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«INSTRUCCIONES CONTRA LA MUFA 0 «YETA» O «MALA SUERTE»

«INSTRUCCIONES CONTRA LA MUFA 0 «YETA» O «MALA SUERTE»

GUILLERMO SOUBELET


¡Dios mío, Dios mío, Dios mío!, te repites durante toda la noche como una hiena paranoica recordando que la noche anterior, al llegar al edificio te descubriste al portero parado en la puerta, silbando. ¡Silbando! ¡¿Ese infradotado no sabe que silbar de noche es yeta?! Tanto te impresionas que sigues caminando sin quitarle los ojos de encima y, sin advertirlo, pasaste sin darte cuenta debajo de una escalera. ¡¡Pasar debajo de una escalera!! Justo tú, que pasaste la vida cuidándote de esas emboscadas del Destino. ¡Pasar por debajo de una escalera significa romper el Triángulo Divino; y al romper uno de sus lados se atenta contra la Sagrada Divinidad y se sufren las consecuencias! Así que los nervios ante semejante desatino no te dejaron pegar un ojo en toda la noche. Además, sabes que te subió la fiebre y la casa te da vueltas. Tan descontrolado estás que cuando suena el despertador pegas un grito y te sientas como un resorte. Aturdido, te descuidas y te levantas pisando con el pie izquierdo. ¡Levantarse con el pié izquierdo es yeta! Aterrado, levantas el pie del piso como si hubieras pisado un cigarrillo, pero sabes, ya es tarde, y la mala suerte te perseguirá. Justo en el día en que podrás conversar por primera vez fuera del trabajo, con la culoncita de contaduría. No puedes desperdiciar aquella oportunidad. Así que intentarás sortear la mala suerte y te reunirás con todos esos cruzando los dedos para que no pase lo peor. Pero siempre con la idea de arrancar a la diosa de aquél lugar y llevártela a otro lado menos aburrido. Tu cama, por ejemplo. Así que deberás barrer todo antes de salir, ya que aunque la noche anterior ordenaste el departamento y luce impecablemente prolijo, el piso, sin embargo, es una verdadera mugre. Pero jamás hubieses barrido anoche, sabiendo como sabes que barrer de noche es mufa. Y esos detalles no se te escapan. Si se barre la casa de noche se barren las ilusiones (si es un negocio, se barren las ganancias). Así que, ante la perspectiva posible de que la damita acepte que la traigas a tu cubil, te pones a barrer todo antes de salir. También dejaste para esa mañana cortarte las uñas de los pies. Ya se sabe: jamás se deben cortar las uñas de los pies de noche porque eso acorta la vida de los seres amados. También es yeta cantar bajo la ducha. Cuando pasas por el almanaque que cuelga junto a la puerta de la cocina ves algo que te deja paralizado, como clavado al piso: ¡Es martes 13! Y nada, nada, puede ser peor que planear algo para un martes 13 (aquí en Argentina, ya que en el resto del mundo es viernes 13). También está aquello de: «En martes (13) no te cases ni te embarques». Pero no tú no piensas embarcarte y, por mejor que te desempeñes con la señorita, no crees que sea como para que te ruegue casamiento esa misma noche. ¡¿Cómo programaron el almuerzo para un martes 13?! Ahora seguro que la chica es un bagre, todo prótesis. O un travesti. ¡O si es mujer y está buena seguro que no se te para! ¡¿Cómo pudiste pasar por alto ese detalle?! ¡¿Qué harás para contrarrestar ese terrible comienzo?! _ piensas, mientras tragas un Valium __. Ya está: en el bolsillo de la bata que cuelga del lado de adentro del placard del baño tienes tu pata de conejo salvadora. ¡Eso es! Pero, aterrado como estás, abres la puerta con tal energía que la incrustas contra el espejo y, en un ataque, ves como estalla en mil pedazos. Ahora sí que no tienes salvación. Romper un espejo es lo peor de lo peor. ¡Dios mío! ¿Qué hora es? Porque, por más que llegues tarde a la cita, deberás reparar aquello. Sabes bien lo que tienes que hacer. Sí: suicidarte. Pero conoces otra alternativa menos cruenta: el maleficio de romper un espejo se anula pintándolo de negro hasta que no te refleje y tirándolo luego en agua que fluya. De modo que buscas una cinta aisladora, pegas las partes rotas como puedes y, una vez finalizada la desagradable tarea (y con unos cuantos dedos vendados) pintas lo que queda del espejo con pintura negra que compras en la ferretería de abajo, bajas nuevamente y lo dejas caer en la alcantarilla de la calle.
Otra vez arriba, te tomas otro Valium, y ahora sí, algo más tranquilo, te dispones a salir. Antes, por si acaso, colocas una hoja de laurel para la suerte en el documento. Miras hacia afuera y ves un horrible cielo encapotado. Recuerdas que tu madre está cociendo ropa, de manera que la llamas para advertirle que deje de cocer antes de que anochezca, ya que nunca pero nunca de los nuncas se debe coser a máquina de noche. Recordando el cielo encapotado cruzas dos tenedores debajo de una maceta (para ahuyentar las tormentas) te cuelgas el paraguas del brazo y sales. Cierras la puerta con llave y llamas al ascensor. Llegas a la planta baja y, al salir del ascensor, metes la mano en el bolsillo del saco e inmediatamente te embarga una abrumadora y angustiante sensación de desamparo que te hace caer en la cuenta de que con el asunto del espejo roto olvidaste la pata de conejo en el bolsillo de la bata. Comienzas a transpirar. Sientes que te baja la presión. Te esfuerzas por recomponerte. Debes llegar arriba como sea. Das un paso brusco hacia atrás, para volver a ingresar en el ascensor y sucede lo que jamás debió suceder. Se te engancha el mango del paraguas en la manija de la puerta del ascensor y, en el forcejeo se activa el botón y el maldito paraguas se abre automáticamente con un ¡Plop! siniestro, ya que, lo sabes, pocas cosas pueden llamar con tanta fuerza a la mala suerte que abrir un paraguas bajo techo. Comienzas a forcejear como un epiléptico enloquecido, y sólo consigues destrozar aquél paraguas recuerdo de tu abuelo. Llegas a tu departamento como un alma en pena, tu corazón golpeándote las costillas. Te diriges directamente al baño y te arrojas, desesperado contra la bata y le arrancas la pata de conejo del bolsillo. Ya a salvo, sientes que te vuelve el alma al cuerpo y, apretándola con ambas manos contra tu pecho transpirado, deambulas a los tumbos hasta tu dormitorio y te dejas caer en la cama. Cuando sientes que has recuperado el resuello ocurre algo que te obliga a pegar un alarido. Junto a ti, como una serpiente enroscada presagiándote lo peor, se halla tu sombrero para la lluvia. ¡Jamás se deja el sombrero sobre una cama! ¡¿En qué estabas pensando?! Acongojado (y luego de arrojar el sombrero por la ventana y luego cerrarla y bajar la persiana) rompes en llanto. Pero no logras enjugarte las lágrimas ya que tienes los dedos de tu mano izquierda cruzados (trae suerte) y los de la derecha formando cuernitos (los cuernos ahuyentan la desgracia). Te das cuenta que la situación requiere medidas extremas. Abres el cajón de tu mesita de luz en busca de cintas rojas para la suerte. ¡Recórcholis! ¡No están! ¡¿Pero qué Diablos pasa en este día maldito?! ¡Ya está! Corres hasta la cocina y destapas la pava (un método infalible para cuando no se logra encontrar lo que se busca). Además buscas las tijeras y las abres (otro método implacable para encontrar cosas que no se encuentran). ¡Touché! Dio resultado. Cuando vas a cerrar el costurero de donde sacaste las tijeras descubres que ahí dentro estaban las cintas. Gracias a Dios conocías el método de la tapa de la pava y el de la tijera, que si no... Extraes dos cintas rojas. Una la anudas en la puerta de calle. La otra te la anudas alrededor de la muñeca. Sabes que, si no quieres que el poder de las cintitas se anule, no puedes quitarlas hasta que no se caigan por cuenta propia. Sacas la pirámide del ropero y la colocas debajo de tu cama. No conforme con ello vas hasta el living y colocas el ekeko sobre la mesa. Le colocas un billete enroscado en la trompa al elefantito (asegurándote de que el paquidermo salvador debe estar, siempre, con el culo apuntando hacia la puerta de entrada). Por las dudas, y porque mas vale prevenir que curar, colocas sobre la repisa de la entrada un pedacito de coral rojo para protegerte del mal de ojo. ¡Mal de ojo! Entonces recuerdas un método infalible (¡Infalible!) contra el Mal de Ojo. Te colocas una cinta roja a modo de vincha. Luego te la quitas y la sumerges en un vaso de agua que colocas debajo de tu cama, junto a la pirámide. Y como no hay dos sin tres corres a la puerta de entrada y la abres. Del lado de afuera (y a la derecha, como debe ser) tienes una maceta con ruda macho. Sabes que llevar unas hojitas en el bolsillo es un método infalible contra el despiadado Mal de Ojo. Pero la vida te tiene preparada una nueva sorpresa: ni bien sales aparece tu vecino por la escalera. ¡El de la fama de mufa! Con un movimiento veloz y violento, como si mataras una araña que tuvieras en la entrepierna, te agarras con fuerza los testículos con la mano derecha, único método para romper el maleficio de esos sujetos. Lo haces con tal energía que se te doblan las rodillas y por un momento piensas que vas a perder el conocimiento y que ya nunca podrás tener hijos. Con un hilo de fuerzas te desplazas (rengueando y sintiendo las joyas de familia a la altura de las amígdalas) hasta la cocina. Tomas la escoba y la colocas detrás de la puerta de entrada, sabiendo que con esto se ahuyenta a las visitas indeseables; con la esperanza de que esa fuerza sea suficiente para espantar a un vecino con semejante potencial yeta. Y no eres el único: en ese momento sale la hija del vecino de enfrente y ni bien se encuentra frente a frente con el tipo yeta empalidece y se agarra la teta izquierda (versión femenina anti yetatoris) mientras con la otra mano lo señala haciendo cuernitos (tú la imitas en esto último). Cuando tus vecinos desaparecen continúas con lo que estabas haciendo: arrancas una ramita de la ruda macho y la introduces en el bolsillo del saco. Antes de irte examinas el departamento con los ojos entrecerrados, en un paneo en busca de signos del mal. La herradura se halla sobre la puerta, como debe ser. La ristra de ajo con un moño rojo cuelga, elegante, detrás de la puerta. El ajo ahuyenta a las víboras, y las víboras (¡Impronunciables!) los gatos negros y las arañas ya se sabe. Esa puerta, con la herradura y la ristra de ajo te parece una puerta blindada contra las asechanzas del Mal. ¡Los cuadros! Hay dos cuadros que se hallan torcidos. Inmediatamente los enderezas, ya que, sabes, por los cuadros torcidos entran los malos espíritus. A pesar de que te has pertrechado con un arsenal de amuletos como para hacer frente a las fuerzas del Maligno, estás histérico, y te titila el ojo izquierdo. Sabes que si te titila el ojo derecho es señal de mala suerte, y si te titila el izquierdo, de buena, pero, en tu estado, no logras recordar cual es cual. De modo que das por sentado que el que te titila es el peor. Temes que te dé la puntada final. Necesitas un trago. Sacas el vino de la heladera pero los nervios te traicionan y es tanto lo que te tiemblan las manos que vuelcas una buena cantidad sobre el mantel y ahí sí que te quieres morir para siempre. ¡Tirar vino sobre el mantel es como insultar al Diablo! Pero, espera un momento... había un método contra ese maleficio ¡Sal! Eso, sal. Corres hasta la alacena y tomas el salero que, por supuesto, se te cae y se desparrama en el piso. Pegas un grito que despierta a todos los vecinos de tu edificio y a todos los topos del baldío de enfrente. Y en ese momento recuerdas que ese nuevo accidente no es más que una mueca del Destino. Ya que te equivocaste. Que el conjuro contra derramar vino en el mantel no era la sal. Debías mojar el dedo en el vino derramado y hacerte una cruz en la frente a la vez que gritas: «¡Alegría! ¡Alegría! ¡Alegría!» (para gritar ¡Alegría! estás tú, pero de todos modos lo haces y suspiras, mas aliviado). Esta vez lo conseguiste. Tranquilo. Lo estás haciendo bien. Pero no del todo, ya que acabas de derramar sal en el piso y eso sí que no es joda. Es algo comparable con romper un espejo. Pero te acuerdas como anular ese maleficio: para empezar debes cuidarte bien de no pisar la sal esparcida en el piso, porque de hacerlo te perseguirán los fantasmas. Pero por las dudas, ya que no estás seguro de no haber pisado un poquito, debes tomar dos puñados de esa sal derramada y arrojarlos hacia atrás por sobre el hombro (esto ahuyenta a los fantasmas). Lo haces y de a poco comienza a volverte el alma al cuerpo. Mientras te guardas en el bolsillo tu trébol de cuatro hojas, maldices a Leonardo da Vinci, en cuyo cuadro «La Última Cena» se ve a Judas derramando sal sobre el mantel. Entonces te sacuden unos truenos impresionantes y el ruido de la lluvia. Genial. Acabas de destrozar el paraguas. ¡Ea ea pepé! Recuerdas que si haces una cruz con sal se detienen las tormentas. ¿Con qué sal? La acabas de tirar. ¡Ah, no, no, no, no, no! Vuelves al cesto de la basura, y, haciendo un cuenco con una mano viertes en él un puñado de sal. Luego la desparramas muy prolijamente en el piso hasta formar una figura que, con muchísima imaginación, puede parecer una cruz. ¡La pluma de caburé! Corres al cajón de tu mesita de luz. Llevar una pluma del pecho de un caburé trae suerte en el amor. Una pluma de la cola, trae plata. Llevas una de cada una.
Sales nuevamente, transpirando al ver la hora que se ha hecho. Vuelves a bajar en el ascensor hasta la planta baja y sales a la calle. Debes tener cuidado, un mundo de peligros acecha ahí afuera. ¡Y ahí llega el primero! Un cura cruza frente a ti y, desesperado, cogotéas hasta hallar algo metálico que tocar. Cruzarse con un cura es yeta y solo puede anularse la desgracia tocando fierro. ¡La reja del edificio! Ante los ojos atónitos de tus vecinos y del portero saltas como un arquero hasta la metálica defensa y te abrazas a ella como un borracho que no logra mantener el equilibrio. ¡¿Qué saben esos idiotas?! ¡Dios, cómo odias las reuniones con los compañeros de la oficina! Tanto, que es la primera (y seguramente la última) vez que asistes a una. Pero es la única manera de encontrarte con ELLA. Paras a un taxi que pasaba y sonríes: el taxista es un deforme que avergonzaría al Jorobado de Notre Dame. Y, como se sabe, tocarle la joroba a un jorobado trae buena suerte. Así que le indicas la dirección mientras le palmeas la joroba. El tipo te mira fulero pero tú haces como que miras el paisaje, extasiado. ¿Cómo será la potrita en la cama? ¿Usará lencería? ¿Entregará el tujecito? Pero la cruel realidad te baja de una cachetada feroz de tu mundo de fantasías. ¡Un gato negro cruza la calle media cuadra más adelante! «¡¡Frene!!» le gritas al taxista con semejante salvajismo que por poco le desintegras la Trompa de Eustaquio. El desconcertado tachero clava los frenos sin entender lo que ocurre. Estás perdido. La única forma de combatir la mala suerte del gato negro que se cruza frente a nuestro camino es caminando cuatro pasos hacia atrás. Primer problema: ¿En auto cuanto habrá que retroceder?. Segundo problema: jamás, never, en la puta vida de Dios se pude cruzar la línea por la que caminó el gato. ¡Y el felino ladino cruzó la calle de lado a lado! «¡¡Pegue una vuelta manzana, ya!!» , le ordenas al desconcertado taxista que a esta altura te mira por el espejo como se mira en la playa a un aguaviva. Finalmente llegas y la ansiedad ante el inminente encuentro con tu Diosa de los libros tabulados te hace vacilar. Así que sacas el pañuelo, lo anudas y repites tres veces: «Poncio Pilatos, si no me ayudás, no te desato». Pero Poncio Pilatos estaría ocupado porque cuando bajas del taxi accidentalmente pisas (y matas) una araña. Ahí sí que te pones de la chapita. ¡Nunca se debe matar una araña o un gato porque eso es desafiar a las Fuerzas del Mal y ahí te quiero ver! Te agachas, fuera de control, tomas la araña e intentas hacerle masajes de resucitación cardiopulmonar. También le flexionas las patitas con energía. Uno. Dos. Uno. Dos. Pera la ciencia ha hecho todo cuanto estuvo a su alcance. Aquella arañita ya está con Dios. Apesadumbrado, te persignas y verificas la dirección en el papelito y, al ingresar descubres tres cosas. Que en el frente del local hay un gomero (remufa), que eres el último en llegar y que la única silla libre se encuentra coincidentemente junto a tu Dulcinea. ¿Cómo es posible que ninguno de aquellos sátrapas se le halla pegado como una garrapata libidinosa? ¿No serán trolos todos esos? Te acercas a la mesa sonriendo y saludando con la cabeza. Inmediatamente que te sientas percibes que en aquél lugar algo más anda mal. Uno de tus sensores de supervivencia se ha encendido en tu interior. Algo anda mal. Algo anda muy mal. ¡¿Pero qué?! Por más que recorres con la vista a cada uno de los presentes no logras descubrir el problema (este nuevo problema). Pero la sensación de peligro es cada vez más poderosa. ¡La puta y la reputa! ¡Ahí está! Son siete de Contaduría mas seis de Compras. ¡Sumados suman 13! ¡13! ¡Jamás de los jamases hay que sentarse a una mesa en la que la suma de los comensales sume 13! ¡13 personas a una mesa es yeta! ¡¿Yeta?! ¡¡Reyeta!! (por La Última Cena de Jesús y los Apóstoles). Te preguntas si quedará mal que te sientes solito en la mesita de las botellas. Debes escapar de aquél lugar cuanto antes. Deben escapar. Hace meses que esperas esta oportunidad de trincarte a la Reina del Debe y el Haber y justo viene a pasarte esto. Por más que intentas disimular, la presencia de esa cifra mortal hace que la silla te queme. Histérico, enciendes un cigarrillo, y, como si se hubiera dado una señal de largada, de pronto todos quieren fumar y te piden fuego. Y te desesperas, porque es yeta encender más de tres cigarrillos seguidos y aquellos imbéciles ni bien enciendes el tercero ya te ponen el cuarto en la llama. Y ya estás que el corazón te golpea las costillas. ¡Encima el mozo es negro! Y se sabe que cuando pasa un negro hay que tocarse la rodilla derecha (y lo haces con cuidado de no tocarte las tarlipes, que todavía te duelen). Ves a un chino que entra al baño y casi te paras automáticamente, ya que todo el mundo sabe que tocarle el culo a un chino trae buena suerte. Pero no se te ocurren excusas para ir y tocarle el culo al tipo sin que quede feo. Y temes que te tome por un degenerado de los baños y te rompan el alma. Encima los chinos saben artes marciales. Así que te aguantas. Y como si aquél martirio fuera poco enseguida empiezan con alcanzame la sal. Y tu nada de alcanzarle la sal a nadie, porque es bien sabido que es yeta entregar un salero en la mano. Al salero debes dejarlo sobre la mesa y que lo agarre el otro. Pero estos estúpidos se ofenden y empiezan con que dale, bolú, alcanzame la sal, alcanzame. Y tu sientes que te da la puntada. Sobre todo porque aquellos idiotas mueven las manos como espásticos y no puedes quitar la vista de lo cerca que le pasan a la aceitera, y bien sabes que nunca se debe tocar el aceite derramado. Entonces sucede: uno de aquellos subnormales (tu jefe) vuelca accidentalmente la aceitera que se derrama sobre el vestidito rojo de tu chica. Ella le sonríe con los labios pero lo asesina con los ojos, y luego te ruega (con voz de colegiala con jumper y trencitas) que seas buenito y la acompañes a su casa a cambiarse. Las cosas comienzan a cambiar, piensas. Salen, toman un taxi y, en menos tiempo de lo que se tarda en domar un avestruz disecado llegan a un edificio de una elegancia tal que temes que te obliguen a ingresar por la puerta de servicio. Para tu bien, la niña despide al taxista (que le observa las piernas por el espejito) y te ruega que subas con ella. Inmediatamente vuelves a creer en Dios (y casi estás a punto de perdonar al imbécil de tu portero, que fue quien comenzó toda esta tragedia). Ingresas con las manos ocultas en los bolsillos del saco. En la izquierda tienes los dedos cruzados; con la derecha agarras con fuerza la pata de conejo. ¡Estúpido! ¡Ingresaste pisando con el pie derecho y eso es yeta! No se puede levantarse con el pie izquierdo ni ingresar a un lugar con el pie derecho. El departamento resulta ser de una calidez tal que sólo falta que salga la esposa de Charles Ingalls y te ofrezca un pastel de manzanas. Contemplas a esa mujer increíble en aquél entorno utópico y comprendes que es ahí y con ella que quieres pasar el resto de tus días (eso, siempre y cuando el portero de ese edificio no silbe de noche). Pero, y a pesar de tu creciente excitación, al entrar en aquél lugar tus sensores de supervivencia tienen tiempo para detectar que aquél no es el cálido hogar de ventanas con cortinitas rococó que aparenta; sino un paraje inhóspito sin herraduras sobre la puerta, cintas rojas ni ristras de ajo que protejan a sus moradores. De todas formas no tienes demasiado tiempo para consideraciones supersticiosas ya que, insólitamente, ni bien trasponen la puerta, aquella mujer increíble se quita el vestido, salta sobre ti anudando sus tobillos por tu espalda a la altura de la cintura y, metiéndote la lengua en la oreja, te ruega que la hagas sentir una hembra. Con los pantalones por los tobillos, te encaminas hasta la habitación a los saltitos, como una mamá cangura portando a su cangurito, hasta caer sobre la cama como un manojo de piernas, brazos y jadeos (gracias a lo cual no te enteras que en la cocina hay una batata germinada: símbolo inequívoco de mufa de la peor). Decides que golpearte el pecho con ambos puños mientras imitas los alaridos de Tarzán dará una buena impresión. Pero cuando te inclinas sobre ella para iniciar el fuego de las pasiones locas, comprendes que tu vida ha llegado a su fin. La imbécil aquella te ha tendido, accidentalmente, una trampa mortal: en el piso, junto a la cama, como un escorpión listo para atacar, descubres la cartera de aquella insensata. ¡¿Pero esa descerebrada no sabe que dejar la cartera en el piso es yeta?! Y nada de un poquito, de yetita. ¡¡Recontrayeta!! ¡Y encima es una cartera de cuero de víbora! ¡¡De víbora!! ¡Padre de las Alturas, se te caen las colgaduras! Se te doblan las piernas y caes, fulminado y exánime, junto a ella, a la vez que tus ojos vigilan, aterrados, a la cartera mortal. Ya está. Ya todo acabó. Encima te sacaste la ropa y todos tus amuletos de la suerte quedaron allá tirados. Las lágrimas te invaden ante la realidad de que dejarás a tu mujer e hijos en la calle, a la buena de Dios. Esperas que sepan recomenzar sus vidas y que siempre guarden un buen recuerdo tuyo. ¡¿Qué estás diciendo?! ¡Ni estás casado ni tienes hijos! ¡Reacciona! Debes controlarte. Ante la mirada atónita de la mujer te cacheteas con violencia. Una y otra vez. Bien hecho, muchachito. Ahora debes escapar de ese lugar. Intentas una serie de balbuceos inconexos. Que mejor no. Que otro día. Que el vecino es yeta. Que mataste una araña. Que, apropósito ¿no tendría un elefantito con un billete en la trompa? Tiene que estar con el culo hacia la... Pero aquella mujer, que no ha dejado de maniobrarte allá abajo, no te escucha y continúa prendida de tu pepino como una garrapata paranoica. Moviendo brazos y piernas como una cucaracha desesperada, intentas huir de aquella loca. Pero ella es más veloz y en un movimiento certero te introduce en el inmaculado templo de su cuerpo. Asqueado, percibes una sensación caliente que se apodera de tu miembro, similar a cuando nos metemos en la bañadera llena de agua demasiado caliente y, al irnos agachando, lo primero que se nos quema es el badajo. Mientras la mujer, ajena a ti, sigue moviéndose, tú, como un náufrago desesperado en busca de un salvavidas, te estiras para alcanzar tu pata de conejo del bolsillo del saco. ¡Y la culpa de todo la tiene aquél chino hijo de puta!, gritas, mirando al Cielo, ante los ojos desconcertados de la mujer. Entonces tu vista, como atraída por un imán, se clava en un cuadro que cuelga sobre el cabezal de la cama, torcido. ¡Un cuadro torcido! Sin vacilar, te paras (con tu dama colgando de ti) para enderezarlo y, entonces, estupefacto, lees el nombre de la lámina francesa: «Du Chat Noir!» «¡¡El Gato Negro!!» ¡¡Pero qué hice para merecer esto!!, exclamas, entre sollozos. Ahora sí que te dá la diarrea de pecho. Mientras tanto, escuchas que aquella demente lasciva grita, en medio de su delirio, que te regala su cuerpo. Atención que rechazas, ya que bien sabes que es yeta aceptar regalos de tus enemigos (para que no traigan mala suerte, los regalos de los enemigos hay que quemarlos o tirarlos al río). Y no te encuentras en condiciones para lo uno ni para lo otro. Pero sí lo estás para desprenderte de esa culona con un empujón violento y salir de aquella cama de la muerte cuanto antes. Lo haces, y al bajar de la cama y pisar descalzo el frío piso de mosaicos, sientes el asqueroso crujir de una cucaracha aplastada. Contienes la flema que trepa por tu garganta, miras el repugnante pegote en la planta del pie y... ¡No! ¡¡No!! ¡Acabas de matar un grillo! ¡Matar un grillo te da puntos para ser finalista en un concurso de yetas! ¡Matar un grillo significa matar la alegría! Y matar la alegría significa... significa... Entonces escuchas un ¡Plop! liberador dentro de tu cerebro que te dicta lo que harás con aquella hembra maldita. Lentamente giras en torno. Alzas la vista hacia ella, la enfocas y te le acercas, sin prisa. La miras y sabes lo que le harás. Sus ojos, ahora aterrados, te indican que ella acaba de comprender lo que piensas hacer. Que su suerte está echada. Intenta escapar, pero le cierras el paso. Te le acercas lentamente, mirándola directamente a los ojos. La arrinconas para que no escape. Entonces se lo dices:
__ ¡Vos y la otra, la esposa de Ingalls, pueden meterse su pastel de manzanas en el culo! __ y te vas, sin saludar.


Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 26-03-2008.
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