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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «NÚMERO EQUIVOCADO»

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«NÚMERO EQUIVOCADO»
O
«EL GLOBO ROJO»

Guillermo Soubelet

«Que miraran si querían mirar. Tanto escándalo por un globo. Debes encontrarte con él en la esquina de Cabildo y Juramento. Caminas con paso rápido – de puro ansiosa, porque llegas temprano – y ya vas por Mendoza, así que sólo te falta una cuadra para llegar. La multitud de asombrados paseantes se cierra ante y detrás de ti y tu globo, como una boya roja gigante, te individualiza entre la marea de gente.
Te marchas para siempre. Como en las películas. Si alguien te hubiera dicho que algún día abandonarías a tu marido para escapar a la aventura con un desconocido te le hubieras reído en la cara. Sin embargo ahí estás, mientras tu esposo se dirige a la oficina, caminando al encuentro del hombre con quien te marcharás para no volver.
Una hora atrás tirabas las últimas cosas sobre la cama antes de abandonar tu casa. Estabas tan nerviosa que no lograbas cerrar las presillas de la valija, que luego dejaste junto a la puerta antes de dar un último vistazo al que fue tu hogar durante los últimos cinco años. No te has olvidado de nada. Sobre la mesa del comedor la nota con la escueta despedida. Sobre ella la alianza y la libreta de matrimonio. Tres veces debiste recomenzar aquella carta definitiva a causa de las lágrimas que se empecinaban en nublar tu visión, las estúpidas. En la radio del equipo pasan «She is leaving home», de los Beatles y esta vez aquella vieja canción adquiere un nuevo significado. Adquiere significado, ya que antes no significaba más que una linda melodía que tarareabas mientras tendías las camas. Te has vestido como una adolescente. Que es como te sientes. Esperas gustarle. Aunque él te aseguró mil veces que tu aspecto carecía de importancia. Pero tú bien sabes que el aspecto nunca carece de importancia. Te observas bien de cerca en el espejo del baño en busca de posibles patas de gallo. No tienes. Aún conservas la piel tirante y lozana, los dientes blancos y ese aire juvenil que tus amigas (lo sabes) tanto te envidian. Te has hecho planchar el largo cabello porque tu coiffeur te ha asegurado que te rejuvenece. Te hiciste depilar (bien cavado esta vez). Te pusiste la desteñida mini de jean, las zapatillas rojas de básquet y la remerita blanca. Estás bárbara y lo sabes ¿Le gustarás a él? Necesitas gustarle, porque ya no puedes volverte atrás.
Si hasta el detalle del globo rojo te había seducido. Eso y toda esa serie de comentarios, piropos y detalles románticos a los que no estabas acostumbrada, a los que te acostumbraste, y a los que ahora no estás dispuesta a prescindir.
Aquél era el primer día del resto de tu vida. Qué frase cache. Siempre te habías reído de esas frases cursis de los posters. Esos con atardeceres de cielos naranjas, con parejitas de la mano mirando el mar, cabecita contra cabecita. Sin embargo así es exactamente como te sientes. Por primera vez comprendes a las quinceañeras enamoradas que pegan esos horrorosos posters en la habitación. Hoy tú eres una quinceañera enamorada. Tienes toda tu vida por delante. TODA. Años y años por venir en los que podrás hacer exactamente lo que se te dé la gana. Ser libre. Vivir la aventura y dejar de mirar por la ventana como los demás lo hacen. Comenzarás a ser la verdadera protagonista de la película de tu vida. La única película que se te permitirá protagonizar. Y estás decidida a llevarte los dos Oscar. Mejor Película y Mejor Actriz (y no dudas de que ÉL se ganará el del coprotagonista). ¿Porqué no, después de todo? Los límites no existían. Era uno mismo quien escribía el guión, dirigía y protagonizaba su propia vida.
Sonríes con ternura recordando que al principio, cuando comenzaron los llamados, era divertido. Y excitante. Era como volver a estar en el colegio. De hecho, a partir de aquellos llamados volviste a vestirte como una muchacha. Volviste a sentirte como en aquellos años dorados en que los chicos del secundario te llamaban permanentemente. Mejor que en aquellos años. Ya que ahora, a solas en tu casa mientras tu marido se hallaba en la oficina, podías hablar a tus anchas sin tener que disimular ni hablar a escondidas en el baño para escapar de la mirada reprobadora de tus padres. Si hasta (y esto sí que era una locura) te vestías y te ponías linda para aquellos llamados. ¿Cuántos hombres eran capaces de lograr que una mujer hiciera esas cosas? Era divertido y excitante volver a coquetear. Volver a sentirte linda. Revivir aquella sensación de sentirte deseada. Era fantástico empezar de nuevo. Como si la vida te brindara una segunda oportunidad. ¿Cuántas veces te habías preguntado qué harías si volvieras a vivir? La respuesta había sido siempre la misma. VIVIR. Vivir la aventura. Ser más arriesgada. Vivirías como en los años 60. Paz, amor, mochilas, motos y aventuras. Y sexo, por supuesto. ¿Porqué no? Bueno, ahora tenías esa segunda oportunidad. ¡Dios mío cómo te excitaba aquella voz! ¡Cuantas fantasías tenían con aquél hombre! Y que se preparara, porque pensabas concretarlas todas y cada una.
Y era fantástico ahuyentar de un manotazo el terror de enfrentar la realidad de que ya no eres una adolescente. Si aún recuerdas cómo lloraste cuando caíste en la cuenta de que esos muchachos que están siempre en Cabildo y Juramento repartiendo entradas para los boliches para los jóvenes siempre te salteaban, como a los adultos. Aquella tarde comenzó lo de los largos ratos frente al espejo del baño. No encontraste arrugas ni patas de gallo. Seguías siendo juvenilmente bella. Conservabas tu silueta delgada. ¿Entonces porqué te salteaban y no te daban a ti también invitaciones para los boliches? Imbéciles. ¡Si los agarrabas en la cama ya iban a ver de lo que era capaz esta mamita! Aquella noche, en la cama, se lo comentaste al estúpido de tu marido, pero no te prestó atención, concentrado como estaba en como una animadora y su amante se tiraban ceniceros y Jazmines por televisión. Así que te aferraste a aquellos llamados como a una tabla en alta mar. Al principio sólo era divertido. Un juego prohibido y excitante. Tu secreto. A pesar de que te morías por refregarle en la cara a tu marido, con quien prácticamente no se dirigían la palabra (y mejor, porque cuando lo hacían era para discutir) que sí eras deseable para alguien. Para alguien que era un verdadero caballero y con una voz terriblemente seductora, además. Un juego prohibido que necesitabas jugar y que te daba vida pero que también te angustiaba porque aquél sabandija tenía tu número de teléfono pero tu no el de él. Y te desesperabas esperando aquellos llamados. Llamados que a veces no llegaban y creías morir. No era justo, le decías, enfurruñada (porque con él podías volver a enfurruñarte y a hacer caprichitos, como una adolescente). Y él se reía. Pero no te daba su número. Y tu te enojabas y le decías que harías intervenir el teléfono, o que pedirías que te cambiaran el número. Y el maldito te contestaba que bueno. Que lo hicieras. Y claro, no lo hacías. ¿Cómo podrías hacer semejante cosa? Y lo odiabas y lo amabas por eso. Y fue por entonces que comenzaste a vestirte con tu antigua ropa juvenil. Jeans gastados y, sobre todo, ajustados. Remeritas. Zapatillas. ¡Hasta te hiciste un tatuaje en la cola! (Jamás olvidarías la cara de tu marido cuando lo descubrió!). Y eso fue algo insensato porque mientras apretabas los dientes acostada en la camilla mientras el barbudo te tatuaba el glúteo derecho (porque habías leído que los hombres se excitaban con esas cosas) pensabas en él (en su voz, en realidad). Que pasabas por aquél suplicio para gustarle a él. ¡A él! Que lo más probable era que jamás lo viera.
Y ahora, parada en la esquina de Cabildo y Juramento con un enorme globo rojo, recuerdas cómo te latía el corazón cuando aquél maldito adorable faltaba a su palabra y te llamaba los fines de semana (y a propósito, porque sabía que tu esposo se hallaba en casa). Cómo tartamudeabas cuando intentabas disimular aquél llamado. Que era tu hermana. Que era tu madre. De todos modos tus nervios eran injustificados, ya que a aquél imbécil no le importaba en absoluto quién llamaba, absorbido como siempre en el diario o en la maldita televisión. Cuando recuerdas que todo comenzó con un llamado de teléfono equivocado no puedes menos que creer en el Destino. Y ahora dejas todo atrás para irte con él. El dueño de tu corazón. Si hasta aquél detalle del globo rojo te encantaba. Él era original. No un maldito imbécil como tu marido. Cuando acordaron encontrarse en aquella esquina rompieron en carcajadas al caer en la cuenta de que jamás se habían visto. Tú habías sugerido aquello de ir vestidos de determinada manera, pero entonces él había tenido aquella ocurrencia del globo rojo y te había encantado. Hasta te había conmovido. ¡Si era un hombre con alma de niño! Aquella ocurrencia del globo era genial porque era más romántica y más loca. Y así te sientes ahora mientras miras hacia todos lados esperando que alguien te llame por tu nombre y te abrace. ¡Si estás tan feliz y tan ansiosa que tienes ganas de llorar!

Cuando la vio llegar sintió un estremecimiento y un sudor frío le recorrió la espalda. La idea del globo rojo había sido genial porque ¿cómo iba a reconocerla entre semejante cantidad de gente? Y era una suerte que se le hubiese ocurrido. Había llegado con casi veinte minutos de anticipación y hubiera sido imposible reconocerla en base a la ropa que llevara puesta (como ella había sugerido) ya que casi todas las mujeres iban vestidas como ella quería ir. Pero con aquél globo rojo no había manera de confundirse.

Desde la ventana del quinto piso desde donde la observaba sonrió al advertir lo linda que se había vestido para él. Entonces pensó en el dinero que el marido de la muchacha le pagaría por aquello y apretó el gatillo»

Texto agregado el 15-03-2008, y leído por 63 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2008-03-17 22:53:59 ya no me quedan elogios para tanta genialidad ! pasionylocur a
2008-03-16 22:08:47 Genialisisisisimo! ***** loudei
2008-03-16 15:56:55 ¡aplausos Señor!... Me pareció muy bueno. Todas las * lesu
2008-03-16 15:32:59 Una historia donde se deja un sabor amorgo almamiapaz
2008-03-16 11:17:52 No sé bien porqué, pero me entristeció. Todo muy bien , bien logrado y bla-bla-blá-blá, pero me dejó bajoneado. Yo soy un cursi que le gustan los finales felices... zumm
2008-03-16 04:36:31 Una historia bastante real;en definitiva tanto hombres como mujeres juegan con las ilusiones de los que estan mal.Saludos mystica_1503< /a>
2008-03-16 04:14:49 pobre chica !! pensar que va ilusionada buscando a su amor ! 5 ***** carinaidea lista
2008-03-16 04:08:48 5 soles. MAGAROSA
 
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