Revisaba algunas cosas cuando de improviso ingresó al cuarto. No le esperaba; le comenté:
- Ángel, no deberías estar aquí.
- Lo sé. Tengo varias obligaciones. Mas cuando supe de tu partida, quise acompañarte. ¿LLevas muchas cosas?
- Un puñado de tierra, una bocanada de aire, una flor, una caricia...
- ¿Y tus recuerdos?
- Ellos saben dónde encontrarme...
Su visita me reconfortó: alivio, vino, frescura. Éxtasis. Tal vez fue testigo. No lo sé.
Lo concreto es que al salir la alameda ya no frotaba sus brazos como de costumbre. Las ramas de los árboles se habían transformado en enormes cuellos... Sí, cuellos, de cuerpos aún más grandes: dinosaurios se acomodaban junto a las casas, sin impedir la circulación vehicular.
Jamás entendí el por qué de su pasividad. ¿Una lección de "humanidad" en medio del ajetreo, el bullicio, la envidia? Es una posibilidad.
No tuve tiempo para investigar. El submarino se sumergió raudamente en el pavimento: la suculenta caza de papeles y documentos no podía esperar... |