Era una lluviosa noche de verano en la capital. Desde la ventana de su lujosa suite de hotel, para él las personas en las calles eran horrendas cucarachas que corrían a esconderse en todas direcciones. Abrió la ventana para echar fuera su último cigarro. Llevaba días lloviendo y el aire estaba límpido y fresco.
El negocio estaba hecho. Seguramente conseguiría el puesto. Prendió la televisión, en busca de un buen partido de fútbol. No lo había. Encendió la radio pero estaba la hora nacional. La apagó inmediatamente. Acarició su abultado abdomen, ya se había comido todo lo del frigo-bar. Se sentó en el sillón y cerró los ojos. Luego los abrió y notó una Biblia en la mesilla de noche. Caminó hacia allá, tomó el libro y se aplastó de nuevo en el sillón. Mientras hojeaba distraídamente el sagrado documento, de pronto pareció animarse y descolgó el teléfono.
-¿Recepción?
-Sí, buenas noches, señorita… ¿Tienen horario de vuelos a Monterrey?
-Pues no, ¡lo siento!
-No importa, gracias… Por cierto, ¡qué voz tan agradable tiene usted!
-Oh, gracias…
-Debe ser indudablemente muy bonita, ¿a qué hora termina su turno?
Comenzó entonces una larga retahíla de palabras que tenían la única intención de invitar a la poseedora de aquélla agradable voz a tomar una copa a su habitación. Las palabras surtieron efecto. Cuando le abrió la puerta, se decepcionó un poco. Le pareció algo fea. Pero cuando pasó a su lado, advirtió enseguida toda la sensualidad que se ocultaba tras aquél traje beige. Aquella fémina poseía una voluptuosa e intrigante geografía, llena de valles y montañas que clamaban ser exploradas incansablemente, eso era seguro. Avanzó hacia la mujer. Le alzó la falda con una mano y le miró las piernas. Tenía unas piernas increíbles, todo músculo y carne. Ella le miraba paralizada. La sujetó mientras ella dejaba caer su bolso. Luego, él apoyó la boca en aquellos labios. Se abrieron. Bajó la mano y le alzó más la falda. Sin dejar de besarla, le quitó la tanga, como todo un maestro. Aquella diminuta prenda llenó la habitación con todo el aroma de la lujuria. Luego, la cargó de frente y se dirigió al dormitorio. Toda la noche fue de apasionados jadeos y muslos palpitantes, no durmieron.
En la mañana, él se incorporó de la cama y comenzó a buscar su pantalón. La telefonista despertó, y al verlo, con ojos risueños, le dijo:
-¡Pero qué noche! ¡Me cogiste de una manera increíble! ¡Quién me iba a decir a mí que iba a terminar en la cama contigo! Si apenas nos conocemos...
Él sonrió maliciosamente.
-Pues yo lo sabía. Está escrito en la Biblia.
-¿En la Biblia?– ella estaba asombrada, llena de curiosidad- ¡Qué me dices! ¿En qué capítulo? ¿En qué versículo?
Él fue por la Biblia. Se sentó a un lado de ella. Abrió la primera página.
- No, no, aquí justamente…
Alguien había escrito con escandalosa pluma roja y elegante grafía:
LA TELEFONISTA DEL HOTEL COGE !
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