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Inicio / Cuenteros Locales / Aristidemo / La familia, la propiedad privada y el amor (Telenovela)

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para el ojo que desde ayer me falta







El viento se metió bajo su falda y un ala de gaviota se formó sobre sus piernas. Trujillo la vio desde su escritorio, detrás del ventanal polarizado de su oficna. Ella se detuvo un segundo y trató de detener el vuelo de la falda llevándose una mano al muslo izquierdo. Trujillo tuvo la perspectiva más agraciada de aquel perfil, y las cifras referentes a los egresos del mes de mayo -que un segundo antes tanto lo ocuparan- se borraron de su cerebro. Ella y su vestido blanco volvieron a avanzar contra ese viento y ahora fue su cabello castaño el que aleteó como mantarraya. Era largo y abundante y Trujillo ignoró por completo la voz acartonada del intercomunicador que le informaba: “Contador, lo busca su esposa”.
Justo en el momento en que se encontraba frente a frente con el cuerpo sentado de Trujillo, ella descubrió su propio reflejo en el cristal. Era joven, alta, esbelta y el viento sabía bien lo que tocaba.
“Contador... su esposa está aquí”.
Trujillo sintió tan profundamente la mirada de aquella hembra que una completa laxitud le deshizo el cuerpo. ¡Qué maravilla! Ella movió en cámara lenta sus largas piernas y el interior de la oficina se llenó por un instante de madreselvas, musgos, enredaderas, bambúes y oscuros sonidos de animales ocultos.
“¿Contador Trujillo?”.
La vio desaparecer en los entretelones de su escenario privado y pensó en salir a la calle, encontrarla, ofrecerle su brazo y caminar interminablemente por las aceras de la vida.

Estuvo a punto de hacerlo. Pero en el momento en el que, imaginariamente, se ponía el saco para salir presuroso tras aquel milagro, Rosaura, su mujer, entró con rostro preocupado:
- ¿Qué pasa? ¿Por qué no contestas? Tengo rato esperando a que tu secretaria me deje pasar. ¡Cómo si yo fuera... un cobrador! ¿Qué se piensa esa muchachita? No debiste dejar que Martita se fuera tan fácil. ¡Ella sí sabía cómo tratar a una señora! Pobrecita, ¡toda su vida dedicada a ti y tú la corres!...
- Rosaura, por favor – dijo Trujillo, sorprendido y con voz cansada -. No corrí a Martita. Le entregué su jubilación y ella decidió no venir más. A sus 65 años me parece que hizo lo correcto.
- Pues de todas formas – siguió Rosaura, inflexible -. Debiste contratar a alguien calificado ¡y con sentido común!, no a la primera que se presentara.
Trujillo caminó hasta llegar a la puerta, junto a Rosaura, y la cerró con fuerza.
- Alma es una excelente secretaria – dijo mirando a su mujer a los ojos -, y no necesito que vengas a decirme lo que debo o no de hacer. Martita tiene un año de jubilada y hasta ahora conoces a su reemplazo. No la culpo por dudar de que tú seas mi esposa.
- ¡Ramón! – exclamó melodramáticamente Rosaura.
- Ah, basta – cortó Trujillo, sentándose nuevamente tras su escritorio -. Mejor dime qué es lo que te trae por aquí.
Rosaura dio a su rostro la estrechez que lo caracterizaba y tomó asiento frente a su marido. Los ojillos negros le brillaban llenos de resentimiento.
- ¡Y se llama Alma! – murmuró con desprecio.
Trujillo la miró fastidiado.
- Necesito que me des dinero para la despedida de la Nena – dijo ella con tono imperativo.
- ¿Y por qué no utilizas la tarjeta? – preguntó el contador.
- Porque tengo un sobregiro y...
- ¿Un sobregiro?
- Te lo dije ayer por la mañana. ¡Nunca me escuchas!
- ¿Pues en qué has estado gastando?
- ¡Cómo que en qué! Si no te has enterado tu hija se va a casar dentro de un mes. Tal parece que a ti no te importa en lo más mínimo y yo tengo que encargarme de todos los asuntos. ¡Hoy me hablaron los del salón que renté para su despedida de mañana, para decirme que necesitan el pago adelantado! ¿Te imaginas? ¡Como si uno fuera cualquier gentuza!
- Son precavidos.
- ¡Son corrientes!, eso es lo que son.
- ¿Y cuánto necesitas?
- Treinta mil pesos.
- ¡¿Treinta mil pesos!? ¿Pues qué, rentaste el Parthenón o qué cosa?
- Ay, Ramón, no seas absurdo. Además del salón es lo del banquete, los meseros, el conjuto musical, la vajilla, la cristalería. Son doscientas invitadas, no debes olvidarlo.
- ¡Y yo soy absurdo! Doscientas mujeres inútiles cacareando ¡y yo soy absurdo!
- Por favor, no empieces. Hay que cumplir los compromisos que uno tiene con la demás gente.
- ¿Pero qué compromisos tienes tú con nadie si lo único que haces es salir de compras, irte de viaje y leer un libro de autosuperación cada seis meses?
- ¡Ja!, cuánto ingenio. No pienso discutir por trivialidades – dijo Rosaura poniéndose de pie -. ¿Me das el cheque?
Ramón Trujillo vio el gesto adusto de su mujer y sintió una acidez espesa en la garganta. Cerró los puños y apretó la quijada. La podía matar ahí mismo, acabar de tajo con veintisiete años de tedio, abrirle las puertas del infierno y no volverla a escuchar. Rosaura levantó una ceja como siempre que mostraba impaciencia. Para ella cinco segundos eran demasiada espera.
- Ah, por cierto – dijo ella abriendo el cierre de su bolso –, te escribió tu hijo – y le entregó un pequeño sobre a su marido.
- ¡Esto llegó hace una semana! – reclamó el Contador al ver el sello de entrega.
- ¿Y qué culpa tengo yo si la tonta de Cristina no me lo entregó hasta hoy? ¡Tenemos una suerte para la sirvientas!
Trujillo quiso verse inmediatamente solo para leer la carta y, en vez de matar a su mujer, apretó un botón del intercomunicador.
- ¿Alma?
- “Dígame, contador”
- Haga un cheque por treinta mil pesos a nombre de la señora y tráigamelo para firmar.
- “Sí, señor”
Rosaura relajó su rostro y una pequeñísima sonrisa le cambió la mirada. El mundo volvía a funcionar correctamente para ella.
- “Contador” – interrumpió la voz de Alma.
- Diga.
- “¿Cuál es el nombre de su esposa?”





2

- ¡Jonás! – exclamó Marcela al ver a su hijo en la puerta de la cocina.
- Hola jefa.
- ¡Jonás! – repitió y se abalanzó hacia él. Jonás la recibió en un abrazo y al incorporarse la levantó medio metro del suelo sin esfuerzo.
- No has crecido nada, madre.
- ¡Bruto!
- Mató a César.
- ¡Bájame!
- Dijo el sol.
- ¡Jonás!
- Gritó la ballena uh ah, uh ah uh ah uh.
Y Jonás comenzó a bailar un son de onomatopeyas con Marcela, su carcajeante madre.

Cuando Gildardo salió de su recámara para ver qué era lo que pasaba y encontró a aquella preciosura de mujer parada en medio del recibidor, lo que pensó fue: ¡La Virgen! Ella alzó una mano al verlo acercarse y dijo “Hola. Buenas tardes. ¿Cómo estás tú?” con un acento extraño.
- ¿Yo? – preguntó Gildardo, desconcertado - ¿Quién eres?
En ese momento salieron bailando de la cocina Jonás y Marcela. Tropezaron con una mesa y ella reía y exigía al mismo tiempo. Gildardo, acomodándose los lentes, tardó un poco en saber qué ocurría.
- ¡Aaah-Jonás-que-pinche-feo-estás! – dijo al fin, reconociéndolo.
Jonás no detuvo su danza para gritar el tarareo:
- ¡Aaah-Gildardo-apestas-a-ruibarbo!
- ¡Dile que me baje! – pidió Marcela.
- ¿Cuándo llegaste, desgraciado? – preguntó Gildardo.
- Ayer por la noche.
- ¿Y por qué no avisas para tener todo preparado?
- ¡Ya bájame Jonás!
- Porque no nos vamos a quedar en la casa. Estamos en el hotel Hacienda Real.
- ¿Estamos? – preguntó Marcela enderezándose y encontrando a sus espaldas a una mujer. Entonces Jonás se detuvo, soltó delicadamente a su madre y dijo:
- Ella es Milla – y tendió la mano para encontrar la de aquella walkiria reencarnada –, mi esposa.
- Hola – dijo Milla dirigiéndose a Marcela -. ¿Cómo estás tú?
- Nos casamos hace quince días – dijo Jonás viendo el asombro de su madre. Ella no sabía qué decir y Gildardo comenzó a reírse.
- ¡Te casaste! – dijo Gildardo - ¿Pues qué mal ejemplo te dimos nosotros? ¿Y tú cómo es que fuiste a caer con un tipo tan feo? – preguntó dirigiéndose a Milla.
- What he said? – preguntó ella a Jonás.
- ¿No entiende español? – indagó Gildardo
- Muy poco – respondió Jonás.
- ¡Está buenísima!
- ¡Gildardo! – exclamó Marcela - ¡Cállate la boca!
- What’s goin’ on?
- Leave it. Just my parents... Bueno, entonces, nos van felicitar o qué – dijo Jonás extendiendo los brazos.





3

Héctor escuchó el claxon del BMW en la calle. Todavía se dio tiempo para terminar la nota policiaca que estaba leyendo, dar una última mordida a la manzana y buscarse en el espejo del corredor algún cabello despeinado. El BMW volvió a pitar tres veces seguidas.
Salió sin prisa de su casa y el auto azul abrió la puerta derecha para dejarlo subir.
- ¿Por qué tardaste tanto? – preguntó María Elena, poniéndose en marcha.
- No me tardé – respondió él, besándole la comisura de los labios -. Es sólo que eres muy impaciente, prima.

Se gustaban desde niños. Ella era apenas unos días menor y él le había besado el cuello desde los diez años. A los catorce se acostaron por primera vez. Esto fue durante la sobremesa de una comida familiar en honor del cumpleañero padre de Héctor, hermano de la madre de María Elena. Se metieron debajo de la cuna en que dormía Camila (hermanita de Héctor) cubierta de largos holanes. Eran ya expertos en el beso interminable de labios, pero toda la torpeza salió a flote de manera rápida y ansiosa. Los pechos pequeños y dulces de ella, el sexo despierto y palpitante de él, la falda apenas levantada y el pantalón hasta las rodillas, el olor a polvo de la alfombra color arena, los resortes trenzados de la base de la cuna, los estampados de globos rosas, amarillos y morados del colchón que los separaba de Camila, “Te quiero, te quiero”, y sentir por fin el punzante espasmo de la penetración, por fin el húmedo trayecto hacia la más dulce de las derrotas. Todo en cinco minutos.
- ¿A dónde vamos? – preguntó Héctor al ver que tomaban rumbo hacia las colinas.
- Sorpresa, sorpresa – respondió María Elena apretando la mano que su primo tenía sobre su pierna.

Ella había estudiado en las mejores escuelas y pasado dos años aprendiendo idiomas en el extranjero. Él había dejado de estudiar a los dieciocho años, dedicándose desde entonces a rebotar de un trabajo al otro.
“Tu madre nos dejó en la miseria”, dijo Héctor un día después de volverse a encontrar. “Yo no sé nada de eso”, respondió María Elena. Por esos días, Héctor comprobó que su prima había aprendido muchas cosas más aparte de los idiomas. Se encontraron en un bar y de inmediato la carne les reveló su deseo. Platicaron y se pusieron al tanto de sus vidas. Las palabras sólo fueron la imprescindible aduana hacia la cama.
En las semanas siguientes pusieron en práctica sus años de experiencia, como un par de niños perversos.
- ¿Qué pasó con lo del dinero que desapareció en la cafetería? – preguntó María Elena.
- Nada – dijo Héctor -. El patrón tiene la culpa por aparecer sólo a la hora de cerrar. Yo siempre he desconfiado del imbécil que está en la caja.
- Pero ¿ya no insinuó que tú habías sido?
- En verdad insinuó que todos habíamos sido. Me vale madre. Con la miseria que paga estoy pensando en hacer realidad sus sospechas.
- Deberías cambiar de trabajo. Ya te dije que puedo hablar con mi papá y...
- Y yo ya te dije que no voy a trabajar nunca para tu padre. Olvídalo.
- Pues deberías pensarlo.
- Para ti es fácil decirlo, nunca has tenido que soportar a un pendejo como patrón.
- ¡Mi papá no es un pendejo!
- Bueno... dejémoslo así.

El auto dobló hacia la entrada de una zona residencial privada. Casas enormes con prados y jardines perfectamente podados a cada lado de la calle adoquinada.
- ¡Mierda!, ¡en ese jardín caben dos casas como la mía!
María Elena se estacionó precisamente frente aquel jardín.
- Ya llegamos.
- ¿A dónde?
- Tú bájate.
Héctor volvió a recrearse con la vista del grande y firme trasero de su prima caminando hacia la puerta de aquella casa.
- Aquí es donde vamos a vivir – dijo entrando al inmenso recibidor.
- No jodas.
- Pásale, ¡córrele! No quiero que nadie nos vea.
- Pues si dejas el coche afuera van a saber que estás aquí.
- ¡Qué bruta! Espérame aquí.
Ella se dirigió a su auto y él entró a la casa desamueblada. Una escalinata doble conducía al primer piso y al fondo se podía ver más jardín a través de un largo corredor de ventanales. Los pisos eran de madera y del techo colgaban gordas arañas de cristal. Héctor subió la escalinata y se puso a abrir puertas. Cada recámara que abría le hacía sentir que la suya propia era una cajita de cerillos.
- ¡Héctor! – escuchó la voz de María Elena amplificada por el eco - ¿Dónde estás?
- ¡Arriba!
Ella subió corriendo las escaleras y lo encontró en el dintel de una puerta.
- ¿Cuánto pagó tu marido por este jacal?
- Todavía no es mi marido.
- ¿Cuánto?
- No tengo idea. ¿Ya viste la cama?
- ¿Dónde?
- Detrás de ti.
Héctor abrió la puerta y entró a lo que sería la recámara principal. El único mueble era una gran cama estilo imperial con armazón del que caían largos holanes blancos.
- La compré porque me recordó de inmediato a la cuna de Camila – dijo ella.
Héctor sonrió.





4

Los cuatro se sentaron a tomar café. Marcela luchaba contra la mezcla de sentimientos. No podía creer que su único hijo se hubiera casado así, tan inesperadamente. La bellísima figura de Milla le provocaba una aprehensión de madre celosa, de mujer desplazada. Él platicaba los pormenores del cómo, cuándo y dónde se habían conocido. Marcela lo veía gesticular y por momentos le parecía estar nuevamente frente a la espigada figura del padre de Jonás. Era increíble cómo el parecido aumentaba con los años.
- Así que lo primero que veo al entrar al salón – decía Jonás – fue a esta diosa sentada en el escritorio del maestro. Ya se imaginarán que lo que hice fue sentarme hasta adelante, frente a ella. Y como en el curso sólo estábamos inscritos yo y cuatro personas más, tres mujeres y un señor como de quinientos años, pues no tuve mucha competencia a la hora de invitarla a salir.
- ¿Es tu maestra? – preguntó un divertido Gildardo.
- Era. El curso sólo duró dos meses.
- ¿De qué dijiste que era el curso?
- Contexto socio-político en la creación de óperas wagnerianas.
- Con razón tanta asistencia

Milla veía todo con esa expresión de azoro de quien no comprende nada. Sus grandes ojos amarillos aumentaban la impresión de extravío. Marcela le dirigía breves miradas; era casi absurdo que una mujer así estuviera sentada en el comedor de su cocina. Se dio cuenta de que no sentía celos iguales desde hacía muchos años, cuando Jonás crecía dentro de su vientre y ella era una ballena solitaria a la que su pareja había abandonado en medio de un mar de rabia.

- Tomamos un tren a Amsterdam – continuaba Jonás – y cuando llegamos nos dimos cuenta de que le habían robado un bolso a Milla, donde llevaba su pasaporte, dinero y otras cosas...
- ¿De dónde es ella? – preguntó Gildardo.
- Ucrania.
- ¡Oh!, allá son buenos en la gimnasia – dijo Gildardo poniendo en práctica sus conocimientos olímpicos. Y luego exclamó dirigiéndose a ella - ¡Viva Gorbachov!
Milla volvió a asentir con la cabeza, sin comprender a qué se refería aquel señor de canas despeinadas, lentes sucios e intenso olor a tabaco.

Gildardo conoció a Marcela en un mostrador de perfumería de El Palacio de Cristal. Él trabajaba en el departamento de mueblería y desde el primer día en que la vio atravesar el almacén para ir a tomar su lugar tras las vitrinas, quitarse el suéter kashmir, ponerse el saquito beige, retocarse el maquillaje en uno de los espejos de servicio y colocarse el prendedor dorado con su nombre a la altura del seno izquierdo, supo que no volvería a tener a la soledad en tan alta estima.

Once años mayor que ella, Gildardo la rondó con la sutil impaciencia del hombre resucitado. En algún momento de su vida había jurado ser el soltero por excelencia. Y lo había cumplido perfectamente bien hasta ese día.

Pronto se dio cuenta de que un niño con mochila llegaba todas las tardes a las 3:00 p.m. y Marcela le daba un pequeño beso en la boca, le dirigía unas cuantas palabras, y le entregaba un par de monedas. El niño entonces daba media vuelta y salía del lugar.
Un día, Gildardo lo vio detenerse en los estantes del departamento de electrónica. El niño tomó un par de audífonos negros que le cubrieron por completo las orejas. Cuando se los puso, Gildardo apareció junto a él.
- ¿Te gustan?
Jonás se deshizo de inmediato de los audífonos y los volvió a poner en su lugar.
- Sí – dijo –, pero están muy caros.
- Bueno, son de la mejor marca. ¿Qué música te gusta escuchar?
- Clásica.
- ¿Clásica? ¿A poco escuchas Mozart?
- Me gusta más Brahms.
- ¡Jo! – Gildardo simpatizó de inmediato con aquel niño de nueve años - ¿A tu mamá también le gusta esa música?
Jonás cambió la expresión despreocupada por un mutismo defensivo.
- ¿Marcela no es tu mamá?
- No, – respondió como si lo estuvieran acusando de algo - es mi hermana.
- Ah, vaya.
Gildardo adivinó al instante la verdad: las políticas de la empresa eran tan jodidas que si se enteraban de que una de sus empleadas era madre soltera, lo más seguro era que la despidieran sin más motivos.
Jonás tomó rumbo presuroso hacia la puerta de salida y Gildardo se probó los audífonos.

Una semana después, Marcela encontró a su hijo tirado en la sala de su casa con un par de audífonos negros, escuchando a todo volumen una sinfonía de Beethoven.
El reclamo airado que le hizo al otro día a Gildardo fue el verdadero inicio de su relación.
Meses después, cuando la empresa se enteró de que vivían en unión libre, ambos fueron despedidos.

- ¿Y por qué hablan en inglés?
- Porque yo no sé ruso ni ella sabe español.
Jonás se interrumpía por momentos para traducir y preguntar a Milla ciertas partes de su relato. La voz de ella tenía un tono de mar rompiente, firme y profundo. Gildardo notó que Marcela parecía estar ausente y la tomó de las manos por debajo de la mesa. Ella reaccionó devolviéndole la mirada indagatoria y suspirando largamente. Cinco años tenía su hijo viviendo en Europa, estudiando y componiendo música, y hacía dos que no lo tenía tan cerca.

En verdad el parecido era impresionante. No sólo el rostro y la complexión, sino los gestos, ademanes y expresiones de su voz eran las mismas de aquel otro que, ella lo sabía, le mandaba dinero cada mes a su hijo.
- Y aprovechamos que en el barco viajaban un pastor protestante y un hare krishna para que nos casaran en cubierta, con luna llena y cientos de testigos – terminó Jonás su historia riéndose junto con Gildardo.
Entonces Marcela habló por vez primera.
- ¿Ya lo sabe tu padre? – preguntó más imperiosa de lo que hubiera querido.
- No – contestó Jonás sin perder la sonrisa -. Le escribí avisándole que vendría, pero no lo de mi casorio. De hecho hoy fuimos Milla y yo a buscarlo a su despacho, pero nos informaron que había cambiado de domicilio. Nos dieron las señas y estuvimos un rato buscando el lugar, pero no pudimos hallarlo.
- Está en la calle Independencia.
- Sí, ya lo sé. Pero no sé el lugar exacto.
- Justo frente al banco. Es un local que tiene vidrios polarizados, como de espejo.
- ¡Ah!, ya sé dónde. Pasamos por ahí.
- ¿Y tú por qué estás tan enterada? – preguntó Gildardo.
- Porque Alma trabaja para él – contestó Marcela.
- ¿Alma? ¿La hija de mi compadre Antonio?
- La misma.
- ¡Jo!, qué chiquito es el mundo.





5

Trujillo terminó de leer la carta y quedó pensativo durante un rato. Siempre que recibía noticias de su hijo le venían a la cabeza todas las posibles historias que había dejado de pasar. Más aún: le asaltaban las memorias exactas del cuerpo y la presencia de Marcela, volviéndose a recriminar la falta de carácter que le había hecho perderla. ¡Una máquina para regresar el tiempo!, era la idea infantil que se escuchaba en su cerebro.
Su vida junto a Rosaura no valía ni un centavo. La hija de ambos le había otorgado algunos años de alegría, pero ahora era una extraña que sólo lo buscaba cuando se trataba de dinero. Como su pinche madre, pensaba Trujillo.

Con el tiempo, Trujillo encontró la forma de acercarse nuevamente a Marcela. Y aunque ella jamás cedió, fue el niño quien (a los diez años) quiso conocerlo.
Desde entonces él había mantenido una constante relación de visitas, salidas y regalos los días indicados. El niño lo recompensaba en toda su angustia de vivir una vida sin sentido.

La única conversación larga que mantuvo con Marcela después de aquella torpe despedida fue cuando la convenció (tres horas) de dejarlo pagar los estudios musicales de Jonás. Con ella nunca sobrepasó el límite que se habían impuesto: saludos cordiales, despedidas presurosas. Con Gildardo, en cambio, se entendía mejor. Trujillo comprendió que ni todo su dinero, ni todos sus regalos podrían competir con la liviana sabiduría de aquel hombre que cuidaba de su hijo de manera tan completa. “Tú eres su padre, pero yo soy su mejor amigo” le dijo Gildardo una noche en que ambos se encontraban bebiendo en el mismo bar. Noche en la que también se habían ido de farra juntos.
Y es que Ramón Trujillo pertenecía a una clase social que siempre reprimió sus actitudes naturales. En la época en que mantuvo su relación con Marcela, él era un tipo al que toda reconvención le provocaba pústulas. Un rebelde inteligente, un conversador insaciable, un provocador de carcajadas continuas. Un bicho raro entre las famélicas reuniones de su familia.
Pero todo eso cayó como la escenografía de un teatro de cartón la tarde en que Marcela le informó de su embarazo. Un miedo absurdo al futuro (del que jamás se había preocupado) le cubrió de grasa el corazón. Se dio cuenta de que tenía mucha más tendencia al confort que al activismo itinerante. Se quitó la máscara del anarquista para ponerse la del bendecido por las relaciones sociales y lo dijo bien claro: Ni me caso contigo, ni reconozco al niño. No puedo.

¿Y por qué se había casado con Rosaura? Cualquier respuesta que se daba era menos que una excusa. En verdad no lo sabía.

Un golpeteo en la puerta de su oficina lo sacó de sus pensamientos.
- ¿Qué pasa? – exclamó asustado.
Alma entró despacio.
- Contador, ya me voy... Ya son las 8:00...
- Está bien, Alma. No vemos mañana.
- Usted... ¿se va a quedar? No ha comido nada en todo el día.
- ¿Ah? Ah, sí. No importa. Me voy a quedar otro rato. Gracias... que te vaya bien.
- Hasta mañana.

Antes de salir, Alma vio al Contador leyendo aquel papel que tenía entre sus manos.





6

- ¡Pero, qué nadie me va atender! – chillaba Rosaura, furiosa, en la recepción del Salón Del Bosque.
- Disculpe – dijo un tipo joven y flaco que apareció tras ella -, ¿en qué puedo servirla?
Rosaura lo escaneó lenta y despreciablemente de pies a cabeza.
- ¡Tengo una hora esperando a que alguien me haga caso! – escupió.
- Eso es imposible, señora – respondió el tipo -. Hace apenas cinco minutos que entré al baño.
- ¡Dios mío!, ¿al baño, dice usted? ¿Podría hablar con alguien menos vulgar?
- ¿Usted o yo?
- ¡Pero qué le pasa!
Y el empleado escuchó atónito las siguientes frases ofensivas mezcladas con información referente a la alcurnia de aquella señora que parecía no necesitar el respiro.
Una mujer mayor salió de una puerta lateral y preguntó:
- ¿Qué pasa señora?
- ¡Ah, eso preguntó yo! ¿Qué pasa en el mundo que ya nadie sabe cómo tratar a una dama?
- Cálmese, señora. Aquí estamos para servirle.
- ¡Pues más le valiera elegir mejor al personal! ¡Este jovencito es un insolente que se atrevió a burlarse de mí!
- Pero, ¿cómo fue eso, señora?
- Es mentira, mamá – interpuso el flaco.
Aquella última palabra paró en seco el drama de Rosaura. La señora dijo: “Ya hablaremos después”.
- Pase señora – continuó ahora con Rosaura -, ¿en qué puedo ayudarla?
- Bueno, hoy recibí una desagradable llamada para indicarme que debía pagar por adelantado la renta del salón... (Esperó tres segundos a que la mujer comentase algo, pero nada sucedió)... Y a eso vengo.
- Muy bien, señora. ¿Es usted la mamá de la señorita María Elena Trujillo?
- María Elena Trujillo Campoamor, así es.
- Perfecto. Permítame un segundo.





7

- Bueno, madre – dijo Jonás sentado al lado de Marcela – ¿ya me vas a decir lo que piensas o no?
- ¿Qué quieres que te diga? – respondió Marcela.
- Podrías empezar diciéndome qué te parece Milla.
- Yo ya lo dije – dijo Gildardo.
- Me gusta su vestido – respondió Marcela.
Los dos hombres rieron.
- De verdad – repuso una Marcela contenta -. Yo tenía uno igualito hace mucho tiempo. Igualito. Blanco.

Texto agregado el 10-04-2008, y leído por 383 visitantes. (16 votos)


Lectores Opinan
2008-06-04 16:49:02 Muy bueno, los diálogos son geniales. La manera de enlazar la historia te lleva hasta el final. gamalielvega< /a>
2008-05-30 18:38:07 Qué loco... Telenovela decís de esta historia. Yo ví allí una película de esas cuya característica esencial es de formato "espejo". Parece increíble el cruce de los trazos (caminos), pero al observar nuestras propias vidas sabemos que es así como sucede en la realidad. Tu manera de describirlo logra ese fenómeno tan poco común en la ciberlectura: "¿Cinco mil palabras..? Ah... pero si pertenecen a Don Aristidemo... ¡A por ellas!" Un abrazo, ché torovoc
2008-05-16 10:12:33 Oye Chiquillo eres un máquina. Intercalas, ajustas, muestras, miras y cruzas…Todos los personajes te han quedado de lujo, Me ha gustado la historia que transita por aquí y por allí, no es explosiva pero mantiene todo el calor. Genialo. Mucho. Ysobelt
2008-05-14 02:12:15 eres La niña mala de la historia La que fornicó con con mil hombres Y le sacó cuernos a su marido. eres la perra Que lo engaño cotidianamente Por un miserable pene de lentejas, La que le quitó lentamente su ropaje de bondad Hasta convertirlo en una piedra Negra y estéril eres la niña que lo castró Con infinitos gestos de ternura Y gemidos falsos en la cama eres La niña mala de la historia clondeungranpoeta
2008-05-12 17:28:35 Quién pudiera, como vos, escribir largo y que al lector le parezca corto. ergo (5*) ergozsoft
2008-05-12 15:49:30 wow!!! Maese, excelente narración, te lleva, te lleva..me pongo de pie....maestria y solo eso, una chingonería de todo a todo, los dialogos, algunas imagenes, la trama...Felicitaciones... pejesaurio
2008-04-23 23:01:18 ¿No hay más? Porque me quedaron ganas de seguir leyendo tu historia ¿Que tal una telenovela II? Segundas partes también pueden ser buenas. Un placer leerte. Un abrazo arqui
2008-04-22 15:00:28 no podia dejar de leer...sigo desperdigando 5*...... domingo_azul< /a>
2008-04-21 19:46:38 sabes que es un Pyar collectivesoul
2008-04-18 14:15:46 Ya te lo dije, quedé cual yonqui angustiado esperando por más. Es <i>ferpecta, my dear, ferpecta</i> colomba_blue< /a>
2008-04-14 13:30:01 Muy,muy bueno. vitrubio
2008-04-14 04:34:40 El pendejo de en medio. Ná, buena la nivola. sensei_koala< /a>
2008-04-13 06:27:09 Puta madre!! qué chingón cuento, mira que yo siempre te leo y nunca te comento, pero no comentar esta magnifica telenovela, sería como una mentada de madre, así que sólo puedo decir que el día que el infierno me abra las puertas he de correr a besarte los pies (agüevo, júrolo). Puta, cinco estrellas son muy poquitas... Sintoma
2008-04-12 18:15:48 Hijo de Puta, me leí esto a la hora del almuerzo - en lugar de comer, bueno tenía un extraño caso de diarrea además de catarro por lo que decidí no comer - y me dejaste picado, bien picado. Supongo que esa también es una cualidad de tu "telenovela", supongo que seguirla es peligroso, podría arruinarse, no sé. El caso es que me encantó el uso del formato telenovelesco multiescénico breve. Solamente una cosita, Marcela se debería llamar de otra forma, Marcela suena muy juvenil... es mi opinión. marBin
2008-04-11 21:02:33 Esto es una mierda... Pero muy buena mierda... una super mierda bien escrita... soy buscatalentos de telapisa, me vendes el guión? pateando -paraisos
2008-04-11 20:10:51 Mirá, estoy segura que está de lo mejor. No lo leí porque ya voy de salida. Pero apostaría mi trasero a que está de mil carajos este texto. musa_univer sal
2008-04-11 17:47:47 Me gustó la fluidez de la narración, pero lo mejor de todo es la conexión final que se logra con el total de la historia. Un saludo con cariño. Ingeborg
2008-04-11 17:26:23 pareció, perdón... verdequetequieroverde
2008-04-11 17:25:36 Me pareción una gran obra, nada que ver con las telenovelas, faltaría más...***** verdequetequieroverde
2008-04-11 00:23:47 eres bueno, viejo. será una telenovela, pero quien dijo que eso fuera un defecto. siempre me sorprendes. un saludo. jorge_jolmas h
2008-04-10 22:31:23 Yo no veo telenovelas por culpa de los diálogos tan reforzados y patéticos. Y los malditos libretistas se ganan una millonada pero uno ve dos o tres capítulos de la telenovela y le sabe a mierda la repetición de frases exactamente idénticas: "no te vayas, roberto del cristo" "Es tu hijo Daniel Ernesto" "eres una meretriz, victoria concepción". Siempre diciendo el nombre del interlocutor al final de cada frase como si necesitaran que el televidente se lo aprenda de memoria. Desde ese punto de vista, el texto tuyo es una total telenovela. Me hizo reir tanto como me aburrió. Es difícil de explicar, pero ese "aburrió" en este caso es un halago, porque el título advierte que es una telenovela y cumple su cometido, por eso es tan bueno. Rosinante
2008-04-10 19:06:59 ya lo recordé; aunque no entiendo porqué, cómo... ; en fin, telenovelesco pero muy bueno, con ese fin que le da sentido a los blancos. _ednushka
2008-04-10 16:50:43 Una obra que no tiene nada que hacer en este sitio en donde, la mayoría, opta por leer textos cortos, y adular para ser adulados y leer para ser leídos. Te felicito por esto; me parece que tu obra está a la altura de las grandes producciones literarias. markian
 
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