El náufrago
Esta historia comienza en las postrimerías de la tercera guerra mundial, o la cuarta, como al lector le parezca más oportuno; pues bien, en un remoto confín, perdido en los océanos, tuvo lugar un espantoso combate naval en el que sólo se salvó un joven marinero y un perro, al que no debemos omitir, porque fue él al fin y al cabo quien arrastró por la arena al joven medio ahogado hasta la tierra firme de una isla solitaria, ignorada por todos e inexistente en los mapas de la época.
Lo primero que el náufrago contempló al abrir los ojos, aparte del hocico del perro que de noble corazón no cejaba en su empeño de reanimarlo a lametones, fue la gruesa silueta de un faro cuya sombra le caía sobre la frente. El muchacho, algo más reanimado, exploró la isla de punta a punta tropezándose con una inmensa variedad de árboles exóticos que le ofrecían sus frutos; así mismo, descubrió una desconocida y extraña clase de venado que vagaba por la isla. Por último, siguiendo la orilla de un riachuelo, sus pasos lo condujeron a un manantial que nacía en las entrañas de una montaña, con lo cual el principal problema de la alimentación estaba solucionado.
A la mañana siguiente, después de dormir a pierna suelta bajo unas palmeras, llegó a encontrarse en la playa con un sinfín de objetos procedentes de los navíos naufragados tras el combate. Entre otras cosas halló allí un par de muebles, herramientas, víveres, prendas de vestir; incluso un escritorio intacto con sus plumas, su tinta y papel de escribir; hasta se hizo con un completo juego de ajedrez que la marea le había arrojado a la orilla. Sin embargo, algo echó de menos: algún que otro libro que le distrajera en su soledad. La lectura era para él una fascinación más que un mero pasatiempo. Los libros le habían alegrado las largas travesías en el barco cuando no estaba de servicio. Nuestro hombre transportó todo su botín al faro mientras el perro saltaba de contento dando brincos a su alrededor. Al atardecer, ya bien acomodado, se instaló en su nuevo hogar.
Con el tiempo se habituó a la soledad de la isla. Por las mañanas iba de caza a los bosques o pescaba o capturaba cangrejos entre las rocas junto a la costa. Al atardecer, cuando la melancolía lo atrapaba, paseaba por la playa y se echaba partidas de ajedrez en las que siempre perdía, o ganaba, según su estado de ánimo, pero a veces se quedaba ensimismado contemplando el crepúsculo mientras parafraseaba con el perro que atento ladeaba la cabeza levantando las orejas como si entendiera las reflexiones de su amo, aunque sólo respondía de vez cuando con algún bufido o un alegre ladrido. Eso sí, el náufrago jamás encendía el faro por la noche pues temía que lo encontrarán a él y a su isla y ya estaba harto de guerras, de patrias y banderas; y si de él dependiese podía irse toda la civilización al carajo. Sólo cuando el mar se enfurecía se refugiaba con su perro en el faro y escuchaba con placer cómo las olas retumbaban contra los muros.
Y fueron precisamente los ladridos del perro, los que de la noche a la mañana transformaron para siempre su estancia en la isla: estaba nuestro hombre arreglando una red desecha por la última tormenta cuando su perro, al que había bautizado con el nombre de "Vida", ladraba exaltado junto a la entrada del faro. El hombre miró por encima del hombro y ante el intenso alboroto de su amigo, después de lanzar una maldición al aire, arrojó malhumorado la aguja de coser al suelo y se dirigió al faro en busca del origen de tanto jaleo. Seguro que se trataba de alguna alimaña, tal vez de un roedor atraído por los víveres que almacenaba en el faro. Éste perro tonto, pensó. Su perro movía la cola y ladraba delante un hueco oscuro bajo las escaleras. El hombre apartó al perro y echó un vistazo; su sorpresa fue mayúscula: descubrió la borrosa silueta de una argolla y agachándose, después de palpar un instante entre las sombras, tiró de ella. Un resquicio de luz le saltó a los ojos. Al abrir por completo la puertecilla vislumbró una pequeña sala en cuyo centro una escalerilla descendía internándose en el suelo. Algunas antorchas brillaban sin consumirse y alumbraban el pasadizo. El hombre fue en busca de una linterna; se armó de valor y haciendo un ademán al perro, combinándole a que le esperara, descendió por la escalerilla internándose en el pasadizo. Al principio temió quedarse completamente a oscuras o que perdiese la orientación errando sin rumbo y sin poder volver a encontrar la salida, pero para su alivio las antorchas se sucedían acompañándolo todo el recorrido. Pronto tocó fondo y continuó por un túnel estrecho hasta que desembocó en una bóveda inmensa repleta de estanterías donde se apilaban montones de libros. Los había a miles, de todo tipo: grandes y pequeños, gruesos, delgados, de cualquier género, de ciencia, de aventuras, de terror, filosóficos, etc. Los libros parecían estar bien conservados, debía ser el aire seco que apenas soplaba en la sala; las llamas de las antorchas permanecían inmóviles pero ardientes en sus muros. Su corazón dio un brinco.Tras un instante y varios parpadeos, fue consciente de que todas aquellas obras que siempre había añorado estaban ahí, esperándolo. A raíz de este fabuloso descubrimiento ya no se sintió más sólo; en cuanto podía, y su lucha por la supervivencia no lo agobiaba, iba al encuentro de sus libros y los devoraba; su alegría se transformaba siempre en júbilo al pensar que jamás se le acabaría la lectura.
Un día en que contemplaba cómo el sol nacía, con un ejemplar de Robinsón Crusoe entre las manos, echó cuentas y llegó a la conclusión de que su perro debía tener más de veinte años, edad imposible para un can y que curiosamente, por su aspecto, semejaba más bien un diablo juguetón todavía en la flor de la vida antes que un chucho viejo y desdentado. Pensando en este dilema se durmió sobre el libro. Al día siguiente al despertar se tropezó con su imagen reflejada en el espejo y descubrió alarmado que él tampoco había envejecido; nadie había envejecido, ni él, ni el perro, ni el faro o la isla. Llegó a la conclusión de que la causa de este fenómeno eran los libros ; acertó, mientras más leía menos le afectaba el paso del tiempo.
Los años galopaban en sincera armonía, hasta que una tarde, cuando el cielo se teñía de púrpura sobre la penumbra, divisó a los lejos una figura negra, más bien una sombra, que caminaba erguida sobre el agua y se aproximaba a su isla. Una honda tristeza almacenada en el recuerdo volvió a resurgir mientras la sombra se acercaba. La había visto con frecuencia en el fragor del combate, cuando los habían obligado matarse los unos a los otros.
Ahí estaba la muerte, plantada delante suyo; su rostro pálido le escupió al rostro las siguientes palabras:
-- Venga, vamos, es la hora -- y ante la incertidumbre de nuestro hombre, lo espabiló diciendo,-- ¿ A qué esperas? Eres uno de los últimos y quiero acabar de una vez con todos vosotros para poder descansar.
-- ¡ Espera !..Aún tengo un deseo -- respondió el hombre con la muerte encima.
-- Sólo una última partida.... De ajedrez ...Si gano me permitirás pedirte otro deseo --afirmó precipitadamente.
La muerte ladeó su sonrisa macabra y contempló un instante el tablero dispuesto sobre la mesa para sentarse invitando a su presa con un ademán, con una mueca cargada de ironía, a que se sentase a su vez. La partida comenzó, pero la muerte no se podía concentrar. "Vida", el perro, no paraba de husmear y molestarla; le enseñaba los colmillos. Además, había por ahí un loro confabulado con el perro, que revoloteando todo el tiempo sobre la muerte, también la incordiaba. Juzgaron y juzgaron. El sol subió y se puso una infinidad de veces; y por un despiste de la muerte, la sentencia del destino se torció y la muerte recibió un "Jaque mate". La parca no daba crédito a sus ojos, jamás había perdido una partida. Con la rabia ahumada en la mirada le habló al hombre con voz de cuervo.
--¿ Qué deseas?
-- El náufrago saboreando su victoria, con "Vida " que estallaba en ladridos y el loro que endulzaba su triunfo con ecos estridentes, respondió:
-- Tengo una biblioteca en el sótano --habló despacio para continuar con voz clara, -- Podrás venir a buscarme y llevarme contigo cuando haya leído todos los libros....Mientras tanto me dejarás tranquilo.
--De acuerdo, un trato es un trato... Te he dado mi palabra --respondió la muerte, -- Pero te juro, por mi sagrada eternidad, que no me olvidaré de ti, estate seguro...Sabré esperar -- Y dichas estas palabras desapareció como había venido lentamente por el horizonte.
Aquella noche el náufrago celebró su victoria junto a sus amigos.
El hombre no dejó de leer; sin embargo, los libros no se acababan y aunque la muerte lo visitó con frecuencia en un principio, se marchaba siempre con la manos vacías, y cada vez estaba más desesperada. Por fin, transcurrida media eternidad, al hombre sólo le quedaba un libro por leer. La muerte, que ahora apenas se acercaba a la isla, regresó. El hombre la vio avanzar, pero no como antes erguida sobre el agua, sino en un bote destartalado; y ya no era negra, sino gris. La parca fue a su encuentro, abatida, encorvada, podría decirse medio muerta.
-- Hola muerte --la saludó jovial el hombre.
-- ¡No me vengas con tapujos náufrago! Sé que te queda sólo un libro. ¿ Cuándo lo acabas?
-- Pues está claro.. Cuando haya leído la última página --respondió amable.
La muerte lo contempló iracunda y agitó su puño ennegrecido ante el rostro del hombre.
-- La próxima vez no me volverás a engañar...!No te escaparás.... Volveré!
--Jamás te he mentido amiga mía y aquí te esperaré -- volvió a sentenciar tranquilo el rey de la isla.
La muerte se alejó de nuevo, pero en esta ocasión no se fundió con el horizonte como antes, se disolvió sobre el mar hasta que desapareció sin dejar rastro, como si se tratase tan sólo de un espejismo.
El hombre movió compasivo la cabeza contemplando el lugar por donde la muerte se había deshecho en recuerdo. Al bajar los ojos se tropezó con la mirada de su perro que lo observaba atento con la cabeza ladeada y alzando las cejas el hombre le respondió a su amigo con una sonrisa.
-- Pobrecilla, por lo visto desconoce todavía que mi último libro se titula "La historia interminable", y que mientras más lo leo más páginas me quedan. Y “Vida” pensó , aunque el hombre no entendiese el significado del brillo de sus ojos: " En verdad la muerte ha encontrado la horma a su zapato."
Churruka, 26.03.2008 |