Era una tienda situada estratégicamente en una calle peatonal en el casco antiguo de la ciudad. Su escaparate amplio era una exposición de objetos curiosos que las manos de una maga habían devuelto a la vida. En una esquina del expositor, había una caja muy singular, la única pieza de la tienda que no tenía precio, pues su valor era incalculable.
Llamaba la atención la viveza y claridad de sus colores, entrelazándose unos con otros adquiriendo diversas formas caprichosas. La pequeña caja multicolor era depositaria de infinitos sueños que guardaba con celo mientras esperaba con paciencia a quien fuera capaz de hacerlos realidad. Si estos sueños finalmente no podían ser cumplidos regresaban a su interior.
Tremendamente observadora sus colores se reflejaban en la gente que paseaba, y distinguió como él la miraba con la mirada perdida.
Sus ojos se clavaron en ella, quedándose prendado de su belleza. Muchas veces pasaba por ahí, y nunca se había percatado de la presencia de la tienda ni muchos menos de la pequeña caja multicolor. Su tristeza se transformó en esperanza al reflejarse los colores en su alma, y recordó un sueño que dejó escapar hacía muchos años. La maga supo al momento que él estaba mirando su cajita aunque no necesitara darse la vuelta para comprobarlo.
Continúo su camino esta vez con ganas, haciendo planes y por primera vez en mucho tiempo sonriendo. Recordó la tienda y la caja de colores durante toda la noche y se encaminó hacia ella al día siguiente, para comprarla a cualquier precio. Al llegar a la esquina, observó con estupor que la tienda había desaparecido, preguntó a los vecinos y nadie fue capaz de darle razón de su existencia. Sonrió por haber recuperado su sueño, y por haber sido tan afortunado al ser escogido por la cajita de colores, creada por la maga que regalaba ilusiones.
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