El crimen del abad
E
s de noche, he venido al Templo Sagrado para escribir en Tu presencia, aunque estés en todos los rincones, tu casa me reconforta. Estoy arrepentido de mis actos criminales y no puedo confesarlos, ningún hombre lo comprendería, sólo Tú Señor. Ya no creo que el sacramento de la confesión pueda expiarme ¿Por qué he de confesar mis execrables pecados a alguien que puede ser igual o peor de perverso que mi persona? Es este manuscrito la única vía que encuentro para purgar mi alma de la maldad que me llevó a cometer semejante crimen. Un acto que aún hoy hace que la culpa me pudra en vida. Debo confesarlo todo Dios mío, mis motivos; mis pensamientos… Para que me comprendas y sólo por este medio me absuelvas, en caso de que aún merezca ese crédito. Aquí, Omnipotente, te relato mi lamentable historia.
Todo el lapso de tiempo que ha consumido mi vida ha sido en la bella y rústica ciudad de Venecia, y por si estas hojas son halladas en la posteridad, daré datos cronológicos. Hoy es 1 de septiembre de 19…. Hace exactamente un año que esclavicé mi propia alma. Me permito presumir de mi elevado intelecto, gracias al cual he logrado ocupar altos rangos en lo que respecta a la Iglesia. Asumí el sacerdocio a la edad de veinticuatro años, y en mis actuales treinta, soy uno de los más importantes obispos de Italia. No soy de ese tipo de personas que se entregan a la abadía y castidad sólo por disfrutar del alto rango social del que gozamos los clérigos, lo hice por amor a Dios y a mi fe. Desde que ejerzo la profesión, siempre lo he hecho con cariño y vehemencia.
Nací y me crié en esta hermosa ciudad, mis padres eran ciudadanos humildes, de clase media y se puede decir que tuve una infancia muy amena. Pero desde mi temprana adolescencia ya los hechos daban indicios de lo que iba a ser mi negro futuro, hoy día mi fatídico presente.
Sinceramente, no creo en el amor o enamoramiento a simple vista, de lo contrario, creo que es como una cosecha monstruosa o el mayor de los placeres, dependiendo si este amor es mutuo. Pero nací para ser infortunado. De muchacho era muy enamoradizo, mas por algún extraño motivo, siempre me encantaron las mujeres que no podía tener. Fue por esta razón –y por mi fe- me entregué a mi religión. Muchas mujeres me han deseado, no obstante yo no he deseado a ninguna de ellas. No sentía más que repudio por aquellas que me deseaban con ardor, y posiblemente eran verdaderas copias de Venus mas yo no las codicié.
El horror inició cuando yo tenía quince años. Llegó al colegio donde yo cursaba la secundaria una nueva estudiante, su nombre era Aline. ¿Qué puedo decir? Era el ser más bello que mis ojos pudiesen apreciar. Intentaré describirla: Su piel era blanca como las nubes, su cabello era de un radiante castaño claro y sus ojos del mismo color, como si hubiera miel atrapada en su mirada. Tenía labios gruesos y color carmesí, senos pequeños pero bien formados y una suculenta figura. De estatura mediría talvez un metro y sesenta centímetros. Había en su rostro un candor y una inocencia tan pura, que acompañada por su delicioso cuerpo infundían en mí la más profunda y bestial lujuria que jamás había sentido. Cuando la veía pasar frente a mí, llevando una de las faldas que solía usar, sentía como si una droga envenenara mi cuerpo, un demonio me poseía y las más perversas y enfermizas fantasías atiborraban mis sesos, poco me faltaba para .. .
Por más que intenté seducirla, no logré más que unas frívolas sonrisas. Ella dormía tranquilamente mientras mi obsesión crecía como un engendro incubándose bajo la macabra luz lunar y mis fantasías iban cada vez más lejos, hasta soñar con crímenes que ni en el mismo infierno son dignos de cometer, estos desbordaban mi imaginación de manera que las fantasías empezaron a traspasar el límite de la realidad. No pensaba en otra cosa que no fuera ella y el dolor y la desesperanza derrumbaban mis días.
No sé, querido lector, si conoces la historia del joven Werther , pero lo mismo me sucede a mí, con la diferencia de que yo tuve la valentía de seguir cargando con el suplicio, al mismo tiempo, buscaba la forma de hacer realidad aquel deseo infame que me atormentaba desde mis quince primaveras y con el más profundo odio y deseo de venganza siempre presentes, crecí y me convertí en el exitoso abad que soy.
Y así llevé a la consumación mi perverso plan. Conforme pasó el tiempo, no supe más acerca de su paradero, y la olvidé. La recordaba tan sólo como un amor imposible. Aline nunca sospechó nada de mis sentimientos por ella, siempre me vio como sólo un amigo.
Años después, cuando ambos habíamos alcanzado la edad adulta, llegó al confesionario la viva imagen de Aline, la misma niña deliciosa y quinceañera que atormentó mi adolescencia vino a mí para confesar sus inocentes pecados. Tuve la oportunidad de ver a su madre, pero ya no me causaba el mismo deseo, ya no me gustaba la Aline adulta, fue su hija quien me trajo de nuevo aquel tormento que ya había olvidado, y no me malinterpreten, no era pedofilia, jamás me habrían gustado las niñas, mi deseo hacia la hija de Aline se debía a la imagen que quedó de la diosa que fue su madre.
Seguí viendo con cierta frecuencia a Aline pues ella me apreciaba como a un amigo, mas mis intenciones eran negras. Conseguí la forma de entablar una sólida amistad con Sophie, su hija, quien solía visitarme muy seguido a la parroquia y logré lo que no pude con su madre. Pese a que mi edad era el doble, mi aspecto era todavía lozano y jovial, siempre rechacé proposiciones indecorosas por respeto a mi fe, bueno, logré que se enamorara de mí de una manera sutil, mediante elocuencia sacerdotal y… más me vale confesar, aproveché el concepto que ella como buena cosecha del Señor tenía de mí. La hipnoticé, la engañé . Cuando llegaba a conversar conmigo podía ver en sus ojos la felicidad que anegaba su corazón al estar a mi lado y la sentía soñar mientras me miraba con esos hechiceros ojos color miel. Cuando se despedía le daba la bendición y extasiado la observaba salir de la iglesia, con las mismas minifaldas que su madre usaba, miraba con lascivia sus piernas blancas, carnosas y suaves, su hermoso trasero adolescente que se ondeaba candeciosa y elegantemente al caminar, sus cabellos movidos con gracia por la brisa del día y que llegaban hasta la mitad de su espalda. Mientras hablaba con ella mi miembro se erguía al mirar sus labios proferir las más dulces palabras, imaginándome que goces me podría brindar aquella boca.
Nadie sospechaba nada de mí porque mi cargo era ad honorem y mi comportamiento era intachable. Ahora, Cristo, rey de los pobres de espìritu, describiré muy detalladamente los pecaminosos goces de los que esta joven y yo fuimos partícipes, a fin de hacerte cómplice de mi profunda pasión por ella.
Llegó una vez, como siempre solía hacerlo, y entre pláticas, muy lenta y sutilmente, me atreví a besarle a boca, al principio lo hacía con mucha delicadeza, cuando la timidez y los sentidos se desmoronaron, la intensidad de la ceremonia aumentó y las manos volaban, sin embargo, ella, conciente de pronto de lo que hacía, se detuvo, no me dirigió la palabra y se marchó sin decir una palabra. No me volvió a visitar y al tiempo llegó a mis manos una carta de ella que decía así:
“Esto no puede ser, padre Curval, lo amo, pero me temo que no volveré a verlo. Hasta nunca.”
Por supuesto que no le creí, ambos estábamos ciegos. Al poco tiempo llegó diciendo que me necesitaba, venía decidida a entregarse a sus sentimientos y al pecado, entre lágrimas me dijo que era algo que no podía controlar y que opacaba la voluntad y la razón. Me puse de pie y la insté a lo mismo, la tomé de la cintura y le besé el cuello, posé mis manos en lugares prohibidos y la acaricié con ardor, ella sólo recibía mis caricias con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, señal de total éxtasis, luego acerqué mi boca hacia la suya, en ese preciso momento sus virginales y tímidas manos acariciaban lo prohibido y las prendas volaron.
Desnuda se veía aún más hermosa y su actitud de libertina experta que contrastaba con la inocencia de su rostro daba el perfil idóneo de lo que podría ser la viva ejemplificación de Perséfone, o aún mejor, se prestaba sin dudar a todos mis caprichos y sin oponer la más mínima resistencia.
Por un momento fue la niña la que tomó el control, desabrochó mi hábito, luego me bajó la cremallera y con toda la normalidad y gracia del mundo sacó mi excitado miembro como si la bribona ya estuviera acostumbrada a ello y con ternura me masturbaba. Mi éxtasis era indescriptible, sentía en mi miembro un par de manos pueriles, suaves y cálidas que lo movían con suavidad, luego procedía a besarme la verga ardientemente, con los labios y la lengua alternándolos, luego lo colocaba entre sus senos y me seguía masturbando. El placer y el deseo eran inaguantables, no pudiendo aguantar más, la coloqué en posición cuadrúpeda, abrí su templo con los dedos y me uní a ella. Sus gemidos denotaban un dolor intenso, pero lo soportaba con resignación, yo al principio era condescendiente, pero conforme se me calentaba la sangre, aumentaba la potencia de mis penetraciones, mientras realizaba esta operación, se me venían a la mente recuerdos nefastos de lo que su mamá me había hecho pasar y mi furia aumentaba. La forma pecaminosa en que movía su cadera mientras la penetraba elevaba mi éxtasis, desde la posición en que yo estaba me era imposible acariciar y pellizcar sus sonrojados pezones. En el momento en que mi pasión se tornaba brutalidad decidí detenerme, y le pedí que se marchara.
Cuando la hora de presidir la Santa Misa llegaba, a duras penas lograba balbucear las oraciones y mi discurso del Evangelio se tornó pobre, cuando antes este era el arte en el que mejor me desenvolvía. Veía a los seminaristas y sacerdotes con la mirada avergonzada y cabizbaja, la culpa me achacaba el corazón y al mismo tiempo lo hacían mis deseos de muerte.
Creo que no les he contado de mi naturaleza obsesiva, esta se estaba manifestando, pues, poco a poco, la ira que aquella criatura me había difundido no se disipaba y mis noches eran tormentosas, sueños de sangre y muerte y… me excitaban. Amanecía mojado y en mis reflexiones decía ¿Es posible amarla y odiarla al mismo tiempo? En realidad la amaba con todo mi corazón, era el amor más puro que jamás pude sentir, más aún no olvidaba lo que la puta de su madre había causado en mí y cegado por tales sentimientos, tan opuestos pero tan cercanos tomé una resolución fatal, olvidándome por completo de mi fe y mis principios.
Una mañana le envié una carta diciéndole que la necesitaba, y sin esperar mucho, al día siguiente acudió a mi solicitud.
Llegó a mí esa noche con la mayor resolución y me besó con ardor, ¡Oh!, aún recuerdo esos labios con dolor, ¿cómo he sido capaz de acabar con ellos? Coloqué su cabello largo y lacio detrás de su oreja para descubrirle el blanco cuello que con ternura besé, más como despedida que lujuria pues bien sabía que esa era la última vez que la tendría en mis brazos, estábamos en el mismo lugar en el que pecamos por primera vez, en el confesionario. La luz era muy tenue, mi plan fatal se consumaría al sonar de las campanas de la catedral, a media noche, cuando todos los espíritus mártires salen en busca de consolación y a los vivos atormentan.
Junto a nosotros había un pequeño mueble en el que había puesto La Santa Biblia, una botella de agua bendita, un rosario y un cuchillo, entre otras cosas. Ella se había montado sobre mí y era ella la que tomaba el control, como siempre, brincaba y gemía deliciosamente, se retorcía, al mismo tiempo me besaba la boca y de vez en cuando la frente, las lágrimas brotaban de mis ojos y no me pude contener más, rompí en sollozos mientras aquella criatura celestial me hacía el amor. El sentirme dentro de ella me daba una cierta combinación de todos los sentimientos posibles que mi alma podía soportar y el edificio se derrumbó y se despedazó reflejándose en la cascada de mis ojos… y ella seguía amándome, sus pechos blancos como el alabastro se sacudían suavemente y sus ojos me miraban fijamente con ternura. ¡Oh Sophie! Aún puedo oír tu llamado desde la tumba ¿Por qué he de hacer esto si eres toda mía? Es el odio Sophie, lo que me corrompe y me empuja incesantemente al crimen, te odio a ti Sophie, no a tu madre, ella cambió, pero tú eres aquella misma criatura que tanto amé, entonces ¿por qué has decidido amarme? Lo siento Sophie, alguien debe pagar por todo aunque esto me cueste una vida de culpa y sufrimiento y una segura estancia en los más profundos abismos del infierno.
Cambiamos de posición, ahora era yo encima de ella, continuamos rindiendo culto a Venus sin dejar de mirarnos, mis lágrimas goteaban sobre sus rosados labios, ella los lamía, saboreando mi amargura. Su mirada era como un puñal que me desangraba el alma, inyecciones de miel , entre tanto, el clímax llegó simultáneamente a cegar los sentidos de ambos, yo esparcí el elíxir de vida que brotaba de mi instrumento sobre sus majestuosos pechos y el cuello, la ungí con ello como si fuera una pomada, en sus piernas, sus pies, sus glúteos, pero sobre todo en el virginal monte de Venus y tan profundo como pude en la caverna celestial, lo mismo hizo ella con el suyo, haciéndome lamerlo desde sus dedos, ambos cubiertos de semen aún manteníamos una viva pasión, seguíamos lubricándonos, lamiéndonos y besándonos y nuevas eyaculaciones por parte de ambos vinieron a humedecer aún más la escena.
Al fin la saciedad llegó a calmar nuestra pasión. Yacíamos desnudos, embadurnados del jugo producto del placer, sobre el piso del confesionario. Ella dormitaba sobre mi pecho como una niña lo hace sobre el de su padre, era una sensación muy agradable el sentir aquel sedoso cabello sobre mi piel y respirar su perfume, deleitarme con el esplendor divino de su cuello, legado al parecer de la misma Perséfone, la mujer más bella de los infiernos, reina de los muertos, esposa del Satán griego, Hades, dios de mi podrida alma…
¡Dios mío! Cómo la amaba, como padre y como amante, sentía que era mi deber protegerla cuando dormía en mi pecho, cuando su suave mejilla reposaba sobre mi estómago. Pese a todo, era aún un ángel y lo reflejaba cuando cerraba sus ojitos… desde la cima del lúgubre templo el campanario sacudió sus instrumentos musicales indicando a los malditos que era hora de recrearse, y a mí, que era hora de cometer el horrendo crimen que había planeado.
Con mucho cuidado me zafé de sus brazos y coloqué su cabeza sobre el suelo sin que despertase, me limpié y me puse la túnica de abad. Por última vez mis manos recorrieron su cuerpo al limpiarla de mi inmundicia, ella despertó y me miró con ternura. Le dije que esperara ahí un momento y aproveché para cerrar las puertas de la iglesia para que no tuviera escapatoria. Volví a donde ella estaba y le dije la verdad, pero por más que mi corazón se conmovió, por más que suplicó, no me inmuté y mi decisión era irrevocable. Para detener de una vez por todas sus súplicas le asesté una brutal patada en aquella boca que una vez fue hermosa. Algunas gotas de sangre mancharon el suelo, abrí el compartimiento en el que estaba la Biblia y saqué un cuchillo. Di un fuerte tajo horizontal en su rodilla izquierda para que le fuese imposible escapar, pero el cuchillo no penetró, sino que se deslizó por el hueso y cortó el tendón que la unía al fémur. La puta debía morir lenta y dolorosamente. Con los ojos encendidos en cólera así de nuevo el puñal, lo blandí en el aire y lo clavé en donde por mí fue desvirgada y lo movía en círculos con todas mis fuerzas mientras con placer observaba cómo el charco de sangre que vomitaba su cuerpo se hacía cada vez más grande, sus lamentos y gritos eran estremecedores. Era una muchacha fuerte, pues para este entonces el dolor debía haberla desvanecido. Para gracia mía, seguía muy vívida. Decidí que el preámbulo de la tortura había llegado a su fin, era hora de acabar con ella y su dolor, de manera que la muerte se convertiría en sinónimo de misericordia.
El primer golpe de gracia se lo di en el riñón derecho, ella se encontraba sentada, un torrente de agua ensangrentada brotó de su herida, convulsionaba, el cuchillo medía unas quince pulgadas, de manera que cuando le encajé una puñalada en su estómago, la punta del arma homicida agrandó la herida que había hecho en su costado. Con todas mis fuerzas puestas en la operación, blandí en sus entrañas el puñal de lado a lado e hice una gran abertura por la que logré sacar sus tripas y usar sus intestinos como alhajas.
Cuando el sentimiento de sadismo terminó y volví a estar consciente, con horror miré el deplorable estado en el que había dejado a mi amada, con sus vísceras laceradas, su sexo destrozado, ensangrentada y convulsionando, decidí terminar con ella. Levanté un poco su barbilla y con el cálculo de un cirujano clavé el puñal por la papada, penetró el paladar y el cráneo para cortar por debajo el cerebro, luego, para cerciorarme de que mi amada ya no sufría, lo ensarté en su sien izquierda, atravesándole la cabeza hasta la mitad.
Aún con esto y ya muerta, Sophie seguía bella, sus ojos aún miraban fijamente con su miel, sus pechos y su figura, corrompidos de sangre y heridas, bien le hubiera hecho el amor, pero por respeto y por el amor que le tenía me contuve. Filé el cadáver y eché cabeza, piernas, brazos y abdomen en una bolsa negra que cargué por toda Venecia, bajo la intensa luz de una roja y grande luna. Podía escuchar a los lobos aullar a lo lejos. La noche era calma y no había nadie en las calles, nadie que sospechara de mi atroz crimen. La culpa me hacía oír los latidos del corazón de aquel montón de hermosa carroña que llevaba sobre mi espalda.
Luego de una hora de caminata llegué al cementerio. La enterré, le dejé unas flores y una runa con su nombre y me marché.
Esta es mi triste historia, Padre. Fui capaz de asesinar de esa manera tan horrible al único motivo de mi pobre existencia. Aún puedo oír todas las noches su llamado desde la fría tumba. Cada noche visito el cementerio y converso con ella, pero ya no puedo tocarla ni amarla, ya su carne se ha ido… pero aún me habla. Nadie lo sabe y no le he contado nada a Aline, no pienso hacerlo. Todo es culpa de ella.
Mientras escribo, admiro las bellas construcciones y la calma de la noche, el titilar incansable del millar de ojos que acompañan la luna en su soledad. Debo dormir, mas no logro conciliar el sueño. Puedo sentir sus cálidas manos acariciar mis mejillas y sus húmedos labios besar con ternura los míos. Puedo sentir su cabeza reposando sobre mi pecho mientras respiro el perfume de su cabello. ¡Oh Sophie! Te llevaste contigo mi felicidad y mi vida, no puedo más vivir sin ti.
Acabo de idear un nuevo plan para reunirme contigo, ayer mandé una carta explicando todo lo sucedido detalladamente a Aline y le he rogado que me inmole de la misma manera que lo hice con mi querida. Falta poco para que venga, al sonar de las campanas, así que debo terminar este apresuradamente garabateado manuscrito. Alguien toca la puerta de la iglesia. Es Aline, ya mi espera ha terminado. Sophie, mi amor, nos vemos en el infierno.
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