El reloj marcaba las 23.45, y ella aun no sabia como escapar. Los demas habitantes de la casa dormian; nada se oia, a excepcion de un ligero silbido. La muchacha supo de inmediato de donde provenia: era Ciriaco. Damiana intento con desesperacion abrir la ventana, pero el candado cumplio perfectamente su funcion. El silbido se escucho otra vez, ahora un poco mas claro, tratando de semejarse a un simple pajarito nocturno.
Damiana no se atrevio a emitir respuesta, temerosa de depertar a su padre. Sin saber que hacer, se tendio en su cama, aun con el silbido de esos labios tan queridos resonandole en sus oidos, pero ya nada se escuchaba. Llorando se dio por vencida, perdio las esperanzas de huir; estaba segura que el plan fraguado con tanto entusiasmo, miedo y amor habia fallado.
Silenciosas lagrimas caian por sus mejillas y humedecian la herida que le latia en el rostro. Recordo entonces como fue que Ciriaco habia llegado a su vida: una tarde de primavera, hacia ya dos años, se miraron y cada uno supo con quien queria envejecer; se buscaron y se encontraron; se odiaron y se amaron nuevamente; se adoraban a escondidas cada vez que la ocasion se daba.
Los pensamientos de Damiana fueron interrumpidos por un ruidito proveniente de la puerta: "clic"; y la puerta se abrio.
Damiana se alegro al ver alli al rostro amado.
-¿Estas loco?- susurro al mismo tiempo que lo abrazaba fuertemente.
- Por vos estoy loco - dijo el muchacho.
-¿Como entraste?
- Despues te explico, ahora salgamos de aca, antes que... ¿¡Que tenes en la cara!?
- Mi padre estaba furioso - respondio Damiana tocandose la herida.
- Ya me va a escuchar... - dijo Ciriaco, casi fuera de si. Damiana lo detuvo.
-¡No! Debemos irnos...
Damiana busco sus cosas, tomo la mano de Ciriaco y se dispuso a partir. Corrieron por el vestibulo y salieron a una amplia sala, atravesaron otro pasillo, bajaron las escaleras y dieron con una cocina pequeña, la cruzaron y al fin salieron a una galeria que daba al patio interno; fueron hacia el otro extremo y encontraron un pequeño porton que daba a la calle, lo saltaron, pasaron por un angosto pasillo y al fin estuvieron en la vereda. Damiana antes de salir miro melancolicamente a aquella fuente que se imponia en el patio interno; supo que jamas volveria. |