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Inicio / Cuenteros Locales / juan-selva / PATASARRIBA

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Por la pequeña abertura de la ventana, el viento entraba silbando una melodía ilógica, como todas las del viento. Adentro, el consultorio se llenaba de otra música, una garganta desgarrada cantaba a los amores olvidados, era Sabina, el cantante favorito de Horacio, uno de los mejores sicoanalistas de la ciudad.
La puerta se abre y un personajillo de baja estatura, pelo negro con corte de niño, piel cetrina, entra como galopando. Arroja a un lado el gabán café y se tira sobre el diván.
-Doc. Le agradecería que quitara esa canción, o cualquiera de Sabina, por lo menos mientras está en consulta conmigo- dijo airadamente Carlos, o Mariel, el personaje que intempestuósamente había entrado en el consultorio.
-Me disculpará usted señora – respondió indignado Horacio, que a pesar de estar acostumbrado a este tipo de actitudes, detestaba que alguien se metiera con su músico favorito - pero estoy esperando a otro paciente-.
-Soy yo- Replicó instantáneamente el curioso sujeto – y no soy señora, soy Carlos Vila, el paciente que espera-.
Al instante Horacio comprendió la situación, fue hasta el estereo y apagó la música, pero no podía evitar seguir tarareando la canción. Eso si que nadie se lo impediría, mucho menos en su despacho.
-A ver, empecemos por el principio, ¿Como descubrió que era homosexual?-
-Verá usted doc, yo no descubrí que era homosexual, descubrí que era un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer. Yo nací llamándome Mariel. Mis padres pertenecían a una especie de secta religiosa, Los hijos del Mesías de Yacamandai, y, por consiguiente, eran bastante puritanos. Me críe entre biblias y creencias radicales. Jamás pensé siquiera que tuviera la condición que tengo, de hecho, me hubiera gustado jamás descubrirla. Me habría ahorrado tantos dolores- la mujer-hombre tomo una pausa en su relato, suspiro, se acomodó la faja que aplastaba sus senos para lograr una apariencia semi-andrógina – De hecho la virginidad no la perdí con una mujer, fue con el pastor de la secta, a quien mis padres veneraban e invitaban constantemente a casa y como se predicaba que las puertas del hogar debían permanecer abiertas a los hermanos, no era extraño que él se quedara en nuestra casa. Fue una noche, abril o mayo, no recuerdo a ciencia cierta, pero si recuerdo que fue un sábado, el día diseñado para mancillar. Pasaban las 12 de la noche. Por mi ventana se veía la luz de las estrellas, más no la de la luna, porque debe saber usted que la luna no tiene luz propia. Armando, como se llamaba el pastor, entro en silencio, soslayadamente a mi cuarto, empezó a hablarme en tono bajo diciéndome que debía cumplir los cometidos de Dios, que lo que estábamos por hacer era la consumación de la divinidad y que no debía asustarme. Que debía ser buena hija del Señor. Se quito la toga que vestía y se metió en mi cama. Respiraba agitado y me empezó a rozar con sus labios. Casi puedo sentir el hedor que salía de su boca. Metió su lengua en mi oído y sus manos empezaron a rozar mis senos – Horacio no pudo evitar asombrarse por la naturalidad con la que contaba tan espantoso suceso, sentía que la saliva bajaba con dificultad por su garganta.
- Y luego, de un momento a otro, fue como si un demonio lo hubiera poseído. Saltó sobre mi, rasgo mi pijama y empezó a frotar fuertemente mi clítoris. Tomó su pene y sin ninguna sutileza, me penetró. No pude evitar gritar y grite largamente durante la media hora que duró el infierno de la “divinidad”, pero mis padres jamás vinieron en mi ayuda. Luego supe que yo había sido “ofrendada” al pastor, al no tener con que dar el diezmo. Ese día abdiqué a todo Dios y a toda fe, no quería deidades que necesitaran mi cuerpo para satisfacer los instintos salvajes de sus representantes- La mujer hablaba con un tono de fiereza, pero, a la vez, de resignación.
-He olvidado decirle algo importante de todo ese evento- dijo la antes-mujer-ahora-hombre.
-¿Qué es?- preguntó Horacio, sabiendo que lo que escucharía, bastaría para derrumbar cualquier creencia.
-Cuando el pastor me tomó- hizo una pausa y respiró profunda, profundísimamente – yo tenía tan sólo nueve años-.
-¡cómo!, vaya tamaña salvajada, pero, ¿sus padres tomaron alguna medida ante lo sucedido?- preguntó el indignado siquiatra.
-Claro. Mis padres, muy cumplidores de sus deberes con su fe, decidieron negarme su apoyo el día en que irrumpí en el templo gritando lo que el pastor me había hecho. Que estaba loca dijeron y enseguida recibí todo el rechazo de la gente de la comunidad. Mis padres para evitar la vergüenza decidieron enviarme a un internado de señoritas, donde años más tarde descubrí mi condición-.
-¿Creé usted que toda la situación con el cura le ayudó a descubrir lo que usted llama condición?- preguntó en tono intelectualoide Horacio.
-No creé usted que es obvio que sí. Usted es el profesional. Tanto rechazo, especialmente de los hombres en los que había sustentado las bases de mi existencia, Dios, el pastor y mi padre, me bastaron para rechazar desde tan temprana edad cualquier relación con algo que tuviera un pene- respondió airadamente Carlos, o Mariel.
Horacio no pudo evitar sentirse idiota ante la acertada respuesta de su paciente-Pero dígame, ¿Cómo descubrió que era un hombre encerrado en cuerpo de mujer?-
-Fue años después de aquel suceso, fue en agosto o en septiembre, pero no sabría decirlo con exactitud. Sólo recuerdo que fue un jueves, el día ideal para los descubrimientos. Las matemáticas siempre fueron un dolor de cabeza para mí, por lo que la rectora del colegio dio la orden a Carla para que estudiara conmigo. Yo tenía ya 15 años y un orgullo mancillado. El sitio de estudio fue la alcoba de aquella hermosa niña. Ya se imaginará. El estudio de números, se convirtió en el análisis minucioso de curvas, tangentes, hipotenusas, pero no de planos, sino de nuestros cuerpos. No sabría decirle como sucedió. Hablábamos de las teorías de los algoritmos, cuando sin saberlo nos estábamos besando y nuestras manos se convirtieron en fugaces aventureras. Nos tocamos los senos y ella me besó centímetro a centímetro, su lengua recorría una y otra vez mi ombligo, bajando por los huesitos de mis caderas para llegar a aquel lugar que había sido templo de la profanación y que ahora era en verdad la sede del paraíso. Sus manos, contrario a las del pastor, se movían con delicadeza, casi que con ternura, pero no con la dulzura empalagosa que no debe invitarse al coito. Yo sentía que mí interior se deshacía, pero todo fue mejorando cuando acercó sus diminutos labios a mi entrepierna. Eso doc, fue el cielo- dijo la mujer con un dejo de nostalgia y excitación.
Horacio no pudo evitar imaginar a las dos niñas y se sintió excitado, lo que lo avergonzó.
-Fue hermoso doc, fue hermoso. Pero luego, de nuevo a la tierra. En unas vacaciones en un pueblo llamado Pozoblanco, donde vivía mi abuela. Porque después de salir de la casa de mis padres, jamás volví. Encontré a Carla en un centro comercial, si a eso se le puede llamar así, una pequeña sucesión de locales donde no había nada interesante. Pero lo que vi, me llevó de nuevo a las puertas del averno. Carla se besaba apasionadamente con un joven, hombre. Fue en ese instante, en ese preciso instante, de un viernes, que es día para chocarse con la realidad, cuando descubrí que debí haber nacido hombre- resolvió Carlos, Mariel o quién quiera que fuera.
-¿Y eso es lo que le trae por acá?; ¿Necesitaba desahogarse no más?- preguntó inquisidor Horacio.
-No. Es otra cosa. Peor. Más infernal. Es algo que me destroza el alma y que me está enloqueciendo. Verá usted doc, ¿es normal que la sienta todo el tiempo conmigo, que la vea en todas partes?- preguntó el curioso paciente.
-¿A quién?; ¿A Carla?- contrapreguntó Horacio.
-No- Respondió desesperada la mujer-que-ya-no-era-mujer. – Se trata de Daniela. La única mujer que me ha robado el corazón-
-Mire Carlos, es sencillo, si sí existió alguna relación, es normal que sienta el vacio y la necesidad de recordarla, pero si por el contrario, jamás existió tal relación, entonces si me preocuparé porque eso implicaría que usted se ha obsesionado e, inclusive, enloquecido- respondió enfáticamente el siquiatra.
-Claro que existió. Fue tan real que me ha dejado huellas en el alma. Todo empezó un martes, el día para los inicios. Salía de mi casa y ahí estaba. Esa piel morena, trémula, como pidiéndome una dosis de caricias que yo hubiera querido darle allí mismo. Me acerqué...
Hola, le dije tímidamente.
Hola bonito, respondió con un desparpajo cautivador que de pasó me gustó porque no se había percatado que en verdad mi cuerpo era de mujer.
¿Eres nueva en el barrio? no te había visto nunca, le cuestioné tratando de parecer lo más interesante posible.
Si, recién llegué de mi pueblo. Me llamó Daniela y tú.
Carlos, un placer conocerte preciosa.
Ya luego vino lo normal en todo cortejo, idas a cenar, a cine, a bailar. Era maravilloso. Hasta que un día me decidí.
Daniela, ya hemos salido por mucho tiempo y me muero por probar tus labios le dije.
Pero antes de terminar mi frase, ella ya se había abalanzado sobre mí y me había dado el mejor beso de la historia, casi eterno, casi el cielo, casi el infierno. Era todo en una sola boca. Y la amé. Desde ese día y para siempre.
Pero no crea usted que fue fácil. Ella era renuente a mis constantes insinuaciones. Llegué a pensar que no me quería. Pero ella decía que me amaba. Que simplemente teníamos que esperar el momento.
Los días pasaban y pasaban, y en mi interior, las ganas de poseerla, de revelarle mi secreto se hacían más y más grandes. Quería recorrerla enteramente. Pasear mi lengua por todos los recovecos de su cuerpo. Pero el reloj giraba y nada acontecía.
Empecé a sospechar que tenía otro. Me volví paranoico. Le seguía en silencio, escondiéndome en las esquinas, detrás de los postes. Pero jamás vi nada extraño. Me era totalmente fiel. Hasta que llegó el día de la verdad-.
Horacio no pudo evitar fijarse en que, a pesar del calor infernal que invadía el lugar, su paciente no se quitaba el gabán.
-Fue un domingo, el día ideal para los finales- retomó Carlos – le tendí una redada. La invité a mi casa. Ese día ella iba a ser mía. Totalmente. Compré vino, la mejor comida de la ciudad y llené toda mi casa de pétalos de rosas amarillas, su color favorito.
Cuando ella llego se puso a llorar y me abrazó. Lloró largamente. Pero no era llanto de dolor. No crea. Era de alegría. Preciosas lágrimas de amor diría yo.
Tengo que contarte algo le dije.
Yo también dijo ella.
El suelo se me estremeció. Supuse que en verdad me engañaba. Que mi iba a decir adiós. Me contuve y me porté como todo un varón.
Pero no dañemos el momento me dijo y me besó.
Yo pensé que si me iba a decir adiós, por lo menos tenía el derecho de poseerla una sola vez.
Nos empezamos a besar y respiración se entrecortaba. Juro que de haber tenido pene, mis pantalones hubieran estallado. Pero lo peor se acercaba.
Cuando le quite la blusa, note que sus senos eran ínfimamente pequeños y al quitarle los interiores, allí donde debería estar esa maravilla que quería besar, un pene apareció amenazante.
Grite cuantas palabrotas puedan existir. Ella, que ahora era el, se tapó y empezó a llorar. Pero esta vez eran lágrimas de angustia.
Eso era lo que tenía que contarte me dijo avergonzado.
Yo también tengo algo que contarte respondí indignado y me quite la ropa y la faja, dejando que mi cuerpo de mujer se revelara.
Hagámoslo le exigí, y el se acercó, tocó mis senos con algo de envidia mientras yo acariciaba su pene con igual envidia. Lo tome y lo introduje en mí. El lloraba. lo saqué de mí. Busqué mi consolador y amarrando el mundano juguete a mi cintura, lo volteé y le penetré. Una y otra, y otra, y otra vez y a cada movimiento una furia se apoderaba de mí.
No me juzgue doc, pero la cabeza se me nubló y con toda la fuerza de mi ser la tome por el cuello y empecé a apretar. Era ella, Daniela. No el hombre que había robado su cuerpo. Y yo lloraba mientras más le apretaba el cuello. Ella no hizo ningún esfuerzo por liberarse de mis manos y se fue desvaneciendo, mientras yo más lloraba. Al final su cuerpo de hombre, el cuerpo de hombre de mi Daniela, yacía incólume entre mis brazos. No había nada que hacer. Había matado a la mujer de mi vida-.
Horacio dio un salto en su silla, aterrado. Intentó hablar, pero las palabras no salían de su garganta. Carlos se levantó y empezó a caminar por todo el despacho con las manos en los bolsillos.
Para Horacio era aterradora la calma con la que relataba aquello, como si se tratara de la muerte de un zancudo. El hombre-mujer volteó y lo miró fija y fríamente a los ojos.
-Lo siento doc, pero ahora que sabe tanto, no puedo dejarlo vivir- dijo Carlos, o Mariel, mientras sacaba un revólver de su bolsillo con la mano derecha y con la otra se secaba una lágrima huérfana del ojo izquierdo.

Texto agregado el 11-04-2008, y leído por 82 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2008-04-24 15:46:01 Justo acabo de ver una película que aborda el tema de los hermafroditas...impactante. Pero su cuento tiene algo de mágico, sabe? Es suyo, por principio de cuentas, y eso para mí ya es garantía de algo novedoso. Su estilo sigue intacto, la idea es bien desarrollada, y contrario de lo que piensa fefnerbermellon, aplaudo la no intervención de guiones para los diálogos. Eso para el lector significa un esfuerzo mayor. Ande, reciba un abrazo fuerte con la promesa latente de recibir pronto noticias mías ;) Ruah
2008-04-23 00:18:57 Me gusta que explore nuevos temas y que aun así conserve su esencia queridísimo compañero, además me parece muy interesante que retome recursos como lo de los días, lo he visto mucho en sus últimos cuentos y me gusta. El tema es sencillo pero el desarrollo muy intenso, siempre es un placer leerlo compadre. hallond
2008-04-15 17:28:28 Debo decirle que me alcance a imaginar el final, ya conozco sus relatos compañero, pero no se preocupe usted, también me dejo patas arriba con eso de las manos en el cuello. Un buen relato. Una recomendación: use guiones entre todas las intervenciones de sus personajes. Sería bueno agregarles también cursivas, solo por estética, se ve menos caótico. 4* fefnerberm ellon
 
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