I. Depresiones
La vuelta de José a la vida real fue a eso de los 17 años, cuando en una cama para uno, dentro de un cuarto lleno de muñecas, conocía por primera vez el cuerpo fértil de una mujer, sus pechos como dos pequeños bultos coronados por dos pezones rojizos, llamaban de manera especial la atención del excitado muchacho, la música de fondo, las luces desde la calle y el sonido de los carros lo hacían sentir libre, único, vivo, hombre al fin y después de tanto tiempo.
José nunca notó, al menos como su preocupada familia, que desde el día en que su padre murió, Él, de alguna manera, también dejó de vivir, quizá para olvidarse de todo.
Antonio, el padre de José, cayó por un par de balazos, concluyeron los forenses, uno que le destruyó como burla la entrepierna, otro que para dar un toque de horror completo, le voló la piel de la cara, desocupándole las cuencas de los ojos, dejándolo para siempre con la mueca de sorpresa del hombre al cual le despedazan el alma al tiempo que la carne.
Quizás José pudo haber afrontado la muerte de otra manera, fue posible que como otro niño hubiese llegado al funeral de su padre con la cabeza gacha, con sollozos inaudibles y con la madurez que viste a todo infante cuando lo sorprende la inmortalidad, un traje negro de paño sofocante, sus ojos enrojecidos, sus manos enjugadas con la salinidad de su cara, sus zapatos brillantes de charol desde donde se refleja a la inconsolable abuela, a la melancólica estatua de sal que ahora es la esposa, que le entregó su vida, abnegada, sin pecados, sin mentiras.
Todo pudo ser potencialmente así, como fue narrado en las líneas que preceden a estas, pero la vida es endeble y somos masas que apenas se mueven, que dependen de golpes desde el escoplo, de caricias desde los dedos, de nuestros propios cuerpos, millones de potenciales esculturas que caminan mientras que moldean y son moldeadas, descartando nuevos ángulos, o tomando nuevas trazos, texturas que se forman por el contacto de la piel de otros, son únicas en la medida en que son la impureza de las muchas otras que al contacto forman surcos que en los otros fueron salientes, salientes que en los otros serán surcos.
Nuevas depresiones y relieves esperaban en las manos de Antonio a ser impresas en la enflaquecida estructura de José, golpes certeros que en la mañana de un domingo se asestaron con precisión en el mismo lugar que el padre, con sangre de la cabeza hasta el pecho, de la entrepierna hasta el asfalto, impartía una última lección sorda. José lo encontró abandonado y en ese instante Antonio, aunque muerto, lo moldeaba, como a una masa indefensa, taladrándole el alma al mismo tiempo que su despedazado cuerpo alcanzaba la sequedad y la rigidez tan propia de las obras terminadas, de los cadáveres.
Pasaron años antes de que José volviera a sentir un contacto en su hambrienta piel. Todo su cuerpo, lánguido hasta ahora, se crispaba en un estertor irresoluto de avidez, él se desnudó con torpeza, mientras que ella, ya casi desnuda esperó a que el cuerpo huesudo, tembloroso y húmedo la hiriera de alguna u otra manera dentro de la sutil violencia del sexo, él sin otro supuesto, lo hizo, y acudió a la escena la sangre, que descendía por las piernas, enredándose ahora como antes, en los mismos surcos que Antonio labró años atrás, sanando con tibieza los espacios dolorosos que su padre sin piedad rasgó, dando nuevas formas a las heridas, nuevos contornos a su piel, abriendo cauces en donde antes habían relieves, lomos que luego serán cauces, sembrando vida en donde hasta ahora solo hubo frío de muerte.
Dos figuras esculpiéndose la una a la otra, recibiendo de huellas ajenas, las hondas hendiduras del placer. |