Cuando recién llego de Australia Laureen quería comer un churrasco con papas fritas. Con Kim un muchacho argentino pero de padres coreanos decidimos llevarla a donde Ferrer se inspiro en componer Chiquilín de Bachin un magnifico tango que inmortalizo la música de Astor Piazzolla. Sobre los enormes ventanales que dan sobre la calle Sarmiento de espaldas al tránsito estaba sentado yo, a mi frente Kim y Laureen. La charla era amena, todo era novedad. Por años ambos nos habíamos comunicado por chat, ahora lo estábamos haciendo personalmente, ya que a Kim si bien éramos del mismo barrio de Buenos Aires, no lo conocí hasta ese día. Mucho más joven que yo y locuaz me ayudaba un poco con el ingles nasal de Laureen y su castellano australianizado, que en realidad formábamos una mesa, muy animada y amena, ya que nos reíamos y divertíamos como locos. Cuando llego el bife y las papas fritas el mozo no había tenido otra cosa que hacer que ponerle dos rigurosos huevos fritos, es decir a caballo, así que el plato lucia como para la última comida de un condenado a la horca. Nos reímos mientras veíamos a nuestra delgada amiga comerse, palmo a palmo, la totalidad del plato. En un determinado momento, frente mío, veo venir un hombre de unos cuarenta años y noto en su cara como una mueca de dolor. Supuse que se había torcido el tobillo. El avanzo un paso más, y abrió la boca como para expresar un grito de terror, temí por nosotros, el transito, las pequeñas calles de la ciudad, el volumen de los colectivos, yo tenía conciencia de lo que ese hombre estaba viendo y lo horrorizaba. Algo terrible estaba por suceder. Igual no freno su paso, vi como toda su cara se desencajaba, mi corazón se helo, pensé en Kim y Laureen y en el corto proceso de nuestra amistad. La catástrofe inminente que es rostro delataba, se acercaba sin prisa pero sin pausa, ya su rostro estaba totalmente tapado por las palmas de las manos como si lo inevitable fuera irreversible, cuando al pasar justo, justo frente a mi lado sentí un desencajado “…..atchussss…….”. Respire hondo tratando de que mis interlocutores no se dieran cuenta de lo que me sucedia. Seguí charlando normalmente, no quise alertar a mis eventuales contertulios del peligro mortal por el que habíamos pasado. Lo cercano que habíamos estado de la muerte, y como la felicidad de un momento se trastoca en una locura, en un instante. Un colectivo de la Línea 86 siguió por la calle Sarmiento luego de detenerse en Montevideo. Bajo una señora, el humo del gas oíl, mata más que mi miedo. Laureen volvió a Australia como un mes después sin saberlo, Kim, quizás algún día se lo cuente, no merece no saberlo. |