-zamudio
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