¿La vida?
No es una prueba; no es duradera, si agradable, y ciertamente no es un juego.
Es un baile de máscaras.
Tienes que saber elegir con qué te cubres el rostro, debes aprender los bailes y las letras de las canciones; sabes que es necesario incluso ser amiga de los músicos.
Por tu propia seguridad, te conviene saber diferenciar a la gente al otro lado de las caretas.
Debes bailar, incluso si estás al borde de la muerte.
Debes reír llorando y llorar riendo.
Crear...una máscara perfecta, que te permita apreciar los matices artificiales de los demás y de tu entrono, pero que al mismo tiempo, te deje respirar.
¿Mi dilema?
Desperté una mañana sin acompañante, sin amigos y sin vestido para asistir; con más máscaras que temas de conversación y más heridas de las que me avergüenzo.
¿Qué hice?
Conservé la porcelana pintada y fría, toda con su escarcha; pero me rehúso a ponérmelas.
Ahora, soy incapaz de bailar. Con los ojos entrecerrados, entre una multitud de extraños insensibles, desconocidos, y una docena de "amigos" que si no me hacen mal, tampoco bien (pocas son, las personas neutras en mi vida); con un vestido quemado y hecho jirones por los ataques de rabia y angustia; manchado con la sangre que utilicé para pintar ese cuadro nefasto, una dosis de culpa, otra porción de blasfemias, y muchísimas lágrimas que me atacan en momentos inesperados del día.
Como me ven con el rostro desnudo después de haberse acostumbrado cada uno a una máscara distinta, creen que se trata de una nueva...
"Amargura", la llaman.
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