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Inicio / Cuenteros Locales / valens / La casa de los vampiros.

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El inmenso pasillo con su larga alfombra roja y sus altos muros cubiertos de espejos que abarcaban del suelo al techo y de lado a lado, se elevaba tenebroso como todas las noches; a la medianoche la luz azul y plateada de la luna entraba por el tragaluz del techo y se reflejaba en cada uno de los grandes cristales, creando un efecto luminoso que aumentaba la más pequeña sombra y marcaba más aún el ambiente tenebroso del corredor principal. Como cada noche, Endenio se levantó al escuchar las campanadas del pesado reloj que marcaban las doce, cuidando no hacer ningún ruido para no despertar a Mirla, se puso su abrigo negro y abrió el pesado portón que lo separaba del terrorífico territorio, esa zona hostil donde la luz se asemejaba tanto a ese temido sol que saldría en unas cuantas horas, suspirando, cruzó el umbral.

Siempre, todas las noches, el corredor era como una pesadilla que lo aguardaba detrás de la gran puerta de roble, ese territorio resumía todo lo que alguna vez le causara terror en su vida, no necesitaba ser un niño para temblar aguardando el ataque de un moustro escondido entre las sombras y el efecto de la luna reflejada; voltear a los espejos y no encontrar su reflejo no hacía mas que aumentar ese miedo incontrolable que acompañaba sus pasos cada madrugada cuando lo tenía que cruzar para salir a la jornada que debía cumplir noche tras noche como una condena inexpugnable. Claro que nunca le mencionaría eso a Mirla o cualquiera de los otros, ese miedo era su secreto, su único secreto, su último suspiro de ser humano, compartir su terror con alguien sería como renunciar a esa pequeña cosa que lo separa de ser uno más. Ese sentimiento de ser perseguido por extrañas criaturas a lo largo del corredor era su seña, su punto de diferencia aunque sólo él lo supiera; estaba seguro de que ninguno de los otros cruzaba corriendo y cubriéndose los ojos rojos y llorosos con las manos, evitando levantar la mirada por temor a encontrar algo, temor a mirar esos espejos que no le devolvían su imagen, en el fondo también era miedo a descubrir que alguno de los otros lo había escuchado y había descubierto su miedo, pero su mayor temor, lo que le congelaba la sangre, era descubrir que alguna de esas noches los espejos le devolvieran su reflejo y toparse frente a frente consigo mismo en la madrugada; la simple idea de ver su imagen lo llenaba de un terror indescriptible, contemplarse sería la culminación de su derrota, ver en lo que se ha convertido, comprobar que seguía siendo humano (porque aún lo era), saber que en su casa no hay moustros ni vampiros y que nadie más que él tenía esas extrañas ideas al cruzar el corredor.

Al salir de la casa y respirar el aire helado de la calle, se tranquilizaba, todo estaba claro de nuevo y volvía al mundo sin criaturas ni vampiros ni sombras tenebrosas, el mundo en el que lo que existía era el turno de madrugada en la fábrica y la calma antes de volver a la noche siguiente y tener que salir al corredor de nuevo y otra vez el miedo y los moustros y las sombras y así sucesivamente...

Texto agregado el 14-03-2008, y leído por 9 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2008-03-14 17:25:52 yo creo q en tu cuento no deberìas usar tanto palabrerìo e ir directamente a lo concreto nanto
 
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