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El tapón de la pileta (Literatura infantil 1º ciclo)
Niki era un chico de unos once años. Alto, delgado, medio rubio, con el pelo bien corto y un solo rulo fino en la nuca.
Tenía unos ojos grandes almendrados soñadores. Y como casi todos los chicos esperaban el verano para entrenarse en la pileta y ensanchar la espalda, ya que le gustaba la idea de llegar a ser atractivo.
El día en que ocurrió esta historia que les voy a relatar, Niki estaba en su colonia que quedaba a unas pocas cuadras de su casa.
Era un martes de diciembre con un cielo completamente azul, aunque algo ventoso, un poco más del que se acostumbraba a tener en esa época.
A Niki, nadar lo tranquilizaba bastante. Sin embargo, ese día sentía que toda la energía le bullía como coca sacudida dentro de su botella. Se tiró del trampolín más alto con tanta fuerza, que después de dar tres vueltas completas en el aire atravesó el agua y tocó fondo. Se golpeó con algo que no supo lo que era.
Como Niki era muy curioso lo tanteó, se aferró a eso y tiró de algo que a él le pareció una pequeña argolla. Y oh, sorpresa, esta cedió y arrastró un gran tapón como el de la bañadera de su abuela Leonor.
El agua de la pileta empezó a escurrirse con tanta fuerza por el agujero, que formó un gran remolino y lo arrastró dentro de un túnel.
Niki pensó que por mucho tiempo no aguantaría la respiración y moriría ahogado. Pero trató de mantenerse tranquilo y se dejó llevar por la corriente.
De pronto el túnel se amplió y desembocó en un lugar enorme donde el agua ya no era incolora sino más bien amarronada, aunque seguía siendo transparente. Vio luz arriba y con la cara morada y a punto de empezar a tragar agua, subió a los manotazos lo mejor que pudo. Sacó la cabeza a la superficie y tardó bastante tiempo en recuperarse, ya que su corazón estaba agitado y le costaba respirar, como si los pulmones de tanto aguantar se hubieran achicado.
Pasó un tiempo flotando como una boya sobre el agua, hasta que por fin comprendió que se hallaba en el medio de un gran río.
Como la orilla no estaba del todo cerca, trató de ahorrar esfuerzos y avanzó suavemente estilo pecho para no cansarse tanto.
Alcanzó la orilla exhausto, tambaleando, algo mareado. Perdido y sin saber que hacer, se sintió un náufrago. El viento le erizaba la piel y le ponía los pelitos de punta.
Se sentó desolado en una gran piedra caliente con la vista perdida y fue cuando su mirada se cruzó con otra mirada celeste.
Era una chica de su edad llamada Angi. Bruscamente sonrojada se dio vuelta y trató de atajar la pelota con la cual estaba jugando, pero su ojota se enganchó en una piedra. De pronto trastabilló y la ojota salió volando pasando por al lado de la oreja de Niki que la alcanzó a pleno vuelo. Se paró sorprendido y se la devolvió.
-Gracias, pero rota ya no sirve -le contestó Angi. Y la arrojó junto con la otra al cesto de basura más próximo. Después sacó de su mochila unas sandalias con una margarita en la punta, se las colocó y se marchó.
Sacudido por ese encuentro deslumbrante, Niki cobró un coraje que hasta ese momento no había tenido, sacó las ojotas del tacho y se dispuso a arreglarlas.
Sobre la barranca había unos chicos bulliciosos, que daban chillidos de alegría mientras construían coloridos barriletes. Caminó hasta donde ellos estaban y les pidió piolín con el que ató fuertemente la ojota.
Luego se las calzó y no le importó que fueran rosas, sino que quedó fascinado porque todavía olían al perfume de Angi.
Estaba envuelto en esos pensamientos cuando vio a una abuela alta, todavía rubia, peinada con un rodete de trenzas, luchando con la sombrilla, la silla y su bolso.
A Niki le pareció una abuela de cuentos y se acercó.
-¿La ayudo? -le preguntó. -Soy muy bueno para poner sombrillas en la playa.
La abuela aceptó de buena gana. Niki enterró el caño de la sombrilla y con el mismo caño sacó la arena y la sacudió. La clavó como había visto hacer infinidad de veces a su papá, la colocó inclinada y acomodó los bultos debajo.
La abuela abrió su monedero y con una sonrisa le puso una moneda de un peso en la mano.
Niki sorprendido se despidió y corrió otra vez donde los niños gritaban ahora, porque el fuerte viento que soplaba levantaba a muchos de los barriletes ya terminados.
-Chicos, tengo una moneda ¿Puedo comprarles uno?
Como nunca se les había ocurrido que podrían venderlos, les pareció muy buena la idea de tener su propio negocio, y aceptaron gustosos.
Le dieron uno bastante grande, lleno de flecos lila, amarillo y fucsia.
Niki les pidió que lo miraran. Dijo tener un plan, que si daba resultado, él regresaría de donde había partido y ellos tendrían cola de gente en listas de espera para poder comprar barriletes.
Niki remontó el barrilete y corrió por las piedras de la costa a la velocidad del viento con sus ojotas rosas. Hasta que... ¡zás!, lo agarró un remolino de viento, un sacudón fuerte... y estaba volando... en forma de espiral. Y se elevaba más y más alto...
Mezclado con el silbido del viento llegaban los gritos de alegría de los nenes y también los aplausos de todo el balneario que creía que era parte de un show. Y por supuesto corrían como locos a comprar los barriletes que ya se vendían a cinco y diez pesos cada uno.
El remolino lo metió en una nube negra muy fría que lo hizo avanzar como un rayo hasta la misma terraza de la colonia donde habitualmente jugaba al fútbol.
Tuvo que hacer muchas y variadas maniobras hasta que el barrilete empezó a descender cada vez más lento. Cayó oscilando como las hojas de los árboles en el otoño.
Se colocó el súper-barrilete bajo el brazo y bajó orgulloso las escaleras con sus ojotas rosas.
Pero cuando llegó al primer piso donde estaba la pileta, la encontró totalmente vacía y un revuelo de chicos envueltos en toallas y maestros pálidos tomando lista una y otra vez.
De pronto alguien gritó: - ¡Ahí en la escalera!
Un minuto de silencio. Luego alboroto y confusión. El director le gritaba a la maestra porque no se había fijado en la terraza. La maestra le juraba y le juraba que sí, se había fijado, ofendidísima de que se dudara de su palabra, después de su tan larga e intachable carrera docente... y así se increpaban superponiéndose las voces.
Parece ser, que cuando Niki se fue por el agujero de la pileta, el agua empezó a bajar y justo cuando todos empezaban a ser arrastrados hacia el fondo, los profesores se tiraron y los hicieron salir uno por uno. Fue un excelente rescate, muchísimo mejor de todos los simulacros que habían hecho en la escuela de guardavidas. Pero la paz duró poco, ya que algunos entraron en pánico y gritaban que se ahogaban. Otros se empujaban, salían y volvían a caer armando un lío terrible.
Con mucho esfuerzo pudieron ir sacando y tranquilizando a todos los chicos. Ya habían pasado como dos horas cuando entre todos comenzaron a buscarlo a él afanosamente.
Y así estaban desconcertados cuando él apareció, lo más campante, barrilete bajo el brazo y feliz como un héroe de una gran aventura, envuelto todavía por el aroma de las ojotas de Angi.
La historia que Niki contó no la entendieron, pero no quisieron molestarlo a causa del chichón que tenía en la cabeza.
Como él siempre llevaba bolsas de nylon en su mochila para poner la ropa mojada, envolvió bien su barrilete y las ojotas rosas.
Y ese día salió a horario de la colonia con sus propias ojotas verdes y su remera seca, abrazando tiernamente su bolso con sus trofeos, prometiéndose que cuando fuera grande sería el mejor bañero, y algún día, en alguna playa, encontraría a Angi y le contaría que todos esos años había guardado con cuidado, en su propio ropero, sus ojotas rosas rotas, por él arregladas y por ella perfumadas.
María Mercedes Córdoba
(2006)
Cuento seleccionado y editado en el libro: “Concurso 2007/2008” Editorial Parábola.
ISBN 978-1447-12-1
Ojotas: sandalias para la playa.
Bañero: forma popular de denominar al guardavida en las playas argentinas.
Texto de flop agregado el 24-03-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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