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Inicio / Cuenteros Locales / EstatuaconEpilepsia / «MI VIDA COMO PEJERREY»

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«MI VIDA COMO PEJERREY»

GUILLERMO SOUBELET

«Asistes a la fiesta de disfraces amatambrado dentro de un disfraz de pejerrey que tú mismo has confeccionado y bien tarde descubres, de pie frente al mingitorio, que en aquél ajustado disfraz si bien has previsto una abertura que oficie de bragueta has olvidado otras dos para poder sacar tus manos. De manera que ahí estás, parado como una especie de momia acuática sin manera de sacar tu angustiado pene que exige urgente desahogo (sin contar con que sólo puedes deambular dando saltitos con los pies juntos, motivo por el cual el esfuerzo para llegar al primer piso - donde se encuentra el baño de «La Perigourdine», el elegante restaurante donde se realiza aquél maldito baile - te ha producido una taquicardia de semejantes características que las lentejuelas con que has fabricado tus improvisadas escamas a la altura del pecho parecen haber cobrado vida propia. De manera que, luego de recuperar el resuello y con tus vejigas hinchadas como culos de mandriles (y harto como estás de aquella fiesta en la que no puedes comunicarte con nadie por desconocer ese gangoso idioma) tomas con los dientes una cámara fotográfica, cruzas a los saltitos Boulevard St. Germain (intentando que no te arroje por los aires ninguno de los automóviles que doblan como bólidos por el Boulevard St. Michel) y le ruegas, mitad en español, mitad en una suerte de incongruentes gestos faciales a una pareja de marineros que cruzaba por el puente Boulevard du Palais que te fotografíe con la catedral de Notre-Dame a tus espaldas. Pero aquellos marineros, a pesar de ser hombres de mar, no parecen familiarizados con pejerreyes gigantes que exijan en otro idioma que los fotografíen con una iglesia como fondo. Lo cual es lógico por otro lado, ya que, entre otras causas, te has equivocado y en lugar de una cámara fotográfica te has llevado el control remoto de la video, lo cual impulsa la más irritable de aquellos marinos a golpearte con semejante contundencia que caes al Sena y eres arrastrado por las oscuras aguas. Desesperado, aúllas como una hiena paranoica pidiendo auxilio y al poco tiempo es tal la afonía que se apresa de tu garganta que pierdes por completo la voz.
Tres días más tarde, mudo, famélico y congelado, un pescador que participa de un concurso nacional de pesca de pejerreyes logra engatusarte con un señuelo mosca y, tras media hora de largos forcejeos, ya que tú eres hueso duro de roer, logra pescarte. Media hora más tarde, mientras eres pesado y medido, intentas desesperadamente hacerles entender a aquellos imbéciles que no eres ningún maldito pescado. Pero, primero: no tienes voz. Segundo: no puedes salir de aquél maldito disfraz. Y por último: aquellos hombres están demasiado ocupados festejando haber ganado el concurso con semejante ejemplar como para prestar atención a un pejerrey en apuros.
Finalmente y para tu bien el pescador decide, en lugar de matarte y limpiarte las entrañas, como acaba de hacer con el resto de sus trofeos, echarte en el estanque que tiene en el jardín junto a la cucha del Boby para alardear con su hermano y su cuñada que llegarán en tres días para festejar la conmemoración de las bodas del Príncipe Rainiero con la plebeya Grace Kelly.
Aquella noche, mientras todos duermen (y luego de haber logrado reponerte del shock que te produjo ser arrojado a las despiadadamente frías aguas del estanque que impedirán que recuperes la voz) y tú nadas de aquí para allá en tu nuevo hogar rodeado de tus nuevos amigos pejerreyes (a quienes has asombrado relatándoles tu reciente triunfo en el concurso) oyes unos jadeos provenientes de la cucha del Boby que te hacen sospechar algo raro. Te asomas pejerreymente y te sorprendes al presenciar cómo la esposa del pescador se hace montar por el Boby, un ovejero Belga de mirada de imbécil y pene de percherón. Luego de haber derrochado energías con impudicia y vehemencia francesas, la mujer se acerca al estanque para lavar los residuos del pecado galo-zoofílico cuando su rostro de rasgos neoclásicos 8y bastante putones, todo hay que decirlo) se contorsiona lascivamente al contemplar, absorta y casquivana, la obelísquica erección que sobresale con pejerreya impudicia de tu disfraz. Y tras gritar «Viva la diference!» se zambulle en el estanque con inusitado fragor (y no para practicar su brazada de estilo mariposa). A partir de aquél momento aquella mujer, una especie de corrompida sacerdotisa de los placeres mundanos – y divertidos, todo hay que decirlo – extasiada como está con su novedad zoofílica, convierte tu vida, o tus noches más bien, en una panacea donde ningún placer te es negado (mas bien te son exigidos). Bien sabes que la pejerreina plateada que comparte tu estanque está celosa y murmura a tus espaldas. Pero nada te importa. Ni siquiera las miradas de reproche y desaprobación de los pejerreyes más viejos y sabios. Vives tu momento con alborozo. Eres libre. Eres feliz. Eres un muchacho loco, un pejerrey librepensador que transita los insondables senderos hacia su Destino según se lo dicta su libre albedrío. Pero pasa el tiempo, que es lo único que sabe hacer ése, y por las noches, luego que las llamas de la pasión que minutos antes convirtieron aquél estanque en una explosión de burbujas se aquietan, y cuando aquella diosa te deja para regresar al lecho matrimonial, sobreviene en ti el acre regusto de la incertidumbre. Piensas en tu situación, en tu vida y en tu futuro. Sartre decía que no hay otra verdad que la realidad, y te cuestionas, existencialista y escamoso: «Vivo como pejerrey. Me alimentan como pejerrey. Nado como pejerrey. De manera que debo entonces identificarme como tal». Pero, plenamente identificado con la clase media, siempre has soñado con formar una familia, y ahora te planteas: ¿Te sientes capaz de formar un hogar con la pejerreina plateada? ¿De tener pejerreyitos? Por otro lado, ¿La fogosa Yvonne te aceptará si le cuentas la verdad? Las veces que le cuestionaste, mediante un juego de miradas angustiadas, su infidelidad para con el pescador, ella te había contestado: «¡Pero si la Biblia lo justifica! Recuerda: Juan, 8:7: El que esté libre de pescados que arroje la primera piedra». ¡Ah, duro, duro destino el del pejerrey por opción! Por otro lado, Pierre, el sencillo pescador de las astas de alce, se preocupa por ti, su trofeo más preciado y gracias al cual se ha ganado el tardío respeto de aquél pueblo, y jamás se olvida de alimentarte desde el borde del estanque. Cada mañana, mientras te alimenta con ternura, responde a tus incompresibles gestos desde el agua con un gentil «No tienes nada que agradecegme, pescadito. Bon apetit!» - cuando en realidad lo que intentas hacerle entender con tus gestos a aquél imbécil es que preferirías una hamburguesa con queso a aquellas inmundas larvas de mosquitos -. Por las noches, la imagen del rostro bondadoso del hombre que te salvó la vida te impide disfrutar del loco frenesí de aquella mujer que te exprime bajo la luna parisina. El remordimiento te impide dormir (eso y que si te duermes te ahogas). Deseas que Dios te envíe una señal, un mensaje o al menos un cheque y un par de pasajes a Cannes. Finalmente te decides y con una dignidad propia de las columnas dóricas y del comisario Kane, el de «A la hora señalada» decides ponerle el pecho a la situación, sean cuales fueran las consecuencias. Después de todo, ¿qué eres? ¿Un hombre o un pescado? Sabes que mantener incólume el honor de aquel hombre bueno justifica que salgas de las aguas y reinicies tu vida como ser humano (además de que está empezando el invierno y el agua helada ya no se soporta). Sabes que confesarle la verdad a Yvonne esta fuera de toda consideración. En menos de lo que canta un coq te convertiría en poisson sur le gril. De manera que con un esfuerzo sobrehumano y sobrepez te retuerces hasta lograr sacar tu mano derecha por la bragueta del disfraz, mientras percibes con espanto como se te retuercen los ligamentos como un chinchulín, te desplazas salta que te salta (cuidando de rodear la cucha del Boby, que no es precisamente simpatía lo que siente por ti) y llegas a la cocina, interrumpiendo el desayuno de aquél matrimonio y logrando que al pescador se le atragante la croisant. Tomas una birome y escribes sobre el mantel cuadriculado: «¡La farsa ha terminado. Soy un hombre!» Yvonne pega un alarido y corre escaleras arriba, por el shock y por los escalones. El viejo pescador te mira largamente, te apoya en la garganta su cuchillo de cortar las baguettes y te dice: «Megde! Que me falte el guespeto mi mujeg con un pescado sudaca, me lo aguanto. ¡Pego que todo el pueblo se guía de mí ahoga que me gespetan pog habeg pescado el pejeggey mas ggande del mundo, eso sí que no! ¡Si no quiegue que lo embalsame y lo cuelgue sobge el hogag ya mismo se me va a chapoteag al estanque que a la tagde vienen los de la guevista LIFE y mañana lo voy a exponeg en la kegmese del pueblo!»
¡¿De qué sirvió tu noble gesto que tanto te enalteció ante tus propios ojos?! ¿Ese hombre, por quien has renunciado a aquella mujer de ensueños es ahora quien te confina a una vida de escamas y larvas de mosquito? Sientes como si se te llenara el cráneo de miel (exótica metáfora, por cierto, pero aquí sólo han de servir las metáforas caóticas, ya que la intrincada madeja de ideas e impulsos entremezclados que componen tu equilibrio emocional en ese momento son una crestomatía de ellas). Sin embargo, consciente como eres de ser valiente in modo y cobarde hasta la médula in re, giras en torno con vacuna mansedumbre y desandas en aletargados saltitos el camino al estanque. Mientras las heladas aguas que se filtran a través de tu disfraz comienzan a helarte los dedos de los pies, caes en la cuenta de que ya nada será como antes: acabas de perder a Yvonne, el respeto de aquél hombre que te alimentaba con ternura, y ni siquiera te queda el consuelo de la pejerreina plateada que, indignada por tus continuos desplantes, no te da más pelota (y todo eso sin contar con el Boby, que cada vez que te ve no puede contener las carcajadas).


Texto agregado el 21-03-2008, y leído por 84 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-03-22 18:30:32 Todo un dilema filosófico y existencial el del protagonista. Yo tuve una vez un sueño así. Te felicito. galadrielle
2008-03-22 06:05:29 Lo más notable de este cuento es que, desde las primeras palabras hasta el final no puedes dejar de pejereir. Extraordinario, señor Estatuaconepilepsia. Mis cinco estrellas aprendi zdecuentero
2008-03-22 04:28:29 buenisimo gui, te superas a vos mismo..... MarMaga
2008-03-22 02:58:20 ME REÍ A LAS CARCAJADAS CON ESTE CUENTO! FELICITACIONES, VIEJO! elhermanodeyasequesoylinda
2008-03-21 22:10:47 Que aburrimiento tan orinal. Chancho_Men tal
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