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Carne, Relieves y Depresiones (II. Relieves)

II. Relieves

Le secó los labios de un solo beso y la abrazó, no sabemos hace cuanto esperaba este hombre por la trémula y húmeda llegada de la mujer, pero la simple intuición nos diría que era ya hace horas, pues la emoción con la que la recibió era de esa contenida por un tiempo, la que al liberarla sale con fuerza.

Afuera, la lluvia penetraba las casas con su sólido susurro, las gotas impactaban todos los techos y no había centímetro en ese lugar que no estuviese mojado. Adentro los cuerpos se mezclaban de a pocos, primero solo los olores, en los primeros momentos, en los cortos instantes antes del primer beso, ese contacto que podría juzgarse arcaico, el de las esencias. Luego de manera tímida los cuerpos, antes que los mismos sonidos, sinceros. Finalmente las palabras, torpes, mojadas, temblorosas, en los labios, en el viento.

ella lo volvió a abrazar, y el se abrazó a ella, lloró pero ella no se dio cuenta y como nadie más estaba ahí para presenciar ese extraño gesto que es nada frecuente en un hombre como él, podríamos decir que ese llanto nunca existió. El abrazo fue tan largo como para que al hombre se le secaran el último par de lágrimas, ese par que parece querer quedarse asido a los párpados, que se niega a salir, pero que es justo el último, el resto es llanto intrínseco.

Se sentaron e intentaron hablar, la habitación apenas si encerraba algo de luz, en cada una de las oscuridades sus respiros eran más notables al igual que su temblor, sus dientes rechinaban y roían los segundos restantes que eran muchos, miles, sus dedos se aferraban a sus manos, a las puntas, a los pensamientos del uno y del otro, danzaban, seguían al golpe seco del corazón tumbando el pecho, saltaban, corrían tras los rastros del deseo, las huellas diminutas de los pies descalzos de la lujuria.

El tiempo fue haciéndose a un lado, cansado de seguir sus agitados movimientos, el reloj postrado como un antónimo de la quimera entre los cuerpos, adentro en las piernas, afuera de los corazones, en los lomos de las almas, justo detrás de los cuellos, en cada punto sudoríparo; los más obvios, axilas, cuellos, espaldas; los más lúgubres, tras las orejas, en el doblez de las rodillas y los codos; los más bellos, en medio de los senos, sobre sus labios.

Cada uno ponía en medio un trozo de alma para que finalmente, enajenados ambos, se sintieran uno solo, una sola boca que mordía vehemente su propia piel, con deseo y rabia entre los dientes, con cosquillas en el accidentado tejido palatino, los brazos celosos en una lucha incansable por retener el cuerpo dentro del espíritu agitado y gimiente, apretando las manos entre las sábanas, negándose a volar.

Cada silueta en la habitación se enjugaba de una desvanecedora luminiscencia blanca, la mirada de los cuatro ojos era irreal, y lo que percibía cada uno pertenecía a los sentidos que no están contemplados en los viejos y nuevos libros de anatomía, historia, biología, lógica, matemáticas o física; pájaros que volaban libremente dentro de las cuatro paredes, rayos de colores y sabores cítricos en la punta de los dedos, imágenes de los segundos posteriores que se sentían como recuerdos en la memoria de corto plazo.

Ahora vemos a los amantes, con la respiración desecha, los ojos desorbitados, los dedos inermes, el abrazo desnudo, las luces lóbregas se derriten como cera sobre la redondez de los hombros, el desafiante y abrupto ángulo del iliaco, que se asoma tras la piel, los no menos hermosos talones y un lunar solitario anclado a un lado del tobillo derecho de la mujer. El hombre llora por segunda vez sin que nadie lo note, con una única lágrima que va a descansar entre el pelo de la mujer y las fibras de las sabanas. Y las gotas de nuevo con un sólido susurro, sobre los relieves vuelven a llover, negras como el cielo indescifrable.


Texto de Anonimoasesino agregado el 06-04-2008.
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