Nació una tarde de historias, entre palabras cómplices y sueños inconclusos, se gestó entre cuentos y vió la luz en sus papeles. Fue tesoro incalculable de mi alma peregrina.
Ansias de vida y de unión le dieron alas para convertirla en hada onírica de una pasión desenfrenada. Fue flor en un jardín de llamas, para convertirse en una adictiva obsesión de un padre intangible que la adoptó en sus letras, para hacerla volar entre las nubes de una noche sin luna, para estrellarla en la locura del viento que tanto le temo.
La entregué en corazón palpitante para que aprendiera a caminar en tierra firme de sus frases, alcanzó el camino en puntillas, para correr entre canciones susurradas ya sin alas de por medio.
Vivió de la distancia y se materializó en su nombre, Amapola.
Es la niña que se llevará mis ojos, que habita en cada línea de lo que siento. Y si llegara hoy a la vida, valdría matar mil veces ese amor que un día la transformó en sueño.
Puede que haya muerto en sus palabras, pero en mi tomó la fuerza para hoy narrarla.
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