La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - EstatuaconEpilepsia - '«EL VIOLADOR»'
«EL VIOLADOR»
«EL VIOLADOR»
GUILLERMO SOUBELET
«Ya había violado a nueve chicas. Con la primera, la de Palermo, había estado más nervioso y asustado que ella. Después comprendió, como ciertos productores y animadores de la tele, que todo el secreto consistía en repetir hasta el agotamiento la fórmula que alguna vez dio resultado. El tema era no innovar. ¿Para qué? Sólo había tenido la precaución de no actuar dos veces en el mismo barrio. Eso era demasiado riesgoso. Se corría el peligro de caer en las garras de los vecinos de las chicas. ¡Dios! ¡Eso sería aún peor que la Policía! ¡Lo había visto en Crónica TV!
La cosa era los viernes o los sábados a la noche. Bien tarde. En realidad, por la hora, más bien era los sábados y los domingos a la madrugada. Ya que era a eso de las cuatro de la madrugada cuando las chicas regresaban de bailar. Parecía mentira, pero siempre, siempre, había chicas muy jovencitas que volvían de bailar solas a esas horas. Él ponía el despertador a las tres de la mañana. Se levantaba, duchaba, afeitaba y vestía. Se ponía jeans, sí, pero camisa blanca impecable, saco azul y mocasines. Era imprescindible el aspecto impecable. Encima tenía cara de bueno, de buen tipo, y eso ayudaba. Y con el detalle de la camisa inmaculada y el elegante saco y los mocasines recién lustrados tenía la mitad de la batalla ganada. Y no solo con las chicas: no había que olvidarse de los vecinos, porque ni bien aparece alguno medio zarrapastroso por un barrio que no es el suyo que enseguida salta una vieja que llama a la cana. Además era importante que la piba no se asustara en ningún momento. Si se le aparecía a aquellas horas y encima sin afeitar, despeinado y mal vestido, la chica, al verlo nomás, seguro que se asustaba. Y si, encima, le hablaba, lo más seguro era que se pusiera a gritar y aparecieran los vecinos linchadores.
Bueno, entonces, una vez bañadito, afeitadito, peinadito y porqué no, corbatito, a eso de las cuatro salía de su casa y tomaba cualquier colectivo hasta detectar alguna chiquita apetecible que viajara sola. Plin, caja. Entonces él se sentaba al fondo de todo, junto a la puerta de atrás, y la vigilaba. Cuando advertía que la piba se empezaba a mover, como para bajarse, él rápidamente se paraba junto a la puerta como para descender. Así, cuando la chica se levantaba y caminaba hacia le fondo del colectivo, veía que él «ya estaba por bajar» y no daba la sensación de hacerlo detrás de ella. Tocaba el timbre y, aunque sabía que la chica estaba parada detrás de él, ni la miraba. Lo demás era fácil: «¿La avenida Soubelet queda para allá?»
Sin embargo ahora estaba preocupado. Sabía que el temible comisario Carulli andaba tras sus pasos. Y sabía lo que le esperaba en caso de ser atrapado. Lo sabía porque ya una vez lo había pescado. ¡Por casualidad, eh! Él estaba por violar a una chica contra un paredón de una calle oscura y justo un coche de la policía que hacía su ronda dobló la esquina y las luces del auto los iluminaron de pleno, como si estuvieran en un escenario. Pero no lo tomó como un defecto de su plan de acción, ya que aquello fue obra de la casualidad. De todas maneras, lo que vivió dentro de aquella comisaría fue pavoroso. De solo recordarlo sentía que un sudor frío le cubría el rostro. Muchas noches se despertaba gritando, empapado en transpiración y con el pecho agitado a causa de las horribles pesadillas que le provocaban el recuerdo de aquél hombre gordo y cruel. Sí, sí que sabía lo que le esperaba en caso de que Carulli volviera a atraparlo.
Ahora mismo caminaba junto a una mocosa de trece, a lo sumo catorce años, más no. Además los padres nunca hacían la denuncia. Encima las castigaban por volver a esas horas vestidas así. «¡Vos te la buscaste! ¡¿Cómo nos hiciste esto?!»
Era una de esas chicas simpáticas y conversadoras que enseguida entran en confianza y tutean a todo el mundo. Caminaba a su lado despreocupadamente y él podía sentir el excitante roce de su brazo contra el suyo. Él le había agradecido cortésmente que lo guiara por aquél barrio que desconocía, y mientras ella le decía que no, que en realidad la agradecida era ella, pues gracias a él no tenía que caminar sola por aquellas calles tan oscuras, él miraba hacia delante, hacia la oscuridad, decidiendo que treinta metros más adelante la atacaría. Estaba tremendamente excitado y sentía, como siempre le pasaba, el rostro empapado en sudor.
Todo sucedió demasiado rápido. No me pregunten de dónde salieron tantos policías porque yo no estaba. Pero la cuestión es que en el momento en que arrinconó a la chica contra la pared explotó un griterío, sintió un tremendo golpe en la nuca y, sin saber cómo, se encontró esposado en el asiento trasero de un patrullero. Camino a la comisaría, en silencio, se estremecía pensando en lo que le esperaba una vez que el comisario Carulli se hiciera cargo de él.
Una vez en la comisaría lo bajaron del auto y lo condujeron a la antesala de la oficina de Carulli, donde lo esposaron a un radiador de la calefacción y lo dejaron solo. «¡Esperame un poco que ya estoy con vos!». Le había dicho el comisario, y lo había dejado ahí solo, tras encerrarse en esa oficina que él tan bien conocía. Esperó veinte minutos __ los más largos de su vida __ sentado en aquél banco de madera pintado de blanco, hasta que un policía le sacó las esposas y la voz del comisario, desde la oficina, le ordenó que entrara. Se estremeció de terror. Pensó en huir, pero el policía le cerraba el paso al fondo del pasillo. Entró. Y, tal como lo había imaginado, igual, igualito que la otra vez, se encontró con el gordo Carulli esperándolo en portaligas, medias de red y tacos altos. ¡Dios mío, otra vez no!, pero se persignó, resignado, cerrando la puerta tras de sí»
Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 13-03-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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