«AMIGOS... ¿SON LOS AMIGOS?»
(Hasta que aparece una mujer)
Se queja:
GUILLERMO SOUBELET
«Los hombres nos jactamos, muchas veces, del grado de amistad que alcanzamos con nuestros congéneres. Se dice, incluso, que las mujeres, a causa de sus naturales recelos, envidias y competencias, no llegan nunca a tener amistades tan fieles y desinteresadas entre ellas como los varones las tienen entre sí. Hay montones de ejemplos de la amistad masculina llevada a la pantalla. En películas o en series de televisión. Nunca de amistades femeninas. Sí, están esas dos marmotas de «Telma & Louise», es cierto. Y así les fue.
Ciertamente hay mucho de verdad en todo esto. Son innumerables los ejemplos que reflejan la camaradería masculina, y muchísimos también los casos que desnudan traiciones femeninas. Y aunque no existieran estos precedentes, el postulado inicial sería muy simple de demostrar con una realidad: ¿qué pasa cuando un varón se levanta a la más bella de las mujeres y se la presenta a un amigo? Pues que el amigo felicita (poniendo cara de pícaro y codeándolo) al flamante novio por la proeza, le pregunta si ella no tendrá una hermana con un busto al menos parecido, se toman una cervecita y ahí termina la historia.
¿Y qué pasa, en cambio, cuando una señorita es la que le presenta su flamante __ y bello y «con dinero» además __ novio a una amiga? Pues que la amiga sale corriendo a ponerse sus medias de red, ésas de uso profesional, y vuelve a ensayar sonrisas y poses sugestivas con toda la innoble intención de birlarle el tipo a su amiga. Lo sabemos nosotros y lo saben ellas. Por eso cada vez que consiguen levantarse a un candidato de lujo, inmediatamente caen en la duda: por un lado se lo quieren presentar a su mejor amiga para refregárselo por la cara... y por otro saben que, de hacerlo, la amiga inmediatamente comenzará a seducirlo descaradamente (igual no se sienten decepcionadas con su amiga, pues saben que ellas harían lo mismo).
Sin embargo, hoy no estamos aquí para revolver en el aburrido y estúpido tema de la amistad masculina y femenina; sino para mostrar cómo, a veces, y por causas completamente ajenas a nosotros, esta entrañable amistad que desarrollamos los varones puede enfrentarse a duros inconvenientes que hacen menos linda la vida. Duros y difíciles de resolver, además. Sino veamos:
«El caso más típico se inicia con la profunda amistad entre dos hombres: ambos son jóvenes, ambos buenos tipos que se conocen (y han compartido atorranteadas) desde la niñez, ambos solteros y libres. Y ambos andan a la búsqueda de una señorita bien provista en las cosas que hacen linda la vida y que se deje manosear los fines de semana, vulgarmente llamada «novia». La cuestión es que, inesperadamente, el Destino pone en el camino de uno de nuestros galancitos a una esbelta dama abundantemente provista y de curvas descaradas y esa misma noche __ tras el pago del arancel que impone el telo __ el noviazgo queda consumado (¡queda consumado dos veces!).
Claro, hasta aquí todo es «qué lindo, qué lindo». Pero vean lo que pasa, amigos:
Al día siguiente, y tal como mandan las leyes de la buena amistad entre caballeros, el novio y su nueva chica visitan al segundo joven de esta historia, y tienen lugar las presentaciones del caso. El trío se pasa la tarde riendo como pavos, contando chistes viejos, bebiendo muchas gaseosas; y, a la noche, después de comer la pizza que encargaron afuera, Ia feliz parejita se va, pues esto de las dos horitas aranceladas les ha caído en gracia. Es que ellos son así.
Y aquí empieza el principio del fin:
Unas noches más tarde los dos amigos se vuelven o encontrar para cenar afuera __ esta vez sin la presencia de la chica __ y la conversación, guiada por el novio, gira inevitablemente en torno a ella. El pibe no para de hablar de su sonrisa, de su rubia cabellera, de lo bronceadita que está, de lo divertida que es, de lo lindo que se viste, que sabe comer masticando con la boca cerrada, de lo sexy que es y de lo muy feliz y enamorado que está. La vida es linda, ¿cómo es que los demás no se dan cuenta? El amigo sonríe y llega a decirle, conmovido, lo contento que está por él. Pero entonces llega el momento terrible de la pregunta fatídica e inevitable: «¡¿Che, viste qué gomas tiene?!», pregunta el novio, tal vez inocentemente. Y el amigo queda calladito, sin respuesta, haciendo como que se saca una basurita del ojo o que hace un inventario de los ingredientes del Combo 4 de MacDonald’s.
Pensemos, amigos: decirle que no, que no se fijó, es caer en una vulgar mentira imposible de creer hasta por el opa del amigo: los dos saben que no han hecho otra cosa en los últimos diez o doce años, que mirarle las tetas a las chicas. ¿Con qué cara el amigo le dice que justo este par (¡¡¡este terrible par, además!!!) se le pasó por alto? Esa supuesta amistad masculina, tan férrea e inquebrantable, no merece una falsedad tan grande y grosera. De ninguna manera. No y no.
Por otro lado... confesarle que sí, que: «¡Qué tetainas, mamacita, ¿precisás ayuda?!», sería, no me digan que no, una enorme falta de respeto hacia el novio y a toda la dignidad intrínseca de su ser. Y, peor que peor, aceptar lisa y llanamente que estuvo babeándose mirando ese increíble par y que incluso se vio obligado a cambiar de posición para que los tortolitos no advirtieran el promontorio que dicha contemplación le produjo en el pantalón, generaría una situación áspera entre los viejos amigos. No hay respuesta posible.
¿Se entiende cómo ese famoso lazo masculino muchos veces queda a punto de sufrir alteraciones de lo más antipáticas?
Si la pregunta fuera una sola __ el caso de las tetas, por ejemplo __ el asunto no sería tan grave. Bastaría con encontrar una salida digna __ cagarse encima y explicar que debemos irnos corriendo, por ejemplo __ y adiós problema. Mirá qué fácil. Ah, pero no; las situaciones incómodas no terminan aquí.
Veamos:
Un año después de iniciado el romance, la joven pareja se vuelve a encontrar con el mismo amigo (y díganme si el mundo no es un pañuelo) en esta oportunidad en una playa de las muy concurridas. Otra vez se pasan la tarde riendo y bebiendo muchas gaseosas __ no es que sean idiotas, pero... ¿qué quieren que haga esta pobre gente con semejante calor? __ y finalmente se despiden con cariño que la verdad que se ya se está haciendo de noche y hace un frío bárbaro para estar en la playa.
¿Qué sucede cuando los dos jóvenes, esa misma noche, se encuentran a solas en un bar y se ponen a charlar? Pues que al novio, preocupado, se le ocurre preguntar si no le parece que la malla de su chica es demasiado audaz, quizás demasiado de avanzada, demasiado de vanguardia para un país con predominio latino... «¿No es de puta relajada?», cuestiona, yendo directamente al punto sin rodeos inútiles.
Otra vez estamos frente a un muy grueso problema, amigos.
Decirle que no, representa una traición. La malla __ un hilito de lycra color blanco __ es digna de la más barata de las alternadoras del peor cabarute. El amigo está haciendo el ridículo ante todo el mundo al lado de esa mujer, y su enamoramiento __ junto a una buena dosis de inocencia __ no le ha permitido aún descifrar por qué varios señores maduros, pero con aspecto de portar billeteras abultadas, se le acercaron para ofrecerle dinero y ella les pasó un papelito con el número de su celular.
Piensen: responderle que sí, es ofender no sólo a su chica __ problema menor que no le quitará el sueño __ sino también al joven tórtolo. Es afirmar que esa tarde en la playa, cuando se encontraron los tres, sentía vergüenza del papelón que estaban haciendo frente a toda esa gente acompañados de semejante prostituta. Es decirle que su mimoso puchi-muchi luce como una degenerada procáz, una puta barata adicta al sexo más bastardo y repugnante.
Y no hay punto medio posible. Cualquier intento por ablandar los conceptos, por hacerlos más digeribles para el almibarado Romeo, caería en la mentira por omisión. Y volvemos a lo mismo: la pura amistad masculina no puede permitirse semejante tipo de traiciones.
¿Qué hacer, entonces, amigos? Eso: ¿qué hacer?
La historia de este particular y tan simpático trío sigue su curso, y el amigo soltero se ve puesto a prueba en otras diversas ocasiones. «¿Te parece que será cierto que solamente estudia con ese compañero de Facultad?», «¿No será muy corta esa minifalda para que vaya a trabajar?», «¿Será verdad que cuando llega tan tarde es porque tenía mucho trabajo?» o «¿Hago bien en quedarme tranquilo cuando va al gimnasio?». Son sólo algunas preguntas que el estoico amigo enfrenta y a las cuales no puede dar respuestas.
Tranquilizarlo diciéndole que ese compañero de facultad es un buen tipo, y que es normal que ella regrese a la diez de la mañana del otro día, que son exámenes muy difíciles; que nadie en el trabajo se inclina para deleitarse con los glúteos de la piba; que llega de laburar a la hora que llega porque no hay noche que en que alguno de sus compañeros de trabajo no se la cepille sobre el escritorio y que en ningún gimnasio existió jamás un hijo de puta musculoso dedicado exclusivamente a levantar mujeres; es casi exponerle un catálogo de mentiras. ¿Pero para qué hablar de los varoncitos que poco y nada aportan en esta historia? El problema, amigos, sería explicarle que su chica hace dos años que no da un parcial bien porque se dedicó al fornicio desenfrenado con todos sus compañeros de estudio, con varios profesores y con uno de los porteros de la facu; que su jefe y varios empleados cruzan apuestas para ver quién se la fifa más veces en un mismo día; y que el gimnasio al que asiste la piba se está haciendo famoso por el uso que le dan __ ella y cinco profesores __ a los aparatos.
Explicarle todo eso sería cruel.
¿Qué pasa en casos como éstos, entonces, con la citada amistad masculina? ¿Se quiebra porque, al decir el amigo la verdad, empiezan a volar golpes indignados? ¿O se mantiene, aunque ya sucia, porque el amigo apela a la mentira? Ay ay ay...
Más aún: a partir de casos ciertos como los antes expuestos, y ante la comprobada inutilidad de cualquiera de los dos caminos __ decir verdades o mentiras __ ¿podemos seguir afirmando que existe la amistad masculina al menos tan íntegra como se pretende hacérsela ver?
Pensémoslo, muchachos. Y también pensemos por culpa de quiénes tenemos que ponernos a pensar.
Chau. |