III. Carne
De lado al lado de la calle cruza un improvisado riachuelo formado por los restos de lo que fue una tormenta, los pasos agitados de una mujer de silueta elegante se clavan con desdén en los innumerables charcos de la acera, la neblina que se levanta acompasada por la melancolía de la noche, va siendo sesgada de apoco por el avance de las sombras y las luces amarillentas de la calle, no se ve un alma diferente.
La mujer sigue su impetuosa marcha, con sus zapatos de tacón, un pantalón ceñido que nos permite admirar y desear sus muslos, una chaqueta corta, una bufanda que se arremolina en su cuello, enredándose de manera celosa con su pelo negro y completamente liso que le llega hasta las paletas en la espalda. Viste toda de negro, se resalta su rostro lívido, el único trozo de piel descubierto, sus ojos enigmáticos, tan tristes y fríos como la misma noche.
A mitad de la cuadra la mujer dobla a la derecha y se interna en un callejón, dos edificios de ladrillo, mohosos y húmedos rodean el pasadizo, del muro de la derecha se desprenden unas escaleras herrumbradas y frágiles que permiten el acceso a un pequeño departamento, al cual la mujer sube con sigilo y destreza, con la suavidad que se espera de quien no desea despertar a los vecinos. Abre su bolso de cuero negro y saca un par de llaves, desliza una de ellas en la cerradura y con un giro abre la puerta, todo en un silencio justo.
Adentro, el vestíbulo está inundado de un aire calcino, la mujer se sienta en el brazo de un sillón que está a la derecha del umbral que acaba de cruzar, cierra con cuidado la puerta y se descalza dejando ver unos pies hermosos y blancos que resplandecen con la luz mortecina y desfallecida que brota de una pequeña lámpara a un lado del sillón. Poco a poco los ojos se acostumbran a la parca iluminación, se distinguen varios cojines en el suelo, una alfombra verde y algo raída, un montón de libros con las hojas carcomidas y las tapas de cuero negras y mudas, un teléfono de disco, verde también como la alfombra, con gotas secas de pintura blanca, que por un descuido, salpican la espiral negra que une el auricular al resto del aparato, y extienden su patrón punteado por un televisor de dos perillas, cuatro patas y una antena en V que se despega inquisitiva como los receptores de un insecto.
El espacio en el recibidor es reducido, desde la esquina la mujer con la mirada perdida descansa de su caminata y del frío de la noche, que con su humedad le ha arrugado la punta de los dedos de los pies. Totalmente deshecha se deja caer en el sillón, hundiéndose vencida entre el cojín vetusto y generoso, sus brazos colgando al lado y lado del mueble, sus piernas extendiéndose casi hasta tocar el gigantesco televisor. Sus ojos fijos en el cielo raso parecen buscar algo entre las sombras de la madera, pero al mismo tiempo expresan la resignación de quien sabe que no va a encontrar nada. Una mueca de miedo le desfigura el rostro en una expresión que nunca nadie podrá ver, una cara desamparada que solo le muestra a la soledad y a su silencio confidente.
Un poco reconfortada, la mujer se levanta, toma su bolso y deja sus zapatos justo al lado de la puerta. Caminado con sus pies desnudos sobre la alfombra se interna por el estrecho corredor que comunica a la salita con el resto del departamento. La primera entrada a la derecha permite ver una cocina descuidada, luego, dos pasos adelante, un espacio a la izquierda hace las veces de depósito, un último acceso a la derecha une el baño con el corredor y al fondo el dormitorio se extiende hasta los límites del edificio, es el cuarto más grande de todos. La mujer entra, y aun sin prender la luz, llora callada y de pie, aprovechando la oscuridad.
Por entre una ventana en medio del techo se cuela un tajo grande de luz grisácea y que cae directamente de la luna, no hay nubes en el cielo, ahora solo son bruma sobre el asfalto de la empapada ciudad. El rayo gris que entra perpendicularmente deja ver las siluetas desnudas de dos cuerpos, que abrazados duermen imperturbables. La mujer con los ojos húmedos toma nuevamente su bolso negro y saca un par de pistolas, tal escena nos parecerá absurda, trastornada, pero está guiada por la razón y la lógica más fría que se ha podido desprender de la hermosa mujer que ahora es una asesina, así sus ojos lloroso nos digan otra cosa.
Armada y con sus índices tensos sobre cada uno de los gatillos, la mujer con una serenidad, que no esperaríamos de la niña lánguida sobre el sillón del vestíbulo que era hace unos minutos, alarga el brazo derecho y con el codo enciende las luces de la habitación. La incandescencia amarilla de las bombillas arremete como fuego sobre los párpados de los durmientes, quemándoles los sueños y atrofiándoles los ojos, que se abren mostrando una oscuridad total y que de apoco van construyendo la escalofriante escena que aguarda frente a sus bocas cerradas.
De los dos, el primero que logra concebir la certeza de los cañones es el hombre, que a diferencia de su amante, no procura en cubrir su desnudez, sabe que la mujer de negro que ahora apunta lo conoce completamente. Mientras tanto la mujer desnuda, al principio callada y luego al borde de asfixiarse en sollozos, apenas puede entender el problema, le es más difícil encontrar una salida, una improvisada solución y por ahora solo le es claro pensar en su muerte, qué cosas se quedan atrás, y son pocas, quién llorará con su deceso, y piensa en el hombre al cual puede ver pálido y petrificado por entre el rabillo del ojo.
Ahora que son tres los que callan, el silencio que inunda la casa se torna más denso e insoportable, los vagos gimoteos de la mujer desnuda son lo más parecido a palabras, pero lo único que hacen es volver aun más tortuosa la mirada fría y desdeñosa de la mujer de negro. Con una palabra que parece arrancada de las vísceras del hombre, rasgando y trepando la garganta, sale un lamento estúpido, un “No”, seguido por el nombre de la mujer de negro, que más parece un clamor de misericordia, una súplica de piedad que desde los labios sale ya derrotada.
Ella con indiferencia libera el primer disparo de la pistola en su mano derecha, justo en la entrepierna del hombre, destruyéndole completamente la carne, que abierta empieza a sangrar copiosamente, manchando las sabanas y la alfombra verde. El dolor lo hace desmayar sobre la cama, donde antes de caer lo alcanza un segundo tiro, que subiendo por el maxilar inferior quebrándole los huesos le abre verticalmente la boca, le despedaza la nariz y le desocupa la cuenca del ojo izquierdo. Sin distraerse por el chorro de sangre que va aumentando su cauce, la mujer de negro le da la pistola aun caliente a la mujer desnuda, mientras que con la otra le apunta obligándola a poner en su boca el cañón tibio, y luego a disparar.
Sin preocuparse por la luz abandona los dos cuerpos ensangrentados en la cama, guarda el revolver sin utilizar en su bolso, vuelve por el corredor y al llegar al vestíbulo se pone sus zapatos, luego de salir cierra la puerta y baja las escaleras herrumbradas con el mismo mutismo con el que las había subido. A la salida del callejón gira a la derecha, camina sin prisa, dos calles más adelante deja caer el revolver, que nunca estuvo cargado, y las llaves del apartamento por una alcantarilla. la vemos desaparecer entre la bruma, no se ve un alma diferente.
En el departamento el hombre aun vivo respira por entre la sangre y los trozos de carne sin piel, quemados y expuestos, que le cubren la cara, llorando y a tientas avanza por el corredor, e intenta marcar en el teléfono de la salita el número de emergencias, pero su mandíbula abierta no le permite articular ninguna palabra, la lengua se encuentra pegada apenas por unos hilillos de músculo y su paladar está destrozado. Abre la puerta que da hacia la calle y baja las escaleras, detrás de él una huella sanguinolenta va marcando la senda agonizante. Al llegar a la boca del callejón voltea a la izquierda, ve una luz amarilla al final de la cuadra y empieza a caminar hacia ella, sus piernas sienten un hormigueo que asciende desde el asfalto hasta detenerse como puntadas en la herida a la mitad del cuerpo. Cada ataque de dolor se libera al tiempo que afirma el pie en el suelo y se intensifica a cada paso, hasta que se convierte en una lanza que lo atraviesa entrando por el cóccix y parando en el esternón, que lo deja caer derrotado en el asfalto, arropado por la niebla.
Es domingo, el sol empieza a evaporar los restos de agua sobre la calle. Con la luz apenas tibia alguien encontrará el cadáver. |