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Sheridan y Lunt Carl Jenkins, agente de policía de la ciudad de Chicago, se aproxima al Camry azul estacionado junto a la esquina de Sheridan y Lunt. Le pesan cada una de sus 250 libras y el sándwich con cerveza malamente deglutido en O’Donovan’s. No le había gustado el gesto airado del conductor del vehículo, un cincuentón calvo y de enormes bigotes. Y menos le agradan los acordes del tango Por una cabeza que exhalaban las ventanillas del Toyota. Mientras se desplaza, se ajusta los lentes de sol y piensa en el importe de la multa que intentará endilgarle al infortunado motorista. Por momentos, también, piensa en su esposa, Kate, y se pregunta por qué aún no ha regresado de Cleveland. Le pide la licencia de conducir al bigotudo y regresa al patrullero. El bigotón lo observa por el espejo retrovisor. El policía anota algo en un talonario, apoyándose en el vehículo, y colapsa de a poco sobre el pavimento, como una marioneta súbitamente abandonada por el titiritero. Desde el suelo, Jenkins piensa que no es la primera vez que oye ese tango. Quizá en una película. —Es posible— balbucea en medio de su respiración entrecortada. –Es posible– farfulla, Ya no respira más. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net |