Santiago III.
Aterricé en Chile vacío de sentimientos, de impresiones, de emociones…
Por lo menos así me percibí tras soportar un periodo de abstinencia sexual y encierro tan frío como si me ocultara de mí mismo en el interior de una caverna. La pregunta consiste en saber: ¿Por qué lo hice? He buscado esa solución, pero no encuentro más respuesta que una: Amor.
Amé tanto, que hubo días en los que la pasión llegó a proyectarse como alimento cotidiano y mágico de mi existencia. Como cuando desde Valparaíso viajamos a reconocer la casa de Isla Negra. No claudicamos y antes, a resguardo de una covacha, entre afilados peñascos, olas del mar rompiendo a nuestras espaldas, y los cochayuyos envolviendo nuestros cuerpos, consumamos el amor. Posteriormente, visitamos la fabulosa “mansión” de Neruda, dejándonos arrastrar por la exaltación de un placer todavía integrado a nuestros sentidos. En la sala de los mascarones de proa imaginé al gran hombre, acomodado entre reliquias y satisfecho con lo que logró cimentar en su fructífera vida. Sí… Aquellos fueron momentos brillantes; solazados por el ímpetu estuvimos a punto de zambullirnos y dejarnos arrastrar por unas olas que no tenían nada de afectuoso. A continuación, consentí complacido en que un caricaturista me hiciera un retrato que conservo ya para siempre.
El ocaso nos sorprendió entrelazados en el bus de vuelta a Santiago.
Y caminatas en busca de la paz de sus cerros, transitar en un metro impecable, siempre ceñidos; su cabeza reposando sobre mi hombro, mi mentón en sus cabellos rizados. Mis ojos detenidos en su mirada clara y profunda; charlas distendidas, atisbos de reconocimiento mutuo, roces, insinuaciones, risas y besos a la vuelta de las esquinas, rodeados de gentío, en soledad, en la oscuridad; besos de energía ilimitada…
Apenas soy capaz de describir con precisión lo que vino a continuación. Sé que no resultó ser más de una semana; quizá tres días a lo sumo, pero también sé que a mí me cundió como si fueran ¡cinco, doce meses!
Las noches que pasamos bajo las constelaciones; los instantes reservados al silencio durante los cuales yo observé fascinado como sus cabellos rizados y suaves se mecían al viento; los amaneceres duros y silenciosos, escuchando la lluvia de claxon y motores en combustión – la vida de Santiago – tras otra noche de ensueño amoroso increíble y difícil de imaginar. Su hombro torneado, su piel suave, sus labios siempre a mi lado. Nuestras cortas y lejanas (en la mente) aunque siempre cercanas en la geografía, excursiones a lugares de ensueño; los contornos de carne joven y dura de su cuerpo al arquearse sobre el mío; los excelentes desayunos que levantaban a un muerto después de una noche encendida; la ternura de sus besos con sabor a sal, con sabor a dulce, con sabor a bombón de crocante, con sabor a realidad, con sabor a irrealidad, con sabor a promesa, con sabor a placer…
La cuestión es que con el ritmo en que los días progresaban hacia la invariable cita final, se aceleró mi pasión. Así fue. ¿Me enamoré yo, hombre difícil, o tal vez más enamoradizo de lo que supongo? No lo creí en principio. Pero, cuando estaba de vuelta en el avión, con consternación cercana a la locura, descubrí que así era. La quería. Y a día de hoy sigo igual; enganchado al tren del amor. Por fortuna entre ella y yo nunca hubo ni habrá últimos días, pues, cosa rara, no vislumbré el final hasta que estuve embarcado en un despegue certero. Aunque sí… por medio hubo un domingo quizá, melancólico.
En resumen este es el final de una historia sin final, porque no ha terminado; así como la vida no se termina, pues tiene siempre su continuidad en quienes piensan y actúan como nosotros, o en mi caso, como yo. Lo sé... Tal vez no exista nadie parecido a mí en ningún rincón del planeta; quizá sea único. Pero, pese a mí misoginia, no lo creo así. Hay algunos que incluso me señalan como al doble del deplorable o magnífico actor “Jhon Travolta.” ¿Su doble…? Jaja... Otros, piensan y seguirán pensando siempre, que soy un excéntrico, vago e inútil, que no escogió el camino debido; aquella senda que sigue una gran mayoría, porque así lo enseñan y deciden desde que uno es niño. En todo caso elegí o me concedieron por imposición un itinerario que no es patrimonio de nadie: Vivir. Y estoy aquí con vosotros para escribir y ser un poco mejor cada día. Al fin y al cabo, un sabio y excelente solista en una canción memorable, dice algo así:
“Para hacer más efectiva la búsqueda del corazón, aviva esa pasión dormida, revívela, y encontrarás sentido a esta vida…”
Un saludo. Hasta pronto...
José Fernández del Vallado. Josef. 14 marzo 2008.
|