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Divagaciones: Inteligencia
Yo nunca he sido un escritor, más si pretenderlo fuese una tarea sencilla. Y es que la gente no sabe de lo que habla, sólo porque me miran caminar cabizbajo y con las manos en los bolsillos se figura semejante idea. En este tipo de situaciones Platón me resulta enormemente consolante, es verdad, las personas no poseen conocimiento, sino opiniones, que en su mayoría son próceres representaciones del prejuicio. Tampoco soy inteligente, no podría forjar alguna idea absoluta, lo que yo usualmente hago es entretejer naderías, como dijo el buen Borges. En realidad mi único atributo es la memoria, que finjo haber extraviado. Soy capaz de memorizar hasta el más mínimo detalle, y es ella precisamente la que normalmente se ve acusada por los pedantes e ignorantes. Pero ciertamente hablo de aquellos hombres inteligentes. Humildemente me definiría, a semejanza de Cortázar, como un tipo capaz de asociar ideas, pero esto único resultado de mi burocrática memoria, que durante todos estos años de existencia se ha dedicado a enarbolar una verdadera institución en mi cabeza. Como habrán notado soy capaz de retener diversos nombres, lamentablemente para su curiosidad no me adentraré en explicarme en cada caso particular, pues esto siempre resulta demasiado vulgar, como me dijo un triste filósofo un día.
Tampoco se confundan, el no ser un sujeto inteligente no me convierte en consecuencia en un retrasado mental. El asunto es que la humanidad se ha olvidado que en su mayoría son todos estúpidos, devotos de palabras ajenas que cada vez que pronuncian decaen en su valor. Si es que arriba nuestro, o quizás abajo, existe un cielo, y si en el cupieron todos los pensadores por mérito de sus ideas y no por su herejía, estoy seguro que deben estar desangrándose de lástima al ver a sus pedros proseguir sus obras. Ni hablar del barbudo alemán. ¿Qué entendería yo por un sujeto inteligente? Sencillamente a aquel que no se dedica a repetir panfletos. Quien me conociera acusaría inmediatamente la ausencia de tal facultad en mí. Es cierto, yo también repito, es algo inherente a mi comportamiento. Y es que la pedantería que cada día florece con mayor agudeza en mi seno no me produce vergüenza, en ese sentido pierdo doblemente el atributo, ya que los estúpidos, sí, los buenos estúpidos se avergüenzan de lo que son. Notarán que los de hoy son malos. Mi única gran diferencia con el gran vulgo es mi memoria que me convierte camaleón: soy capaz de disimular mi ignorancia supina, como dijo un penoso político, y erigir una verdadera montaña de conocimientos frágiles. Serán estúpidos aquellos que me encuentren inteligentes, envidiosos los que me refuten e inteligentes los que permanezcan en silencio.
Hasta este punto, que por lo demás no existe físicamente, me indicaran correctamente que aún no he definido al sujeto inteligente en su completa integridad. Bien, el primer gran requisito es no repetir. ¿Un sujeto tímido? No necesariamente, sí un gran potencial. La reiteración guarda relación con la opinión masiva, pero naturalmente puede ser un parlanchín de sus propias ideas. Pero, ¿y si sólo propugna fruslerías? En primer lugar todo sujeto que da a conocer sus ideas es esencialmente inteligente, pues uno estúpido sería incapaz de figurarse la idea de decir algo ajeno a lo que opina la masa. Entonces por definición no será una estupidez, tampoco se garantiza su magnificencia, pero sí remotos síntomas de ella. Creo que ya he entregado los suficientes ápices que toda definición decente debe poseer para considerarse como tal.
¿Pero a que se debe tanta verborrea? Como detesto justificarme del modo convencional, trataré de alejarme lo más posible de mi mismo, no hacerlo desde un testigo, sino desde la mortaja. Tarea complicadísima. Hay diversos elementos que podrían identificarse. Desde los comienzos de la humanidad, desde que el hombre se dio cuenta que era tal y no planta o roca, ha iniciado un largo proceso que básicamente en sus inicios se componían de la nominación y catalogación. Al contemplar una piedra en primer lugar le daba un nombre que procedía de un sonido abstruso, entiéndase uga-uga, o algo similar. Al transcurrir el tiempo tal sonido comenzó otro proceso, una evolución que ascendía a la limpidez y que finalmente derivó en una palabra articulada. Paralelamente la catalogación no dejaba de ser algo fundamental, pues el simple hecho de saber como se llama una cosa no basta para poder emprender una forma rudimentaria de investigación analítica. Jean Piaget nos ofrece un buen ejemplo, al percatarse de que los niños de corta edad son incapaces de definir alguna cosa sin que sea por su utilidad. Cuando se les pregunta que es una silla – sabiendo ellos lo que es – responden algo así: “una cosa que sirve para sentarse”, lo cual no es del todo incorrecto, pero no alcanza la precisión fundamental a la que toda mente racional debe aspirar. Lo que desconoce es la naturaleza del objeto, es decir, el catálogo al cual pertenece la cosa. Por ejemplo sabemos que una rosa y una azucena están en el mismo macro catálogo, o, siguiendo con el ejemplo, que la silla esta dentro de lo que conocemos como muebles. Anexamente se percatará el lector inquisidor en que las categorías pueden disponerse como verdaderas cajas chinas, esto es, que una rosa y una azucena no proceden exactamente de la misma familia, en suma, están insertas en un catálogo compartido, pero específicamente siguen cursos segregados. Comprenderán también que la primera gran categoría es todo lo que esta aquí o que estuvo y de lo cual tengamos registro, el resto es especulación. Y a medida que el conocimiento crece las categorías se expanden y se convierten en verdaderos laberintos que nunca convergen. De la misma manera en que lo hizo un cavernícola yo nominaré los vestigios de compromiso íntimo que he dejado arriba, y paralelamente los catalogaré en las disciplinas a las cual corresponden.
Toda explicación procede en primer lugar de una inquietud. Básicamente lo que yo hice en los primeros párrafos fue pensar con el lápiz, nada de aquello existía premeditadamente en mi cabeza más que pequeños fragmentos que la originaron. Con mayor razón esto no estaba prevenido. Pero esto no es cualquier inquietud, como la podría ser el hecho de contemplar la muerte de un ser querido. Podría preguntarse cualquier individuo por qué mueren o, mejor, hacia dónde se marchan después de perecer. En primer lugar la muerte de aquel hipotético familiar le produce inquietud, no esta satisfecho. “Toda necesidad es siempre la manifestación de un desequilibrio: existe necesidad cuando algo, fuera de nosotros o en nosotros (en nuestro organismo físico o mental) ha cambiado” dijo en una oportunidad Édouard Claparède. La necesidad de razonar o explicarse a si mismo (pensar) es siempre la manifestación de un desequilibrio, así como cuando tenemos hambre tenemos el estómago vacío requerimos alimento, cuando algo falta en nuestra mente y existe una predisposición voluntaria de suplirla entonces sabemos que estamos pensando. El tal muchacho al ver como su abuela fallecía, notó que en su interior no existía la respuesta a su inquietud, que seguramente es pensar o pretender que ella se encuentre bien, para lo cual, y si es lo suficientemente atrevido como para prescindir de la metafísica ordinaria, emprenderá un razonamiento que, independiente de que sea correcto o no, logrará apaciguar su inquietud. De esta manera yo he tratado de tranquilizar una idea, aquella que dice que las personas creen que soy inteligente. Reitero que el razonamiento no prescinde de los errores, aquí el juicio solo soluciona. Bien, hasta este punto se trató de una mera nominación. Toda inquietud es natural, pero ojo, no es natural en todas las naturalezas, o si es que esto suena demasiado inextricable podrían entenderlo así: la inquietud no se encuentra presente tanto en una roca como un hombre. En suma, toda inquietud procede de una mente racional, es inherente a cualquier humano, se encuentra en su naturaleza humana básica.
En segundo lugar toda inquietud conlleva un valor que lo suscita. Para cualquier sujeto estúpido el hecho que lo encuentren inteligente es la mayor muestra de gentileza que le pueden enseñar, pero a diferencia de ellos en mí produce una sensación fatigosa de vergüenza. Hay una pequeña inteligencia, una noción difusa de la verdad en mí. El valor presente es enteramente social. No se trata de una vergüenza en si mismo, sino una vergüenza de los otros para uno. Esto es, que lo que produce vergüenza no es el hecho de que uno sea estúpido, sino que lo encuentren a uno inteligente. En la cadena de las causas y consecuencias la vergüenza es la causa de la explicación. No hay que olvidar también que el concepto de inquietud se encuentra presente entre medio, la vergüenza es en si misma una inquietud. Paralelamente, en la tarea de catalogar, el pavor se encuentra dentro de dilemas sociales y cognoscitivos. No esta clara ésta, pero sólo por su gran tamaño conceptual. Es menester preguntarse ahora por la vergüenza, que la produce. ¿Será acaso exceso de honestidad? ¿El saberse estúpido? Podría entender dos honestidades, la última, pero también la honestidad que dice que todo hombre que la posee es inconforme ante las opiniones masivas. “Demasiado honesto como para aceptar la idea generalizada sobre la política”. Un hombre rebelde quizás, alguien que no esta conforme con lo hecho, y no necesariamente menos conservador.
Lamentablemente hasta aquí soy capaz de llegar. Hasta este punto de máxima confusión mi mente no es capaz de esfumar la neblina que comienza a emerger. Apreciarán además que no logré ponerme la mortaja.
Texto de hammill agregado el 29-03-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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