Ella mira al hombre sentado a su derecha, las piernas cruzadas, la espalda recta y la mirada perdida en algún rincón del techo. Se pregunta su nombre, sabe que tiene un nombre, pero no alcanza a imaginarlo, como tampoco alcanza a recordar el suyo. El hombre de la mirada perdida la mira de reojo, con un aire de molestia, como quien mira una mosca agazapada en la sopa, nadando en ella.
La chica se pregunta su nombre y se va olvidando de preguntarse el de su vecino, sabe que tiene un nombre, y también está segura de no poder recordarlo, de haberlo dejado en algún sitio esperándola mientras ella salía a hacer las compras, después de todo, el nombre no es tan importante cuando se va al mercado, o a la calle, el nombre pierde su importancia ante los demás desconocidos que quizá inutilemente cargan con sus nombres por la calle, por todos los lugares a donde llegan y desde donde parten, o quizá también lo dejen en casa, esperándolos hasta la hora de la merienda, o hasta que ellos decidan que es necesario salir a pasear el nombre, para evitar que se llene de moho y polvo.
Pregunta por el sanitario. Alguien le indica el camino, dentro hay un espejo. Ella se mira mientras se recorre el rostro con las yemas de los dedos. La mujer en el espejo la mira condescendiente, maternal, como quien mira a un animalito herido.
Se oye un golpe. Ella sale perseguida por esa mirada y no mira sus nudillos heridos goteando hilillos de sangre. Alguien abre una ventana, que ella aprovecha para escapar.
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