Luego, el silencio
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A las siete de la mañana Rigoberto se despertó, giró su obeso cuerpo y empezó a embestir a Norma en las nalgas con el pene. Norma, como tantas otras veces, se hizo la dormida. Rigoberto siguió embistiendo más fuerte. Por fin ella se levantó, fue al cuarto de baño y orinó. Cuando salió del baño, él había quitado el cobertor y tenia el pene alzado bajo la sábana.
—¡Mira flaca! —dijo—. ¡El Pico de Orizaba!
—¿Quieres que prepare el desayuno?
—¡A la chingada el desayuno! ¡Ven aquí conmigo!
Norma volvió a la cama y él la sujetó de la cabeza y la besó. Le olía mal el aliento, una brutal bocanada de cebollas y cigarros y cerveza pero sin duda el picor que le producía su barba era lo peor. Tomó la mano de ella y se la puso en el enmarañado miembro.
—¡Piensa en todas las viejas a las que les gustaría una verga como ésta!
—Rigoberto, no estoy de humor…
—¿Qué chingados quieres decir?
—Pues que no tengo ganas...
—¡Vas a tenerlas, - introdujo la lengua en su boca – vas a tenerlas, flaquita! — En verano dormían desnudos, así que se echó sobre ella.
—¡Ábrete bien, cabrona! ¿Andas mala o que pedo?
—Rigoberto, por favor...
—¿Por favor qué? ¡¡¡Quiero cogerte y te voy a coger!!!
Siguió empujando hasta que consiguió penetrarla.
—¡Puta chingada, voy a sacarte las tripas!
Rigoberto lo hacía como una máquina. A Norma no le inspiraba ninguna sensación. ¿Cómo podía una muchacha tan joven casarse con un hombre así?, se preguntó. ¿Cómo podía una muchacha tan bonita como ella vivir tres años con un hombre así? Al principio, cuando se conocieron, él solía ser más... que un estúpido cerdo.
—¿Flaquita, dime, te gusta este pedazo de verga?
Notaba todo el peso de su enorme cuerpo sobre ella. Notaba su sudor. No la dejaba respirar.
—¡Me vengo flaquita, me vengo, no puedo AHHHHHHH! ME VENGOOOO!!!!
Rigoberto se echó a un lado y se limpió con la sábana. Norma se levantó, fue al cuarto de baño y se duchó. Luego, fue a la cocina a preparar el desayuno. Buscó el tocino, los huevos, el café. Echó los huevos en la vasija y los revolvió. Sólo llevaba puesta una camiseta grande, que le llegaba a las rodillas, y las chanclas. Rigoberto salió del cuarto de baño. Tenía espuma de afeitar en la cara.
—Oye, flaca, ¿dónde están mis calzones del América?
Ella no contestó.
—¡Ey, te pregunto que donde están mis calzones!
—No sé.
—¿No sabes? Me rompo el pinche lomo trabajando diez horas al día y tú no sabes dónde están mis calzones, ¿No sabes?
—No sé.
—¡Pendeja, se va a caer el café! ¿Es que no lo ves? Norma se apartó de él.
—¡O no haces el café, o te olvidas de él y lo tiras! O te olvidas de comprar huevos o quemas las tortillas o pierdes mis calzones, siempre tienes que hacer algo mal. ¡Nunca haces nada bien!
—Rigoberto, no me siento bien...
—¡Tú nunca te sientes bien! ¿Cuándo jodidos vas a empezar a sentirte bien? Yo salgo todas las pinches mañanas y me rompo el pinche lomo trabajando y tú te pasas el día de huevona, echada, viendo la televisión. ¿Crees que me va bien en el trabajo? ¿Es que no sabes que ya corrieron a dos cabrones de mi área? ¿Te das cuenta que tengo que luchar por mi puesto todos los días, uno tras otro, mientras tú estás aplastadota en un sillón leyendo revistas o chismeando por teléfono con las putas de tus amigas? ¿Crees que a mí me resultan fáciles las cosas en el trabajo?
—Sé que no es fácil, Rigoberto.
—Y para colmo, ya ni siquiera quieres coger.
Norma vertió los huevos en la sartén.
—¿Por qué no acabas de rasurarte? Ahorita te sirvo.
—¿Acaso crees que no tengo derecho a una buena cogida al menos? ¿Por qué debo rogarte tanto? Ni que tuvieras esa madre de oro, ¿pues, qué chingados te pasa?
Ella revolvió los huevos con un tenedor. Luego, tomó la palita.
—Es que no puedo soportarte ya, Rigoberto. Te odio.
—¿Me odias? ¿Qué chingados dices?
—Digo que no puedo soportarte... que me repugna cómo caminas, que no aguanto los pelos que te asoman de la nariz... no me gusta tu voz, no me gustan tus ojos, no me gusta tu panza… tu manera de pensar ni tu manera de hablar... No me gustas.
—¿Y tú qué? ¿Qué tienes que ofrecer tú? ¡Con esa facha! ¡No podrías conseguir trabajo ni en un congal de Tepito!
—Ya lo conseguí.
Le miró fijamente, con los ojos vidriosos y desafiantes. Entonces, él le pegó. Con la mano abierta, en la cara. A ella se le cayó la palita, perdió el equilibrio, fue a dar contra un lado del fregadero y allí se agarró. Recogió la palita, la lavó, volvió a revolver los huevos.
—No quiero desayunar —dijo Rigoberto.
Norma apagó la estufa y volvió al dormitorio. Se metió en la cama. Le oía acabar de arreglarse en el cuarto de baño. Ni siquiera le gustaba su forma de echarse agua en la cara en el lavabo cuando se afeitaba. Y cuando oyó el cepillo de dientes eléctrico, se lo imaginó en aquella boca, limpiando aquellos dientes y aquellas encías, y sintió una repugnancia inmensa. Olió todo un desfile de aromas que había logrado aborrecer con el tiempo, el enjuague bucal, la loción del pelo, el desodorante, el perfume AXE. Después, silencio. Más tarde, el sonido de un grueso chorro de orina chapoteando en el agua del retrete, precedido de un sonoro pedo que reverberó en sus oídos. Fiel a su costumbre, no bajó la tapa y dejó salpicada la orilla y el suelo.
Rigoberto salió del baño. Norma le oyó tomar una camisa del clóset. Oyó el rumor de las llaves y de las monedas chocar cuando se ponía los pantalones. Luego, sintió que la cama se hundía, al sentarse él en el borde para ponerse los calcetines y los zapatos. Después, al levantarse él, la cama se levantó. Ella estaba tendida boca abajo, con los ojos cerrados. Se dio cuenta de que estaba mirándola.
—Norma —le dijo—. Sólo quiero dejar claro algo. Si hay otro, cabrón hijo de la chingada, lo mato. Y a ti también. ¿Entendido?
Norma no contestó. Luego, sintió sus dedos en la nuca. Le alzó la cabeza bruscamente, y se la hundió en la almohada.
—¡Contéstame cuando te hablo, recabrona! ¿Entendiste?
—Sí —dijo ella—. Entendí.
Se fue. Salió del cuarto, cruzó la elegante salita. Norma oyó la puerta al cerrarse. Cinco cerrojos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Luego, oyó sus pasos en las escaleras. El carro estaba en el camino de acceso y oyó cómo el motor arrancaba, lentamente. Después, lo oyó alejarse.
Luego, el silencio.
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