Bajaba por la calle que tantas otras veces recorrí para verte. Seguía viendo a la misma gente, la misma frutería que en la esquina y cada tarde que pasaba, robaba alguna uvilla para tener ese regusto a mosto que nos tomamos en aquella cafetería que estaba en todo lo alto y se podía ver nuestra bonita ciudad. Si, alli donde nos dimos nuestro primer beso en un anaranjado atardecer y nos prometimos querernos y cuidarnos para toda la vida.
Por cierto, quiero que sepas que llevo esa camisa a rallas que me compraste porque pasaste por aquella tienda y te encantó. Realmente nunca te dije que no me gustaba demasiado, pero ¿y qué es si no el amor que llevar algo que a tu otra parte de corazón le fascina?. La llevo un poquito arrugada, como mi alma por volver a verte hoy.
Mientras caminaba, andaba pensando que seguro me harías esperar, y es que echo quizá en falta esas medias horas -por lo menos- que tenía que estar debajo de tu puerta, y cuando venias y con una sonrisa y un “me costó ponerme más guapa para ti” solucionabas. A fin de cuentas, se que lo hacias para mi, ya que cualquier otro día ibas menos arreglada y eso hacia que me sintiera especial, y con un beso me ganabas -otra y otra vez-.
Me senté en ese banco debajo de tu casa donde siempre te esperaba. Donde los niños jugaban y los adolescentes un poco más escondidos daban sus primeros besos robados. Donde aún tienes la moto -ya semiabandonada- que habías cambiado por tu nuevo coche con uno de tus primeros sueldos de tu recién trabajo, después de tus seis años de carrera. Aún recuerdo ese año perdido por la muerte de tu abuela, que te costó superar. Como contrapartida, nació el primer bebé de tu hermana, que se llamó como tú, Rocio, y que como gota de amanecer vino a despedir una pena, por una nueva primavera. Por fin sonreiste y por fin, proseguiste, porque la vida sigue.
Esperé en el banco la media hora, allí pasaban los interminables minutos y no te vi bajar. No quise ni quiero pensar que no lo harás jamás. Bajó tu padre, y con cara entristecida me saludó de lejos. Después de un par de segundos inmovil, como queriendo transmitirme algo sin palabras, decidió proseguir su camino. Anocheció y por fin decidí irme, pero volveré. Porque volveré a esperarte, allí, en el regazo de tu casa, entre los dos naranjos, la quietud de una tarde de verano y mis sentimientos hacia ti.
Aquel día -hace un año ya- que decidiste irte de mi vida, en aquel fatídico accidente, todos te enterraron y te lloraron, menos yo. Mi amor, ayer me ofrecieron un trabajo en otra ciudad, venía también a contarte esto, pero quiero que sepas que cada semana prometo volver, para ver tus naranjos bajo tu ventana y esperar a que un día te decidas, y por fin bajes, y volvamos a estar juntos esta vez para siempre. Por favor no me olvides.
Nota.- Cuando viajes, ten cuidado en la carretera. |