«HUMPHREY “SOUBELET” BOGART»
en:
«EL CASO DEL PERVERSO POLIMORFO»
CASO 2
CUENTO Y PAPEL PROTAGÓNICO:
GUILLERMO SOUBELET (EL «MUCHACHO LOCO»)
«Como te habrás enterado, me gano la vida atendiendo el teléfono y limpiando la oficina de Tom Cienfuegos, un detective privado de cuarta. Para las Fiestas, Cienfuegos decidió ausentarse y pasar la navidad junto a una preciosura poseedora de idénticas curvas a las de Jessica Rabbit, a quien le había resuelto un caso poco tiempo atrás. Aprovechando su ausencia, me calcé su viejo impermeable, su sombrero a lo Bogart, su sobaquera con el arma y me puse a payasear frente al espejo del baño. Eso no fue nada: cuando una mujer irrumpió en la oficina requiriendo los servicios profesionales de Cienfuegos, adopté la forma de hablar y los gestos del viejo y querido Phillip Marlowe, de Bogart y, sin más, me hice cargo del caso haciéndome pasar por mi jefe. A partir de aquel momento, y como hay miles de historias como esa en la ciudad desnuda, reitero la riesgosa travesura cada vez que Cienfuegos abandona la ciudad. Soy, lo que se dice, un muchacho loco.
Aquella mañana yo había terminado temprano con mi trabajo. Y allí estaba, aburrido, desenfundando el revólver descargado y disparando ¡Bang! ¡Bang! contra la puerta de la oficina. En pleno fragor de la balacera, entreveo por el vidrio esmerilado la silueta generosa en curvas de una mujer que se acercaba. La desconocida ignoró el cartelito de «GOLPEE Y ESPERE SER ATENDIDO» e ingresó a la oficina sin darme tiempo siquiera de peinarme las axilas. No bien traspuso la puerta, mi mente altamente entrenada dedujo de inmediato que la muñeca despampanante traía un caso para mí. Por eso y porque se presentó con estas sugerentes palabras:
__ Tengo un caso para usted.
A esa altura del mes no me quedaban ni diez dólares, y la perspectiva de que Tom Cienfuegos regresara y me pagara sonaba tan irreal como las promesas de fidelidad de esos tipos buenos mozos, altos, enérgicos, engominados para atrás, de ojos claros y bigotitos. Era una hembra alta, bellísima, rubia y de mirada inteligente, por lo que inmediatamente deduje que era teñida. (Cualquiera lo sabe: una mujer alta, bella y rubia es un regalo del cielo; una mujer inteligente, un prodigio de la naturaleza. Pero un espécimen tan perfecto era demasiado como para ser real, y pretender que un ejemplar de homínido tan vistoso reúna un menú completo de tales atributos constituye un verdadero agravio a la Estadística).
__ Buenos días. ¿En qué puedo servirla? __ la recibí, intentando mostrar una sonrisa tan espectacular que se me acalambraron los músculos y tendones de la tráquea.
__ ¿Usted es Cienfuegos? No se por qué, no lo imaginaba tan flaco __comentó, mientras tomaba asiento permitiéndome admirar sus torneadas piernas enfundadas en un erótico par de medias de cuero de lombriz.
__ Me llamo Guillermo Soubelet. ¿No leyó el título? Permítame invitarla con café. Disculpe si está intomable. Cuando tenía secretaria algunas cosas sabían diferente. Preparaba café como una reina.
__ Una delicia.
__ Un asco __ dije, e intenté echar el sombrero hacia la nuca, al estilo de las viejas películas, golpeándolo con el pulgar (como cuando jugaba a las bolitas). Se me fue un poco la mano __ o el dedo __, lo reconozco, ya que el sombrero salió por la ventana rumbo al vacío. La mujer no hizo el menor comentario. Tal vez le resultaba habitual encontrarse con idiotas que tiran sus sombreros por las ventanas de los sextos pisos.
__ Mi nombre es Señorita Bombón __ proclamó__ No perdamos tiempo y vayamos al grano.
Para mi sorpresa, pasó de la palabra a la acción. Gateó por sobre el escritorio, extendió sus brazos hacia mí, sus dedos con largas uñas rojas se estiraron hacia mi cara y comenzó a apretar un enorme grano que me había salido en la frente, mientras me susurraba, en aquella especie de «cheeck to cheeck dermatológico»: __Tengo algo que decirle.
__ Esperaba que lo hiciera.
__ Luego de que le exprima esta porquería póngase alcohol.
__ ¿Nada más?
__ No. Con alcohol bastará.
__ Le pregunto si no tiene nada más que decirme.
Sus ojos y los míos no distaban más de quince centímetros. No solo los ojos: puedo afirmar que usaba un dentífrico rico en Gantrez, agente que refuerza la acción anti sarro del TC3.
__ Ah, sí. Dos cosas: la primera, que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma del cuadrado de los catetos; la segunda, que sospecho que mi marido me engaña conmigo.
__ Disculpe, primor, pero creo que no entendí.
__ ¡Ay, es fácil! El cuadrado de la hipotenusa es igual...
__ Eso si lo entendí __ mentí, para ganar tiempo.
Las aseveraciones de aquella mezcla de diosa y pantera me hacían preguntar si estaría en sus cabales. Me hacían preguntar eso y también otras cosas, como ejemplo: ¿cuántos carreteles de hilo de coser serían necesarios para envolver el Obelisco? Procurando manejar la situación, le pedí:
__ Repítame lo de su marido.
__ «Lo de su marido» __ repitió, condescendiente y rubia.
__ Me decía que sospecha que su marido le es infiel...
__ Conmigo misma, y sin que yo lo sepa.
__ Explíquese mejor, encanto__ insistí, en tanto jugaba haciendo girar el tambor del revolver. Es un truco que nunca falla. Inténtenlo y verán. Dondequiera que lo hagan todos pensarán: «He aquí un perfecto idiota». Esas mismas palabras se reflejaron en los ojazos de mi escultural clienta. Pero fue un segundo apenas. En brusca transición, un velo de lágrimas anticipó esta confidencia ronroneada con voz trémula:
__ Estoy desesperada __ y rompió a llorar, mientras se arrancaba los pelos de las cejas __ ¡Extraño a mi gatito! __ gimió, sonándose la nariz en mi corbata.
__ ¿También perdió al gato? Bueno, entonces es otro precio. Fíjese que...
__ Hablo de mi esposo. Tenga.
Y me entregó una fotografía de su esposo. Al verla me pregunté para qué carajo lo buscaba, pero no se lo dije. La foto mostraba a un hombre disfrazado de girasol.
__ Antes era dulce y romántico. Mi gatito de peluche. En cambio, ahora...
__ ¿No tendrá otra fotografía para tener una idea mas cabal del aspecto de su esposo/gatito/girasol?__ requerí, sin mirarla.
Para lograr efecto, lancé uno de los dardos de Cienfuegos contra el blanco que colgaba de la pared. Acerté, por supuesto que acerté. Y justo en el centro. De un portarretrato cercano. Fue un buen tiro: quedó hecho añicos.
___ Oh, no. Las otras son demasiado informales, demasiado… atrevidas. Usted entiende... __ dijo, mientras se cambiaba los zapatos de un pie a otro__ ¿Sabe? Cuando nos conocimos me deslumbró por su desusada fogosidad. ¡Mañana, tarde y noche! ¡Mañana, tarde y noche! iDale y dale y dale a la matraca! __ casi gritó, masticando e inutilizando la tarjeta del Loto que yo tenía sobre el escritorio__. Perdón, me aloqué. Pero a medida que pasó el tiempo...
__ ¡Oh, si lo sabré! La rutina, la convivencia que todo lo empaña... ya nada queda de aquel viejo libertino...
__ ¡De acá! ¡Cada día está pior!
__ ¡Hijo 'e tigre!
__ ¡Ya nada lo satisface!
__ ¡Príapo!
__ ¿Y eso qué ‘e lo que ‘e?
__ El dios griego de la erección permanente.
__ Bueno... no sé. Creo que él desciende de gallegos, no de griegos. Aunque, pensándolo bien, podría ser. Ya vio cómo eran esos griegos. Unos asquerosos que se la pasaban fornicando a diestra y siniestra.
__ ¡Pobres chicas, esas dos!
__ Bueno, le decía que sospecho que mi marido se aprovecha cuando estoy dormida y me viola sin piedad. ¿Sabe?, yo soy sonámbula. Y, como todo el mundo sabe, al despertar jamás recordamos lo que hicimos durante la noche. ¡Estoy segura de que el degenerado de mi esposo, aprovechando la situación, me obliga a realizar las perversiones más innombrables y rastreras! Tengo una prueba irrefutable: cada mañana, a pesar de acostarme con un camisón y un gorro de dormir a lo Charles Ingalls, inexplicablemente amanezco ataviada con lencería erótica y, en más de una ocasión, con marcas en el cuello, usted entiende, que no tenía la noche anterior al acostarme.
__ ¡Maestro Ninja!
__ Es tremendo. Todo lo quiere probar. Con una mujer, con dos mujeres, con otra pareja, con varias parejas, con un perro, con niñas, él atado a la cama, yo atada a la cama, sadomasoquismo usando látigos y mordazas, prótesis y corbatas.
__ ¿Corbatas?
__ ¡Ah, sí! Es muy elegante. Viera lo bien que las combina.
__ Ajá, y dígame, muñeca, ¿qué es exactamente lo que pretende de mí?
__Que lo haga encerrar. No puedo vivir así, sabiendo que apenas me duerma, la bestia desenfrenada que habita en él se aprovechará de mi inocencia. Imagínese: me aterra no saber en qué pueda terminar su desenfrenada locura. Temo que me arrastre a participar en situaciones que no estoy capacitada para imaginar siquiera. Es un monstruo. Un verdadero príncipe de la concupiscencia y de las pasiones más vulgares __ enfatizó, sonrojada hasta los dientes.
__ Esta bien, primor. Ya puedes sentarte en el sillón __ le rogué, ya que seguíamos en aquella posición: yo aplastado contra el respaldo de mi sillón, y ella con las rodillas sobre el escritorio y apoyada en mi frente__ Nada temas. Me ocuparé de ajustarle las cuentas a tu Romeo enardecido. Eso sí, antes de irte deberás adelantarme el cincuenta por ciento de mis honorarios. Mera rutina detectivesca, ¿sabes?
__ Aquí tiene __ dijo, mientras arrojaba un fajo de billetes que extrajo de su corpiño __ Se lo agradezco. Eso sí: cuídese. ¡Oh! ¡Las once! Discúlpeme. Debo irme de inmediato o llegaré tarde a mi clase de sadomaso. Espero noticias suyas.
Y se fue, dando un portazo. Mientras, yo permanecí largo rato disfrutando del recuerdo de aquella espalda de ensueños.
__Está bien, Señorita Bombón, olvida tu juego __ le escupí en la cara una semana después.
La damita se encontraba sentada frente a mí, en el sillón de los clientes, con las piernas cruzadas en la misma posición de una semana atrás. Esta vez sus hermosas y torneadas piernas se hallaban enfundadas en un erótico par de medias de cuero de puercoespín.
__ No hice más que escuchar tu relato y ya supe que mentías. Tu mirada te traicionó, nena. Luego, cuando me pasaste la fotografía de tu amante/gatito/girasol, supe que no me equivocaba. Ese no es el tipo de hombre que concuerde con tu descripción del perverso polimorfo que se agazapa en los callejones, babeándose a la espera de su desprevenida presa.
Lamentablemente no pude disfrutar de la expresión de sorpresa o desconcierto que seguramente se dibujó en su bello rostro de rasgos neoclásicos, a causa de la perspectiva fragmentada que permitían ver mis zapatones apoyados sobre el escritorio, que me obstaculizaban la visión. De manera que debí conformarme con una extraña y cubista imagen de mis largas piernas que se alejaban hacia el escritorio, las medias a rombos de mi pie izquierdo, mi zapato izquierdo cubriendo parcialmente a su compañero derecho y, recortado en el ángulo formado por ambos calzados, la nariz, los ojos y la ceja derecha de aquella hermosa mujer que me miraba con singular furia. Si yo, en lugar de intentar asombrarla con una falsa imagen de seguridad en mí mismo robada al querido Bogart¬ (que, por otro lado, solo me deleitaba a mí mismo) hubiera estado más atento a lo que allí realmente ocurría y sentado en una posición más ortodoxa, hubiese sido capaz no ya de divisar aquellos ojos enfurecidos, aquella nariz enfurecida y aquella ceja derecha enfurecida, sino también su mano derecha enfurecida que se cerraba con fuerza en torno a unas tijeras que se hallaban sobre el escritorio.
__ ¡Basta ya, imbécil! __ ladró ella que, admitámoslo, había perdido todo dejo de respeto por mí (en caso de que en algún momento lo hubiera tenido, claro). ¿Qué mierda insinúas?
__ Dos cosas. La primera, que este cuento se está haciendo demasiado largo, así que va siendo hora de que te descubra. La segunda, que, tal cual lo imaginé, lo tuyo no es más que una estúpida farsa. Me mentiste, muñeca, y eso no me gusta. Te diré como se desarrollaron realmente los hechos: Acosada por tu permanente sed de lujuria, te hacías atender por el jardinero. Claro que las cosas no resultaban tan sencillas, ya que tu esposo podía descubrirlos. De manera que apenas se dormía, te levantabas, te ponías aquel atuendo del portaligas y los tacos altos y recibías en el patio a tu padrillo de la guadaña. Claro que todo se complicó cuando tu esposo empezó a tener insomnio, y una noche en que se levantó a servirse un vaso de leche se asombró al hallarte mirando por la ventana de la cocina vestida con lencería. Enseguida, muchacha lista, inventaste eso del sonambulismo para zafar de la situación. Lo sedujiste y utilizaste el mismo truco cada vez que te descubría. Así que cuando tu marido no tenía insomnio, el jardinero cachondo recibía su premio. Y de él son las marcas que aparecen cada tanto en tu cuello.
__ ¡Jamás podrás probarlo, alfeñique! __ vociferó, apuntándome con las tijeras. No logró intimidarme: eran unas tijeritas de plástico que había traído la Billiken.
__ Te equivocas: cada vez que ustedes hacían la fechoría en el patio, las mucamas los fotografiaban y luego se masturbaban.
__ ¿Las mucamas? ¡Ja! ¿Y quién va a creer lo que afirmen esas infradotadas?
__Tienen las fotos. Además, el cocinero las filmaba a ellas mientras los fotografiaban a ustedes y luego a ellas cuando se enfiestaban entre ellas.
__ ¡No le creo!
__ Más vale que lo hagas. Además, cuando te levantabas de la cama y te encerrabas en el baño a ponerte la lencería, tu marido corría al jardín y, sin que lo supieras, te filmaba por la ventana del baño mientras te vestías. Luego filmaba la escena con el jardinero en el patio y, por supuesto, les compraba las fotografías a las mucamas y los videos al cocinero.
__ ¿Qué? ¡¿Mi marido está al tanto?!
__ Y no solo eso. Tu esposo/gatito/girasol le paga a tu jardinero/padrillo para que adopte las posiciones que a él más lo excitan y que resultan más fotogénicas.
__ ¡¿Le paga al jardinero?! ¡¿Ese infeliz podaligustros sabía que nos fotografiaban y filmaban?!, ¿y no me dijo nada?
__Sí, nena, no te engañes. Jamás lograste someterlo a tus encantos. Está perdidamente enamorado del chofer, quien lo obliga a desempeñarse como taxi_boy en la zona roja para obtener fondos y comprar artículos en el porno_shop de tu marido.
__ ¡¿Mi marido?! ¡¿Un porno_shop?!
__ Exacto, muñeca. Eso explica por qué jamás se interpuso entre lo tuyo y lo del jardinero. Tu affaire cerraba la cadena para que todos quedaran contentos, y de paso él se hacía de unos mangos en el negocio con las cosas que compraban el chofer, tu profesional de la tijera de podar y alguna que otra fotito que yo mismo he comprado con el adelanto que me diste. Eres una ingenua, muñeca. ¿Qué me dices?
__ Que está despedido.
¡No te pierdas el próximo caso!
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