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MANICOMIO

Encerrado en la celda de aislamiento, Juan sabía que solo un milagro podría sacarlo de allí. Aún recordaba el casco de electroshock y las descargas en sus sienes. Le llamaban inadaptado porque no tenía un trabajo ni una mujer. Los trabajos no solían durarle mucho, pues cuando los jefes se daban cuenta de cómo era, no solían renovarle los contratos. Y es que Juan trabajaba lo mínimo, simplemente para cobrar y cuando no le veían, se dedicaba a holgazanear. Y en cuanto a las mujeres, pues lo mismo, al no tener un trabajo fijo, estas ya no lo querían, pues nunca tenía dinero, así que solo se relacionaba con mujeres que fueran como él y que sólo pretendían divertirse. Hasta aquí no había motivo para internarlo, pero después le dio por pasearse desnudo por Grandes almacenes, pegar fuego a los coches y un seguido de excentricidades que lo llevaron delante del juez y este y un psiquiatra determinaron que debía pasar una temporada en un sanatorio mental. Y allí estaba, pensando como salir, aunque se iba dando cuenta de que le sería difícil si no imposible. Allí conoció a Esmeralda, una chica que después de un desengaño amoroso, se tiró desde un cuarto piso y sobrevivió, pese a romperse todas las costillas y las dos piernas. Luego fue utilizada como cobaya humana para un estudio de la universidad de psiquiatría. Le administraban un nuevo tipo de medicina experimental que le bloqueaba los impulsos. Esmeralda le explico que una vez al mes la exhibían delante de toda el aula de psiquiatría y los estudiantes la observaban con curiosidad. Juan y Esmeralda llegaron a intimar entre sombras, cuando los vigilantes se iban a fumar un cigarrillo. Tenían una relación simplemente de intercambio de caricias y besos. Pero a diferencia de él, Esmeralda no quería huir. Y eso a Juan le violentaba. El si huiría, lo intentaría por todos sus medios. Quería volver a caminar por la calle, ir a la playa. El resto de los inquilinos de ese hospital, estaban realmente mal, muchos no hablaban, babeaban debido a los calmantes, con la mirada perdida, se paseaban por las salas de juego que había para pasar los días. Finalmente decidió inventar un juego, jugaría a estar sano, a ser sensato. Respondería a las preguntas de los psiquiatras con monosílabos y les haría creer que se había adaptado. Que él quería cambiar. Deseaba salir de allí, trabajar toda la vida en un supermercado, encontrar una novia, casarse y tener hijos. Finalmente los psiquiatras le llevaron otra vez delante del juez, como ejemplo de curación. El Juez le preguntó por sus intenciones y el repitió la cantinela que se había aprendido de memoria. El Juez le dio la libertad no sin antes advertirle que la próxima vez no habría salida. Juan salió, fue a casa de su madre, que le acogió con los brazos abiertos. Por la noche, mientras sus padres dormían les robó su coche y se fue rumbo al mar. Nadie más lo volvió a ver. Dicen que cuando baja la marea, se ve un automóvil oxidado al lado de la escollera.


Texto de aristofeles agregado el 09-04-2008.
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