Me alquilo para amar.
Despertó y no halló abrigo en la tarde. Salió de la cama, lentamente, como un bostezo.
Olió las flores, ya marchitas; las destinó a la basura.
Tomó un café y salió a la calle a buscar, a encontrar, a compadecerse, a entender algo de esta vida, a musitar viejas canciones de las infancia mientras los hombres, móviles como espantapájaros, repiten siempre el mismo discurso.
El auto, las calles, la ciudad, el rancio olor de hotel barato, los gemidos, el trance de la discordia entre su soledad y el acto, entre su vida y lo real.
La plata en la mesa, su cuerpo bajo el agua que no lava las huellas que, como una nueva arruga en su piel, dejó tatuado el recuerdo.
La noche, la gente, fantasmas que se filtran cansados de su realidad.
El llanto, las horas, el lento crepitar de la conciencia, como la canilla del baño rota, en la profundidad de los caños viejos.
Amanece, sus ojos de vidrio en la quietud del cuarto, el rayo de sol se apoya en la pupila, mientras un gorrión, sobre la mesa, se mira al espejo, como quien mira algo infinito.
Y otra vez amanece...
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