La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - mjr10 - 'Discúlpeme señor…Discúlpeme señorita'
Discúlpeme señor…Discúlpeme señorita
Discúlpeme señor…Discúlpeme señorita
Rodeó con su dedo mayor varias veces la cucharita de metal opaco del posillo, afilaba el aire, el café amargo oscuro no había sido bebido, ya frío moría virgen e intacto. El bar tiene forma de L, no mas de quince mesas de maderas cuadradas en la cual lo mas recomendable es ocuparla de a dos, mantelitos rojos que caen en punta, sencillos y lisos. Sus codos parecían hundir la mesa. Yo en la mesa de siempre, la que da a la ventana para que entre la luz primera del día, leyendo el diario con mi desayuno de invierno frente a ella. Café con leche y tostadas que eran acariciadas por mermelada de higo. A las ocho de la mañana solo van viejos como yo que ya no tienen que hacer en su casa, algunos que otros hacen tiempo ante de su jornada laboral, pero es una hora donde la concurrencia es menor. Esa joven era una linda intrusa. El reloj de pared redondo de marco negro marcaba exactamente las ocho y veinte y la aguja grande del segundero cruzaba la mitad de su viaje cronometral. En un descuido de observador dejé que me mire a los ojos en un movimiento rápido y directo hacia mí, burlo mi sagaz atención y me introdujo brevemente en su alma. Escondí mi vista con el diario, y con algo de vergüenza y lentitud la volví a sacar para mirarla pero ya estaba cabizbaja. Tal vez hubiera sido mejor que siga mirándome aunque yo quede delatado como un observador que no pide permiso, porque al verla así como una rosa que se deshoja en plena primavera, me dio pena ajena. Un cardigan beige liviano como alas de mariposa, tajeado se abría al medio con sus botones desabrochados, allí asomaba una polera blanca de yérsey, una falda color nuez que permitía ver sus rodillas delicadamente circulares, zapatos formales al tono. Su cabello descendía en redondeles bajo sus hombros, color miel oscuro y brilloso como una madera recién lustrada. Suponía yo mal o bien que no debía tener más de veinticinco años. Inconcientemente cruce las piernas demostrando una coquetería señorial, mientras ponía cara de buen lector simulando una atención intelectual suprema a las noticias del día. Tomé una actitud rara, me sentí persuadido en ella, podría ser mi hija, pero algo despertó en mí, y no una actitud paternal. Porque una actitud de esa índole no tenia por que despertar en mi cosquilleos de hombre, que yo creía que habían muerto en mi recta final como hombre ante una mujer. Yo quisiera que esto que digo no sea parte de mi alegato, por que parecería que estoy justificando algo, no soy de sostener irresponsabilidades tratando de buscar culpables en otros, menos en ella, que nada tiene que ver con que yo decidí al tomar una postura de galán olvidado. Sigo, sentí rejuvenecer, de pronto mire mi buzo tejido verde, y me di cuenta que feo era, viste esos pulóveres que te hace tu esposa con un pucho que le sobró de la manta de una nieta, otro pucho de un saquito de algún nieto y así, cuello de un color, puños de otro. A esta edad a uno le pasa como cuando es niño delega la elección de la vestimenta, confía en la señora de uno. Dije para mi como reprochándome como no me puse el saco negro de pana o el azul Príncipe de Gales, y reflexione con la ligereza de un gato nocturno que mi vestuario debía ser renovado. Pero bueno así estábamos, me saqué los anteojos y los puse en el estuche de cuerina marrón, rápidamente los guarde en el bolsillo de mi camisa leñadora cuadrille roja y negra. Repase mi cabello cano con la palma de la mano, por suerte no había venido como otras veces con la gorra de corderoy de domingo, esas que un broche prende de la visera con la punta de la misma. Traté de tranquilizarme, porque de pronto mi pulso se aceleró, me encontraba a mis setenta y cuatro años como una liebre que sospecha tras los arbustos, atento a cada movimiento de la joven, y si ella se ataba el pelo yo cruzaba la otra pierna, era un partido de ajedrez, cada movimiento de ella respondido por otro mío. De repente noté que yo miraba el diario y si digo miraba es por que sin lentes yo no puedo leer, y pensé temeroso que no entre ningún conocido por que se daría cuenta de tal ridícula actitud en la que me encontraba. Inclusive noté que el mozo viejo conocido mío me miró distinto, pero me dejó, creo que percato todo. A todo esto vi como una cortina de agua caía y oscurecía la calle, vieron esas lloviznas frías que parecen eternas y duran varios días, bueno había comenzado una de esas inclemencias climatologícas. Y empezaron a abandonar el bar las pocas personas que allí había, por que coincidió también con la entrada de trabajo a los comercios. Temí que la joven también se fuera pero no fue así, anotaba algo en una agenda de cuero y parecía hacerlo con cierta dedicación. Hasta ese momento se me ocurrieron mil formas de abordarla pero temía quedar en ridículo, ya saben uno esta fuera de ruedo. Me sentí ágil aun que estaba sentado, hacia pasear los sobrecitos de azúcar de un dedo hacia los otros demostrando cierta destreza, queriendo trasmitir juventud. Es que yo me sentí joven, esa jovencita sin saberlo me había inyectado energía, su presencia, aquella mirada. Nosotros los viejos tenemos una vida mas pasiva, que paseos, visitas, lecturas, pero la sazón de la vida se nos va quitando, pasamos de ser actores a consejeros, y fué cuando sentí ese agradecimiento a la niña, y vergüenza por haber tomado una actitud que pretendía ser galante. Descolgué mi pierna de la otra y las puse firmes abiertas, y cuando junte valor para hablarle, se levanto y se fue con esa delicadeza de una mañana de primavera. Su partida que dejó una ausencia que me cacheteaba y un grito reprimido que salio, porque tendría que haberle dicho, porque sentí decirle:
Sabe señorita que usted me iluminó el día, sabe que nosotros los que somos de la época de las milongas e íbamos en bicicletas con broches en las botamanga para que no se engrasen con la cadena, nosotros que en nuestra época señorita el que no trabajaba en el correo lo hacia en el ferrocarril, como yo que soy jubilado ferroviario. Nosotros señorita que nos levantamos mientras todos duermen y con nuestros huesos cansado llevamos a la cocina unas cuantas cajas de remedios, para que lo que anda fallando se enderece, si usted supiera que cuando me miró me sentí observado como cuando íbamos a los carnavales con la muchachada al club social del barrio, sabe señorita que usted freno mi vejez, de pronto la detuvo, y me preocupé por mi ropa, mi cabello, algo que no hacia hace mucho tiempo, si ustedes los jóvenes supieran cuanto necesitamos de sus gritos, de sus sonrisas, de la companía fresca que nos dan, de que nos pasen al lado raudos, porque ya no podemos correr pero si verlos correr, por que vemos poco y a poca distancia, por eso señorita miramos a la cara por que apuntamos al rostro, al gesto, entonces esperamos una sonrisa de ustedes, una miradita a los ojos, como la que usted me dió. Nos hamacamos en el sillón de mi mimbre viejo y lustroso y dejamos que el viento tan viejo como nosotros nos acaricie y se cuele por nuestras arrugas, cerramos los ojos y nos vamos en el tiempo, y así somnolientos nos levantamos para caminar parsimoniosos y si algo se nos cae nos crujen los huesos cuando lo alzamos, nosotros los que ya venimos nos hace falta un poco de esa caricia juvenil que usted me dio sin darse cuenta.
Y cuando me despojé de ese agradecimiento hacia ella, sonreí tenue, sosteniendo la sonrisa y así me levante para irme. Cuando llamé al mozo vi que en la mesa de la jovencita había quedado un papel, quizás ese papel que ví escribir. Envuelto en sensaciones fuí hacia la mesa huérfana de ella, y recogí el papel, frené al mozo con un gesto de mano que no viniese todavía, y me senté casi tembloroso, aquel papel decía:
Sabe señor usted me iluminó el día, yo me hundía en la mesa cuando de pronto lo vi, vi su mirada, fue un segundo con extensión, solo un instante que perduró, vi allí en esos ojos de cristal armonía, y entendí que no todo es veloz, sabe señor nosotros los jóvenes necesitamos de ustedes, de sus pausas, nosotros ágiles vamos por el mundo a las apuradas buscando éxito, y creemos que lo sabemos todo, pero nos falta sabiduría esa que ustedes llevan, sabe señor usted influyo en mí, y hoy me voy un poquito mas grande, nosotros los que recién vamos necesitamos de sus tutorías constantes, una mano maestra que nos cure y enseñe, nosotros necesitamos de sus historias para alimentar nuestros espíritu, sabe señor disculpe por que esto no lo va leer jamás, soy débil y no tengo el valor de dárselo.
Leí esas líneas sabiamente sentado, por que mi emoción hizo que mis piernas flaqueen, mientras mojaba con dos lágrimas el papel, mis ojos parecían de agua, cuando de pronto sentí una mano sobre mi hombro incliné cautelosamente mi cara y vi un puño beige, me di vuelta y la vi a la joven con sus ojos de agua como yo, sostuve su mano con la mía.
Discúlpeme señor… Discúlpeme señorita.
Texto de mjr10 agregado el 07-04-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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