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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / CASO 4) «HUMPHREY “SOUBELET” BOGART» en: «EL EXTRAÑO CASO DEL SUICIDA QUE MURIÓ A HACHAZOS»

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CASO 4) «HUMPHREY “SOUBELET” BOGART»
en:

«EL EXTRAÑO CASO DEL SUICIDA QUE MURIÓ A HACHAZOS»

(¡ANTE ULTIMA ENTREGA!)

PAPEL PROTAGÓNICO: GUILLERMO SOUBELET


«Me hallaba en mi oficina con mi profesor de toreo, y acababa de ponerme el traje de luces cuando se abrió la puerta con un golpe e ingresó una mujer que, contemplada a través de un vitraux renacentista seguramente exhibiría una desgarradora ternura. Pero como yo no la miraba a través de un vitraux renacentista, advertí en sus ojos y en su mandíbula esa dureza característica en las personas despiadadas y en los zapatos recién estrenados. También advertí que en su enguantada mano llevaba una Browning calibre 22: «¡El color de su alfombra no combina con el de las cortinas!» - me escupió por todo saludo arruinando mi mejor Verónica.
__ ¿Me va a matar porque combiné mal los colores? -- balbuceé, sin quitar la vista de la pistola. Soy cobarde puro, sin contaminar. No estoy acostumbrado a la violencia preme¬ditada, excepto cuando oficio de víctima involuntaria.
__ ¿Usted es el detective?__ inquirió, mientras se limpiaba un oído con mi corbata y evadía con sorprendente destreza el embate del profe, quien, disfrazado de toro Miura, le pasaba peligrosamente cerca. ¡Olee!
__ Sí __ respondí con arrebatada elocuencia, al observar que me hallaba frente a una de esas criaturas con la moralidad de un reptil. Y, como se sabe, a ese tipo de mujeres es necesario manejarlas con prudencia y el registro actualizado. Entonces aquella mujer me miró directamente a los ojos, e inmediatamente y no sé por qué, supe que ella creía que yo estaba seguro de tener los dedos de los pies más cortos que los suyos. Inexplicablemente me sentí ofendido por aquello. Sin embargo pasé por alto aquella afrenta y me aboqué a lo que nos ocupaba: __ Bien usted dirá... (soy un as cuando me largo a hablar).
__ Mi esposo se suicidó a hachazos __ aseguró, mientras sacaba uno de sus enormes senos y me lo enseñaba moviendo las cejas. Mas, aunque aquello indudablemente resultaba un seductor proyecto, no por ello se encendió mi sangre. Aquella hembra llevaba tanto maquillaje sobre su rostro, abarcando todo el espectro de la escala cromática, que parecía una starlet sobreviviente de la época de los Golddiggers.
__¿Y qué lugar eligió el desdichado para procurarse el reposo definitivo?__ inquirí, mientras quitaba aquella pistola de sus enguantadas manos con la excusa de examinarla, aunque la verdadera razón era que su dedo sobre el gatillo me producía escalofríos. Mientras me ocupaba de aquellas minucias, el profe, que aún no se había quitado aquel ridículo disfraz y seguía trota que te trota por toda la oficina, me ensartó con aquellos cuernos entre los omóplatos. Yo dije ay, él, ni mú.
__ Su baño __ contestó la mujer
__ ¿El cadáver aún se encuentra en el baño de su casa?
__ No, en su baño. El suyo. Acá, en el baño de su oficina __ me señaló la mujer mientras, vaya uno a saber porqué, se arrancaba los finos tacos de los zapatos con mi abrecartas. La sola idea de tener un cadáver que aún no me habían presentado en mi baño estaba por hacer disparar de golpe todas mis angustias latentes. De manera que fui alargando lentamente mi cuello para, paulatinamente, ir teniendo una visión fragmentada que se iba agrandando en forma directamente proporcional al estiramiento y crujir de mis vértebras cervicales. Finalmente, la escena que contemplaron mis daltónicos ojos fue apremiante y repelente al mismo tiempo: el infeliz de hallaba tirado boca abajo, con veinticinco hachazos en la espalda y mucho más muerto de lo que conviene estar si uno no quiere llegar tarde al partido de bridge. Los hachazos habían sido ejecutados con veinticinco hachas diferentes: el cadáver, como una especie de puercoespín surrealista, exhibía con patética impudicia las veinticinco armas clavadas y esparcidas desde la nuca hasta la base de la columna. Se me ocurrió pensar que quizá no se tratara de un suicidio, cuando escuché, nítido como el canto del chotacabras, el característico chirrido de cadenas del ascensor (que tan bien evocaba al fantasma de Jacobo Marley del cuento de Dickens) y que se detenía en mi piso. Se abrieron las puertas y emergieron dos policías enormes que se dirigieron a mí y, tras mirar el cadáver de esa manera casual que tienen los policías para mirar los cadáveres, le dirigieron una mirada interrogativa a la mujer, quien, sin vacilar, y tras dar un do de pecho que me evocó «el chillido del pífano de cuello encorvado», de Shylock, exclamó, señalándome: ¡Este hombre acaba violar y asesinar a mi esposo! Los polis me quitaron la pistola de la mano y, tras decirme ¡Caíste, rata!, procedieron a esposarme con obvio deleite (olvidándose del detalle de que aquél sujeto no había sido ultimado a balazos y de las veinticinco hachas profundamente enterradas en aquel cuerpo cuya sangre en aquel momento se esparcía por mi alfombra nueva Mickey Mouse). Inmediatamente uno de ellos se dirigió a mi escritorio, abrió el segundo cajón con una familiaridad desconcertante e, insólitamente, extrajo, de donde debería haber hallado mi colección de videos puercos, un estuche que contenía espolveadores, cepillos, y un recipiente con polvo para detectar huellas digitales. Acto seguido, y a una velocidad que me hizo sospechar que no tenían la menor idea de como se manejaban aquellos trebejos delatores, espolvorearon la empuñadura nacarada del arma y tras echar un desganado vistazo a mis deditos me escupieron: «Se acabaron tus fechorías, malvado!». Esto produjo que yo entrara en un ataque de histeria en el que, en turbulento marasmo desencadenado, y por medio de gestos inconexos y alaridos desesperados, intenté hacerles comprender a aquellos primates que la mujer intentaba adjudicarme un crimen que yo jamás había cometido. Matar señores estaba prohibido. Sin embargo y ante mi estupor, el más gordo de aquellos gorilas me recordó, paladeando las palabras con asesina delectación y con una sonrisa sardónica «que Freud relacionaba a la paranoia con las tendencias homosexuales, mariquita». (En realidad me llamó de la otra manera. ¡Sí, la Reina de las Malas Palabras! ¡Lo peor que se le puede decir a un caballero!). Me dejó alelado que un sujeto tan insustancial se atreviera a hacerme semejante afrenta, y, abrumado por la absoluta safiedad de aquel espúreo Defensor del Orden y de la Justicia, le espeté que de vivir el Sargento Matute, aquel baluarte de la institución policial, se desmayaría de indignación por tener a semejantes canallas como camaradas. Al oír mis palabras el Ángel Azul montó en cólera y emitió, con inusitada y sobrecogedora vehemencia, el aserto de que mi forma de hablar le daba jaqueca y que si volvía a pronunciar tan sólo una palabra me patearía con tal violencia mi espaldita de sentarme que dejaría mi boca y mi recto en eterna yuxtaposición; aunque, por cierto, recurrió a otras locuciones y vulgarismos para la formulación de esa vívida imagen. A continuación, y antes de darme tiempo a recuperar resuello ante su tempestuosa diatriva, se dirigió al otro y le dijo: «Léele sus derechos, Joe». Y Joe me dijo: «Éstos son tus derechos» y me asestó un brutal rodillazo en la entrepierna. Evalué que la hostilidad de aquellos sujetos seguramente respondería a una vida paupérrima consecuencia de salarios misérrimos; mas, así y todo, no lograba identificarme con su causa. Mas aún: las gentilezas de aquellos dos caballeros estaba despertando en mí un apremiante e insano deseo homicida. Pero el equilibrio de poderes no era favorable a una réplica agresiva de mi parte. Un país cuyas autoridades se ven seducidas por los cantos de sirena de la corrupción y de la violencia inevitablemente es víctima del populacho; la rapiña y el pillaje se ponen a la orden del día; la familia se deteriora y es reemplazada por la manada de lobos salvajes y por la hermandad del crimen; los niños se transforman en mera mercancía, las mujeres son vendidas al mejor postor, los escritores echados a patadas de sus trabajos... mejor dejémoslo ahí. Bueno, caí de rodillas, boqueando. Y, como si todo aquello fuera poco, en aquel momento llegó la encargada de la limpieza, quien, al ver al cadáver, comenzó a proferir alaridos que eran como imprecaciones de una sacerdotisa fanática. Chillidos de una intensidad que inmediatamente evoqué la desgarradora imagen sangrante de aquella vez cuando, de niño, presencié cuando carneaban un cerdo. Aquella lejana noche no pude pegar un ojo ante el recuerdo de tan desgarradores alaridos. Me juré a mí mismo que jamás comería cochinillo. Ahora, mientras la encargada de la limpieza aullaba de aquella manera, me juré a mí mismo que jamás comería encargadas de la limpieza. Entonces balbuceé: «¡Yo no lo violé. Sólo combiné mal el color de las cortinas!» Y, acto seguido, me desmayé. Recobré el conocimiento, a medias, en el patrullero en el que me transportaban a vaya a saber dónde. No abrí los ojos por temor a que comenzaran a golpearme de nuevo. Mientras mi paranoia hendía como un arado los campos de mi equilibrio emocional, que se hallaban provisoriamente fuera de combate como consecuencia de la labranza excesiva que significaron para mí los insólitos e inesperados acontecimientos que acababa de protago¬nizar, comencé a preguntarme si aquellos sujetos no serían impostores. Mas al advertir la impunidad con que cruzaban las calles ignorando las luces rojas de los semáforos tuve que admitir que no podían ser otra cosa que policías. Ya se sabe: cruzar semáforos impunemente y exigir pizzas gratis es a las Fuerzas del Orden, lo que la palabra homeomorfismo es a la Topología Combinatoria (rama de las matemáticas que domino sólo por parte de madre).
__ ¡¡Despiértese, imbécil!! __ me sugirió uno de mis Ángeles de la Guarda mientras me agarraba de los pelos y me arrancaba del auto. Entonces me esposó la muñeca derecha al tobillo izquierdo y la muñeca izquierda al tobillo derecho y, en aquella exótica posición, me obligó a subir cinco pisos por escalera (mientras me preguntaba a mí mismo porqué no le habré hecho caso a mi mami que me decía que me quedara trabajando en el banco) hasta una sala oscura y sin ventanas que no ayudaba, precisamente, a dulcificar mi visión del mundo. __ ¡¿Porqué lo violó?! __ me exigió perentoriamente a modo de recibimiento otro uniformado del tipo gordo tetón (mientras me apoyaba en la boca el palo de pegar a los civiles, obligándome a retorcer mis labios con asco pensando que sólo Dios sabe qué usos degenerados le habrá dado aquél sujeto al palo reglamentario). Aquél hombre me gritó de tal manera que inmediatamente sentí el vidrioso estremecimiento que sufre una copa a punto de hacerse añicos. Entonces, y ante lo posible perspectiva de que a aquellos salvajes se les ocurriera meterme aquél palo no ya en la boca sino en algún lugar mucho mas humillante, y como no estaba dispuesto a ser el Lawrence de Arabia de aquél turco uniformado con uniforme y pertrechos comprados con los impuestos que yo pago, consideré que, dado el magro resultado obtenido hasta el momento, había llegado el punto de dejar de lado aquella actitud pasiva y dar un giro a aquello antes de que fuera demasiado tarde para lograr escabullirme de lo que aparentemente me esperaba manteniendo incólumes la prestancia, la gallardía y la grandeza intrínseca de mi ser.
__ ¡¡Escuche, imbécil!!__ comencé, exhibiendo una audacia que distaba mucho de poseer, dando por sentado que en tales circunstancias las expresiones vernáculas resultan las más obsequiosas. Tomé con intrepidez a aquél sujeto por las solapas y continué con mi monserga con voz de bucanero ¡Le sugiero que, sin pérdida de tiempo, acuda a su confesor y haga penitencia! ¡Si es un sacerdote como yo pienso que han de ser los sacerdotes le azotará sin piedad ahí mismo, en el confesionario! __ Entonces, al acercar mi rostro al suyo, quedé estupefacto al comprobar que aquel grandote llevaba rastros de delineador bajo los párpados. Una mirada más escrutadora me reveló que había restos de rouge en las comisuras de sus carnosos labios. Sentí que un sudor frío me recorría la espalda: enterarme de los deleites prohibidos de aquellos caballeros y clavar mi vista en esos palos con el diámetro de un palo de amasar que me hacían presagiar un futuro nada halagüeño fue todo uno. Me horroriza decepcionar las expectativas que otras personas depositan en mí, mas estimé que lo de aquel sujeto se pasaba de la raya. Desesperado, alcé mi brazo, no para enarbolar una oriflama sino para mendigar, quijotesca e ingenuamente, el socorro de alguno de los otros hombres que se encontraban ahí presentes balanceando sus palos amenazadoramente y que, obviamente compartían los peculiares deleites de su jefe, quien ahora me apuntaba al pecho con una Browning calibre 22. Como si todo esto fuera poco __ y sin que mediara ningún comentario o gesto en ese sentido __ volvía a tener la extraña certeza de que, insólitamente, aquél tipo también pensaba (al igual que la gorda pintarrajeada que había irrumpido en mi oficina) que yo creía tener los dedos de los pies más cortos que los suyos. ¡Una Browning calibre 22! ¡Dedos mochos! Entonces lo comprendí todo. Mi mente entrenada dedujo que aquellos indicios aislados sumados a los rastros de maquillaje de aquél rostro vacuno sólo podían significar que ambos eran la misma persona. El rouge, el delineador y la Browning así lo indicaban. Así como también su obsesión por hacerme cargo del asunto. Comprendí que si daba vuelta el cadáver que se desangraba lánguidamente en el baño de mi oficina me hallaría frente al cuerpo sin vida de una dama y no del de un caballero: la esposa del policía de las tetas de amazona. Comprendí la razón por la que aquellos policías se presentaron en mi oficina sin que nadie los llamara, y no precisamente para cobrar la Cooperadora Policial. Comprendí con horror que nadie sabía dónde me hallaba y que aquél cadáver en mi oficina sumado a unas cuantas pruebas circunstanciales esparcidas aquí y allá por los uniformados, bastarían para incriminarme. ¡En realidad la encargada de la limpieza del edificio sí sabía que los policías me habían llevado con ellos! Pero recordando las propinas miserables que le daba para fin de año comprendí que más valía que no se presentara a declarar (¡Sí comería encargadas de limpieza!). Comprendí en definitiva, que era hombre muerto. Entonces, el policía me tomó a mí por las solapas, obligándome a pendular patéticamente con mis piecitos en el aire:
__ ¡Escuche, mascarita! __ recién entonces caí en la cuenta de que aún llevaba mi traje de torero ¡Y le aconsejo que no vuelva a interrumpirnos! Hay algo que deseamos decirle desde que mis muchachos estuvieron en su oficina y usted no se los permitió cuando comenzó con todo ese ataque de histeria. Como he estado tratando de decirle desde que llegó, en el baño de su oficina hay un cadáver...
__ ¡Y que no es su esposo, me di cuenta! __ interrumpí, histérico.
__ ¡Cállese! __ me interrumpió, histérico.
__ ¡Es que...! __ lo interrumpí, histérico.
__ ¡Cállese! ¡Joe, muéstrale el Probador! __ Y Joe abrió una puerta y pude ver a varios policías probando sus cachiporras contra doloridos civiles. Me callé.
__ El cadáver __ prosiguió el poli __ se está desangrando sobre la alfombra de su baño ... y ese es un asunto que debemos solucionar...
__ (dije que sí moviendo la cabeza y abriendo los ojos como el dos de oro).
__ Bueno, justamente nosotros tenemos acá un remanente de aduana, de alfombras importadas, joya, a cincuenta pesos cada una y pensamos que...

Mientras pagaba, pensaba que ya nunca volvería a ver a mi querida alfombra Mickey Mouse, y que, en cambio, hallaría prolijamente extendida en mi baño una de esas horrorosas alfombras de origen dudosamente persa. Que, por supuesto, en mi baño ya no habría indicios de ningún cadáver. Ya que éste se hallaría manchando la alfombra de algún otro imbécil futuro propietario de alfombra nueva. Que jamás habían existido ningún esposo ni esposa suicidados ni asesinados, ya que, por la naturaleza de su trabajo de policías, aquellos sujetos estaban en condiciones de echar mano a cualquiera de la montaña de cadáveres que la maquinaria de la ciudad escupe día tras día. Y que habiendo miles de historias como ésta en la ciudad desnuda, ¡maldita sea! ¡¿porqué me tocaban todas a mí?!
Eso sí, me retiré de aquél recinto contraviniendo la formalidad de decir adiós.

¡NO TE PIERDAS EL ÚLTIMO CASO!
«MI VIDA COMO PERRO SETTER IRLANDÉS»

Texto agregado el 14-03-2008, y leído por 67 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-03-22 05:53:01 genial, simplemente impecable, y no me refiero solo a este texto sino tb a los 3 anteriores.... MarMaga
2008-03-17 04:13:33 señor/a la lluvia: le cuento, el señor guillermo (estatua) YA es un gran escritor e ilustrador de comics, he tenido el gusto y la posibilidad de acceder a sus libros y tenerlos, como tambien de ver sus publicaciones en revistas...asi q su pronóstico YA no es el correcto, esto que le digo es de motu propio, ya que considero a guillermo mas que capaz de alegar por si mismo, pero me molesta sobremanera que hable sin saber, leame a mi y destroce sin asco, yo si soy una alegre aficionada!, ademas, sigo esperando que usted escriba algo! atte. Magarosa. MAGAROSA
2008-03-16 01:06:07 Amigo: Creo que tienes tanto talento, que te cuesta emprolijarlo, te cuesta contenerlo. Esto motiva que como lector me pierda en genialidades pasajeras que me dificultan seguir el hilo conductor de tus historias. Historias que de adquirir la claridad que me facilita la lectura, debería admitir que me encuentro ante un talento superior. Te felicito***** tio_coco
2008-03-15 13:50:30 Eres desopilantemente genial. copal
2008-03-14 21:30:53 Ahora si que pienso que estás loco!!! Debes tener una estrella en el cerebro. Tu cuento: una genialidad. Te felicito zumm
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