Botella al mar.
La cuenta de los días se le ha perdido. Siempre acostado en el fondo del bote, sólo puede ver el sol, balánceandose allá arriba, y oír el ruido del mar.
Eso es todo.
Último sobreviviente del naufragio, ayer consumió la última lata del último paquete de provisiones. Tampoco hay más agua.
Hace unas horas, oyó pasar un avión. No lo pudo ver; volaría muy alto, sobre las nubes.
La piel calcinada, los ojos inyectados, la lengua reseca, todo su humanidad es un despojo vivo.
De pronto, algo golpea contra el bote, dos, tres veces. Se arrastra hasta la borda y la descubre: una botella flotando. Se aleja y acerca en cada oleaje.
Estira el brazo y la toma. Tiene un papel adentro. ¿Un mensaje? ¡Lo vieron, entonces, desde el avión!
Sin fuerzas, quita el tapón con los dientes. Extrae el papel. Con la vista quemada por el sol, apenas puede ver la escritura.
Por fin, dificultosamente, lee el mensaje.
“Estoy perdido en el océano. Soy náufrago del buque Neptuno. Ayúdenme”
Desolado, temblando, apenas logra reconocer su propia letra, escrita semanas atrás.
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