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El Jugador.



Descubrir porqué Domicio Resortes siendo hombre con estudios, modales refinados y un físico si no excelente, atractivo, permaneció hasta su muerte soltero resulta todo un misterio. Y todavía lo es más si sabemos que residió durante casi toda su vida en la localidad de Escarlona. Población con diez mil habitantes, de los cuales – y ahí radica el verdadero quid de la cuestión – sus tres cuartas partes eran y aún son hoy, mujeres. Por lo cual a uno le resulta difícil imaginar que un hombre de su posición pudiera dejar o dejase pasar deliberadamente por alto, las oportunidades con que incontables e incontroladas mozas debieron acosarlo a su paso.
Hoy en día hay quienes mantienen que Domicio era o bien invertido o anormal; no obstante, y con el paso de los años, sólo yo, actual adquiriente y benefactor de la casa de la familia Resortes: Villa Salacena, he podido conocer la verdad. También es cierto que si ha sido así lo debo a la providencia de la enfermedad que Domicio Resortes contrajo durante los últimos cinco años de su vida; la cual, sin duda, le indujo a olvidar por completo dónde guardó u ocultó los manuscritos y cartas que, hace unas fechas, encontré por casualidad disimulados en un resquicio del cuarto trastero. Y que ahora, tras semanas de insomnio y padecimiento, acabo de terminar de leer. Cartas que en resumidas cuentas vienen a desvelarnos de una manera más o menos fidedigna, lo siguiente:

Se sabe poco de la infancia de Domicio Resortes. Sólo que era hijo único de una familia más o menos pudiente y también, que al parecer, hasta pasados los ocho años, sus padres no adquirieron y se instalaron en Villa Salacena. Su llegada al pueblo debió de resultar asimismo lo único reseñable de un linaje, por lo demás, poco interesante. Aunque nadie supo nunca razonar a ciencia cierta de donde procedía la fortuna de los Resortes, si algo quedó claro, fue que en todo momento dispusieron de capital para vivir con desahogo. Entre otros cotilleos, comentarios difamatorios difundían que procedía de la retribución de un sorteo. La cuestión en sí es que el padre inauguró un establecimiento de útiles de labranza que abría y cerraba cuando le venía en gana. En cuanto a la madre no se relacionaba con las mujeres de la cofradía de pescadores; pues prefería la caza y vivía de espaldas al mar. Era una mujer de carácter y a la vez frágil, y pasados tres años, después de realizar cierto número de incursiones por los pantanos, cayó enferma de unas fiebres extrañas de las que ya no se recuperó.

Domicio Resortes creció por tanto a la sombra de su padre y progenitor. Nada más cumplir los diez años ingresó en un internado de la capital del que tan sólo salía para pasar los fines de semana y las vacaciones. Por lo demás todo en Domicio resultó ser normal. Atesoraba las mismas inquietudes que cualquier adolescente a su edad: El gusto por la aventura, las tremendas alegrías y también desencantos, de los primeros flirteos con las mujeres. Podría decirse que Domicio creció sano y fuerte, era inteligente y le gustaban los deportes: El fútbol, la natación, el esquí etc. Hasta que cierto día, comenzó a desarrollar un nuevo gusto; los juegos de azar. En principio nada de trascendencia. A todos o a muchos de nosotros nos puede suceder y de hecho nos ha sucedido. Se empieza por unas partidas de mus, póquer, y luego por qué no ¿qué hay de malo en ir a un bingo? Por qué no hacerlo si se tiene – y Domicio lo tenía – dinero. Y ya que estamos ¿por qué no ir más allá? A un casino, por ejemplo. Aunque resultaba obvio, en un villorrio como Escarlona, Domicio no iba a encontrar nada parecido, pero sí en la capital. Aunque de momento a él le pareciera suficiente con las máquinas tragaperras de las cafeterías, por las que se lo empezó a ver afanarse sin descanso. Iba solo; no hablaba con nadie. Trataba a las máquinas con suavidad y casi siempre le correspondían con premio. O al menos eso creía o debía de parecerle, porque siempre andaba con dinero en la cartera.

Por otra parte hacía menos de un par de meses en la escuela, Domicio había conocido a Ratsia, una joven estudiante ucraniana que también le correspondía, ambos se enamoraron de tal forma que habían acabado por comprometerse en secreto y pensaban casarse cuando terminaran sus respectivos estudios. Y eso era todo.
A los veintidós años recién cumplidos Domicio Resortes tuvo biológicas en el bolsillo. La noche del día en que se doctoró organizó un festejo para celebrarlo. Invitó a compañeros y compañeras, y sin embargo él – como anfitrión – apenas se dejó ver. Es más, ni tan siquiera acudió al salón principal a bailar un forró brasileño, una cumbia caribeña, o un casachop ruso, en honor de los compañeros. Luego ¿dónde estaba o qué estaba haciendo se preguntaron algunos? En principio nada inquietante. Reunidos en el sótano algunos compañeros y él habían organizado una timba.

Cuando dieron las siete de la madrugada hacía ya más de un par de horas que los asistentes al festejo, incluida Ratsia, y cabe decir bastante enfadada, se habían ido despidiendo. Todos excepto Domicio Resortes que junto a otros tres hombres, en concreto, Juan Hidalgo, hijo del conocido constructor Anselmo Hidalgo, Tomás Legrain, hijo del Director del Ferriscola Banque y Ernesto Sánchez, hijo del Presidente de Prtoductos Quimicos S.A, continuaban echando la partida en el sótano. Una partida que de hecho empezó siendo sólo un juego circunstancial, pero que poco a poco los había ido transformando y encauzando hacia las oscuras y rastreras sendas por las que en adelante, presentían, habrían de forjarse sus vidas. A partir de ese momento ya no eran amigos, sino cuatro hombres desconocidos que se escrutaban con ojos sanguinolentos envueltos en una refriega letal; durante la cual habían ido descubriendo que sus padres ya no regirían más sobre ellos – porque a partir de ese momento, para ellos o estaban ya muertos, o dependían de sí mismos – y habían ido averiguando que el dinero no solo crea fortunas, sino que elimina agresores y permite golpear a tus adversarios allí donde más les duele.

Hacía un buen rato que todos los jugadores se habían retirado y asistían circunspectos a la pugna que se dirimía entre Tomás Legrain y Domicio Resortes, el cual no había cesado de perder durante toda la noche. Pero su instinto de jugador obstinado desconocía los límites que la palabra derrota subraya, y seguir le confortaba. A su izquierda estaban sus últimos veinte mil dólares apostados, enfrente la sucia cara de su oponente, y delante un naipe sobre el tapete; un naipe que estaba a punto de descubrir y que le revelaría misterios que ni él mismo sospechaba. Y el caso es que todo había empezado como algo sin importancia, como un juego. Tomás iba ganando, tenía más dinero, siempre había sido así, y encima ahora era mano y decidió apostar otros veinte mil. Si Domicio deseaba seguir en juego debía igualar la apuesta, y para hacerlo, tuvo que poner el deportivo.


Ambos volvieron las cartas boca arriba; Domicio perdió. Se volvió hacia Tomás el cual aún estaba amontonando los dólares cosechados y sujetándolo del brazo, le propuso jugar por algo superior. Echaron otra mano. Tomás Legrain acomodó cuarenta mil verdes sobre el tapete. Domicio lo miró mostrando un rictus de mármol; esta vez no iba a arredrarse. No cejaría en su empeño porque sabía que Tomás era mezquino y que él era hombre de una carta. Lo hizo sin contemplaciones ni remordimientos, apostó, y está vez se jugó el Rolls Royce Imperial.

Los naipes cayeron boca arriba, y Domicio constató con pesar que había vuelto a perder. Por vez primera un sudor frío le recorrió la espina dorsal llegando a impregnarle las manos. ¡No podía soportar el hecho de perder el precioso Rolls! O lo que no pudo aguantar fue… ¿la horrible opresión de sentirse derrotado? Claro que Domicio conocía bien a Tomas, sus desvelos, sus pretensiones. Era un buitre. Le ganaría. Propuso una apuesta mayor. Despacio, Tomás Legrain lo pensó, y aceptó.
Había llegado al momento clave, Domicio lo supo; se fijó en el pulso de Tomás, temblaba ligeramente. Había sacado la última carta del mazo y se había echado a temblar como un pollo desplumado. Pues así estaría en unos instantes. Volvieron las cartas y Domicio sonrió de satisfacción cuando vio que acababa de salvar sus automóviles, pero no así el dinero. Ahora, las cosas empezaban a salir como él deseaba. Alguien, Domicio no pudo recordar quien, le advirtió que se abstuviera de seguir pues ya había recuperado lo suficiente. Pero para él la palabra “recobrar” no significaba nada, solo le valía: ¡Ganar! Esa era la expresión adecuada, puesto que se consideraba un ganador de justicia.
Decidieron que harían una última apuesta. Esta vez, caldeado por su revés anterior, Tomás fue con todo y apostó noventa mil; y por esa cantidad uno no podía jugarse un par de coches. Sólo cabía hacer una cosa: Jugar a todo o nada. Domicio se sintió algo molesto, pues verse obligado a hacer aquello, aparte de constituir ya su única opción, no podía decirse que fuera de su entero agrado. El hecho es que ya no había más salida que hacerlo o abandonarse a una vergonzosa derrota. No pensó más y sacando las escrituras se jugó la mansión.

Movieron la última mano con extraordinaria lentitud, se desenvolvían, como si antes de la rigurosa resolución pretendieran saborear al límite aquellos últimos instantes de sus vidas entre sus pertenencias, o casi como si se supieran protagonistas de una proyección a cámara lenta. Y, sin embargo, los dos estaban plenamente concienciados en lo que iba a suceder, porque sabían que para el que perdiera no habría misericordia y para el que ganara sería la gloria. Y es que acababan de descubrir, o tal vez lo supieran de antemano, que ahí radica la verdadera esencia del juego; en ejecutarlo, y paladear su intensidad al menos durante esos instantes en que uno cree tenerlo bajo control, y a la vez en, aborrecerlo…
Volvieron los naipes. Domicio fue el primero. La sonrisa de la dama de tréboles se quedó mirándolo a él y a los demás. Alguien murmuró una frase entrecortada. Justo en ese momento Tomás hizo lo propio y su baza fue el As de corazones. Domicio había vuelto a perder.

Mientras el ganador era felicitado él se quedó solo con la mente en blanco o tal vez repleta de imágenes. No, desde luego aquella no era su noche. Cómo había sucedido. Debería de haberlo intuido. Pero cómo ser capaz de ver. ¿Y… ahora? ¿Qué afrentas escucharía? ¿Lo maldeciría el viejo por el resto de sus días? ¿Sería vejado públicamente? ¡Dios..! Se frotó los ojos y pensó. Aún le quedaba una salida. ¿Una salida? ¿Pero cúal? Naturalmente volver a jugar. ¿Volver a jugar…? Claro.
Estaban solos los dos. Los demás, después de felicitar al ganador se acababan de marchar. Volviéndose a su oponente, quien todavía estaba ocupado en amasar el dinero y meterlo en una cartera, le dijo.
- Escucha ¿Qué te parece si echamos la última?
Tomás lo miró con seriedad y contestó.
- No. Basta por hoy. Se ha acabado Domicio y lo sabes muy bien.
- ¿No? ¿De verdad? No vas a ser un caballero y darme una…
- ¡No! Ya te lo he dicho.
Le interrumpió tajante Tomás.

Domicio bajó los ojos y siguió pensando. Conocía a Tomás, sus ambiciones, sus desvelos. De pronto se le ocurrió... ¡Sí! Había algo que aquel hombre miraba con mayor codicia y arrebato que la casa y éso era… ¡No! O sí… Sí, viéndola tan sutil era fácil deducir que muchos hombres darían lo que fuera por tenerla. Y él la tenía aunque para ofrecerle ya… ¿el qué? Si ya no tenía... ¡nada! Acababa de perderlo todo. ¡Estaba desahuciado! Aunque… ¿Y si…?
Como si de pronto hubiera envejecido cien años, con el corazón palpitando, se volvió hacia él vencedor y temblando de ansiedad, con una voz como un hilo a punto de quebrarse, lanzó la propuesta desesperada. Tomás Legrain lo miró con desprecio, sin ningún atisbo de afecto, pero aceptó sin dudarlo. Naturalmente la cosa quedaba entre los dos.

Pasado un mes Ratsia y Tomás Legrain se desposaron. Dicen que hacían buena pareja, ambos rubio platino. Ella, afilada como una espiga y él grueso como una mazorca. Ella, llorando desconsolada, él sin soltarla de la mano.

Domicio Resortes no acudió a los esponsales, dejó de sonreír se volvió taciturno, dejó de jugar y nunca más se le vio en compañía de ninguna otra mujer.


José Fernández del Vallado. josef. 2007. Arreglos marzo 2008.


Texto de josef agregado el 23-03-2008.
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