Sucia y estrecha era la jaula en donde transportaban al “reo” de esta jornada. Eran ya cientos los que habían desfilado por los mismos lugares y en la misma jaula recibiendo abucheos, miradas, burlas y crueles humillaciones propias de una sociedad retrógrada, vulgar, casi cavernícola.
El “reo”, sigiloso observador de lo que pasa, mantiene su cabeza abajo en señal de sometimiento y como si presintiera lo que le trae el destino.
Faltan pocas cuadras para llegar al lugar en el que se hará justicia. No se leerán cargos en contra del “reo” pues nadie se acercó a denunciarlo de delito alguno. No se le concedió un último deseo pues no hubo forma de averiguar lo que quería.
La ejecución ya es inminente, no hay forma de dar marcha atrás. El verdugo, que se muestra impecable y sonriente, saluda a la multitud esperando halagos y aplausos, mientras que en frente, el “reo” lo mira como sin saber qué pasa, ignorando que fue culpable de haber nacido macho, de haberse convertido en un ser fuerte, imponente a la vista de cualquiera y llevar un par de cuernos que atemorizan e infunden respeto pero en su especie, son señal de elegancia.
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