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«EL DÍA EN QUE NOS COMIMOS A MI SUEGRA»

GUILLERMO SOUBELET

«Y encima mi esposa se ofendió. ¿Podés creer? ¡Uy, cómo se puso! Se enculó, la loca. Y encima con la calor que hacía, porque pocas cosas que me hinchen más las que rebotan que cuando alguien se encula y pone cara de toor un día de mucha calor. Me pongo loco de la cabeza, me pongo. Y justo se me encula la Romina, que viste como es la Romina. Que no le importa que haya gente. ¡Ah, no! Ella no tiene problemas en poner el grito en el cielo, esté donde esté. Mecachendié. No sé, no tiene sentido del humor, no tiene. Y eso que bien que me tragué el orgullo y le pedí disculpas mil veces. ¡No una, eh! ¡Mil! Y eso, porque estaba mi jefe con la jermu. Que si no ya ibas a ver adónde le metía la cara de bagre a aquella otra. Ah, pero ella no. ¿Porque te crees que le importó? ¿Te crees que le importó? ¿Sabés la diferencia entre Flores y Floresta? ¡¡Esta!! Ni siquiera me dio pelota cuando le expliqué que tenía que tener en cuenta que una que nos dejamos llevar por el clima de jolgorio de la fiesta, otra que algunos de nosotros estábamos un poco mamados y, principalmente, que ya había cerrado la carnicería del mercadito. Pero la loca no entendía razones. Que no y que no. Además de que ¿qué tiene de malo? Oíme, la vieja cagó fuego en pleno asado. No sé, estaba ahí hinchando las pelotas, como siempre. Que ese asado se va a arrebatar. Que le puso demasiado fuego. Que va a quedar quemado por fuera y crudo por dentro. Que le falta sal. Que qué espera para pinchar los zochori. Que si viviera mi finado esposo le daba lecciones de cómo se hace un asado. Que la puta que la parió. Mientras yo me decía para mis adentros de mí mismo que algunas personas están vivas solamente porque el asesinato es ilegal. Encima con esa calor que hasta los pájaros se caían de ojete de los árboles. Yo, como si oyera llover. Me contenía, movía las mollejas y ni le contestaba; mientras pensaba: ¡Hacete dar por el culo que te va a hacer bien a la vista! ¡Y para peor esa calor que venía de las brazas que tenía la cara y el pecho en llamas! ¡Así! Te juro que miraba los pinchos esos para ensartar los zochori y pensaba: ¡Conchisumadre, no me dé excusas! La escuchaba y me acordaba del chiste aquél que se encuentran dos tipos y uno le dice al otro:
__ El otro día vi a tu suegra y...
__ No se dice «suegra». Se dice «Madre política».
__ ¡Pero si la política es una mierda!
__ Por eso mismo.

Encima yo ya me había levantado nervioso. ¿Qué digo levantado? Desde la noche anterior que estaba hecho una araña. Viste cómo es. No había pegado un ojo en toda la noche preocupado que venía el trompa con la familia trompita y pendiente de que toda saliera bien. Con decirte que a mitad de la noche me levanté a poner las sandías en un fuentón con agua; que ya se sabe que el que quiere celeste que mezcle azul y blanco. Y encima la otra, la Romina, que me hinchaba las pelotas con que quedate tranquilo, viejo, tranquilizate. ¡Cuarenta y cinco veces me dijo que me quedara tranquilo! ¡No sé cómo me aguanté para no darle un castañazo, te juro! Y después la terminó ligando el Luisito, que me vino a joder llorando con no sé qué cosa y le cacé un soplamoco que casi le vuela la cabeza. En fin, la cosa es que la vieja estaba ahí, como te digo, hinchando las pelotas (mientras yo pedía al señor, como cada día de mi vida, que le reventara la aorta) cuando de pronto y sin avisar ni decir ¡Agua va! ¡Paf! se desplomó contra las lajas como fulminada por un rayo. ¡Es una lucha con esta vieja! Pensé yo y ni pelota que le di. Seguí acomodando las achuras y separando unos carbones que hacían llama, mientras desde la mesa donde había puesto los quesitos y las papitas se escuchaban las risas y el sonido de la tele que habían sacado al patio para mirar el partido. Imaginate que no era joda aquello. ¡Después de todo era mi jefe con la familia que había venido y no iba a servirle el asado quemado! Y menos por una vieja de mierda que se desmaya ahí debajo de la parra. Mejor, pensé yo, mas para nosotros. Así que ni le dije nada a la Romina que estaba allá adelante preparando las ensaladas y que ya sabés como es que enseguida pone el grito en Cielo. La cuestión es que pasaba el tiempo y la vieja no reaccionaba. Yo, medio que la daba vuelta, así con la punta del pie, pero la longeva mujer que no reaccionaba y no reaccionaba. Hasta en un momento pispié que no mirara nadie y le tiré un chorro en la trucha con un sifón y la vieja, nada. Te digo que ya entonces medio que me daba cosa y la esquivaba y daba una vueltita cuando iba a buscar el vermouth. Entonces, y mirá lo que es la fatalidad, justo le estaba gritando al televisor la Boca, la Boca, la Boca se inundó (en realidad soy de Boca, pero mi jefe es se River y será buen tipo, sí, pero siempre dentro de lo buen tipo que puede ser un jefe) cuando se oyeron unos bocinazos y enseguida vimos que entraban dos autos por allá, por la entrada del fondo. Eran el Ernesto y el Alejandro que caían de sorpresa con las esposas y los chicos. Y ahí me quise morir. La puta que las parió. ¡Pero morir, morir, eh! Porque, una, que yo había invitado a mi jefe a ese asado para quedar bien con él, ahora que viene la época de las vacaciones (además de que en cualquier momento llegan de central las planillas para las calificaciones). Otra que tenía a la vieja ahí tirada, sin saber qué carajo le pasaba. Y yo la había tapado con unas ramas, pero medio que le sobresalían las patas y si alguno de esos que nunca faltan la veía se armaba quilombo y se pudría todo. Y lo peor de lo peor, lo único que a mí me importaba: ahora que llegaban aquellos dos con toda la mersa, la carne no alcanzaba ni en pedo. Y la carnicería del mercadito ya estaba cerrada.
Y bueno, entonces fue que tuve la gran idea. Y gracias a eso zafé con la carne, sí; pero después me tuve que bancar lo que te decía hoy de que cuando mi esposa se enteró se puso fula. ¿Podés creer? Ya después de la siesta y de los mates, cuando todos se fueron y nosotros entrábamos las sillas se fue aplacando. Cuando le fui explicando que son cosas que pasan. Que primero está el porvenir y que no hay que mezclar los familiares con los negocios. Que se quedara tranquila que lo que habíamos hecho no era ningún delito. Nosotros no la habíamos matado. Ella se murió solita su alma. Y que para la ley después de muerto uno se convierte en una cosa. Así que nadie te podía decir nada por lo que hagas con una cosa. Es como una silla. ¿Que lo que habíamos hecho era un asco? Sí, puede ser. Pero eso no es ningún delito. Además de que ojos que no ven, corazón que no siente; y que yo sepa, nadie se dio cuenta de nada. Mas todavía: ¡Repetía y repetían! (Tanto que yo ya estaba pensando en invitar a una tía abuela bastante turra que tengo). Y que, después de todo, tarde o temprano iba a reventar, la vieja. Que, bien mirado, al fin de cuentas era mejor así. Porque por lo menos había espichado dándonos una mano por una vez en la vida. Que con el asunto de que nos la morfamos entre todos y después les tiramos los huesos a los perros, nos salvamos del funeral, del entierro y toda la milonga. Con la guita que cuesta. Que atenti que te sale un ojo de la cara todo ese baile, le aclaré. ¡Atenti! Acá el Cacho no me deja mentir. Además de que, al no hacer el velorio, se salvaba de tener que encontrarse con la insufrible de la Bety, la cuñada de Tablada - la esposa del Mauricio Gastón - que con tal de morfar de arriba tiene asistencia perfecta a todos los velorios; y a la que la Romina mas de una vez la había mandado a jugar a las muñecas con los abortos de la hija atorranta que tiene. Una piba que le gusta sacudir la mandolina más que el arroz con leche y que empezó a jugar al doctor de pañales y babero; y ya cuando la limonada le empezó a apuntar pa adelante manoteó tanto la tapa de la canasta de la víbora que todavía no había comprado el primer corpiño y ya le había empujado la tapa del virgo hasta la garganta. Y es que no hay nada que hacerle: si las cuñadas fueran buenas Dios se hubiera hecho una y los viejos se tendrían que morir antes de nacer. Y eso sin contar con que ahora que quedaba desocupada nos podíamos mudar a la casa de la vieja, en vez de seguir viviendo en nuestra casita que tanto odia. Ah, y otra cosa: la Romina tenía que reconocer que ahora se quejaba, sí, pero que en el asado la que más había morfado había sido ella. ¡Ay, madre querida, cómo le había dado al diente! ¡Tres veces había repetido! Y fue la que más había hinchado las pelotas con aquello de ¡Un aplauso para el asador! ¿Que en ese momento no sabía lo que comía? Te lo admito, pero que le daba al diente en plan bestia, le daba. Ah, y pará un cachito: además de que tenía que reconocer bien reconocidito que la vieja nos tenía las pelotas rotas a todos. Ella incluida. Esa es la verdad. Que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Que la vieja era de esas yeguas que comen víboras y cagan ladrillos atravesados. Que ya teníamos las tarlipes como kiwis de que había que traerla todos los benditos domingos. Que se quejaba de todo. Que tenía olor a galpón abandonado. Que si salías unos días de vacaciones (y ni sé cómo carajo se enteraba) se aparecía bien tempranito en la puerta de casa, con los bolsos y esos sombreros horrendos que se ponía. Que no habíamos terminado de cargar el auto que ella ya se prendía como una garrapata en el asiento de atrás y te las tenías que bancar. Que en la playa se atrincheraba en la sombrilla, y con todos esos bolsos no quedaba lugar para nadie. Que en la puta vida de Dios ponía una moneda ni para la nafta, ni para el morfi ni para un joraca (ya a esa altura nos habíamos entusiasmado y, entre risas y como en un ping pong, parecía que compitiéramos a ver quién recordaba más porquerías de la vieja). Que cuando íbamos en el auto, disimulaba haciéndose la otaria (como que miraba por la ventanilla, o haciéndose la que se quedaba dormida) pero que se rajaba cada pedo que te mataba, hermano (incluso una vez el perro que viajaba atrás con ella, desesperado, la mordió). Que se sacaba la dentadura toda pegajosa y la ponía ahí junto al plato. Que se la pasaba carraspeando. Que siempre te regalaba esos pulóveres espantosos que tejía, con esos colores de mierda y esas guardas horribles (encima los pulóveres tenían una manga de tres metros y otra de treinta centímetros y tenían impregnado el olor de la vieja, te juro). Que no escuchaba un joraca y te hablaba a los gritos, como si todos fuéramos sordos como ella. Que cuando hablaba escupía y era como tratar de pescar langostinos a hachazos si le decías algo, porque la vieja no te daba ni pelota y seguía escupiendo, seguía. Que siempre te contaba lo mismo cuarenta veces...
La cuestión es que, y mirá lo que son las cosas, aquél terminó siendo uno de los mejores domingos que pasamos. Al final terminamos levantando y entrando las cosas a las carcajadas e incluso a la noche, en la cama, ya habíamos apagado la luz y seguíamos riéndonos como chicos. Te juro por ésta que no recuerdo un polvo tan impresionante como el que nos mandamos después. De esos con salva de veintiún cañonazos, cotillón y trompetas. Y la Romina terminó reconociendo que en la vida se había reído tanto como aquél domingo. Te digo más, al rato, ya dormida, la escuché decir entre sueños: ¡Vieja de mierda!


Texto agregado el 17-03-2008, y leído por 76 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2008-03-18 19:21:26 Creo que es el mejor cuento que leí en esta web. Bien por Guillito! Adriana yasequesoy linda
2008-03-18 01:41:17 Este es a lo que yo llamo un buen relato. FENIXABSOLUT O
2008-03-17 22:49:44 ya mismo estoy preparando un asado y adivina que ? siii!! la invite a mi suegra ! jajaja ojala me salga rica . pasionylocur a
2008-03-17 22:34:14 Felicitaciones. Así se hace, la puta que la parió. Excelente ejemplo y original método. Gracias, muchas gracias por la idea.Hablando ahora de literatura te diré que pocas veces me he reído tanto. Muy bien narrado y cocinado.***** zumm
2008-03-17 17:48:03 durisimo !! jajajaja pobre suegra !" la romina "y vos se sacaron de encima ese garron ! mis 5 ***** carinaidea lista
2008-03-17 07:17:20 !Qué barbaridad" Realismo puro y duro...si hasta me pareció oler el tufillo de la vieja asándose. ¿Le pisísteis pimienta? Bueno bueno bueno buenísimo. Humor negro no, humor torrado. margarit a-zamudio
 
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