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Aquel





En el barrio se preguntaban:
-"¿De què vive el Gordo Este?"
Los que lo averiguaban, se llevaban el secreto consigo. Generalmente se iban de noche, es decir, se les dejaba de ver en horas de la noche. Al dìa, siguiente ya no estaban. Y vuelta a preguntarse, la gente:
-"¿De què vive el Gordo Este?"
Los desaparecidos eran inquilinos. Inquilinos del Gordo. Llegaban, le alquilaban el apartamentito que se habìa fabricado, dividiendo a la mitad la pieza que le correspondìa en el conventillo que el Viejo Este, le habìa dejado de herencia.
-"¡¿Què biombo, eh...?! Bien hechito", les decìa, en una parte del discurso, mostràndoles la madera repujada, con figuras geomètricas y de animales mitològicos. Las mismas que adornaban los demàs muebles de la habitaciòn que, promiscuamente, habìa dispuesto el Gordo: una cama de una plaza y media, con el espaldar de cabecera coronado por una pèrgola de mirada vacuamente siniestra, un ropero de espejo con luna de cristal biselado, una còmoda con mesada de màrmol negro, tres espejos y dos dragones encaramados en la cima de sendas columnas realizadas en fina concepciòn ebanìstica, tres sillas y el mueble de la higiene, con palangana de màrmol y un juego completo, en bronce, de implementos para afeitarse.
Asì y todo, hasta con piso de buena madera lustrada y encerada, aquella habitaciòn era incapaz de albergar un huèsped por una noche entera.
-"¿De què vive el Gordo Este?", consideraban los parroquianos, tarde a tarde, en la periferia del cafè en el que nunca se les habìa vendido cafè.
El Gordo era famoso, entre otras cosas, por su actividad gastrointestinal. Y por su tendencia a dejar que la naturaleza haga su parte. Enemigo de romper el equilibrio ecològico, el Gordo decìa:
-"Por algo traspiramo, no vaser pa que nos bañemo! Y tampoco es cuestiòn de, asì porque sì, aguantar un gas, salga por donde salga, asi que...!"
Pedos, eructos, deyecciones intestinales y/o urinarias, eventos para los que los lìmites del biombo eran ineficaces y a los que un amigo del Gordo señalò como "necesarios items para la construcciòn de un Sindrome del Oh!", atosigaban dos sentidos a los inquilinos: oido y olfato. No es llamativo, pues, que hubieran quienes aseguraran que los inquilinos, simplemente, se iban al carajo, con tal de no ser torturados.
-"¿De què vive el Gordo Este?"
-"El Gordo se los come. Y luego regala las pertenencias. Pero esos a los que se las regala, no se lo diràn a nadie jamàs", acusò el milico Aquel, jubilado que despertaba unanimidades hasta en el pensamiento de sus oyentes de la plaza:
-"(¡Te gustarìa ser uno de ellos, corrupto de mierda!)".
-"¿De què vive el Gordo Este?"
Desde la sensatez del farmacèutico naciò la leyenda: El Gordo no les permitìa abandonar el lugar sin antes justificarles el pago de una indemnizaciòn:
-"Se lo alquilè a ustè a pesar de que un hombre me lo habìa reservado por diez dìas..."
Como el Gordo se les atravesaba en la puerta, no tenìan màs remedio que pasarle los billetes por debajo.
El màs entusiasta cultor de esta leyenda fue, precisamente, el milico Aquel, quien, como todo milico, iba a misa a espiar para el diablo.


Texto de ornitorrinco agregado el 11-04-2008.
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