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«ARGENTINOS DE VACACIONES POR EL MUNDO»


«ARGENTINOS DE VACACIONES POR EL MUNDO»

GUILLERMO SOUBELET

«Porque eso de que nadie es profeta en su tierra es así, hermano. Firmalo porque es así, nomás. Apretá el pomo. Claro, acá no te destacás porque mirás para todos lados ¿y qué ves? Argentinos. Y peor: porteños. ¿Y qué tiene de especial estar entre tipos que son iguales a uno? ¿Cazás el concepto? En cambio, querido, vos salís afuera y la cosa cambia. Cambia, papá, cambia. ¿Vos me ves a mi y qué decís? A ver, decime. Porque no seré un feo guacho y también está lo de la labia, ya sé, pero hasta ahí. Sin embargo, hermano, aquí como me ves, este guachín, afuera (sobre todo en Francia): filas enteras de minas haciendo cola. ¡Filas enteras! ¡Así de minas! ¡¡Así!! Y ojito con dejar a alguna sin darle el carchofo, que uno es argentino y se espera mucho de vos, eh. Les da como un ataque de histeria si no las atendés. Las tenés que terminar cacheteando para que se calmen. ¡Hay una raza detrás tuyo, querido! Y atenti que estás hablando con un tipo normal. Ojo. No sé, con los pies en la tierra, como quien dice. No uno de esos pelotuditos que se la pasan yo me bajé a esta, le medí el aceite a aquella y le revolví el estofado a la otra de allá. No. Pelotudeces a mí, no. Esas pendejadas no van conmigo. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. ¿Eh, papá? ¿Cazás el concepto? Porque ni bien cruzás las fronteras del suelo patrio ya es tierra de nadie. ¿Cómo te explico? ¿Viste en la tele cuando pasan esos documentales de los chitas? ¿Que salen así, al trotecito, sin apurarse, y se meten entre las gacelas hasta que dicen «Quiero aquella»? Y viste cómo es. Que hay, no sé, cientos de gacelas, pero el ñato se encapricha con una y Sanseacabó. ¡Y no hay tu tía, eh! Si quiere aquella agarra aquella. Y al pedo, piensa uno, porque tiene a montones al lado de él, bien al alcance de la garra. Pero el señor no. Él señor se encaprichó con que quiere la otra. Bueno, así es con los argentinos y las minas ni bien pisás Europa. El porteño elige, viejito. ¡Elige! ¿Cazás el concepto? Porque vos no sabés, pero ¿viste la fama que tienen acá los negros, de pijudos y cogedores? Bueno, esa es la fama que tenemos los argentinos en Europa (¡Y en todos lados, sobre todo en el Primer Mundo!). Así que calculá. Bah, la misma fama los balones, porque no es lo mismo. No vas a comparar un argentino, con nuestro savoir faire, nuestra velocidad para la improvisación, nuestra elegancia europea, nuestra típica picardía, con uno de esos grone que de lo único que les pueden hablar es de cazar leones, o de jugar al básquet. Con nosotros es distinto. Las tipas se encaman con vos y se sienten en el Cielo, con una mezcla de Gardel y Rodolfo Valentino. Y es que eso es así y no hay quien te lo pueda negar. El argentino es una luz, hermano. Nacemos así. Cuando los otros van, nosotros ya fuimos y volvimos trescientas veces. ¿O no? Es así. Y las minas bien que lo saben eso. Y los tipos re calenchus, porque nos ven llegar y saben que con nosotros ya de movida están en perdedores. ¿Sabés la paciencia que hay que tenerles? ¡Ay, madre querida! Fijate si no: en Alemania y en Austria, en medio de la ruta, hay unos paradores de la reputa madre que los parió. Entrás ahí y no lo podés creer. Vos te decís: de un momento a otro sale Julie Andrews y se me pone a cantar las canciones de La Novicia Rebelde al lado de la mesa. ¿De qué te reís? ¡No sabés lo que son esos lugares! Bueno, resulta que para ir a los ñoba hay que garpar. ¡Garpar para ir a echarte un cloro! ¡Ellos garparán! Nosotros: ¿sabés la diferencia entre Flores y Floresta?: ¡Esta! Resulta que en la puerta de los biorsi hay molinetes. ¿Cazás el concepto? ¡Molinetes a nosotros! ¿Sabés que hacíamos? ¡Poníamos una sóla moneda y mientras uno lo trababa nos mandábamos todos! ¡Juá! ¿Querés más? En España, los gallegos te alquilan los derpas amueblados. ¡Y no te exigen un carajo los dolobus! Ni documentos, ni depósitos ni qué pindonga. Nada. Así que nosotros, una que les decíamos que éramos dos y después nos mandábamos como quince (así que entre todos no nos salía nada el alquiler, ¿cazás el concepto?). Y otra que (y oí ésta porque es mundial): antes de irnos les vendíamos todos los muebles que venían en el departamento y desaparecíamos. ¡No sólo no les garpábamos un joraca sino que, además, nos llevábamos la guita de los muebles! ¿Cazás? Es inútil pero esas cosas, esas pioladas, si no sos argentino no se te ocurren. No les da el balero. Y las minas, claro, que no están acostumbradas a estos despliegues de ingenio, encandiladas. Lo mismo en Suiza, en Zürich. Mirá si serán caídos del catre los suizos éstos que la máquina para sacar los boletos de los bondis está en la puerta de atriqui, la de bajar. Sacás el boleto recién cuando te bajás. ¡Y los tarados van y sacan su boletito como los pelotudos que son! Nosotros: ¡¡Ésta!! Los mirábamos, los señalábamos y nos cagábamos de risa bien fuerte mientras nos agarrábamos bien agarradas las pelotas, y nos bajábamos a la mierda. ¡Que te pague Lola! Y encima nos miraban con cara de tujes los tipos. ¡Y es que les da envidia porque a ellos no se les hubiera ocurrido! No te digo... Que además una cosa, no sé de qué se quejan porque viéndonos a nosotros por ahí se avivan un poco. En lugar de ponerse en resentidos podrían agachar la cabeza, reconocer y tomar el ejemplo. ¿Cazás? Lo mismo en Manhattan con los diarios. No hay diariero ni nada. Los tarados levantan la tapa de vidrio, agarran el diario y dejan las moneditas en una especie de alcancía. ¿Podés creer? ¡Nosotros no sólo no le dejábamos un carajo sino que además nos afanábamos todos los diarios! ¡Y no sólo de un kiosco! ¡De todos! Que además te cuento que después los tirábamos a la mierda porque no entendíamos un carajo lo que decían. Por eso te digo, pichón, que es cierto eso que dicen que afuera no nos quieren a los argentinos y toda esa gilada. ¡Y lógico! Hay que ponerse en su lugar y entenderlos. ¡Con lo boludos que son esos tipos imaginate que llegamos nosotros y se van al mazo! No pueden competir, se sienten menos. Por eso no nos quieren. ¡También! Así que las minas, como te decía, ni bien nos detectan (porque nos detectan, eh) se nos tiran encima. Y yo tengo un truco infalible. Cuando viajo uso esos jeans medio apretadones acá, en la región hueval, cosa que se te marque el tobul y te haga más pijón, ¿cazás? Como diciendo tranquilas que hay para todas. ¡Porque atenti que esto que te cuento que les pasa a las minas de allá con los argentinos se nota ya en la aduana, eh! Ahí, ni bien bajás del avión. ¡Páaaaaajarito! Te identifican en el acto, hermano. No sé cuantas minas puede haber en un aeropuerto internacional, pero, pichón, vos aparecés en las escaleras mecánicas (rodeado de un montón de tipos de andá a saber dónde) y ya entran todas a marcar. A poner carita. A sacar esas polveritas de mano y arrancarse los alambres de las cejas. A entrar panza y sacar tetas. No sé, enseguida te sacan que sos argentino y entran a reírse nerviosas, a hacer morrito. Claro, imaginate lo que debe ser para ellas. Y si lo pensás un poco para ellos también. Porque son países que viven del turismo ¿y dónde van encontrar ese colorido, esa desfachatez simpática tan típica nuestra? ¡Si para ellos es como ganarse la lotería cuando llegamos nosotros! Ven llegar los aviones de Aerolíneas Argentinas y se empiezan a frotar las manos. Y yo no lo vi, pero me contó un amigo que vive en Barcelona que están por poner unas oficinas en los aeropuertos para los argentinos. Algo así como: «Soy argentino, ¿dónde hay que cobrar?»
Y claro, al principio cuesta acostumbrarse, no te voy a decir que no; pero es algo que se va a repetir durante todo el trayecto y en todos los viajes. Ni bien llegás y se enteran que sos argentino ¡para qué! ¿Viste como se desesperan (y que pegan esos grititos histéricos y hasta se desmayan) las fanáticas en la entrada de la Academia, en Hollywood, cuando llegan las estrellas para la entrega de los Oscar? Bueno, propiamente en los aeropuertos cuando llegan los argentinos. ¡Páaaaajarito! Encima, claro, cuando uno llega allá (si no te pudiste cepillar a la azafata del avión o a algún comisario de a bordo medio delicado) entre una cosa y la otra por ahí pasaron tres o cuatro días sin darle a la matraca, así que te podés imaginar que llegás desesperado. Echando espuma por la boca. Los ojos como espirales que dan vueltas. No sé, ves a los grones del aeropuerto medio agachadones empujando esos carros con las valijas y te tenés que sofrenar. ¡Quieto, Pingo! ¡Sooo! Y las minas, que ni bien te ven se avivan que sos argentino, te miran encandiladas y se les hace agua la cola. ¡Y te lo demuestran! ¡Epa! Y es que no les queda otra, porque saben que si no se apuran te arrebata la de al lado. Y vos viste lo hijas de puta que son las minas entre ellas. ¿Cazás el concepto? Ah, eso sí: los tipos, los dorimas, con una cara de ojete europeo que no veas. O directamente se hacen los que no te vieron llegar. No sé, hojean revistas o se hacen los interesados en las vidrieras. Pero los tenés que entender, pobrecitos. Vos viste lo pelotudos que son los europeos. Porque, esta bien, arman autos de puta madre, se las ingenian con los relojes ¿y qué más? No sé... alguna cámara fotográfica y pará de contar. ¡Y las minas tienen las bolas por el piso de los autitos, los relojes o las cámaras fotográficas! ¡Lo que quieren es pija y de la buena! ¡Carne patria! Lo que quieren es un macho de veras que les diga vení pa’ la pieza y en un rato les eche cinco o seis polvos al hilo y que pase la que sigue. Y eso es como el dulce de leche, que allá no se consigue. ¿Cazás el concepto? Y te digo que de tanto darle y darle a la matraca cuando volví de allá tenía unas ojeras que parecía un mapache. ¡Páaaajarito! Ya era vicio aquello. Las mucamas del hotel se quejaban porque no podían hacerme la cama. Y eso que ya saben, porque están acostumbradas y ni bien se aloja un argentino saben la que les espera. Pero es que allá las minas te acaparan. No sé, no te dan respiro. Se ceban. Y es que están necesitadas las pobres porque allá los tipos no las atienden, no se las cogen. Caete de culo. No. Ni se les ocurre. O sea, sí, coger cogerán... pero, no sé, una o dos veces al año, ponele. Y a lo sumo. En las fechas patrias, los días de eclipse, cuando cierra el ejercicio y cosas por el estilo. Y pará de contar. Ah, y chiqui chiqui y a noni noni, además. Por la falta de práctica. Es que para ellos es como comer fondue para nosotros. ¿Cada cuanto comés fondue? No sé. Una vez al año. Dos, a lo sumo, y esta bien. Medio que te cansa ya. Te aburre. Y así les pasa a ellos con darle a la matraca. Y atenti que además si vos les hablás de garchar todos los días (¡Y ni hablar de varios fierrazos al hilo, del Salto del Tigre o del Carrito de Shanghai!) se te quedan mirando. ¿La cazás? Porque para los giles aquellos es como si les dijeras de almorzar tres veces y cenar cuatro. Se te quedan mirando con una media sonrisa. ¡Media sonrisa es con la que te miran las esposas ni bien se dan cuenta de que sos argentino! ¡Y como para que no se hagan los dolobus cuando te ven aparecer! Es como si te estuvieras haciendo el guapito y apareciera Mike Tyson. ¿Cazás la idea? ¿O porqué te creés vos que inventaron las playas nudistas? ¡Las inventaron las mujeres para tentarlos, para ver si los tarados esos al ver tanto culo, tanta teta, tanta cotorra expuesta, reaccionaban de una vez! ¡Pero no! ¡Noooo! ¡Los chichipíos toman sol y a casita a jugar al ajedrez! Hermano, vos no sabés lo que son aquellas playas. ¡Ay, que me da la puntada! ¡¡Ay, que me da la puntada!! No la huevada de acá de la Playa Franca de Mar del Plata y toda esa gilada en la que una vez por día alguna tilinga paga muestra la tetita. ¡Minga! ¡Macho: allá todo el mundo en tarlipes oreando las carnes al sol! Y en Niza y en Cannes, no tanto. Ahí pelan las gomas, nomás (además de que en Niza las playas son una cagada, porque no son de arena: son como de canto rodado. ¡Así te quedan las patas!). En cambio en Saint Tropéz, que las playas son un paraíso: ¡Ay, madre querida! ¡Todos en guindas! ¡Pero todos, eh! ¡Hombres, mujeres, niños, perros, gatos y suegras! Todos en tarlipes. ¿La tenés a esa? ¡Páaaaajarito! Mirás para allá: minas en pelotas. Te das vuelta: minas en pelotas. Para el mar: lleno de minas en pelotas. ¿Sabés lo que eso? ¡Y toda materia dispuesta, además! Eso sí, en esas playas aprendí dos cosas: que no tenés que olvidarte el bronceador porque ciertas partes del cuerpo no están acostumbradas al sol (y después te quiero ver) y que es mentira que las japonesas tienen la empanadita inclinada. Bueno, la cuestión es que ni siquiera ahí reaccionan los tipos ¿me querés creer? Ellos nada. ¡Ahí en pelotas leyendo el diario o haciendo crucigramas en francés como mamertos! En la luna de Valencia. Yo, vos me conocés y sabés que soy una máquina de darle a la matraca. Que por muy poca cosa me pongo como un tipo que trepa un caño. Encima, te imaginás, llega un argentino a la playa y ya se crea toda una expectativa. Faltan los redoblantes. Y vos, en tarlipes, sintiendo las miradas de todas las minas convergiendo en vos, te repetís para adentro: que no se me pare, que no se me pare, que no se... Así que entrar a esas playas es un suplicio. Te volvés loco. Y claro, viste cómo es, que te decís: no tengo que estornudar y fija que estornudás. Encima de toda la presión, porque uno no puede entrar a esas playas tan paquetas como un desesperado recién bajado del barco. Babeándose, sacando fotos, o con el bagre en la mano, apuntando a la que más te gusta. ¿Cazás? Bueno, tan preocupado estaba por que no se me despertara el pingüino ahí en público (encima, en guindas como estaba) tanto me repetía, que no había dado ni diez pasos y ya estaba que parecía que iba a espadear. A batirme a duelo. Todo el mundo mirando y yo sin una mísera revista para taparme y disimular. No sé, se reían, sacaban fotos, filmaban, cosas así. ¡Qué momento! Entonces, para disimular, ahí donde estaba (en cámara ligera) me acosté boca abajo a esperar que se me durmiera el cachafáz. ¡Para qué! ¡Por el contacto con la arena calentita se me paró del todo! Pero no una paradita coqueta, de salón. ¡¡¡Así se me puso!!! Me quería morir. ¡Porque no me iba a pasar el día entero ahí culo al norte y después volver hasta el hotel arrastrándome panza abajo como un gusano! Además tenía miedo que me pasara como en los dibujitos, que siempre aparece un cangrejo. Así que me senté rapidito ¡Hop! y me cubrí con el baldecito del pibe de la lona de al lado, tipo sombrerito. Claro, al final me tuve que dar un chapuzón para que el frío me la bajara. ¡No sabés lo fue aquello cuando caminé hasta el mar con el baldecito ahí! ¡Ah, pero yo orgulloso, eh! A esa altura estaba radiante. Vos te preguntarás porqué. Yo pensé: ¿Quién pasó más papelón? ¿Yo, que el cachafáz me respondió como Dios manda, o los demás tipos, que las tienen de adorno? Ponete un poco en el lugar de ellos. Es más: ponete un poco en el lugar de ellas. ¡Ajajaá! Es como si fueras a hacer sexo grupal y el único que tiene el boy-scout siempre listo sos vos. ¿Cazás el concepto? Yo era el astro, querido. Y, claro, enseguida todas las minas empezaron a sonreír, a pasarse la lengua por los labios, a refregarse bronceador por las gomas, a mirarse con complicidad... No sé, a codearse. Claro: captaron al toque que uno era argentino. En cambio los tipos no. Ellos como te decía antes. Indiferentes. Frígidos son. Claro, por una cuestión de naturaleza a uno le cuesta entender a esos bonchas, ponerse en el lugar de ellos. El perro no puede actuar como gato ni el gato como perro. Además de otra cosa: que allá hay mucho puto. Mucho pero mucho culo roto. ¡Páaaaajarito! Mucho Richard Claydermann. Mucho Boy George. Y el que no es puto atiende por las dos líneas (o por las tres o cuatro o siete líneas. Porque allá viven mucho más adelantados que acá, y por ahí ya inventaron algunos sexos nuevos que acá todavía no llegaron). Además de que todo les parece normal. Onda que por ahí el ñato de vez en cuando se hace peinar los pelos del culo para adentro y la mujer se entera y como si tal cosa. «Hola, vieja, estábamos aburridos y como tardabas tanto en llegar acá con los muchachos nos pusimos a culiar». ¡Y las esposas chochas, eh! ¿La tenés a esa? Capaz que encima los felicitan. No sé, les prestan la cremita para que no les arda el culito o les sacan fotos mientras se los matraquean y se las mandan a la suegra con una dedicatoria. Y si no son trolos están muy en el reviente. Muy en la joda. Es que allá es así. Vive y deja vivir. No sé, otra cultura. Onda que se casan hombres con hombres, mujeres con mujeres, hombres con ornitorrincos australianos y mujeres con petroleros griegos. ¿La tenés a esa? ¡¿Cómo se pueden casar con un barco?! Te digo que a veces te agarra el cagazo y querés volver a casa a comer los ravioles de la vieja. Y es que esta pobre gente quedó así por las guerras. ¿Cazás la idea? Pero atenti, que a río revuelto ganancia para los pescadores. Porque si bien es cierto que las mujeres son todas distintas también es cierto que son todas iguales. ¿Y qué quieren las mujeres? Pija. Porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Así que figurate que una cosa es que se banquen al marido finoli que se hace atender por el turco de la esquina, y otra muy diferente es que eso sea lo que les guste. Y entonces, ante semejante malaria, aparecés vos, como una aparición: bien machito, pijón y encima argentino. ¡Y para qué! Entonces se entiende lo que te decía antes. Te ven y es como la fiebre del oro. ¡El oro y el moro! ¿Viste en «Titanic», cuando todos se desesperan por un bote? Bueno, propiamente.
Así que ya sabés, si pensás viajar, no nos vas a hacer quedar como otarios: ¡Minga de garpar los diarios, ni para mear ni para viajar en bondi! Tampoco te olvides del bronceador y del baldecito. Y, eso sí, haceme caso y antes que nada comprate acá veinte o veinticinco cajas de forros. Aunque sea para ir tirando los primeros días. Porque allá se consiguen, sí. Pero más chicos»


Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 24-03-2008.
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