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«DIVAGANDO EN EL SUPERMERCADO»
«DIVAGANDO EN EL SUPERMERCADO»
EMPUJA EL CARRITO: GUILLERMO SOUBELET
«Mi madre y su grupo de amigas de francés dicen «Cagfúg». Excepto ellas, todos los demás dicen «Carrefúr». Ah, pero acá en Córdoba, no. Acá dicen «Cárrefur» ¿Porqué acentúan la primera sílaba? Misterio (después de todo Carrefour es una palabra francesa y se acentúa en la úlima sílaba (significa: «intersección de dos rutas»). La cuestión es que manejando para casa me acordé que prácticamente tenemos las fiestas encima y que me olvidé de comprar las tarjetas navideñas. Así así que entré a comprarlas acá y de paso tengo estacionamiento. ¡¿Será posible que una vez en la vida (aunque más no sea una vez) me toque un carrito que no tenga trabada alguna de las ruedas de adelante?! Antes que nada: juicio. Tengo poco tiempo, así que me tengo que concentrar en no distraerme con boludeces como hago siempre, e ir directamente a la parte de Tarjetas Navideñas. Eso y nada más que eso. ¿Objetivo, soldado? ¡No distraerme, mi sargento! Comprar lo que necesito y volver a casa. Toco y me voy. Es fácil. Puedo hacerlo. No tengo porqué distraerme. Me gustaría decirle al cancherito aquél, el empleado de la «Sección Computadoras Carísimas Fuera del Alcance De Pelagatos Como Usted» que me explique bien explicadito absolutamente todas las funciones de esa notebook que cuesta cinco mil dólares. Pero todo, todito. Hasta cuanto pesa. Y cuando termine, decirle algo así como: «Mmmm… no. No me convenció. Prefiero comprarme un block y una Bic», y darme la vuelta e irme. Pero a aquella no le gusta cuando hago esas cosas. ¡Se pone fula! Como la vez que me metí en uno de los probadores de ropa y al ratito pegué un alarido: «¡¿Cómo?! ¡¿No hay papel higiénico?! ¡¿Y ahora?!» (esa vez me saltó a los ojos y me lanzó una pavorosa catarata de sinónimos de «poco inteligente»). O cuando programé todos los despertadores de la Sección Hogar para que sonaran uno tras otro cada cinco minutos. También se enojó mucho cuando robé el control remoto y, disimulando, me la pasé subiendo y bajando y subiendo el volumen de todos los televisores en exposición. Definitivamente no le gustan esas cosas. Así que cuidadito. Atenti. Y me vigila la guacha, porque camino acá en el auto le dije que iba a hacer un rastro de chocolate líquido en el suelo camino de los baños. O que, mirando los cuchillos con cara de desequilibrado, le iba a preguntar a alguna de las empleadas si sabe donde están los antidepresivos. Claro que no voy a hacer nada de eso, pero me divierte que camine aterrorizada entre las góndolas, cogoteando para mi lado, pendiente de qué estaré haciendo yo. ¡Conchitumadre, cómo se traba la rueda del carrito! Bueno, concentrarse en comprar la tarjeta navideña es la consigna. No distraerse: entrar – escoger tarjeta - caja – su ruta. Hablando de televisores, ahora mismo están todos los televisores pasando una de esas estúpidas películas de reclutas norteamericanos trotando y cantando como idiotas. Cuando yo era un muchachito y llegó la hora del sorteo para el servicio militar, la idea de pasar meses y meses marchando por el barro y haciendo cuerpo a tierra sobre las ortigas me resultaba repelente. Por eso quise averiguar si alguien me «acomodaba» para ingresar en la Marina (pensaba que a bordo de un barco no habría demasiadas ortigas ni mucho lugar para esas estúpidas marchas ni desfiles). Parece mentira como cambió la forma de vestirse de la gente. Antes los señores adultos usaban zapatos y las zapatillas eran para los chicos. Ahora en cambio uno se encuentra con un viejo gordo, pelaucha y con anteojos como aquél con jogging y unas zapatillas como listo para las Olimpíadas de los Gordos. ¿Qué le pasa a ese matrimonio de viejos que tienen semejante cara de culo? Ni se hablan. Es más: miran al resto de la Humanidad con cara de desaprobación y odio, como los Gruppenführer , los generales de las temidas SS Nazi. Por parejas como esa es que en algunos países el matrimonio es la pena que te dan por asesinato. Dios mío, qué miradas de hijos de puta que tienen los dos. Y como no podía fallar, hay un maldito carrito abandonado en la mitad del pasillo interrumpiendo el paso. ¡Como me enfurecen los idiotas que dejan el carrito en el medio del pasillo y se las pican! ¡Ojalá que sus penes se les desprendan, caigan sobre los adoquines y las ratas los devoren ante sus ojos! Deberían cobrar multas de tránsito adentro de los supermercados, digo yo. Adosado al maldito carrito abandonado hay un asiento desde donde una nena me mira muy fijo, como una lechuza rubia en jumpercito. Es una nena fea y muy pero muy narigona. Qué fea es, la pobre. Y debe tener un alto grado de auto estima, porque no parece afectada por eso. Tiene expresión de general nazi y aspecto de haber salido a la madre. ¡Y esa nariz! No puede ser difícil de identificar una madre con una nariz así. Tiene que ser una mamá con cara de tucán. ¿Qué? ¿Latas de caviar en un supermercado? ¿Caviar? ¿Quién va a comprar caviar en un supermercado? A ver el precio. ¡A la pelota! Voy a agarrar una lata. Mi zona preferida, la de los libros. Ey, ¿qué pasó con los que a mí me gustan? ¿Qué le pasa a la gente que hay tantos de Bucay y de autoayuda y de los otros, los supuestamente espirituales (¡Ay, sí!)? Esos están buenos, porque como no se puede demostrar las cosas que aseguran… guitarrean hasta el infinito y los timoratos y acomplejados los compran confiando en que los van a leer… pero que en definitiva no van a tener que cambiar en nada ni vivir nada nuevo (ya leyeron como mil de esos y no cambiaron en nada). Leo en la solapa de uno de esos: «La vida es un restauran en el que basta encargar lo que uno quiere para que tarde o temprano llegue». Pienso que suena muy linda esa frase, pero no es así: cada uno tiene que cocinarse su propia vida. No existen ni el mozo ni el cocinero.
Hay muy poca gente y todos de alrededor de sesenta años en la parte de libros. Es como una guardería senil (deberían avivarse los del súper y poner todos libros sobre colesterol y reuma y la nueva Ley de Jubilación). Además, igualito que en la parte de computación y de música, son todos varones. Las esposas hacen las compras y se preocupan por el presupuesto familiar mientras dejan a los maridos jugando en la guardería. Eso sí, me gusta que una ancianita de cincuenta mil años como aquella hable por celular, tan cancherita ella. Debe ser un regalo del nieto para la abuela piola. Y un celular celeste para colmo. Si uno lo piensa, es raro el color celeste. Es un color artificial, inventado por el hombre. Casi no existe en la naturaleza. Lo único celeste verdadero que hay en la naturaleza es el cielo y algunos ojos. Nada más. Y en realidad ni eso, porque el cielo no es celeste: «lo vemos» celeste, pero no tiene color. Lo mismo que pasa con los lagos: el agua es transparente y sin embargo vemos azules a los lagos. Es la superposición de tanto líquido transparente lo que produce la idea del color celeste azulado. Eso lo descubrió un físico irlandés llamado John Tyndall: que el color azul de los lagos o el azul verdoso del mar son colores que se producen por la superposición del agua transparente. Lo mismo el celeste del cielo. Así que nos quedamos con que lo único verdaderamente celeste son los ojos de algunos (y atenti, descontemos los que usan lentes de contacto de colores). Conchitumadre, ahí vienen los dos viejos con cara de águilas. Dios mío: salió un libro titulado «Maradona dijo». Maradona no hizo en su vida otra cosa que hacer magia maravillosa con una pelota de fútbol… y decir pelotudeces con un micrófono. Se entendería entonces que vendieran videos con los goles que hizo. Pero… ¿¿¿«Maradona dijo»??? Si uno lo piensa bien los compradores de ese libro más que los fanáticos de Maradona deberían ser los que no lo soportan, que comprarían el libro para burlarse de las giladas que dijo. Es como si sacaran un libro titulo: «Soubelet opina de fútbol»; ¡¿a quién carajo le va a importar las boludeces que puedo opinar yo sobre fútbol?! Cuantos libros del otro Papa, el que palmó. Parece que cuando los hombres se mueren se convierten inmediatamente en buenos tipos. Pero no, es sólo que el Papa nunca usó la pija y eso, para los católicos, ya lo hace ser un hombre santo. La Iglesia debe ser la única organización liderada por hombres en la que ser un hombre adulto y seguir siendo virgen te hace ser popular. Me pregunto de qué hablarán en las reuniones:
__ ¡La tendrían que haber visto! La mina tenía una cara de puta… ¡Y un par de tetas ASÍ DE GRANDES!
__ ¿Y qué hizo, Su Santidad?
__ ¡Jajajaaja! ¡No cogérmela! ¡No cogérmela!
Uy, la Sección de Mascotas. Me gusta la parte de juguetes y correas y tarros de comida y agua y alimento para animales. Ahora que nadie mira voy a mezclar la lata de caviar entre las latas de alimento parra gatos. ¿Cómo se llama la cucha de los gatos? Pero concentrémonos en ir a comprar la tarjeta de fin de año. ¡¿Otra vez el matrimonio de viejos con cara de orto?! ¿Qué? ¿Les debo algo? Rajemos para otro lado. Acá dice «Liquidación», pero los precios son altísimos. Ah, claro: son para liquidar al cliente. Uy, se me acerca un pendejo con carita de cancherito. ¿Señor, me alza para agarrar uno de aquellos? Andá a la puta que te parió, nene. El pibe pone cara de impaciencia incontrolable. ¿Impaciencia Incontrolable? Buen nombre para una banda de rock punk. El punk encuentra un gusto estético por lo peor de todo. Tiene humor eso. O al menos lo tiene para mí, que no soy punk. Los hombres empujando los carritos y las mujeres caminando al lado (o un metro adelante) con la listita de las compras. La mayoría camina con los brazos cruzados. ¿Porqué las mujeres caminan con los brazos cruzados? Creen que sienten frío pero en realidad sienten desprotección. «Tu calor me protegería» exclaman esos bracitos. Ah, pero los tipos no: ellos empujan el carrito. O vienen conmigo a la «Sección Libros» o a «Computación» o a «Música». O sino a «Artículos de Deportes» y de ahí no pasan. Me gustan mucho las parejas que se nota que se gustan. Aquellas en la que es visible su vida sexual, que se ve que les gusta coger. Sí, ya sé que si preguntamos «todos absolutamente todos van a decir que les gusta coger», pero me refiero a aquellos a quienes con solo verlos se les nota que disfrutan de una sexualidad genial, maravillosa, llena de risas y alegría. Como esa rubia teñida y el tipo panzón que va con ella. No me gusta como quedan las mujeres con el pelo teñido de rubio o pelirrojo. Sin embargo, si lo pensamos bien, hay mujeres teñidas de rubio a quienes, al mirarlas, uno se da cuenta que son mujeres que aceptan y les gusta saberse sexualmente atractivas a los ojos de los hombres. Teñirse de rubia es ser un poquito puta, y eso está muy bien, me parece. Quiere decir que le gusta el sexo, que le hace un espacio importante en su vida. Cagamos, pusieron música, y un tango para mi mal. No aguanto al tango, esa queja permanente. Bueno… me gusta el «blues» y reconozcámoslo, también es una queja permanente. Lo que pasa es que el «blues» tiene mejor imagen porque es más cachondo. No sé porqué, pero hay un aura de calentura alrededor del «blues» (sobre todo de los saxofonistas. ¿Porqué? Misterio). Y qué raro que pongan tango en un súper, más proclive a la musiquita impersonal del tipo funcional, o directamente al silencio absoluto solo interrumpido por una voz que grita desde los altoparlantes alguna oferta o que avisa a los paparulos padres que se les perdió un crío y que los espera, llorando a gritos, en «Atención al Cliente Boludo». Y hablando de música impersonal, uno de los momentos más tristes de mi infancia (junto con descubrir que Papá Noel tenía la misma voz que el señor gordo que vivía al lado de casa) es el de una vez que hice como media hora de cola en la carnicería y el tipo tenía encendida una radio a todo volumen en el que pasaban música de Ray Conniff , Caravelli y Fausto Papetti. Me acuerdo que mientras mi mamá pagaba el tipo dijo: «¡Esta tarde se están pasando con la música que pasan!» En ese momento (y en éste) tuve ganas de cagarlo a trompadas. De azotarlo con la tira de chorizos. Pero yo era un niño y él un adulto gordo. Y además tenía una cuchilla en la mano. Lo grave, lo hiriente de esa música, es lo impersonal y carente de sentimientos que es. Música hecha en un mundo sin sentimientos para ningún oído. Deben ser «Los Sordos Ruidos Que Oír Se Dejan» (digan la verdad: ningún verdadero patriota hubiera dado su vida en la batalla para defender a su amada patria escuchando Ray Conniff). Encima son melodías que se te pegan y repiten, como el ajo. Señor, señor, ¿sabe donde queda la jaula de los monos? ¡Si no saben volver para qué salen! Me quiero comprar un «CD» doble de «Aerosmith» pero es muy caro (a lo sumo me alcanza para un «AB»). Siempre que estoy en las góndolas de Cds me dan ganas de comprar como quinientos. Igual me voy a comprar «Buscando un amor», de Pappo. Listo. Qué tapa rara tiene el Cd. Me acuerdo de un sueño fabuloso que tuve hace un tiempito. Uno de los mejores sueños que tuve en mi vida. Tan lindo que cuando me desperté me quería cagar a trompadas a mí mismo por haber sido tan boludo de haberme despertado en medio de un sueño como ese: Yo cantaba con Mick Jagger y Keith Richards «Start me up». Ellos eran re amigos míos y nos divertíamos y reíamos todo el tiempo mientras cantábamos. No en un recital, estábamos solos en un escenario sin público. En los ensayos. Era uno de esos sueños tan reales que lo viví como si hubiera sido cierto. Incluso lo recuerdo como si hubiera pasado de verdad. Tuve el privilegio de tocar con los Stones. Y la fama no me cambió, eh! Sigo saludando a los vecinos y todo.
Ravioles de «Fábrica de Pastas «La Reina del Punilla». Qué reina con buena onda esa; poner una casa de pastas en vez de dedicarse a disfrutar de ser reina y a la frivolidad y a los lujos. Y ya me fui a la mierda: ¿dónde estarán las tarjetas navideñas? Ojalá encuentre alguna tarjeta original. No las mismas boludeces de todos los años: «Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo». Qué rara la palabra «próspero», se usa nada más que en esas tarjetas de fin de año. Me gustaría algo distinto, algo tipo: «Si María era virgen, Jesús era adoptado», pero no creo que consiga de esas. La consigna es no distraerse, comprar las tarjetas y pirar para casa. ¿Podrá alguien definir con exactitud a partir de cual año las gordas empezaron a ir a los súper con esas ajustadísimas calzas blancas o amarillas que les quedan tan ridículas? «Primero te calmás, dejás de gritar, te refrescás un poco y después lo charlamos», le cortó el rostro la gorda esa de las calzas blancas al marido. Qué feo estar casado con la gorda esa. Bueno, seamos honestos, yo salí con cada bagayo… me acuerdo de una que era tan fea que trabajaba en una veterinaria vendiendo mascotas y la gente no paraba de preguntarle al veterinario cuánto costaba ella (al menos yo no me casé con los bagayos, como el petizo esposo de la gorda). Me gusta esa frase para título de cuento: «Primero te calmás, dejás de gritar, te refrescás un poco y después lo charlamos» Si esas galletitas se creen que tengo ganas de comerlas, se equivocan. Pasa una señora muy fea fumando (y acá no se puede fumar). Pasa un empleado cargando una palmera. Habría que dejar caminar a las palmeras y plantar a las señoras que fuman. Al regarlas se apagarían. Ahí va un fanfarrón haciendo girar el llavero de un BMW alrededor del dedo. Metételo en el orto el llaverito, mandaparte. ¿Porqué será que nos enfurecen tanto esos tipos fanfarrones y mandapartes? ¿No será por envidia? ¿Porque nosotros no ganamos tanta guita y no tenemos ninguna cosa para fanfarronear, como ellos que sí pueden? Mmmmmm… Puede ser. Re puede ser (sí, Charly: Filosofía barata y zapatos de goma). La tarjeta también podría decir: «Festejemos otras Navidades de mierda sin guita para hacer buenos regalos» Ese nene le pregunta a la mamá en qué se diferencian las personas de las cosas. Lo que está quieto se pinta y lo que se mueve se saluda, nene. ¡Uy, la puta que los parió, otra vez los viejos avinagrados! Sanseacabó: voy a agarrar de la góndola 24 cajas de preservativos y se las voy a colocar en su carro cuando no miren. Me voy a divertir cuando lleguen a la caja. A veces, sin conocerlos, uno piensa que algunos son idiotas y muchas veces terminás enterándose que no solo no eran idiotas sino decididamente seres superiores a uno. Como aquella pareja de gorditos que parecen tan bobalicones y por ahí el tipo es ingeniero en física nuclear y ella… ella tiene cara de ser psicóloga marina. No una que trate las angustias de los capitanes borrachos sino los conflictos entre atunes y delfines. Su consultorio debe ser un chiquero, todo mojado. Suena una canción de un grupo que no conozco (pero fija que es europeo) y que es de la onda «tristezas del amor homosexual», como las de los Pet Shop Boys (los Pechos Boys). Y cuando digo onda tristeza homosexual no lo digo desde el punto de vista de criticarlos, para nada. Pero hay algo en sus vidas, una evidente detención o límite de circulación en la vida por la ausencia de frutos (hijos). Y me parece que a lo mejor por eso hay tanta afinidad entre los gay y el arte: porque la producción vital que no tiene salida por un lado tiene salida por otro. Por los parlantes interrumpieron la música gay para hacer un llamado a la solidaridad. Alguien se hizo mierda o algo así. Que esperen sentados. La solidaridad no existe, macho. Es una palabra para designar algo que no se ve. Como el mito de Dios. Y no existe porque cuando uno está en la mala la gente te raja como de la peste. Es así. Negarlo es no querer ver las cosas. Y es rara la solidaridad, porque en caso de solidarizarte con alguien debe ser siempre con alguien que está en muy mala situación. ¡No te vas a solidarizar con Bill Gates! Y, además, debe ser solidaridad con algo muy actual. Solidarizarse con Juana de Arco no va. Por ejemplo ¡Solidaridad con la cazuela de mariscos y contra el gordo de la corbata que se la va a comer! (claro, te da risa porque nunca vas a ser un calamar muerto). ¡La tarjeta navideña! De paso, tengo que volver a buscar el código postal de Villa General Belgrano que no sé donde lo anoté. Villa Gral. Belgrano me parece lugar de vacaciones de parejitas gay: «¡Ay, pero qué mono, Bichi, esos mantelitos a cuadritos rojos y blancos!» Yo no me imagino el departamento de soltero de un tipo bien macho, onda, Slash o Pappo o Sabina o el grone Mike Tyson, adornado con esos muñequitos manflores de Villa Gral. Belgrano. El de la alemanita y el alemanito culastrón agarrados de la manito, por ejemplo (ahora que lo pienso, hace tantos años que hacen el mismo motivo que la alemanita y el alemanito originales ya deben ser unos viejos chotos de 104 años). Todo lo que venden en General Belgrano son productos para putos o mujeres. Los adornitos, el estilito de los negocitos, las cortinitas, esos sombreros tirolecitos con pluma pluma gay… ¿Cómo hacen los hombres de Belgrano si se quieren comprar algo normal, decorar su casa de manera varonil? Lo mismo que ¿qué hombre que sea hombre va a pedir una mariconada como «papas noiset»? (bueno, esos son los tipos que van a Villa Gral. Belgrano a comprar mariconaditas. «¡Ay, y envuélvamelo para regalo y con moñito!»). Algún mierdoso está fumando y me llega su podrido humo de mierda. Yo me como las uñas, pero no se las escupo a ellos sobre el plato de fideos. ¡La recontraputísima madre que las parió con la rueda que se traba y se traba y se traba de éste carrito de mierrrrda!!!! Se me acabó la paciencia. Ah, sí, porque yo soy bueno, pero cuando me buscan… Ahora mismo voy a… ¡Epa, que par de tetas! ¡Pero qué tetainas, mamasita! Las tetas siempre están en paralelo, como los ojos, ¿serán ojos atrofiados de la evolución? También podría ser al revés, que los ojos fueras tetas que eligieron ver. ¡Largá la damajuana y buscá la tarjeta de Navidad, pelotudo! Ahí venden potus en una maceta decorada espantosa. Pobres los potus, resultar ser solamente decorativos, siempre en oficinas y salones de reuniones de directorio. Si los potus se unieran y compartieran los secretos que escucharon en tanta reunión importante, el mundo estaría dominado por ellos. Tarjeta de Navidad, pelotudazo, concentrate en ir a comprar la tarjeta de navidad. Che, cebá mate. Chau, Mate. Hay dos promotoras (o promotores, no sé) disfrazados de empanadas gigantes. Qué par de pelotudos. Encima se hacen los simpáticos. No sé cómo sería una empanada simpática, pero éstos dos pegan saltitos y hacen piruetitas. Empanadas trolas, parecen. Niño Gómez, ¿de qué trabaja su papá? De pelotudo disfrazado de empanada gigante, señorita. Qué impresión esos cerditos muertos colgados de los ganchos para que la gente se los coma en las fiestas. Pensar que hasta hace unos días estaban vivos, correteando por ahí y haciendo joink joink. Pienso en mi chanchito Astroboy y me dan ganas de llorar, seguro de que corrió el mismo destino. Hablando de Astroboy, qué mierda que son esos dibujos animados japoneses. Y les va bien a los japoneses: no hay que olvidarse que John es chino, pero Bob es ponja. Hay una empleada sacándole brillo a unas reposeras de jardín muy cancheras que se exhiben. Quedan lindas, la verdad, con tanto brillito. Uno querría poder hacer algo así con uno mismo. Un aerosol para autolimpiarse, un desodorante del ánimo sería piola tener. Una buena idea para que un sillón de jardín (y cualquiera en realidad) alcance su máximo de comodidad sería sacarle las patas traseras. Por ejemplo sería canchero que le sacaran las patas traseras a los divanes de los psicoanalistas. Ahí me torraría de una. Una idea que me gusta es la de un paciente que le pide al analista si no le presta algunas sillas porque va a hacer un asado y las que tiene no le alcanzan. O si no le presta el consultorio esa noche para llevarse una mina. O el auto. Esa pareja está empapada, así que sigue lloviendo. ¿Y dónde dejé estacionado el auto? ¿Lejos? Ni me acuerdo. Qué cagada la lluvia. Espero que el auto arranque. El del taller dice que el motor está fuera de punto. Me imagino que eso significará que no es un motor al dente. No está jugoso, se pasó y quedó muy cocido. Qué raro: pasa un cana con uniforme de cana llevando una cajita de té dietético (nunca vi a un cana haciendo las compras). Es el colmo: Policías Light. Antes nos cagaban a palos, ahora compran té dietético. Falta que les den de comer a los pajaritos en las plazas. Pio pio, señor vigilante, cantarían los pajaritos. Los pajaritos cantan. Qué ridiculez. Imaginar pájaros cantando es una cosa monstruosa. ¿qué podría cantar un pájaro? ¿«A mi manera»? Si fuera así estaría bueno que los perros hablaran también. Como Mendieta o Mr. Ed (bueno no, Mr. Ed es un caballo). ¿Qué me dirían? «Che, poné AC/DC». O al revés: «¡Che, sacá AC/DC de una vez!» Aunque mejor no: eso no sería un perro, sería un hijo. Y minga de hijos. Que a mí me gustó «Arma Mortal»… pero no «Arma Mortal 2» ni 3. ¿¡Donde mierrrrrda están las tarjetas navideñas?!! Ahí hay una promotora con aspecto de profesional del sexo ofreciendo cachos de pizza. La pizza es una mesita enchastrada y sin patas que se come. Hablando de pizza… esta noche voy a tener que encargar una pizza, porque necesito piolín y se acabó el del cajón de la cocina. ¡No lo puedo creer! ¡Las Tarjetas Navideñas! A ver… esa me gusta. ¡Ay, conchisumadre! ¡Me asustò la musiquita! Me sorprendió. No sabía que existían tarjetas con musiquita. Qué linda. Me mandaría una igual a mí mismo. Listo. Pal buche. Ahora rápido a casita, que hoy dan «El Padrino». A todos los hombres nos gusta esa película. Y a ninguna mujer. Obvio, ¿cómo no nos va a gustar si se trata de una sociedad en el que solo opinan y deciden los varones (y las mujeres calladitas y a agachar la cabeza, como se debe). Y si aparecen otros varones que nos contradicen los mandamos a matar sin culpas y adiós problema. En fin, ya va siendo hora de que vuelva para casa.
Ojalá que un día de estos al fin pueda cagar»
Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 25-03-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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