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Inicio / Cuenteros Locales / valens / La Santísima Espiga.

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La espiga apareció en el desierto, justo en el medio de la nada; se le apareció a dos viajeros que volvían del norte, justo en el mismo lugar donde había sido violada la pequeña mártir del pueblo, a la cual muchos ya querían canonizar. Dicen que el cielo se cerró y de entre la penumbra surgió un resplandor multicolor que desapareció casi al instante, cuando los hombres llegaron al lugar del destello, encontraron una aparición de la niña sosteniendo una espiga dorada que brillaba tanto como el sol; ella estaba vestida completamente de blanco y les dijo que esa espiga había sido tocada por el propio Dios al crear la tierra, y que mediante ella le traería la paz a toda la tierra, dejó caer el objeto sobre la arena y desapareció enseguida; al momento siguiente, el cielo se despejó y todo volvió a la normalidad.

Los viajeros llegaron al pueblo y llamaron a toda la gente a la plaza que estaba junto al ayuntamiento y ahí les contaron todo lo que vieron en el desierto y les mostraron la espiga dorada que la aparición les había legado. La opinión del pueblo se dividió por completo al escuchar el relato, una parte de la gente simplemente consideró que se trataba de timadores que querían vender ese objeto inútil, o tal vez habían sufrido una alucinación debido al sol; sin embargo, una gran cantidad de gente (en su mayoría mujeres) creyó completamente lo que los hombres contaban y los siguieron hasta el lugar donde les fue entregada la supuesta reliquia. Ahí tuvo lugar la supuesta segunda aparición de la niña, quien les indicó que debían construir en ese mismo lugar una capilla para la adoración de la sagrada espiga.

Con el paso del tiempo, la adoración a la Santísima Espiga de la Paz del Señor, a la Santa Arménia mensajera del Señor y a los santos profetas Euclidio y Palomino creció de una manera sorprendente y pronto la gente de los pueblos de alrededor comenzaron a creer, a asistir al Templo de la Paz y a formar una congregación que crecía más cada día. En unos meses ya eran cientos de seguidores de la reliquia, lo cual despertaba cada vez más la preocupación de la iglesia católica y del padre Aurelio, el párroco del pueblo, quien escribió una carta al Vaticano informando de lo que acontecía en la región. Cuando, días más tarde los supuestos profetas Euclidio y Palomino fueron brutalmente asesinados por católicos extremistas, la popularidad de la nueva Fe aumento de manera considerable y los feligreses exigían que el Vaticano y la municipalidad la reconocieran como una religión y dejaran de referirse a ella como “la secta” y tratar a los creyentes que acudían al templo como pecadores o dementes. Pocas semanas después, el Vaticano envió a uno de sus hombres, el Padre Pietro Satornni, a investigar lo que ocurría y tratar de ayudar a la iglesia local, la cual cada vez perdía más y más segadores en toda la región.

A mediados del verano del cincuenta y seis comenzaron las apariciones de los Santos Profetas Euclidio y Palomino en distintos puntos de la región y fue a partir de ese momento cuando la popularidad de la nueva Fe comenzó a crecer de manera impresionante por toda la provincia y llegó a adquirir fama en todo el país; viajeros de todas partes llegaban con sus ofrendas y oraciones a la Santísima Espiga de la Paz del Señor y sus donativos al Templo de la Paz eran cada vez mayores. Cada vez más personas renunciábamos a todo para entregarnos a la profesión de la Paz del Señor, incluido el padre Pietro Satornni, quien nunca volvió al Vaticano y se convirtió en el principal predicador del templo después de que el Santo Palomino se le apareciera en un sueño y le dictara su doctrina. Cuando publicó la Pax Mundi Dictata, los fondos del Templo de la Fe se triplicaron en una semana, pero no era sobre dinero, para nosotros nunca fue sobre dinero.

La Pax Mundi Dictata, que se convirtió en el libro sagrado, hablaba de cómo el Señor volvería al final de los tiempos con su reino de venganza y recompensa para salvar en vida sólo a los que adoraron la Santísima Espiga y arrojar a los que rehusaron aceptarla a un valle de eterno dolor donde El Mismo los torturaría quemando su piel y renovándola cada día con la ayuda de sus ángeles vengadores por toda la eternidad. Pero era la paz, justo la paz, lo que nos mantenía a todos con esa constante Fe que nos diferenciaba de la otra iglesia, la iglesia de un solo día de la semana, la que adoraba esa cruz vieja y marchita; esa paz prometida por la Santa Arménia y los Sagrados profetas era lo único que nos interesaba, ganar con nuestras oraciones la Paz sagrada que todos anhelábamos. Nuestro país, como casi cualquiera en ese tiempo, pasaba por tiempos oscuros, tiempos de miedo y represión; nuestros conciudadanos mostraban una actitud cada vez más hostil hacia nosotros, los malditos ateos y herejes atacaban a todas las doctrinas, los países se atacaban unos a otros, los hermanos se agredían entre sí, el mundo entero tenía tanta furia que la descargaban unos contra otros. Pero para nosotros la paz era lo único que nos mantenía vivos, la promesa de esa paz enorme que nos traería la Sagrada Espiga, la promesa de Dios de darnos paz a través de ella, la promesa de los profetas de que sólo tendríamos paz adorando a la Sagrada Reliquia; no importaba que en las calles toda la gente gritara, nosotros sabíamos que sólo era un preludio a nuestro eterna vida de paz.

A finales del cincuenta y seis la tensión aumentó cuando un grupo de católicos extremistas entraron al Templo de la Paz durante la noche y robaron la Santísima Espiga, destruyendo de paso todo el lugar. La Santísima Espiga era todo lo que teníamos, era nuestra paz y no permitiríamos que nos la quitaran, era nuestra paz y la recuperaríamos con paz o con guerra. En respuesta al robo de la Reliquia, algunos de los creyentes entramos a sus iglesias y decapitamos sus imágenes y quemamos sus horrendas cruces de madera. La guerra fue entonces directa, los ataques a creyentes de ambos bandos eran parte de la rutina; pocos días después recuperamos la Espiga y los católicos parecían rendirse, la paz por fin estaba llegando.
La noche del veintidós de noviembre estábamos reunidos en el Templo de la Paz cuando comenzaron a sonar los cañones y las balas al aire, el ataque nos tomó completamente desprevenidos, pero no nos rendiríamos fácilmente, tratamos de responder con lo que teníamos, pero era una guerra en desventaja. En pocos minutos todo el Templo de la Paz estaba envuelto en llamas y los católicos entraban por todas partes, con armas y antorchas, destruyendo todo a su paso y atacándonos; el contraataque fue insuficiente y en minutos los creyentes perecían uno a uno mientras nuestro Santo Templo se reducía a cenizas tibias que volaban en el aire a la interminable madrugada.

A la mañana siguiente, muy temprano, todo era cenizas: el templo, los creyentes, los altares, incluso el padre Pietro, todo completamente negro. Los pocos sobrevivientes nos agrupábamos sobre el suelo aún caliente del Templo de una paz que nos fue prometida y que parecía tan lejana, de la paz que nos iba a ser concedida a través de una reliquia por la cual fuimos capaces de olvidar todo y entregarnos al fanatismo y la guerra. De pronto, entre los escombros brillaba, dorada como siempre, la Santísima Espiga de la Paz del Señor; la Reliquia estaba ahí, era el momento de reorganizar el Templo y el contraataque y así tal vez el Señor después de todo…

Texto agregado el 14-03-2008, y leído por 6 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2008-03-15 00:49:18 El género humano es proclive a la guerra, él la inventó, está en su condición, y si a esto le sumamos el fanatismo religioso, el flagelo de la guerra siempre estará presente en la humanidad.*****Saludos. sagitarion
 
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