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CASO 3): ««JAMÁS OLVIDARÉ A FRIDA» (ustedes tampoco).

«Lo que pasó fue muy simple. Lo que pasó fue que Frida le disparó al esposo en plena frente delante de los cientos de invitados, fotógrafos y cámaras de televisión de su fiesta de casamiento. Y sin embargo se declaró inocente y salió libre. Eso pasó»

«JAMÁS OLVIDARÉ A FRIDA»
(Ustedes tampoco)

GUILLERMO SOUBELET



__ Por favor, responda a esta pregunta __ preguntó el fiscal __ ¿cuándo se casó por civil?
__ Usted lo sabe. El viernes por la noche __ respondió la mujer, que era una belleza con una silueta como para debilitarle la resistencia a cualquiera.
__ ¿Y cuando ocurrieron esas escenas que todos los invitados a la boda presenciaron y que todo el país vio en los noticieros en las que usted le dispara a quemarropa en plena cara? __ continuó el fiscal, con la soberbia del vencedor que siempre grita frases humillantes. Era un caso cerrado, aquella mujer tenía al país entero por testigo de su crimen y él aprovecharía para jugar con ella como el gato con el ratón. El hombre era conciente de la presencia de las cámaras televisivas y actuaba para ellas. Incluso se había comprado un traje nuevo y había ido a la peluquería para la ocasión. Luego de que todos los canales de televisión pasaran noche y día la escena en que la rubia disparaba a quemarropa a la cara de su marido, aquel juicio había concitado más interés que ninguno que otro que se recuerde. La sala estaba atiborrada de gente hasta el cielo raso y los periodistas y las cámaras de televisión eran una multitud... el fiscal no pensaba desaprovechar esa oportunidad para sacarle el máximo de provecho posible.
__ El sábado al medio día __ respondió la mujer tranquilamente, cruzándose de piernas.
__ Dígame, señora: ¿sabe quién se beneficia económicamente con la muerte de su esposo?
__ Yo, naturalmente. ¿Soy la esposa, no? __ respondió ella con la misma tranquilidad de siempre. Incluso se detectaba que aquello la fastidiaba. Como si tuviera algo más importante que hacer. Era obvio que no había nada de este lado del infierno que pudiera sacudir a esa preciosura.
__ La viuda. Qué interesante... Se casa el viernes con un hombre millonario y al otro día ya es una viuda millonaria. ¿Acostumbra mentir?
__ La edad, por ejemplo.
__ Aparte de eso...
__ ¡Jamás, cherry! Mi mamá me enseñó que jamás debe mentirse.
__ ¿Usted vive en la cárcel?
__ ¿Si vivo en la cárcel? No, desde luego.
__ Sin embargo ayer declaró a los periodistas que esta noche dormiría en su casa. Y usted sabe perfectamente que no hay manera de que usted no duerma en un calabozo. Está el país entero como testigo de su crimen.
__ ¿Crimen? ¿Qué crimen? Soy inocente. Y esta noche dormiré en mi casa.
__ Señor juez, antes de seguir adelante quisiera hacer una pregunta al fiscal __ intercedió el abogado defensor de la mujer, poniéndose de pié.
__ ¿Es una pregunta procedente?
__ Procedente y pertinente. Tanto, que puedo asegurarle, Su Señoría, que me vasta esa pregunta para que mi defendida salga libre y sin la más mínima mancha sobre su reputación. Tenemos compromisos pendientes para esta tarde.
__ ¡¿Libre y sin manchas sobre su reputación?! ¿Compromisos pendientes? __ estalló el fiscal __ ¡¿Acaso es la única persona en el país que no vio en los noticieros cómo esa mujer asesinó a sangre fría a su esposo?!
__ La pregunta es la siguiente...

PARTE I
«YO»

Pero mejor volvamos un poco atrás en el tiempo, al día en que conocí a Frida. Pueden llamarme Iván Zaidóff. Aquella mañana me hallaba a la espera de algún cliente, con los pies sobre mi viejo escritorio y haciendo crucigramas que no me salían, cuando aquella mujer inquietante y su Chanel Nº 5 ingresaron en mi oficina y en mi vida para ya nunca abandonarme. Claro, en ese momento aún desconocía que la mujer dispararía a quemarropas a la cara de su esposo frente a mis ojos, frente a los cientos de invitados a la fiesta... y a los miles de televidentes que miraban la televización del casamiento... y que sin embargo saldría libre, sin la más mínima mancha en su reputación. Tampoco lo sabía, pero quince minutos más tarde de conocerla, yo gritaría: «¡Por las Madres Esculapias!».

Por ese entonces tenía una sola empleada, Gigí, mi secretaria... y sobraba. Pero no podía despedirla porque cualquier maniobra mía en dicho sentido era tomado por la joven (bah, joven... en realidad era una frígida solterona de treinta años) como una argucia de mi parte para quitármela de encima y no pagarle el mes atrasado que le debía. Y si bien nunca pensé que fuera capaz de caer en una frase hecha tan cursi y de bolero como decir que la damita tenía piel color canela, lo haré: la damita tenía la piel color canela. Y ustedes, amigos, me preguntarán: «Iván: ¿cómo usaste una manera tan cursi y de boleros como decir «tenía piel color canela»? Bien, les respondo: porque soy un caballero. Traté de decir, de un modo fino y sin ofender, que era obvio que alguno de sus antepasados no era precisamente blanco. Aunque el capuchino genético formado por este chorro de café en su torrente sanguíneo, lejos de ser un defecto, embellecía a la damita hasta lo indecible (¡chúpense esa mandarina!). Era preciosa de veras; pero algo en su actitud me decía que, a menos que hubiese perdido su fleur en una carrera de obstáculos de su época estudiantil, aún era absolutamente dueña de ella y de sus tesoros. Yo atribuía esa circunstancia a su avinagrado carácter de bucanero, que convertía nuestras discusiones en verdaderos Sturn und Drang («Tormenta y Compulsión», movimiento literario alemán, violentamente antirracionalista y prerromántico, iniciado en 1770). Y esa voz... cuando en las obras en construcción necesitaban ablandar la masilla vieja de las ventanas la llamaban para que gritara un poco.
La cuestión es que Gigí me odiaba. Borges dijo acerca de la Ciudad de Buenos Aires: «No nos une el amor sino es espanto, será por eso que la quiero tanto». Y Gigí continuaba trabajando para mí por el mismo motivo: sabía cuanto aborrecía pagarle. De manera que aún cuando no toleraba mi presencia permanecía impertérrita en su puesto por el placer que le provocaba verme sufrir a la hora de pagarle.
En realidad no la culpo. Si bien jamás adherí al «Millones de moscas no pueden estar equivocadas» son tantos los congéneres que me aborrecen que no puedo culparla. Soy maleducado, descortés, bruto e ignorante, malhablado y contestador. ¿Qué otra cosa podría esperarse? Si sumáramos la totalidad de tarjetas de felicitaciones que recibí para todos mis cumpleaños y navidades probablemente llegáramos a... cinco. Y dos de ellas eran del banco que aprovechaba la ocasión para ofrecerme plásticos nuevos. Hasta mis amigos del alma de ayer me dan vuelta la cara o se cambian de vereda cuando nos cruzamos.
La cuestión es que la mojigatería de Gigí llegaba al extremo de que, aunque me odiaba, bastaba que apareciera alguna cliente con buenas piernas para que ella se enfurruñara, el café estuviera invariablemente frío y dejara de dirigirme la palabra por una semana. O más. La duración de sus silencios hostiles era directamente proporcional a la belleza de las clientas. De manera que cuando aquella deslumbrante mujer, con esa silueta que hacía sonar las alarmas de los autos y los detectores de metales de los aeropuertos a su paso, irrumpió en mi oficina di por sentado que jamás volvería a escuchar la voz de mi secre.
Como también debía cuotas atrasadas del alquiler de mi departamento, en cuya puerta el grosero encargado __ seguramente por no haberle dado propinas navideñas __ había pegado del lado afuera una nota más bien humillante (la cual, una vez arrancada renació, en forma de advertencia más perentoria) en los últimos días había trasladado clandestinamente a mi oficina (pues pensaba utilizar el sofá a manera de cama) una provisión de ropas valiéndome de las bolsitas del supermercado. Así que cuando aquella mujer exquisita ingresó a mi oficina rápidamente amontoné la pila de ropa y la escondí detrás de las cortinas.
Yo era un pobre investigador privado que previamente me ganaba la vida, a cambio de un salario misérrimo, escribiendo cuentos cortos para revistas (de las que invariablemente era despedido por inútil). Y que, tras ser sorprendido fotográficamente por un investigador privado en situación íntima con la esposa del director de la publicación, fui a la vez despedido por el director y contratado por el investigador como una especie de Watson del subdesarrollo... quien al poco tiempo me regaló su pesada arma policial y me dejó a cargo de la agencia para fugarse con la esposa del director de la revista. Mujeres...


PARTE II
«APARECE FRIDA»

Aquella mañana (como siempre) mi bella secretaria brillaba por su ausencia, de manera que la desconocida hizo notar su presencia en el lugar haciendo un leve tic tic de ardillita raspando su anillo contra el vidrio esmerilado de la puerta.
__ Que pase el que sigue ____ exclamé, para darme importancia, haciendo caso omiso al hecho de que ella ya se hallaba dentro de la oficina (y a que lo que llamo patéticamente la «Sala de Espera» se hallaba completamente vacía desde Noche Buena). Ni bien la vi capté su escala social: altísima. Era obvio que pertenecía al «haut monde». Todo en ella hablaba a los gritos de dinero desde la niñez. Conozco a las mujeres e inmediatamente supe como que soy daltónico que aquella hembra era para mí, y que su personal fragancia persistiría en el lóbrego lugar como el recuerdo imborrable de aquella mujer persistiría en mi memoria y en las dolorosas heridas que dejaría en mi cuerpo. La prendita que llevaba no era el vestidito más pequeño del mundo, pero hubiera llevado a la anorexia a una polillita bebé. Al verla, mis tubérculos cuadrigéminos del cerebro (donde se encuentra la fuente del amor) comenzaron a chisporrotear, enloquecidos, y pequeños destellos de apetito venéreo avivaron la luz de mi mirada (mi habitual reacción frente a cualquier tortita de crema de edad legal). Tienen razón, mi conducta fue vergonzosa. Y prometo que en un futuro próximo realizaré varios actos bondadosos y generosos en compensación. Observándola, pensé que Dios había hecho un gran trabajo y le di las gracias (como le gusta decir a mi madre, nunca está de más ser educadito). Ya saben: una alemanita de boca puerquita, pechos como sandías, piernas tan largas como dos... como si fueran... ¡bueno, dos piernas alemanas muy largas! Me imaginé fugándome con ella a una isla tropical, donde ella vestiría diminutos trajes de hawaiana, coronas y collares de flores y yo taparrabos de cocos y tocaría el ukelele.
Me hubiera gustado __ para estar a la altura de las circunstancias __ correr a perfumarme y afeitarme, ponerme el esmoquin que siempre guardo en mi cajón para momentos así e, inclusive, sacar al negro Sam del armario para que nos tocara «Según pasan los años». Conozco a las mujeres, y la felina cadencia de sus movimientos me hizo adivinar que debajo de aquél ceñido vestido negro y de aquella tentadora superficie de subyugante epidermis bronceada latían siete litros de sangre y doscientos ocho huesos deseosos de puro sexo. Me daban ganas de llamar a todos mis amigos y decirles «Te quiero». Sí, ya sé que eso hubiera sido una cursilería; pero es así como me sentía. Además de que soy de la idea de que no hay que mezquinar cursilerías... si con ello se hace feliz a personas que nos quieren (en fin... la Sensiblería Zaidoff en todo su esplendor! Puedo ser bien cache cuando quiero). Como les conté, yo acaba de terminar una relación de manera desastrosa, y enterarme de la clase de atorranta en quien había depositado mi confianza y proyectado mis sueños originó que mi lívido se arrepanchingase en una trinchera de ostracismo y estaba viviendo esa etapa del luto durante la cual si había algo que no quería cerca era una mujer. Y yo, como autodefensa (y como todos los estúpidos) lo hacía extensivo a todas las hembras. De manera que el hecho de que aquella rubia que irrumpió en mi oficina produjera semejante caos en mi lujuria adormecida, que reaccionó ante su presencia como los caballos de los antiguos carros de bomberos: oyó la alarma y se lanzó a la carga, con los ojos brillantes y los ollares palpitantes... ciertamente significaba algo.
La dama repiqueteaba con sus taquitos con la vivacidad de una adolescente; sin embargo, una vez sentada en la silla de los clientes, sus movimientos se volvieron elegantemente pausados. Deduje, por lo tanto, que se trataba de una mujer compleja. Al comprender eso supuse que ya tenía un arma a mi favor. Sus movimientos suaves, sensuales, casi amodorrados, trajeron a mi memoria un recuerdo lejano y olvidado. Cierto amanecer en el mar, en una época de mayor esplendor económico que me permitió hacer un pequeño crucero por el Mediterráneo. Los voluptuosos movimientos de aquella mujer me hicieron recordar que a aquella hora del amanecer el mar se desperezaba alzando suave y sensualmente tersos músculos femeninos de pequeñas y delicadas olas azules. Hasta ese punto perturbaba la presencia de aquella hembra. Siempre opiné que las mujeres son «varium et mutabile», es decir, con un equilibrio emocional poco digno de confianza (digamos como el de Calígula). Sospecha que confirmé cuando abrió la cartera para sacar un cigarrillo y pude observar desde mi lugar una foto del Sathya Sai Baba cabeza abajo (ese exótico sujeto nacido el 23 de noviembre de 1926, en Putaparthi, autor de la poética frase: «Los sueños no son sueños, sino mensajes con significado»). Yo soy un agnóstico absoluto. Pero siempre me han intrigado las personas que creen en otra vida y esas cosas. Viven como si estuvieran acumulando cupones de vuelo para un viaje de ida al Más Allá. Al ver la foto del Sai Baba conjeturé en el acto que la dama debía ser tremenda bandida. Pues detrás de todo ese andamiaje espiritual muchas de esas modas asiáticas son pretextos para encubrir los más depravados juegos sexuales. A partir de los inmundos murales de Ashanti (por no mencionar el cochino Kama Sutra, que en los últimos años se puede conseguir en cualquier kiosco y no de manos de un señor de sobretodo, anteojos negros y barba de cuatro días que nos lo ofrece en un callejón) sabemos que los hindúes se hacen los virtuositos pero son de lo más asquerositos. ¡Además de que cómo es posible llegar puntual a una cita con esa gente si sólo en la India existen más de doce calendarios en vigencia!
Para atenuar un poco el contraste social entre aquella mujer y yo busqué el saco de tweed azul que reservo para estos casos y me zambullí en él. En realidad, esa prenda daba lástima aún cuando era nueva, pero yo abrigaba esperanzas de que luciera un poco más digna si la usaba con aire insolente y despreocupado, estilo «niño bien y bohemio». Aquella muñeca chocaba en ese entorno: ella todo lujo, todo calidad; no como ni oficina: maderas claras, picaportes cromados, alfombras delgadas como un panqueque compradas en supermercados y la paupérrima biblioteca (a la que yo intentaba otorgar cierta distinción atiborrándola con libros cultos) pero que en realidad era una berretada que yo mismo había armado valiéndome de anaqueles colgantes, listones perforados y estantes móviles. La mujer emanaba una especie de encanto romántico anacrónico. La imaginaba protagonista de romances góticos, Eduardianos. Como aquellas novelas inglesas de 1810, con mujeres de enormes vestidos largos y amplios escotes. Y hombres altos, de bigotazos, camisas desprendidas (siempre blancas) y espadas. Y castillos en una oscura montaña con una sola luz encendida en una ventanita de lo alto, por supuesto.
La recibí gritando «¡Felician Novamjaron!» (¡Feliz Año Nuevo! en esperanto. Yo soy así: un muchacho loco). Eso sí: no me puse de pie para recibirla: la autopropaganda feminista desplegada por las mujeres en los últimos años ha terminado por persuadirme: ahora, cuando entro a un lugar o ingreso a un medio de transporte público, siempre paso antes que ellas y les largo la puerta en la cara. Total, es la igualdad que ellas piden, no?
__ Disculpe la pregunta un poquito personal. ¿Usted es gay? – se presentó insólitamente la dama. Miré la hora en mi reloj muñeca Pato Lucas (¿qué se ríen? Es un Pato Lucas Original. Eran las 11.30 hs. Lo recuerdo como la hora en que Frida ingresó en mi vida... como un virus en una vena):
__ ¡Por las Madres Esculapias! __ exclamé, estupefacto por la confusión y golpeando con mi puño y casi destruyendo esa mezcla de arena, caliza y soda Solvay que suele haber sobre la tapa de los escritorios (el vidrio, bah). Epa, epa… ¿Qué es esa confusión? ¿Qué le estaba pasando al garboso y vigoroso Zaidóff que todos conocemos y amamos?
__ Si es trolo, cherry. No lleva alianza. Y, no se ofenda, pero ya no es un muchachito (dijo, y estalló en una jocosidad sin reservas). Y a su edad, cuando no se casaron es porque... (esa estupidez – que ya había escuchado de boca de muchas mujeres, incluso de las que se creían «liberadas y de avanzada» me hacía pensar que la visión sexual de aquella hembra pertenecía a una época pretérita. Pese a las arengas públicas sobre perversos polimorfos que, como rutina cotidiana, se dedican a violar mujeres sin pedirles permiso; la muy imbécil seguía fijándose antes en el anillo anular de un hombre que en el bulto de su entrepierna. Si las mujeres superan la barrera de los treinta y no tienen con quien compartir la cama (y el techo) se vuelven neurasténicas. Nosotros, no. Y esa circunstancia las llena de resentimiento (el hecho de que los hombres sueltos prefieran vivir solos que con ellas) y empiezan a atacarlos con ese tipo de teorías: «si no le gusto significa que es gay». ¡Ja! Me horroriza decepcionar las expectativas de los desconocidos que me tratan con amabilidad. Tanto, que más de una vez, cuando las damas me han confundido con un vendedor en una tienda, no he vacilado en venderles lo que me pedían, convencerlas además de llevar algunas otras cositas que combinen, envolver todo para regalo y acompañarlas hasta la caja. Sin embargo, que me atribuyan predilección por los jovencitos, que me imaginaran ingresando con anteojos negros y mirando para otro lado a esos teatruchos impúdicos de las calles adyacentes que ostentan libidinosos carteles de «¡MUCHACHOS SÓLO MUCHACHOS!», para gozar depravadamente contemplando como dos de mi mismo género se entregan al fuego de las pasiones locas sobre un escenarito... era ya una confusión lo suficientemente chocante como para aclararla en el acto; y de ser necesario, con un candor descortés. Sin embargo, y cuando estaba decidido a ostentar un poco de reciedumbre que le aclarara las cosas, y antes de que pudiera pronunciar las palabras aún contenidas por mi arrebato de indignación, la dama me sorprendió con lo siguiente:
__ Si no lo es, no se ofenda, mi querido. Dada la vileza de su oficio y la pobreza de ese saco, no creo que sufra usted el peso excesivo del «amour-prope» como para ofenderse por una «petit» confusión... ni para rechazar por ese motivo el trabajo que voy a proponerle (dijo, con el tono que utiliza cierto tipo de gente cuando desea disfrazar una orden como si fuera un pedido. Insólitamente, le quedaba exquisito utilizar palabras en francés a pesar de su origen germano. La hermosa lengua gala dulcificaba la naturaleza vigorosa propia de los arios. La mujer, aunque en estilo fino, era desagradablemente grosera. Pero podía permitírselo y lo sabía: era el epítome de la mujer sensual; su sola presencia bastaba para que un monje se pusiera a dar saltos mortales en plena misa... y para que yo estuviera tentado de burlar el Decreto de Mann (Ley del Congreso de USA, propuesta por Robert Mann en 1910, que prohíbe el transporte interestatal de mujeres para la prostitución. Trata de blancas, bah. Y ya que estamos se llama Trata «de Blancas» porque lo que se prohibía era la venta de mujeres blancas para la prostitución, con las negras seguía siendo legal). Pensé que aquellos griegos Antípater de Sidón y Filón de Bizancio que en el siglo II a.C. eligieron a las siete maravillas del mundo... si hubieran conocido a esta rubiona las maravillas hubieran sido ocho.
Ensayé una actitud digna, aunque muy poco convincente. Su belleza me había perturbado a tal extremo que no podía borrar de mi cara esa sonrisa obsecuente que sólo tienen los estúpidos, los vendedores y los bebés... y que poco me ayudaría a conseguir una orgía à deux con aquél bomboncito.
__ «Au contraire, madame» (respondí, apelando a mi francés del secundario) no me importa admitir que me llevará algún tiempo reponerme de mi rencor. Debería dejar de dirigirle «pour tout ma vie» la palabra. Sin embargo escucharé su oferta. Sospecho que usted tampoco ha de sufrir de un «amour-prope» inmoderado (y que se habrá mandado alguna cochinada padre, además) para que en lugar de acudir a la policía (con quienes los de su clase se llevan tan bien) se haya resignado a descender hasta contratar a un investigador privado de cuarta __ contraataqué __ A propósito, ¿quiere un whisky?
__ Acepto.
__ Baje y cómprese uno __ ella se limitó a mirarme como si yo hubiera sido una criatura que hubiese aparecido reptando de las cloacas. En fin, a veces tengo respuestas brillantes. Otras, estúpidas. Esta fue de las estúpidas. Ella cerró fugazmente los ojos y apretó la boca, como si elaborara, exasperada, una complicada plegaria al Dios de la Paciencia.
__ Bueno, muñeca, al grano. ¿Qué te trae por aquí? (le largué de pronto, utilizando la jerga detectivesca de las películas de cuarta de hace treinta años, en la suposición que era eso lo que la damita esperaba recibir en un tugurio como el mío. Entonces se abrió la puerta e irrumpió Gigí, la expresión dura y los cafés que traía (y que depositó con brusquedad sobre el escritorio) helados, directamente sin calentar: __ ¡Soy secretaria, no moza! __ exclamó sin que nadie le dijera nada y se fue dando lo que ella entendía por un portazo digno y aleccionador. A esa altura los portazos dignos y aleccionadores de Gigí habían llenado de rajaduras la pared alrededor de la puerta.
__ Danke __ le dijo la rubia a Gigí; que ya se hallaba en su oficina al fondo del pasillo__
__ ¿Qué? __ pregunté __
__ Oh... «Gracias», en alemán.
__ Venchreñañum.
__¿Qué?
__ Oh... «muchas gracias» en mapuche. ¿Cuál es el problema?
__ Oh, es bien sencillo. Deseo que me acompañe a mi fiesta de casamiento.
__ ¡¿Quiere que haga de Dama de Honor y le lleve la cola del vestido?! Esa es otra tarifa. Piense en el costo del vestido y...
__ Quiero que me acompañe a la fiesta que haremos «después» del casamiento. Quiero que me proteja.
__ ¿Tan mal se lleva con sus futuros suegros?
__ Tengo que ser absolutamente honesta con usted... (comenzó y mis antenas se pararon con un ¡Toing! de alarma. Cuando un desconocido te asegura eso es el momento de llevarte la mano al bolsillo del pantalón para asegurarte que tu billetera esté a salvo). ¡Estoy segura que ocurrirá algo espantoso! (exclamó, quebrándose de pronto, y dejando que cayeran las máscaras. Tras lo cual se le doblaron las bronceadas rodillas y cayó. Para su fortuna, la mano de Dios, previendo este incidente, tuvo, otrora, la precaución de ubicar del otro lado de mi escritorio una silla para los clientes) __ Y deseo ir prevenida.
__ ¡Por el corazón electrónico de Astroboy! Ya lo creo que ocurrirá algo espantoso. Se casará. En algunos países el casamiento es el castigo que le imponen a asesinos y violadores.
__ ¿Acaso a usted no le gustaría tener hijos?
__ No puedo: soy hombre. ¿Y cual es el intríngulis de su casus belli?
__ ¿De mi qué?
__ El motivo. La razón de su conflicto...
__ El sábado luego del casamiento, organizaremos una fiesta enorme en los jardines del Hyatt Hotel. ¡Estoy segura que de que algo malo le ocurrirá! Por eso quería contratarlo para que me protegiera y controlara que no suceda nada malo __ dijo y sollozó, dejando caer su vista al piso, permitiéndome observar la parte superior de su cabecita dorada. Aquella rubia era deleitable incluso para llorar. Siempre que me cruzo con una de esas mujeres me las imagino quebrándome los huesos, arrancándome la lengua de un tarascón y succionándome la médula (aunque, para estar a la altura de las circunstancias con semejante hembra debería, primero, beberme todito el plato de la sopita del duodécimo mes con que los chinos reciben el año nuevo; y que se prepara con arroz nueces, maníes y otros afrodisíacos por el estilo. ¡Chinos picalones!). Observándola supe inmediatamente dos cosas: una, que si resolvía su caso probablemente me recompensara entregándome su cuerpito de proporciones y belleza germana (si no, seguramente no me entregaría ni el cheque que necesitaba para pagar el gas). Aunque debo confesar que con cada mujer que me cruzo fantaseo con que me entregue el inmaculado templo de su cuerpo (cosa que jamás sucede). Y dos: que no contara con Gigí para tomar café caliente nunca más. Todo se reduce al antiguo interrogante: el ser humano ¿reacciona mejor, da lo mejor de sí, por temor al castigo o ante la promesa de una recompensa que anhela? Sólo podía ver la zona superior de su cabeza dorada. Ostentaba un cráneo dolicocéfalo y una actitud coherente con ese formato craneal (Houston Stewart Chamberlain, escritor inglés admirador de la cultura alemana y conocido por sus obras racistas antisemitas, que emigró a Alemania en 1885 y más tarde se casaría con la hija del mismísimo compositor alemán Richard Wagner; en su obra más famosa – escrita en alemán __ «Die Gruñidlagen des neunzehnten Jahrhunderts» («Fundaciones del siglo XIX» ) proclamó la superioridad del pueblo alemán, afirmando que era descendiente de una raza teutónica o aria superior y se obstinó en demostrar que el pueblo germano, por su cráneo dolicocéfalo, era el arquetipo de la raza superior. Más tarde a Hitler (que estaba convencido que los germanos eran descendientes de los hiperbóreos, que habitaron en un desaparecido continente ártico y que, como descendientes de esa raza pura, el pueblo germano tenía derecho natural a dominar Europa y que sus principales enemigos eran los semitas y los tartáricos) se le ocurrirían unas cuantas travesuras a partir de este libro. De ahí le vino a los nazis esa manía de medir los cráneos de los sospechosos de impureza racial. La cuestión es que aquella belleza alemanita me distraía. Me atraía y me repelía al mismo tiempo. Era una de esas criaturas llenas de esa sinuosidad de movimientos artificiales que la naturaleza femenina humana ha copiado de los animales de la raza felina (y que en ellos queda tanto mejor porque no se lo han copiado a nadie) y que constituye la base de lo que entienden por elegancia y distinción... las putas. A mí (aunque como me las quiero llevar a la cama jamás se los he dicho) mas que excitación sexual me produce risa cuando se me acerca un puma perfumado y en tacos altos.
__ ¿Acaso no tienen vigilancia o perros guardianes para patrullar la casa?
__ Hay dos subnormales que no servirían ni para proteger a sus hermanas. Y tenemos un perrazo, sí. Un enorme gran danés. Pero resulta que justo está en la época del apareamiento y...
__ ¡Que no pretenda nada conmigo porque... !
__ Y además el día de la fiesta deberemos atarlo (tenía una manera de hablar que trasuntaba una suerte de insoportable arrogancia banal, característica de los triunfadores y los poderosos. Sin embargo, en su caso (obviamente por su deslumbrante aspecto) no era más que el resultado de que seguramente rara vez la contradecían; porque rara vez hablaría con alguna persona que no planeara acostarse con ella. Y claro: yo también deseaba acostarme con ella. Pero había un problema: para caerle agradable a una persona basta con elogiarle «aquello para lo que no sirve o aquello que no tiene» (esto lo saben bien los hombres... por eso cuando quieren llevarse a la cama a una mujer lo primero que elogian es su inteligencia y su belleza. A mi nunca dejó de darme resultado. Nunca). Pero esa dama lo tenía absolutamente todo. ¿qué iba a elogiarle que no tuviera? No me parecía buena idea elogiarle la fealdad o la falta de sensualidad. Además, no quería ni mirarla. La fuerza de su mirada me podía nervioso. Tenía miedo que si la miraba a los ojos y me decía «tírese por la ventana» yo iría y me arrojaría. Porque no puedo explicar lo convincente que era esa mujer. Así que decidí llevarla a mi terreno. Saqué mi libreta de anotaciones.
__ Te haré algunas preguntas de rutina, muñeca. ¿Nombre?
__ Frida.
__ Zaidóff, encantado – y nuestras manos se lanzaron la una sobre la otra, como pirañas hambrientas. Al percibir el calor de su encantadora manita me pregunté porqué aquellos imbéciles de los reyes de Babilonia (que popularizaron el saludo «dándose la mano» con su ridícula costumbre de darle la mano a una estatua del Dios Marouk, con la finalidad de que Marouk les concediera más años al frente de su pueblo) no habrán sido un poco más ranas, mas canallitas, mas calaveras, y haber ideado algún saludo bastante más cochino.
__ ¿Talle del corpiño?
__ Ciento cinco.
__ ¡Por el poder de la kriptonita verde! ¿Edad?
__ Por las noches, vestida de gala, veinticuatro. Recién levantada un poco más...
__ Ciento...
__ ¡No sea impertinente!
__ Es que escribo lento. Todavía voy por lo del corpiño. ¿Río de Asia afluente del Yrtys y que muere en la Llanura de Turgaj?
__ ¿Qué?
__ Deje. Esa era para el crucigrama. ¿Su marido tiene costumbres extrañas?
__ ¿Cómo quiere que lo sepa? Todavía no convivo con él. No tuve tiempo para averiguar sus costumbres. Eso sí: me amenazó con suicidarse (o hacerse cosas aún peores) si mi madre venía a visitarnos.
__ Típico. ¿Siempre tenía esas reacciones?
__ En realidad, sí. Era alcohólico. Me confesó que se había lanzado al alcohol debido a la desesperación que le causara el no haber sido invitado a una cena de ex alumnos de la escuela primaria. Somos lo que hacemos. Sócrates ya lo dijo: «To be is to do». En cambio Jean-Paul Sartre afirmaba lo contrario: «To do is to be». ¿Usted cual prefiere?
__ La de Sinatra: «Do be do be do».
__ ¡Imbécil!
__ Nooo... ¿cómo imbécil? ¿No vió lo bien que cantaba «A mi manera»? A propósito: ¿Fórmula del nitrato de potasio?
__ ¡Qué sé yo!
__ Qué lástima... Era para el crucigrama.
__ ¡Infeliz!!
__ Sí, la 33 horizontal. Gracias, pero esa la tenía. Bueno, nena, una última pregunta: Usted teme que en la fiesta ocurra algo malo... ¿Con el fallecimiento de su esposo se beneficiaría alguien?
__ Sí, yo. Ya le dije, nos conocimos antes de ayer. Y anoche, después del casamiento, antes de acostarnos y justo después de lavarse los dientes, hizo su testamento a favor mío.
__ ¿Por eso teme que alguien se sienta, digamos, molesto?
__ Sí. Me deja todo. Por eso acudí a usted. Creo que la ex esposa (es decir, la anterior heredera) está algo disgustada. Temo que intente asesinarme.
__ Un «mariage blanc»... digamos que lo que mi abuela llamaba un matrimonio por conveniencia, n’est-ce pas? ¿Y qué es lo que le hace pensar que la ex está disgustada y que quiere asesinarla?
__ Que hace un rato destruyeron el vidrio de la ventana del living con un adoquín. Llevaba atado un papel con una nota firmada por la ex esposa. Me dice que está disgustada y que me asesinará (¡Y no la culpo, hermana! pensé. La verdad, preveía un futuro negro para esa rubia paqueta. Negro como el pecado, pero ni la mitad de trayente).
__ Lo veo pensativo. ¿Mi relato le sugiere alguna pregunta?
__ Sí, ¿qué estaría haciendo Sir Thomas Harper, el inventor de inodoro, cuando tuvo la gran ocurrencia?


Momentos mas tarde observé como, seis pisos mas abajo el chofer le abría la puerta de una impresionante limusina plateada, tras lo cual partieron. ¿Porqué una mujer de semejante nivel acudiría a un detective insignificante como yo? ¿Porqué? ¿Porqué? Es más: ¡¿PORQUÉ?! Tenía una sensación de desastre inminente. ¿Alguna vez cenaron en un restaurante chino y luego de tragar algún inquietante pescado desconocido les invadió la desagradable sensación de que muy pronto estarían rodeados de médicos y conectados a una bomba para vaciarles el estómago en el hospital más próximo? Bueno, eso. A falta de mejores consejeros acudí a Gigí, mi secretaria inexplorada, sin esperar otra cosa que su oligofrenia habitual; pero con la esperanza de que su estupidéz tal vez sirviera para dar impulso, por contraste, a mi propia capacidad de raciocinio. La llamé con tanto entusiasmo que ella, seguramente confundiendo que mi entusiasmo era del tipo lúbrico, corrió a refugiarse en su silla del escritorio. Pero olvidó bajarse la falda (su tic permanente) y a través de la cavidad del escritorio (que era de última categoría y no estaba, por lo tanto, provisto con lo que se suele llamar «panel del pudor») pude observar la interesante grieta formada por la unión de sus muslos de melocotón y las zonas que de él son vecinas. Y eso que ella tenía la costumbre de ubicar el cesto de papeles en esa cavidad, con el objeto de que la consecuente estrechéz de espacio la obligara a no descuidarse y mantener las piernas apretadas entre sí. Desde luego, sus consejos fueron nulos. Eso sí: me aseguró que la rubia germana me estaba tratando de usar para algo. Que yo terminaría pagando sus culpas como un imbécil. Tan segura estaba que me apostó que si se equivocaba prometía acostarse conmigo. Hubiera sido lo mismo que me ofreciera sus encantos si lograba vencer en combate de puños a Mike Tyson. Desafortunadamente no le hice caso. Pero es que nunca hacía caso a sus opiniones. Para ella, absolutamente todos los que me dirigían la palabra me estaban tomando por un imbécil (excepto, quizás, la operadora que dice la hora por teléfono). Ahora que lo pienso, el hecho de que ella jamás me dirigiera la palabra (excepto para decirme que todos los que me dirigían la palabra me tomaban por imbécil) significaba que ella no me tomaba por imbécil. ¡Bueno! ¡Esto resulta complicado hasta para mí!

PARTE III
«ENTONCES PASÓ LO QUE PASÓ»

Tuve que alquilar un esmoquin de mejor corte que el que tenía. La fiesta se realizaba en los jardines del hotel mas caro del país. Los invitados sumaban miles, había cámaras de televisión por todos lados y la legión del personal de seguridad era tal que me sentía un imbécil en mi papel de guardaespaldas de la rubia. Encima la mujer me había anticipado que no podía ir armado. Que sería imposible que el personal de seguridad me dejara pasar. ¿Para qué me quería a su lado entonces? Obviamente esperaba que sucediera algo y me quería como testigo. En fin. Mujeres...
El flamante marido era uno de los millonarios más célebres y mediáticos y, honestamente, conocerlo personalmente no fue lo que se dice un placer. Era uno de esos groseros que entran a los gritos a cualquier lugar que no conocen. Para esa fiesta había organizado tantos fuegos artificiales que el ruido hacía imposible conversar. De todos modos nadie me dirigió la palabra en toda la noche.
Y entonces pasó lo que pasó. Lo que les adelanté al principio, ¿se acuerdan? Lo que pasó fue que Frida se acercó al esposo y ahí, frente a todos, sin tratar de ocultarse ni de disimular ni nada, le disparó en plena frente delante de los cientos de invitados y fotógrafos y cámaras de televisión de su fiesta de casamiento. Fue todo tan rápido que no pude reaccionar. Y sin embargo, mas tarde, en el juicio, se declaró inocente y salió libre. Eso pasó. Luego de asesinarlo no trató de huir ni nada. No. Sencillamente caminó lánguidamente hasta una de las mesas, se sentó, dejó la 22 automática (una Beretta) sobre la mesa y se puso a beber whisky tranquilamente. No parecía nerviosa ni loca ni nada. Sólo una mujer bebiendo en una noche de verano. Cuando llegó la policía no opuso resistencia. Se dejó conducir tranquilamente hasta el patrullero sin mirar atrás. Esta vez no fue su chofer sino un oficial de policía quien le abrió la puerta de atrás del vehículo (irónicamente este también estaba provisto de un panel que dividía el asiento trasero del conductor.

Pasaron dos meses hasta que se llevó a cabo el juicio. Lo televisaron y puedo asegurarles que los demás canales no hubiera tenido un solo televidente así hubieran anunciado el asesinato en vivo del mismísimo Papa.

__ Por favor, responda a esta pregunta __ preguntó el fiscal __ ¿cuándo se casó por civil?
__ Usted lo sabe. El viernes 14 por la noche __ respondió la mujer, exhibiendo esa figura como para debilitarle la resistencia a cualquiera.
__ ¿Y cuando ocurrieron esas escenas que todos los invitados a la boda presenciaron y que todo el país vio en los noticieros en las que usted le dispara a quemarropa en plena cara? __ continuó el fiscal, con la soberbia del vencedor que siempre grita frases humillantes. Era un caso cerrado, aquella mujer tenía al país entero por testigo de su crimen y él aprovecharía para jugar con ella como el gato con el ratón. El hombre era conciente de la presencia de las cámaras televisivas y actuaba para ellas. Incluso se había comprado un traje nuevo y había ido a la peluquería para la ocasión. Luego de que todos los canales de televisión pasaran noche y día la escena en que la rubia disparaba a quemarropa a la cara de su marido, aquel juicio había concitado más interés que ninguno que otro que se recuerde. La sala estaba atiborrada de gente hasta el cielo raso y los periodistas y las cámaras de televisión eran una multitud... el fiscal no pensaba desaprovechar esa oportunidad para sacarle el máximo de provecho posible.
__ El sábado al medio día __ respondió la mujer tranquilamente, cruzándose de piernas.
__ Dígame, señora: ¿sabe quién se beneficia económicamente con la muerte de su esposo?
__ Yo, naturalmente. ¿Soy la esposa, no? __ respondió ella con la misma tranquilidad de siempre. Incluso se detectaba que aquello la fastidiaba. Como si tuviera algo más importante que hacer. Era obvio que no había nada de este lado del infierno que pudiera sacudir a esa preciosura.
__ La viuda. Qué interesante... Se casa el viernes con un hombre millonario y al otro día ya es una viuda millonaria. ¿Acostumbra mentir?
__ La edad, por ejemplo.
__ Aparte de eso...
__ ¡Jamás, cherry! Mi mamá me enseñó que jamás debe mentirse.
__ ¿Usted vive en la cárcel?
__ ¿Si vivo en la cárcel? ¡Qué idea! No, desde luego.
__ Sin embargo ayer declaró a los periodistas que esta noche dormiría en su casa. Y usted sabe perfectamente que no hay manera de que usted no duerma en un calabozo. Está el país entero como testigo de su crimen.
__ ¿Crimen? ¿Qué crimen? Soy inocente. Y esta noche dormiré en mi casa __ dijo con absoluta tranquilidad, y yo, que todavía tenía en casa el esmoquin manchado con la sangre del esposo pensé, observándola, que de este lado del infierno no existía alma capaz de conmover a esa hija de puta __.
__ Señor juez, antes de seguir adelante quisiera hacer una pregunta al fiscal __ intercedió el abogado defensor de la mujer, poniéndose de pié.
__ ¿Es una pregunta procedente?
__ Procedente y pertinente. Tanto, que puedo asegurarle, Su Señoría, que me vasta esa pregunta para que mi defendida salga libre y sin la más mínima mancha sobre su reputación. ¿Sabe? Tenemos compromisos pendientes para esta tarde.
__ ¡¿Libre y sin manchas sobre su reputación?! ¿Compromisos pendientes? __ estalló el fiscal __ ¡¿Acaso es la única persona en el país que no vio en los noticieros cómo esa mujer asesinó a sangre fría a su esposo?!
__ ¿Aún así considera que su pregunta dejará libre a la acusada? __ se asombró el juez y nos asombramos todos__
__ Sin lugar a dudas. Señor juez, mi clienta no mató a su esposo. Esas imágenes y los aparentes testigos no significan nada, ya que sólo son testigos de lo que creen haber visto. Como el público de los magos. Y para demostrarlo me alcanza con formular esta única pregunta. ¿Podría el fiscal asegurar que la bala que se aloja en la cabeza del cadáver fue disparada con la pistola de mi clienta, con la pistola que aparece en la filmación que tanto le gusta al fiscal? Yo aseguro que no.
__ ¡Protesto! __ estalló el fiscal, un poco actuando para la televusión __ ¡Hay cientos de testigos que vieron a esa mujer asesinar a su esposo a sangre fría!
__ Es obvio __ continuó tranquilamente el abogado defensor __ que ni el fiscal ni nadie es capaz de demostrarlo. Por lo tanto pido un aplazamiento hasta que ello se verifique.
__ ¿No le parece una pérdida de tiempo? __ preguntó el juez.
__ En absoluto. Mi clienta no mató a su marido. Si hacen lo que les digo descubrirán que la bala alojada en el cerebro no pudo haberse disparado con una pistola calibre 22. Descubrirán que la bala que destrozó la frente del esposo de mi clienta procedió de un arma de calibre mucho mayor. De un revólver del ejército, incluso.
De modo que el juez aplazó la seción. No hubo una sola persona que dejara el edificio durante esa espera de dos horas; la atmósfera era eléctrica. Cuando se reanudó el juicio, creo que la única persona de la sala que no estaba alterada era Frida. El juez miró al fiscal:
__Bueno __dijo__ ¿qué es lo que ha hallado?
El fiscal parecía enfermo:
__Su Señoría (respondió y se le escapó un involuntario cri de cœur (un gemido) ... la defensa tiene razón. La bala que mató a al marido de esta señora fue disparada con un revólver reglamentario del ejército.
Cuando las exclamaciones se calmaron, el juez reprendió a la defensa.
__ ¿Por qué se ha traído este caso a juicio? __exigió saber.

La defensa se puso de pie.
__Puedo explicarlo, Su Señoría, y lo haré de inmediato. Recordará usted que, en la noche del asesinato, el marido de la señora había montado una forma especial de fiesta de bodas. El hombre pertenecía al mundo des espectáculo y hubo fuegos artificiales y otras emociones por el estilo. El hombre quería que aquella fiesta diera que hablar en todos los medios, y había dispuesto que ella debía participar en estos trucos. Él pensó que sería divertido si ella fingiera asesinarlo. Le dio un arma cargada con balas de fogueo, y ella llevó a cabo sus instrucciones. Cuando disparó no tenía idea de que su marido estaba muerto, así como no tenía idea de que alguien, usando un arma con silenciador y amparado por el estruendo de los fuegos artificiales, le había disparado a su esposo al mismo tiempo que ella. Aturdida, se sentó en una mesa a esperar. Y cuando la arrestaron pensó instantáneamente que por algún accidente el arma había sido cargada con municiones de verdad en lugar de balas de fogueo. El darse cuenta de que había matado a su hombre le causó tal shock que sus reacciones fueron ligeramente anormales, cosa que era de esperar, no cree? Su marido fue asesinado por una persona que utilizó silenciador y un revólver reglamentario. Esto es pura suposición de mi parte, pero luego de examinar la herida me pareció muy improbable que una bala tan pequeña pudiera haber destrozado de esa manera la frente del sujeto. Habiendo tantos testigos que realmente vieron morir al hombre frente a sus ojos, no se le ocurrió verificar esto, ni siquiera el arma de Frida, que era una pequeña pistola calibre 22 y estaba cargada con una sola bala de fogueo.

Claro, hubo mucha polémica, pero por supuesto, ella salió absuelta y cobró la fortuna que heredó del marido muerto. Quién mató al tipo no se descubrió nunca. Desde entonces he pensado mucho en esto. Se me ocurrió que, si Frida tenía un amante (y les aseguro que con su aspecto podía tener todos los que quisiera) que por una u otra razón quería matar al sujeto, este método era sumamente bueno. Supongamos que este amante fuera alguien allegado a la víctima y le hubiera sugerido que montara ese loco espectáculo con fuegos artificiales y todo ese ruido ensordecedor. Al tipo le hubiera encantado, era el tipo de estupideces sensacionales que él disfrutaba. Supongamos que este amante y Frida arreglan que ella debía hacer de cuenta que mataba al flamante esposo, mientras el amante, oculto en alguna parte, disparaba de verdad, valiéndose de un tipo de arma mucho más pesada y mortífera. Entonces, la rubia se dejaba apresar tranquilamente (como hizo) y mientras ella esperaba durante esos dos meses que se llevara a cabo su juicio, el amante disponía de tiempo de sobra para salir del país y establecerse en alguna parte, de modo que cuando todo terminara ella pudiera reunirse con él... ahora millonaria tras haber heredado la fortuna de su marido por un rato. Yo estuve en el lugar de los hechos y puedo asegurarles que para mí era obvio, por la expresión del rostro del pobre diablo que él ciertamente no había dispuesto que ella hiciera ninguna parodia de asesinato como parte del espectáculo. Puedo jurar que cuando ella le disparó él sabía perfectamente que estaba a punto de morir.

PARTE IV
«JAMÁS OLVIDARÉ A FRIDA… NI A GIGÍ»


¿Al comienzo del relato dije que jamás olvidaría a Frida? Y es verdad. Pero se equivocan si entendieron que me refería a su belleza. Escuchen: resultó que mi deducción fue acertada hasta en el más mínimo detalle... excepto uno... que explicó porqué una ricachona como Frida acudió a un detective de cuarta. He escrito estas memorias desde la cárcel. Hace ya tres años que estoy cumpliendo una pena por homicidio, ya que hallaron que el arma asesina era la mía, plagada de mis huellas digitales. ¿Recuerdan que también les dije que Gigí me odiaba? Lo planearon entre ellas, por supuesto. Por eso no renunciaba a trabajar para mí. Estaban planeando el golpe que arreglaría sus vidas. Tampoco comprendía la necesidad que tenía Frida contratarme como guardaespaldas. Nada de eso, me estaba contratando como… víctima (¿dije «imbécil»?). Y por eso Frida me prohibió que llevara mi arma a la fiesta. Luego Gigí (utilizando guantes) la tomó y se dirigió a la fiesta, ocultándose en un lugar preestablecido y oculto a la vista de todos. Fue Gigí quien disparó. Tampoco me equivoqué al presumir que quien disparó el arma asesina era el (bueno... «la») amante de Frida. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida (aunque evidentemente sí me equivoqué al suponer que Gigí no me toba como un imbécil, no?). ¿Cómo lo sé? Gigí misma me lo reveló todo la vez que vino a visitarme para cumplir con la deuda que tenía conmigo. ¿Recuerdan su apuesta? Pues cumplió.

El cuerpo de Gigí resultó ser francamente sicalíptico (bueno, voluptuoso). Sus largas piernas estaban enfundadas por un par de medias negras de lo más pilluelo. Sus pechos desnudos, se mantenían erguidos riéndose a las carcajadas de la ley de gravedad. Su bajo vientre no estaba totalmente desnudo, vestía la última novedad en lencería cachonda. Y debo decir que le quedaba espectacular. Una V de vinilo negro cuyo radio se restringía al Monte de Venus que en su caso era un cerro tan abultado que habría pasado inadvertida en un vestuario de hombres (donde se permitiera el uso de slips aputozados, claro). Luego, y como en una especie de versión moderna de un matambre sexy, su cuerpo se veía enjaulado por una serie de lasos negros que se veían tan tensos como un arco a punto de disparar y que me hacían preguntarme cómo diablos se lo había puesto sin ayuda (en realidad, no me cuesta demasiado imaginar quien la ayudó). Me pasa algo raro con la lencería. Me excita, desde luego, una mujer con portaligas, bodies y todo el atuendo de la parnafenalia sexual... siempre y cuando sea novedad. Que la dama me sorprenda. Que no sea todos los días igual. Pues siempre opiné que las mujeres que no pueden ir a la cama sin el uniforme de fornicar, sin preparar esa «mise en scène», sin ese comodín sexual como si dijéramos, es porque saben que en la cama son un desastre y sin la lencería no excitarían ni a un beduino. Sea como fuere, nunca me burlo de las víctimas de sus propias fantasías. Además de que la caballerosidad masculina no nos permite decir: «No tenés el cuerpo de la modelo de la foto. Sacate eso que te queda ridículo».
Gigí se metió en la cama y se desplazó hacia mí de rodillas, gateando. Suspiré resignado. Obviamente no pertenecía a la escuela de las Diosas Celestiales; las que se sientan y contonean las largas piernas con los muslos muy pegados (mostradme cómo una mujer se procura la horizontalidad y os diré su calidad y categoría de hembra).
Ahora dejo caer un pesado telón sobre el episodio subsiguiente – que no requiere los aplausos ni los hurras de una audiencia obscena – y sólo levantaré secretamente los flecos para revelar __ tal vez con muy poca caballerosidad __ el único hecho increíble que pude descubrir en el caso Frida: Gigí NO estaba tributándole a Venus su primer homenaje.
Adiós.


¡NO TE PIERDAS EL PRÓXIMO CASO!


Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 14-03-2008.
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