Hay un olor a sexo viejo por los días,
sucediendo
entre pasos, fiebres, lamentos;
respirado hasta caer, como un cadaver,
seco de salitre;
un olor a sexo amargo, sin risa, sin rubor,
al sexo de enfermeras cuidando a los enfermos,
a padres durmiendo con sus hijas,
con un zumbido negro en los huesos,
temblando y escupiendo espuma;
un sexo graso, de puro fanatismo,
de correrse una y otra vez sobre sí mismo,
con la boca hirviendo y la sangre como lodo,
agitandose en su agua nocturna.
Este olor degüella el aire respirado,
y llena lentamente las aceras,
los bares, las peluquerías,
las esquinas de empresaios que se sienten solos,
iglesias, farmacias y hospitales para gente triste.
Es un fantasma que se escurre haciendo sombra,
filtrandose en el alma, por las coladeras,
en múltiples tonos marrón.
Se desnuda pleno de ventaja,
y ruge con un sólido ataque de humedad herida,
como un cañon apuntando hacia su fortaleza aérea,
rodeado de un día muerto, masticando nervios.
Es un olor a viejo verde, a cobre
con un coro de mil hombres gritando confundidos,
ha extendido sus tentáculos por entre las ciudades,
hundiéndolas en un caldo de viceras y desesperación. |