Cada vez que meto un ojo por mi ombligo para husmear en mi interior, me asusta la soledad de las habitaciones que encuentro y cuando llego a la boca, escapo en el aire, para robar migajas en las plazas y así construir una bolita que me alimente de ideas, de ésas que la gente tira en los cestos y yerran, quedando dispersas sobre el césped, al lado del cartel que dice “no pisar”.
Recubierta del rocío de las estrellas, vuelvo a mi interior, giro horas con mi traje de bailarina prestado y salgo por mis dedos, quizás tratando de atrapar una caricia que me inyecte calor.
A la noche, pongo un gato sobre mis pies, que me mira con ojos de esmeraldas y pienso que el gato tiene más vida que yo, entonces lo tiro lejos, porque temo que lo contagie mi “sinvida” o quizás porque temo que me contagie su “convida” y comience a maullar por los tejados a la luna.
A la mañana el cartero me tira un pétalo, nunca una carta, ese cartero parece de papel, un muñeco pedaleando una bicicleta que se desliza sobre un hilo que esquiva mi puerta y se mete en el buzón de los vecinos.
A la tarde, asomo mi cabeza por el ascensor y miro el hueco, en el fondo una rata me saluda y me invita a tomar el té. Me enrollo junto a mi sombra y giro hacia una mesa, busco un espejo, un lápiz labial y escribo SOCORRO.
María Magdalena
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