Te esperé sin esperarte, con las puertas, el pecho y los ojos abiertos, pasando páginas y recuerdos de ti que me hicieron sentir tu cercanía, casi olerte, casi tocarte con la punta miedosa de mis dedos, casi pasarlos por tu vientre, o enredarlos en tu cabello, casi.
Te esperé en el mismo rincón gastado de mi corazón, sentado, de pie, brincando te esperé. Te esperé ansioso, como un niño aguarda el obsequio de cumpleaños que quizás llegue, más tarde que temprano, o quizás se quede por ahí, mascullando laberintos para caminar el mundo; como un desempleado pergeñando lunas para su almohada también te esperé.
Cuando llueve preparó café y cuentitos cortos por si llegas empapada y ansiosa de escuchar mentiras. Miro las gotas de lluvia caer sobre el pasto, ahuyentando las parvadas de nubes negras que anidan en el patio, sólo mientras dura la lluvia, después volverán a llenarme tu ausencia con sus graznidos y aleteos. Me desbordarán la noche y todos los días que quedan hasta que llegues y te aprendas de memoria los impacientes baches de mi cuerpo.
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