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La Leyenda de Flor de Nieve
La Leyenda de Flor de Nieve
I
En busca de Lucía.
Sobre los cantos rodados de la calle principal de Benás se escuchaban los intermitentes chasquidos del herraje de un caballo. Su sonido se confundía con el repiqueteo de las gotas de lluvia y los truenos, mientras los serpenteantes relámpagos iluminaban esporádicamente las oscuras y amenazantes nubes.
Dos fuertes golpes de aldaba despertaron a la comadrona del sopor vespertino. Era el primer día de verano del año 800.
-¡Lucía! ¡Baje por favor! Necesito su ayuda urgentemente-gritó Jacques, soldado a las órdenes de Guillermo I, conde de Tolosa y primo del todopoderoso Carlomagno.
-¡Ya va!-se escuchó desde el fondo.
Solamente habían transcurrido uno o dos minutos, pero al caballero se le hicieron interminables.
-¿Qué ocurre Jacques? Le preguntó la comadrona-
-Emilia... que ya va a dar a luz.
-Creíamos que todavía faltaba un mes
-Si, pero parece que se ha anticipado.
-No importa. A veces es mejor que los niños vengan pronto, así nacen más fácilmente. Entre por favor, solamente es un momento.
-Gracias.
Soldado y caballo se cobijaron bajo un pequeño porche. El agua de los tejados se precipitaba con gran fuerza y luego descendía a enorme velocidad por la parte central de la calle, recubierta de anchas losas de piedra que formaban un canillo.
-Ya estoy lista-dijo la comadrona.
Jacques acomodó a Lucía en el caballo y ambos partieron al galope hacia Ansils.
Afortunadamente, la tormenta cesó tan rápidamente como había llegado, y un luminoso color verde esmeralda envolvió la última parte del camino que desembocaba en las únicas tres casas de la incipiente aldea.
Una joven sirvienta ayudó a bajar a Lucía y ambas entraron apresuradamente en la casa de robustas piedras y fuertes maderas.
-Usted quédese fuera-Gritó Lucía a Jacques.
El hombretón lo agradeció. Casi todos temas particulares de las mujeres le hacían temblar las rodillas. Él estaba hecho para la guerra y el mando, lo otro...era demasiado para él.
Y mientras las mujeres presenciaban aquel difícil y a la vez hermoso momento, los hombres decían algunas tonterías para disimular el nerviosismo que se apoderaba de Jacques.
-¿No crees que tardan mucho?-preguntaba el caballero a sus amigos cada cinco minutos. Estos le miraban y se echaban a reír.
-¿Bribones! ¡Algún día me reiré yo de vosotros!
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –se carcajearon con más bulla sus amigos.
Tras unos segundos de fingir estar enfadado, Jacques también reía, y luego, casi al mismo tiempo, los tres daban un buen sorbo al vaso de vino y un mordisco al trozo de queso y de pan que cada uno tenía sobre una mesa de madera de pino.
II
Nacimiento de Juliette
Cuando miles de estrellas titilaban nítidamente en el azul índigo del cielo, cuando el impertérrito Aneto oteaba con su fría impersonalidad a los, casi inexistentes para él, y minúsculos humanos, cuando la calidez de una suave brisa de verano soplaba sobre las pequeñas praderas con húmedo pasto, cuando la perfecta armonía de los amables espíritus de fuego avivaban con su calor los sencillos hogares ubicados en aquellos alejados confines, como lo eran Benás, Ansils y Sarllé, cuando la infinita línea del tiempo y la inabarcable extensión del Eterno Espacio se unieron en un diminuto punto de perfección, ocurrió el nacimiento.
Del interior de la casa surgió un llanto agudo y prolongado que puso a los tres hombretones de pie y salieron disparados hacia la puerta. A los pocos minutos, Lucía salió con una enorme sonrisa.
-Es una niña- le dijo a Jacques a la vez que la dejaba en sus fuertes brazos.
-El caballero tomó a la pequeña y vertiendo unas dulces lágrimas dijo el nombre que él y su esposa Emilia, habían acordado en caso de ser niña.
-Mi dulce Juliette. Te pareces a tu abuela.
La comadrona le miró con cariño. A pesar de ser el enviado del conde de Tolosa, no conocía a nadie con tanta sabiduría, prudencia y justicia en sus decisiones. Era un hombre muy apreciado en Benás así como en toda la región.
III
Flor de Nieve
Desde muy temprana edad, Emilia, comenzó a llamar a su pequeña con el apelativo de “Flor de Nieve”. Varias causas motivaron tan hermoso segundo nombre. La primera, era por la piel tan suave y nacarada que tenía la pequeña. La segunda, era porque en los largos días de invierno, cuando la nieve cubría los alrededores de la casa, Juliette siempre tenía la costumbre de dibujar varios pétalos alrededor de un pequeño círculo sobre el inmaculado y blanco manto. Durante muchos minutos, la niña se situaba en el centro y danzaba moviendo los brazos. La tercera, era mucho más delicada y sobre lo que muy poco mencionó a nadie, salvo a dos o tres personas de total confianza. Una noche, cuando Juliette tenía aproximadamente siete años, Emilia, estaba en vela. Permanecía cerca del hogar pensativa, analizando los últimos acontecimientos en los que se había visto involucrado su esposo como representante del conde de Tolosa. Todo se había resuelto satisfactoriamente, de momento, pero la situación general indicaba que un día deberían marcharse a Tolosa, la actual Toulouse, capital del condado. Y ella que había nacido en el mismo Benás, no se veía con fuerzas para comenzar una nueva vida en un lugar tan lejano. Miraba fijamente a las escasas ascuas que quedaban a esa hora avanzada de la noche, y, de repente, vio a Juliette que estaba a su lado y le ofrecía una flor blanquecina y aterciopelada. Pudo leer en sus ojos unas palabras de consuelo:
- No te preocupes mamá que todo irá bien.
-¡Oh! Es como una flor de nieve-exclamó la madre. y cuando iba a darle un beso, la niña se dio la vuelta y se encaminó hacia su dormitorio, sin añadir nada más.
Entonces, Emilia pudo comprobar, aterrorizada, que no era el cuerpo físico de Juliette, sino una forma luminosa que flotaba en el aire, y que se desplazaba sin tocar el suelo.
Rápidamente avanzó hasta la habitación de la niña, llegando justo a tiempo de ver cómo aquella forma etérea luminiscente, entraba de nuevo en el cuerpecito dormido de la pequeña.
Se acercó, acarició su bello rostro nacarado, la besó, y ajustó al cuerpecito de la niña la manta de lana. Volvió a sentarse cerca del hogar, y una vez asimilado el pequeño susto, exclamó en voz baja.
- Tenemos una santa en la casa. Bendito sea Dios... ¡Mi amada Flor de Nieve!
IV
Ascenso a Sarllé
Durante toda la noche, apenas había podido dormir Juliette. Subiría por primera vez a la aldea de Sarllé. ¡Había oído tantas veces hablar del pueblo, que casi se sabía de memoria donde vivía cada uno de sus habitantes. Y por fin, a los pocos meses de nacer su hermanito, acompañaría a su padre, y lo que era más emocionante, montada en el nuevo caballo, al que ella misma había puesto el nombre de Rayo. Y justo cuando despuntaban las primeras luces del alba, se quedó dormida.
-Vamos Juliette. Ya es la hora. Dormilona.
Y la niña, de ocho años de edad, saltó sobresaltada de la cama y fue corriendo descalza hasta el patio de cantos rodados. Introdujo sus manos en el lavadero, que consistía en una piedra hueca llena de agua, y se mojó la cara.
-Brrrr ¡Qué fría está!
Regresó a su habitación y se vistió con el traje más bonito que tenía y se tomó la leche que le había puesto su madre en el banco de la cocina.
Besó a su hermanito, a su mamá y a una de las sirvientas y se fue hasta el establo. Su padre estaba muy guapo. Debía de tener algo importante que hacer en Sarllé porque se había ceñido la espada de la esmeralda.
-Déjame sacar a mí a Rayo, papá.
-Jacques sonrió a la vez que lloró, comprendiendo que “Flor de Nieve” como la llamaba su esposa, era el ser más delicado y bondadoso que jamás había conocido.
Juliette cogió con una mano las bridas del caballo, con la otra, intentó abarcar los imponentes dedos de su padre y caminaron un largo trecho, antes de comenzar el ascenso hacia la aldea de la montaña, como se le llamaba a veces.
-Mira, papá allí abajo está Ancils nuestra casita, y un poco más allá Benás.
Jacques, asintió algunas veces, pero su cabeza estaba en otra parte. Cada vez, veía más claro que el gobierno de Tolosa no podría permanecer en contra de la voluntad de los verdaderos herederos de aquellas hermosas tierras.
-Papá... ¿Qué piensas?
-Estaba pensando... si te gustaría que ir a Tolosa. Allí vive la abuela que todavía no conoces, y verías la casa donde nací yo. Podrías estudiar música y pintura con hombres sabios que viven allí.
-Claro papá. Claro que me gustaría aprender tantas cosas.
-No sabemos si podríamos ir contigo ¿Aun así, desearías ir?
-Sí.
-¿No te daría pena, dejarnos?
-Papá, aunque me llevasen a la otra parte del mundo, yo siempre estaría con vosotros.
-Jacques la miró sorprendido, sin entender nada. Pero el hecho de verla tan decidida y valiente, aligeró el peso de su corazón oprimido por tantas preocupaciones. Él no era nada más que un soldado, un valiente enviado del conde de Tolosa, había sido muy amigo de Guillermo I, pero decían que se había retirado a un convento. Y el estar tan lejos de su tierra natal comenzaba a desagradarle.
-Tal vez, renunciaría a su puesto y así podrían regresar. Quedaba sin resolver el problema de su esposa Emilia, pero él la haría feliz allí en Tolosa.
Por fin, cuando el Sol irradiaba luz en todo el valle, llegaron al “Pueblo de la Montaña” y se dirigieron a la principal fortificación.
V
Juliette y Miguel Galindo
La casita de Sarllé en la que entraron, era más pequeña que la suya. No tenía tantos pastos alrededor de la misma. Juliette no sabía que encontraría un niño de su edad y se sorprendió agradablemente al verle.
-Hola, soy Miguel-le dijo el muchacho dándole la mano a Juliette. Seguramente aleccionado por sus padres para recibir a la niña.
-Yo me llamo Juliette.
-Sí, me lo han dicho mis papás.
-Enseña a Juliette tu espada Miguel. Seguro que le gusta.
-Sí mamá-contestó el hombrecito de nueve años. ¿Vienes? le rogó a la niña.
-¡Jo! ¡Tienes una espada! – exclamó con admiración la niña.
-Sí. Me la regaló mi padre. Muchos días me enseña a luchar con ella.
-¡Qué suerte! ¡Cuánto me gustaría a mi saber pelear!
-Si quieres te enseño.
-Por favor. Vamos corriendo.
Y los dos niños se fueron de la sala del hogar hacia el patio de las caballerías. De esa forma los mayores pudieron hablar de sus problemas, a la vez que envidiaron la inocencia y el estado de gracia en el que vivían sus hijos.
Muy pronto Juliette sintió profunda admiración por el muchacho. Era más alto que ella. Sus ojos ligeramente azulados y su cabello suave y castaño le hacían parecer un maravilloso guerrero.
Vamos Juliette, yo te salvaré de los dragones- Y ambos se fueron con la espada hacia los pastizales desde donde se divisaba todo el valle.
-¡Miraaaaaaa! Gritó Juliette, aquella es mi casa.
-Sí, lo sé.
-¿Lo sabes?
-Claro. Todo el mundo aquí sabe donde vive Jacques el Valiente.
-Mi padre... es Jacques el Valiente.
-Sí.
-¿Por qué le llaman así?
-Porque gracias a su valor en la batalla, salvó de una muerte segura al mismísimo Guillermo I, conde de Tolosa.
-¡No lo sabía! Mi padre no suele contar cosas de su vida.
-Claro. Es para que no sufrais.
-Ya.
-Yo un día. Seré como él. Seré Miguel el vencedor de dragones.
Juliette le miró con devoción y amor. Sin duda que lo sería. En ese momento blandía la espada y un rayo de sol se reflejó en la belleza de la hoja.
-Toma. Juliette. Coge la espada.
La niña la tomó emocionada.
-Ahora vamos más arriba. Sé de algo que te va a gustar.
-¿Qué es?-preguntó con gran curiosidad.
-Es un regalo para ti.
-Por favor. Dime qué es.
-No te lo puedo decir, porque tal vez no lo encontremos.
-¿Es un tesoro?
-Para mi, sí. Pero no preguntes más.
-De acuerdo-asintió Juliette.
Los verdes prados estaban teñidos por el color blanco de miles de margaritas, terminaban en las pedrizas de color gris. Y unos metros más allá, se divisaba un enorme ventisquero repleto de nieve.
-¡Oh! ¡Qué bonito! ¿Éste es tu regalo?
El niño no dijo nada, y continuó andando, mientras la niña se sentó a descansar. Habían hecho un enorme esfuerzo ascendiendo de una subida tan empinada, y ahora ella le observaba con gran atención. Miguel se acercó al nevero, se desvió a la derecha y se inclinó.
Juliette atraída por la belleza de la nieve helada ascendió el último tramo. El joven guerrero se giró hacia ella y portaba en su mano izquierda una flor. Se acercó hasta su princesa y le entregó el regalo.
La niña, no lo podía creer. Era una flor de nieve. Aterciopelada, de verde claro, con pequeños hilitos de color blanco. Se la acercó a la mejilla y la sintió la suavidad de la flor en su piel, y con inmenso cariño besó en la mejilla a Miguel.
Y el muchacho, un poco ruborizado, aún fue capaz de trazar un corazón sobre la dura nieve. En el interior del mismo escribió:
“ Juliette y Miguel”
VI
En Tolosa
A veces, es difícil explicar el ascenso y descenso de algunas personas a través de los misterios de la vida. Cómo unos niños poco a poco se van afianzando, cómo van adquiriendo cultura, cómo no decaen en una pasividad permanente, y superándose, sin olvidar los estímulos externos, llegan a brillar como la más refulgente de las estrellas. Es muy importante que ese ser humano tenga un bello carácter, una humildad innata, y un acicate interno que no le permita detenerse y estancarse definitivamente. Con esas cualidades en su haber, tiene inmensas posibilidades de no ofender gravemente a nadie, pues considera a los demás con enorme respeto innato, y si nace en una época de explosión cultural, su esencia se expande hasta límites insospechados.
Y esa es precisamente la historia de Juliette, quien reuniendo todas las mejores virtudes, muy pronto destacó y brilló ante los corazones de los poderosos, y apenas su familia se instaló en el año 810 en la casa de los padres de Jacques.
- ¿Te gustaría ir a un Monasterio? –le preguntó su abuela.
-Sería hermoso, contestó Juliette.
-Entonces, ponte tu mejor vestido pues vamos a ver a una persona muy importante.
-Sí abuela.
Jacques y Emilia sonrieron, a la vez que rogaron al cielo para que todo saliese lo mejor posible.
Subidos en una bonita carreta, Juliette la abuela y Juliette la nieta travesaron las “inmensas” calles de Toulouse hasta llegar a las afueras. Y el padre prior les recibió cortésmente.
-Pasen, por favor. Guillermo les está esperando.
Las dos damas atravesaron una enorme puerta de madera y torcieron a mano izquierda. Allí les estaba esperando un señor con barba muy poblada. Al entrar la abuela, él se inclinó con extremada elegancia.
-Sigues igual de bella, mi gran amiga Juliette. La niña se quedó asombrada.
-Mi señor. Usted también tiene un excelente aspecto.
Y el fraile se echó a reír.
-Siempre has sido muy diplomática. Cuéntame, qué te trae por aquí. A un apartado convento.
-Amado Señor. Deseaba presentarle a la hija de vuestro servidor Jacques, mi nieta Juliette.
La niña avanzó hacia el religioso y se inclinó.
-Así es que te llamas Juliette como tu abuela.
-Sí Señor.
-Y eres del otro lado de los Pirineos.
-Sí señor. De un pueblecito que se llama Ancils, muy cerca de Benás.
-Muy bien. Y que deseas de un pobre religioso como yo.
-Señor. Deseo aprender matemáticas, filosofía y música.
-Vive Dios, que eres osada.
-No Señor, solamente deseo con todo mi corazón aprender y saber sobre todas las cosas y lugares.
-Quizás podrías cantarme un poquito.
-¿Aquí?
-No, mejor vamos a la capilla de la Santa Virgen.
Los tres y el padre prior, entraron en una hermosa capilla dorada de bóveda románica.
-Ahora rezaremos un poco y cuando lo sientas en tu corazón, le puedes cantar una canción a Nuestra Señora la Virgen de Toulouse.
Después de más de diez minutos de oración, la niña se puso en pie delante de la imagen de la Virgen y comenzó a cantar. Y si hay momentos que nunca se olvidan, ese fue uno de ellos para los tres asistentes. La capilla conectaba a través de los pasillos del monasterio hasta los campos donde trabajaban los frailes, y todos que tuvieron la fortuna de poder escuchar aquella voz, se santiguó.
-Ya está señor- le dijo la niña a Guillermo I, quien permanecía en silencio como si hubiese visto a la misma Virgen.
Todos respetaron aquel momento sagrado hasta que por fin, quien había sido Conde de Tolosa dijo:
-Mi pequeña Juliette. Jamás había escuchado voz tan hermosa. Creo que tu destino está en ir a un convento de hermanas que hay en Aquisgran. Allí, como seguro sabes, Carlomagno ha reunido a los más sabios de toda cristiandad, y es el único lugar donde puedes aprender más sobre la música, si en verdad puede existir algo más divino que tu voz. Yo, en persona me encargaré de que pronto estés allí.
-Señor ¿Puedo darle un beso?
-Sería como si un ángel me concediese el mismo cielo. Dijo el religioso, mientras se arrodillaba y cerraba los ojos.
VII
En Aquisgran
Desde el año 810 hasta el año 814, cada día que transcurría, cada día que Juliette era más y más hermosa; tanto interior como exteriormente. En este año, tuvo la oportunidad histórica de cantar en el sepelio del emperador Carlomagno, para quien había “actuado” con sus compañeras varias veces. Pero lo verdaderamente importante para ella, fue que en ese mismo año, conoció a Luis, un joven soldado de dieciocho años a las ordenes directas del mismo emperador.
El día 31 de Diciembre del año 814, el nuevo emperador Ludovico Pío asistió a la misa del gallo. Uno de los guardias era Luis. Presenció desde la primera fila, donde custodiaba al emperador, los cánticos del maravilloso coro al que pertenecía Juliette. Y cuando se cruzaron sus miradas, ninguno de los dos dudó de que enfrente había un alma capaz de llenar de amor su corazón. Durante toda la vida conservó la joven, un sencillo poema de amor que escribió en su diario a su amado Luis.
Amado señor:
luz de estrella,
resplandor del sol,
dulce corazón,
brisa de verano,
suave calor.
Tu en mí,
Y yo en ti, soy.
VIII
Años de amor
La vida de ambos enamorados fue muy gratificante. Mientras él siguió la carrera militar con cierta relevancia y reconocimiento, Juliette llegó a ser la directora de varias corales que se formaron en Aquisgrán y la profesora de canto de la Casa Real. Muchos niños intentaron imitar forma de cantar, pero ninguno lo pudo conseguir. Sin embargo, ella, de una humildad y sencillez extremas, nunca dio mayor importancia a esa cualidad, sino para dar gracias al Creador, por haberle proporcionado una herramienta tan bella para alabar Sus obras continuamente.
El Emperador, Ludovico fue un ferviente admirador suyo. Y muchos días, asistía a la clase de canto de sus niños. A veces, incluso le preguntaba acerca de cuestiones de estado, dejándose aconsejar por su enorme cultura y prudencia. Y este punto fue determinante para resolver uno de los problemas que surgieron en su reinado y que atañían a sus territorios más allá de Los Pirineos.
En el año 832 se sublevaron varios condados al otro lado de los Pirineos. Entre ellos, el condado de Ribagorza, en el que de alguna forma estaba incorporado el valle de Benás, cuya suerte tal vez se decidió allí en Aquisgrán.
IX
La Intervención de un Ángel.
El corazón se encogió a nuestra amada Juliette cuando vio en una carreta de prisioneros a Miguel Galindo. El niño que le había regalado la flor de nieve, y que resultó ser con el tiempo, uno de los cabecillas de la rebelión de la Ribagorza contra Ludovico Pío.
Caminó a la par que el carromato durante todo el recorrido desde las afueras de la ciudad hasta el castillo donde estarían prisioneros.
-¡Hay que dar un escarmiento a estos rebeldes! Era la frase más común y enconadamente pronunciada en las calles de la capital del Imperio.
Durante muchos días, Juliette fue a ver a los presos a los calabozos. Apenas podía resistir tanto dolor su bondadoso corazón. Algunos incluso afirman que su esbelta figura acudía a consolarles incluso por las noches.
Se decía que habría un juicio contra los rebeldes, pero que solo era un puro trámite para su final ahorcamiento.
Y así fue que se llegó al diez de Agosto del año 832.
Miguel Galindo junto a dos más en representación de los treinta presos fueron llevados delante de los jueces que presidía el mismísimo Ludovico Pio.
Cuando casi todo estaba perdido para los rehenes, entró Juliette. El silencio más profundo se adueño de toda la sala. Ludovico se sintió al principio un poco airado, al verla aparecer por la puerta de la sala, pero cuando llegó hasta él, y se arrodilló, todo sentimiento de ira desapareció de su corazón.
-Levanta, Juliette ¿Qué es lo que deseas?
-Amado y venerado Emperador, su humilde y eterna servidora desea interceder por estos presos.
-¿No crees que esto es solo cosa de hombres que somos los que hacemos la guerra?
-Digno Señor. Las mujeres somos las que amamos a esos hombres. Nuestros hijos son esos hombres. Esos hombres son los niños que hemos llevado en nuestras entrañas. Los hombres son esos niños por los que nos hemos desvelado tantas y tantas noches. Los hombres que van a la guerra son nuestros hijos que mueren orgullosamente para defender a su Imperio. Los hombres son carne de nuestra carne, y cada una de las cosas que les ocurren, es a nosotras las mujeres a quienes primero y más dolorosamente nos afectan.
-Sabias palabras, Juliette. Continúa por favor.
-Amado Emperador. Bien sabéis que mi origen es de aquellas tierras. Y es por ello que es mi obligación y mi deseo interceder por quienes son conocidos míos.
-Mi querida Juliette. Estos hombres han causado la muerte de muchos de nosotros. Merecen un severo castigo para que no vuelvan a sublevarse. El Imperio, no puede permitir que haya rebeliones.
-Es cierto y verdad lo que decís. Pero a veces es mejor tener un aliado leal que un esclavo presto a rebelarse. Si a estos hombres se les ahorca, y estaréis en vuestro derecho, habréis pacificado momentáneamente esas regiones, pero el odio no dejará vivir a sus habitantes y pronto habrá otra rebelión. Si por el contrario mostráis vuestra magnanimidad hay muchas posibilidades de que sean vuestros leales compañeros contra enemigos comunes más temibles que habitan en el sur.
Un murmullo, se escuchó en la sala, y tras unos minutos de silencio por parte del Emperador dictaminó.
-La muerte para estos hombres era un hecho. Ahora con lo que has expuesto dejemos que los jueces dictaminen el veredicto. Dejémosle esa ardua labor a ellos. Se disuelve la sesión hasta dentro de una hora.
Juliette permaneció de rodillas y totalmente inclinada cuando el Emperador pasó a su lado. Este se detuvo y le dijo, acompáñame Juliette, es un honor tener súbditos tan sabios como tú.
Juntos caminaron hacia el Palacio, y cuando entraron en él, el emperador le dijo.
-Acompáñame, te voy a mostrar algo.
Ambos entraron a una de las habitaciones reales. Abrió un cajón y extrajo un dibujo. En él había un lecho, en él estaba tumbado el Emperador Carlomagno, y al lado muchos religiosos rezando. Estaba a punto de morir.
-Observa atentamente.
Juliette miró, y justo al lado del emperador había dibujado algo así como un ángel que le cuidaba.
-¿Lo ves?
-Sí. Amado emperador. Es un ángel.
-Ya. Solo que hubo unas palabras extrañas y fuera de contexto que exclamó Carlomagno.
-No lo sabía.
-Sí. Yo estaba muy cerca de él y las pude escuchar.
-¡Cántame otra canción más por favor, dulce niña de más allá de los Pirineos!
Juliette no pudo continuar la conversación. No sabía qué decir.
-Cuando escuché a los carceleros que habían visto una luz maravillosa y que se parecía a ti, comprendí las últimas palabras de mi padre. Aquella niña que le cantaba eras tú, al igual que ese ángel que ha consolado a esos desgraciados presos.
-Señor, yo, no sé qué decir.
-No digas nada. Y permíteme que te regale este pequeño anillo de oro y esmeraldas que perteneció a mi madre Hildegard, en agradecimiento de mi venerado padre.
En ese momento, Ludovico abrazó a Juliette, como si fuese la hija más amada que jamás había tenido.
-Respecto a tus amigos, personalmente les habría perdonado, pero es una decisión que no depende de mí, sino de La Justicia.
-Lo comprendo Señor. Demasiada paciencia habéis tenido conmigo. Como he dicho, era mi obligación y mi deseo defenderles.
-¡Que tengas suerte mi pequeña Juliette!
-Gracias mi amado y augusto emperador.
X
El aleteo de una mariposa puede cambiar Imperios.
El dictamen final fue que aquellos rebeldes de Ribagorza fueron indultados. Aznar Galindo renunció a dos condados y se quedó con otros dos, el de Pallars y Ribagorza.
-¡Juliette!
-¡Dime Miguel!
-Gracias
-No tiene importancia. Solo he cumplido con mi deber.
-¡Ya lo creo que la tiene! Has salvado la vida de muchas personas, y has evitado que arrasasen muchas aldeas, quien sabe, quizás Benás te deba su vida.
-Yo solo soy como una humilde alondra, que canta las bellezas del Creador.
-¡Siempre te recordaremos Flor de Nieve.
Texto de EVERO agregado el 12-04-2008. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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