Tenía 5 años perrunos. Era de color canela y respondía al nombre de Nelly.
Su dueño, cansado de ella, la llevó a una clínica para pincharle la letal. Decía que la tenía en una cochera -de ahí a su miedo escénico a los coches- pero no podía continuar manteniéndola, que le daba muchos problemas .
La hermana de por aquel entonces mi novia, estudiaba veterinaria y me habló de ella. Cuando la vi, me pareció una ratita presumida. Me miró y no creo que le gustase mucho. Ella a mi tampoco.
Pero de camino a casa, algo me impulsó a recogerla, probar a tenerla unos días. Me di la vuelta, y sin pensármelo dos veces, la presenté a la familia.
Ella, recuerdo que estaba un poco aturdida cuando llegó a casa. No reconocía como suyas tantas fiestas que les hacíamos, y recordaba con añoranza los escasos días que había estado en esa clínica, a fin de cuentas, había estado más a gusto que en aquel terrible lugar donde vivía anteriormente, lleno de coches, ruídos de claxón y grandes peligros. Sabía que si conseguía un hilo de libertad, se iría…
A los tres días, decidí soltarla, parecía que se iba acostumbrando a su nueva casa, a sus nuevos amigos, pero le notaba en los ojos que algo guardaba…, efectivamente cuando menos me lo esperé, salio corriendo hacia algún lado… desconocido.
Corrí y corrí y llegué a perderla… ¿solo tres días y ya perdida?, no sabía hacia donde había ido, pero algo me indujo a pensar… vete para la clínica…
Y allí estaba aterrorizada, en la puerta, queriendo entrar… sus nuevos dueños -nosotros-aún no habíamos entendido que ella vivía a gusto, y no quería más cambios.
Se dejó coger, bajó su cabeza esperando el golpe, pero recibió caricias. Creo que a partir de ese momento, ella comprendio que nada iba a ser igual.
Tuvo un novio, Sultan. Era demasiado grande para ella, pero aún así se dejaba lamer hasta dejarla empapada. A ella le gustaba, sabía que era una historia de amor platónica, pero disfrutaba. Vio como a él en días de truenos, le invadía el miedo. Ella, se mostraba impasible.
Mejoraba de su alergia al sol. Comía mejor, dormía mejor, y era el animal perfecto. No daba ruidos, no daba problemas… y era cariñosa. Lleno de luz la casa.
Cuando Sultán murió, a ella empezó a darle miedo los truenos. Heredó ese miedo y cada vez se hacía más peligroso, corría a casa sin mirar para cruzar -creedme si os digo, que en condiciones normales, miraba-.
Poco a poco se fue convirtiendo la reina de la casa. Comía como una reina, vivía como una reina y se comportaba como una señorita con grandes modales.
Pero el tiempo pasa y envejecemos. Tenía ya demasiados años. La vista la tenía mal, tenía infecciones en la boca y en el estómago. Apenas podía comer, y lo que comía por dolor al masticar, se lo tragaba. El veterinario, -muy a pesar de Nelly- ya era amigo de ambos -mio y de ella-. La penúltima vez que la vio, nos comentó que no nos preocupásemos, que ella era una perra feliz.
Un día, cuando abrí la puerta de la casa para entrar, no vino. Comprendí que algo estaba pasando. Se quedó por el pasillo, quieta, no podía moverse del dolor. A pesar de eso, intentó en vano acercarse para darme el “hola” cariñoso. Supe que algo muy malo estaba pasando.
Se dejó acariciar a pesar del sufrimiento insoportable. Lamió mi mano, y me sonó a despedida.
Llame a un veterinario de urgencia, -maldito sábado!- era de noche, pero vino. En cuanto la vio, puso cara de pocas soluciones.
No me dijo nada, tan solo le dije;
- “Haz para que no sufra, que no se de cuenta de que le duele”. Le pinchó morfina. Ni se quejó.
Cuando pasaron dos horas, parecía contenta, parecía feliz, sonreía. Era muy de noche, decidí dormir.
En la madrugada, me desperté. Mi hermana, inquieta, se levantó conmigo. Entré al salón para visitarla, para ver que en su cesta dormía placidamente.
Le dije a mi hermana que no entrase. Iba a ser duro para ella. Iba a ser duro para todos.
Murio placidamente, lo se por su sonrisa.
Hace ya bastantes años de esto, pero no dejo de recordar a esa pequeña estrella que iluminó en casa durante mucho tiempo. Aún hoy en día cuando brindamos con champán algún acontencimiento, la busco. Se que ella disfrutaba mucho con el tapón.
Hizo su última trastada… se fue. Eso me costará perdonárselo. Lo se.
Si hay un cielo para perros, se que ella estará allí, y ya habrá dejado de tenerle miedo a los coches y a los truenos. Estará con su novio Sultán, y continuarán eternamente, esa bonita historia de amor.
Nota.- Cuiden a sus animales. |