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«A LA PRIMERA QUE ASESINÉ FUE A MAMÁ»
«A LA PRIMERA QUE ASESINÉ FUE A MAMÁ»
GUILLERMO SOUBELET
A LA PRIMERA QUE ASESINÉ FUE A MAMÁ. Lo cual me resultó particularmente molesto por el hecho de haber sido ella, precisamente, a quien yo más quería. De manera que con los demás todo resultó más fácil. Y no es por justificarme, pero les aseguro que parte de la culpa de todo lo que pasó después la tuvo la casona esa donde vivíamos. Si a veces pienso que si no le hubiéramos hecho caso a la abuela con aquello de que la familia siempre había vivido toda ahí y porqué nosotros no, y hubiese vivido sólo en cualquier otro lado, se hubieran salvado todos. Mamá, pobrecita, seguiría tejiendo en la mecedora del porche del frente. Papá seguramente continuaría cuidando con esa ternura tan suya el almácigo de begonias. Y las mellizas, pobres, seguirían con su costumbre tan de antes de bañarse y ponerse de punta en blanco para la hora del té. Francamente no sé para qué. O, mejor dicho, para quién. Ya que nadie, ningún caballero soltero al menos, visitaba ya la antigua casona de la isla, allá en el Tigre. Habían perdido ese tren, las pobres. Y sin embargo seguían con esa ingenuidad tan de ellas, sentadas en el andén esperando a que llegaran sus príncipes (quizás dos príncipes mellizos) que en sus sueños las arrancarían por fin de la exasperante calma de aquél lugar. Y hoy sonrío al pensar en lo equivocadas que estaban, pobrecitas, ya que ni la misma muerte fue capaz de liberarlas de las garras de aquella casa, enterradas como están junto a la glorieta donde gustaban sentarse a tomar el té. Pero ya es tarde para pensar en lo que hubiese sido. Y también sonrío al pensar en el Destino, que tampoco a mí me permitió escapar de este lugar maldito, por miedo a que los nuevos propietarios llamaran a la policía al hallar a mamá empotrada en la pared del garaje, a papá, rodeado de cemento debajo de la losa del camino de su querido almácigo, o a las mellizas, enterradas justo debajo de la glorieta donde estoy escribiendo ahora mismo.
Homero decía que ningún hombre nacido de mujer, valiente o cobarde, puede escaparse de su Destino. Y quizás mi Destino sea terminar mis días aquí, en la vieja casa familiar sin espejos, rodeado de mis seres queridos, mamá, papá y las queridas mellizas.
Aunque mejor es que les cuente todo desde el principio. No les daré, porque me considero un verdadero caballero, la edad de mi madre ni de mis hermanas. Sin embargo, y para que les sirva como mera referencia, sí les diré que las mellizas ya había pasado hacía unos años la edad para jubilarse. Yo cumplí esa edad el día en que se desencadenó todo esto. Les doy el ejemplo de la jubilación como les podría haber dado cualquier otro ya que, en nuestro caso, esa palabra carecía de significado: ninguno de nosotros cobraba jubilación ya que ninguno trabajó jamás. En realidad, ahora que lo pienso, no recuerdo un solo día en que mi padre - o mi abuelo siquiera – hubiera madrugado y salido de casa para ganarse la vida. La cuestión es que yo siempre fui el hijo menor, el querubín. Y aún cuando los años pasaron y me convertí en un joven, en un hombre y en un viejo, ante los ojos de mi familia - y ante los míos también – nunca dejé de ser el pequeño. El regalón de mis padres y hermanas. A todos nos resultaba cómoda esa situación. A mis padres y a las chicas porque recurrían a mí cuando necesitaban hacer algún trámite u otra cosa por el estilo. A mí porque esa ayuda que les brindaba disimulaba mi vida de parásito. En fin, vivíamos felices.
Hasta aquél día en que comencé a temerle a la vejez. Y lo que comenzó como un simple temor se convirtió más tarde en pánico. Y luego en obsesión. Y no era solamente el temor a verme viejo. Era el pánico a la decrepitud. A la piel apergaminada. A las manos temblorosas. A los recuerdos que comienzan a desaparecer. A las noches en vela. A la mirada perdida. De manera que tomé la firme decisión de ignorar el paso del tiempo. Claro que para nosotros era fácil hacerlo, aislados como vivíamos en nuestro refugio de la isla. Sin embargo siempre había cosas que se empecinaban en herirme, en recordarme el inmisericorde transcurso de las horas. No sé, el televisor por ejemplo. Vivía angustiado observando los estragos del tiempo en actores, locutores o periodistas. Un día decidí ponerle punto final a aquella agonía y le regalé el televisor al jardinero. Acto seguido lo eché, prohibiéndole volver por nuestra casa. Claro que mis padres y hermanas se pusieron tremendamente fastidiosos con aquello. Pero supe mantenerme inflexible y, en compensación, les regalé un equipo de audio con radio, un reproductor de DVD, y una cantidad de CDs y DVD de música clásica para que se entretuvieran con algo. Otra cosa que tuve que destruir fueron los despiadados álbumes de fotografías. Todas. Las de las promociones del secundario y de la facultad. Las de las vacaciones en el campo de Azul. Las del club, con los muchachos de tenis. Aquellas en que estamos brindando en Noche Buena con toda la familia. Incluso aquella del cuadro del casamiento de mis padres, en la que se los veía tan jóvenes y sonrientes. Aquello me trajo aparejado más de un dolor de cabeza. Aunque para cuando se enteraron aquellas fotografías malditas no eran más que cenizas en el hogar del escritorio. Lo mismo cuando destruí todos los espejos de la casa. Con lo de los espejos los que se pusieron verdaderamente fulos fueron mis padres. Claro que las mellizas no los necesitaban. Se tenían la una a la otra para comprobar el paso del tiempo. Por supuesto que el próximo paso fue no visitar a nadie más. Nunca. Y, obviamente, no invitar ni recibir a nadie en casa. Dejé de comprar el diario y las revistas. Incluso, para no cruzarme con nadie, cambié el buzón de lugar y lo puse allá al frente, junto a los portones de entrada. Al lechero y a los de la despensa les encargaba todo por teléfono y les dejaba el dinero dentro del buzón. Y de los impuestos y esas cosas se encargaba nuestra secretaria, en Buenos Aires.
Finalmente mi vida devino en un plácido y anodino transcurrir de los días, sin sobresaltos ni contacto alguno con el mundo exterior, como me gustaba llamar a todo lo que no fuera aquella casa. Realmente fui feliz por un tiempo en aquél remanso artificial rodeado por la naturaleza. Mi familia se había resignado a todo aquello y con el tiempo se habituaron hasta el punto de casi no recordar su vida antes de los cambios. Solamente se creaba aquél clima indisimuladamente hostil cuando alguien se sentía mal y se empecinaban en llamar a algún médico. Lo cual era bastante frecuente, ya que si yo ya había alcanzado la edad para jubilarme imagínense los años que tenían mis padres, pobrecitos. Claro que aún en esos casos supe mantenerlos a raya. Pero, exceptuando aquellas minucias esporádicas, vivíamos en la más perfecta de las armonías y yo era feliz en aquél entorno, rodeado de mis cuadros y libros queridos. Por supuesto que aquella felicidad no era más que una parodia. Como el niño que de noche recorre silbando el cementerio que debe atravesar en el camino de regreso a su casa.
Hasta aquella tarde. Era mi cumpleaños. Ya de por sí se había creado un clima incómodo, de fingida naturalidad. Sentían que debían festejarlo pero a la vez nadie se atrevió a mencionar siquiera el motivo de aquél festejo ridículo. Comimos y brindamos en absoluto silencio. Las forzadas conversaciones obviamente intrascendentes no hacían más que poner de manifiesto lo exasperante de toda aquella situación. Entonces sucedió. Miré a mi madre querida cuando, con mano temblorosa, me servía la torta y fue como si la viera por primera vez. Como si estuviera mirando a una desconocida. Por primera vez tomé conciencia de aquellas arrugas. De aquellos colgajos debajo del mentón. De lo empequeñecida que estaba. Del insoportable temblor de sus arrugadas manos. ¿Porqué me hacía eso? ¿No comprendía, acaso, cuanto me hacía sufrir con su aspecto repulsivo? ¿Porqué, justo ella, que era el ser a quien más quise y querré? ¿Porqué?
Ella fue la primera.
Texto de EstatuaconEpilepsia agregado el 01-04-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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