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Inicio / Cuenteros Locales / ernesto_heminguay / Laurita Loca (Parte tres yfinal)

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En el pueblo, cesaron los rumores, es más, la gente veía con agrado como se consolidaba el amor de esta pareja, como también, daba su aprobación la familia de Laura y ya pensaban en una futura y cercana unión de los enamorados.

Lo que nadie sabía, era que los fantasmas no lo dejaban en paz, muchas veces despertaba de madrugada y se dirigía a la isla seca, subía a la gran piedra y se aproximaba a la orilla de los caletones, unas grietas enormes que ocultan cuevas en lo profundo del mar, y cuando éste se adentraba en ellas, con toda su fuerza, producía un ruido como estallido de bombas, un estruendo infernal, en el cual, se daba cuenta uno del poderío del mar. Fue uno de esos días que Laura lo pasó a buscar muy de mañana al hotel y le dijeron que había salido y dejado dicho que iba a la Isla Seca. Un mal presentimiento le apretó el corazón y corrió y corrió en dirección al lugar señalado.

Qué lo llevó a saltar, nunca se supo, quizás sus fantasmas fueron demasiado para él, quizás los caletones parecían las trincheras que lo atormentaban en sus sueños. Lo cierto es que saltó al encuentro de sus fantasmas, para no ser encontrado nunca más. Muy rara vez, el mar devuelve a los que caen o saltan en él. Laura llegó corriendo, llamándolo desesperada, sin obtener respuesta. Se dirigió a los caletones, ya pensando lo peor, cuando de pronto apareció frente a ella, encima de una roca, muy bien doblada, la bufanda azul, esa misma bufanda de azul pálido que yo llegué a conocer y que ella, desde ese día, nunca dejó de llevar.

Unas horas después, unos pescadores que pasaban frente a la Isla Seca, vieron una niña parada frente a los caletones, sin hacer ningún movimiento, como una estatua. Dieron vuelta a la gran piedra, dejaron el bote, para ir a ver que pasaba y la encontraron: una hermosa muchacha que estaba mirando los caletones con una bufanda azul pálido al cuello, sin pronunciar palabra y con la mirada fija, totalmente extraviada. Había perdido la razón.

Muchos médicos trataron su locura, incluso, fue llevada a Europa, a la misma Francia de donde había salido su Alain. Pero, el diagnóstico siempre fue el mismo: su mente se había ido adonde nadie podía hacerla volver.

Yo la conocí cuando ya habían transcurrido treinta años, se había convertido en casi una anciana o a mí me parecía que lo era, a mis ocho años, a lo mejor eso creía. Nunca olvidaré, en las vacaciones de invierno de 1958, el 15 de julio, yo cumplía nueve años ese mismo día, era poco más de las siete de la mañana y yo había salido apresuradamente de la casa de mi abuela para dirigirme a la casa de una tía, hacía esto cada vez que mi abuela se preparaba para ir a la iglesia, lo que hacía dos o tres veces por semana y –lógico- mi hermana y yo, teníamos que levantarnos temprano para acompañarla. Sólo que en las últimas veces, yo despertaba más temprano, me levantaba calladito y rajaba para donde mi tía y allí me quedaba, hasta que llegaba la hora de volver a la casa a acostarme.

Esa es la razón por la cual yo iba saliendo del callejón que daba a la calle, a esa hora. Fue en ese momento, cuando vi a la Laurita Loca que iba por la calle, con dirección –me parecía a mí- a la playa. Un impulso me obligó a seguirla, lo hice a media cuadra de distancia, pero ella, en ningún momento pareció notar mi presencia. Era invierno y había comenzado a llover. Llegamos a la playa, yo, siempre a unos cincuenta o sesenta metros detrás de ella, pero no paró allí, siguió por la rambla que llevaba a la Isla Seca. No se detuvo allí, se paró en un mirador que estaba a medio camino, entre la playa y ésta. Allí estuvo un buen rato parada en la orilla misma del mirador que daba al mar, unos quince metros más abajo. De pronto, se saco la bufanda, la dobló cuidadosamente y, en ese momento, se volvió, sus ojos azules se clavaron en los míos, como dándome un mensaje y sonrió, por primera vez la vi sonreír. Ya no parecía una loca, sus ojos ya no denotaban esa locura que la acompañó durante tantos años. De pronto, se dio media vuelta y se arrojó al vacío. Yo no lo podía creer, corrí hacia el mirador y miré hacia abajo. Sólo el mar furibundo imponía su presencia arrolladora, en ese lugar.

Nunca la encontraron, vinieron buzos táctico de la Armada, los mismos buzos de Zapallar, buscaron durante días, sin resultados positivos. Nunca apareció.
En cuanto a mí, no sé cuanto rato estuve parado allí, pero el asunto es que había comenzado a llover muy fuerte y cuando me encontraron totalmente empapado y me llevaron a la casa, me pasé el resto de las vacaciones en cama, con fiebre y una gripe que no me quería abandonar. Además, los retos de mi abuela, que me recordaba a cada momento mi desobediencia.

Hoy, que han transcurrido cincuenta años, quise escribir esto, no como un homenaje hacia ella, sino como una forma de descargar ese sentimiento de culpa que he sentido desde que supe toda la historia. Laurita Loca, donde quiera que estés, perdona la crueldad de un niño inocente que pensaba que era divertido burlarse de ti.



F I N



Texto agregado el 07-04-2008, y leído por 11 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2008-08-25 21:40:32 Es un cuento nostálgico, con aires de surrealismo y misterio. Bien diseñados los personajes y el final, de película: largo y enrollado, jaja, noooo, muy de película, en el sentido de esas películas italianas en la época del neorrealismo. Mis estrellas por este trabajo que tiene mucho también de autobiográfico... gui
 
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