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Inicio / Cuenteros Locales / Sayven / Sin Luz: Camino fuera de la oscuridad

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En algún lugar que realmente no recuerdo… y si recordara trataría de olvidarlo… sucedió que se dejó caer la oscuridad total. Era como una ceguera, que azotara como calamidad o plaga aquel apartado pueblo, enclavado en el fondo de un valle. Afirmo esto porque no había luz artificial que alumbrara más allá del foco, o llama más allá de la vela.

Era curioso, ir a tientas por los pasillos de las casas o las habitaciones, y de pronto encontrarse con la cama a medio camino, un ropero o un zapato. En el vestíbulo del hotel donde me hospedaba, choqué con la cabeza de un rinoceronte, que, según recuerdo, trataba fallidamente de adornar una pared de la sala de espera para los clientes.

Desesperado por no ver nada, saqué un día mi encendedor, y fue que vi por primera vez aquel extraño fenómeno. No veía la mano con que lo sostenía, es mas, no veía el encendedor. Sólo la llama, pero no brillante, sino opaca, distante. Si alguien ha visto alguna vez un cuadro con una llama mal dibujada, que dé la sensación de no proyectar luz, se acercaría un poco a la sensación que daba verla.

Pronto comenzaron a prender las luces de todo el hotel, de la colonia, la ciudad... Pero era como ver estrellas en el firmamento. Se veía una línea interminable de estos puntitos luminosos hasta el horizonte…

Sorprendido vi que muy a lo lejos, se veía una nube. Incluso parecía más cercana que los puntos que centellaban sobre la calle, pero tan lejos a la vez… Más allá de las montañas que rodeaban el pueblo. Aún en la oscuridad total, se asomaba, como en una ventana, la luz de fuera.

No lo pude comprender, y creo que nadie, pero igual que todos los demás, al notarlo subí a mi cuarto, a tientas llegué a la puerta correcta, a tientas vacié hasta el último cajón, empaqué mis cosas y bajé. El timbre de la recepción sonaba a cada rato y muchos clientes pedían que inmediatamente un botones los acompañara para bajar su equipaje.

Al abrigo de la oscuridad todos los huéspedes comenzaron a salir. Pasé primero por el camino de arcilla que conducía afuera del edificio. Todo el pueblo, avanzamos simplemente siguiendo la luz del horizonte. Hasta el último vagabundo, perro o insecto se unió a la marcha en busca de la luz. Caminamos a paso muy lento.

Llegó un momento en que se perdió el horizonte y muchos abandonaron la marcha. Lo que pareció un día después, apenas estábamos en las afueras del pueblo, de la lentitud a la que íbamos. La segunda etapa del viaje se hizo más rápida. Era campo abierto, así que en realidad no había razón para frenarse de más. Salvo algunos caídos, y otros desertores que no quisieron seguir por miedo, no sucedió nada relevante.

Me pareció oír en un momento el cascabel de una serpiente. Supuse que la criatura evitaría que muchos otros llegaran a la meta, por simple miedo a su mordedura. A lo lejos se escuchaba una corriente de agua. Se divisó entre la oscuridad un reflejo del líquido, como si brillara sobre un espejo. Supe entonces que ese sería el momento de subir los montes.

Subimos, nuevamente a un paso muy lento. Se sintió el extremoso clima de montaña. Frío y oscuridad. Era la última prueba para poder salir de ellos. Llegó un momento, un fugaz segundo que me pareció ver un árbol, o la silueta de uno. Al fin la oscuridad se disipaba. Se formaba en torno a nosotros un enlace, un puente transitorio entre oscuridad y luz.

Salimos. Vencidos por el cansancio, de más de dos mil personas que vivían en el pueblo y lo visitaban, llegamos a la cima apenas 600. Vi hacia el pueblo. Era un cuadro deplorable. Desde afuera sí se podía ver dentro de él. Todos esos hombres, deambulando ciegos por sus calles; las casas, como si se tratara de un pueblo fantasma, daban la impresión de estar desvencijadas y rotas, aunque estaban completas.

Las luces brillaban dando un poco de colorido a la opaca escena del pueblo. Los de abajo solo veían puntos perdidos. La arquitectura del pueblo se iba viendo más y más desgastada y sin embargo seguía igual que siempre, completa y resistente.

Nosotros recibíamos la luz del sol y el aire fresco en que se convirtió la helada después de salir de la oscuridad. Un sonido muy bello se escuchó. Un colibrí pasó volando.

Texto agregado el 10-04-2008, y leído por 32 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-04-13 06:12:10 Inútil es la luz si la oscuridad es vana Un buen relato has entregado Te saludo con mis votos Macacay
 
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